Epílogo 1
LAYLA
Tres años después
El teléfono había sonado.
Hacía casi un año que esperábamos esa llamada, y por fin había ocurrido.
Sebastian y yo estábamos todavía en casa, por la mañana, preparándonos para salir.
Íbamos a llevar a Nathan a la escuela y después seguiríamos hacia la Turner.
Era viernes y además teníamos planes para esa noche: una importante premiación de cine en la que Trinity estaba nominada a mejor actriz por la última película que había hecho.
Sabíamos que sería un buen día. Sebastian y yo nos despertamos un poco más temprano de lo habitual y aprovechamos el tiempo libre para hacer el amor en la ducha, mientras nos bañábamos.
Luego nos arreglamos, despertamos a nuestro hijo y yo fui a prepararlo para la escuela mientras Sebastian se encargaba del desayuno.
Servimos la comida en el platito de Ollie, una perrita mestiza que habíamos adoptado el año anterior y que era la mejor amiga de Nathan. Mientras ella comía, nos sentamos a la mesa en el mismo ambiente y desayunamos juntos, cuando finalmente llegó la llamada que tanto esperábamos.
Entonces, todo cambió por completo. Sebastian llamó a la compañía Turner para cancelar todos nuestros compromisos y le pidió a Michael que se encargara de lo que no podía posponerse.
Yo llamé a la escuela de Nathan para avisar que ese día no podría asistir.
Después de eso, empezamos a recorrer la casa buscando las llaves de los autos —tanto el mío como el de Sebastian— porque ambas habían decidido desaparecer justo en ese momento.
También tuvimos que buscar algunos documentos que, aunque llevaban meses apartados, tardamos unos minutos en recordar exactamente dónde los habíamos dejado.
Hicimos todo eso de forma desordenada, como si en ese momento yo fuera una mujer embarazada con la bolsa rota y tuviéramos que correr al hospital para que nuestro segundo hijo naciera.
No era eso lo que estaba pasando. Pero era algo parecido.
Porque estábamos, justamente, a punto de convertirnos nuevamente en padres.
Por fin encontré la llave de mi auto y salimos. Colocamos a Nathan en su sillita en el asiento trasero y le pedí a Sebastian que condujera. Estaba demasiado nerviosa para hacerlo.
—¿Y si somos un completo desastre? —pregunté durante el camino—. ¿Y si se dan cuenta de que hubo un error? ¿Si nos miran y piensan: no, ellos no son aptos para esto?
—Layla...
—¿Sí?
—Respira.
Hice lo que me pidió, comenzando a respirar profundamente. Él sonrió. Aunque también estaba tenso, se veía mucho más tranquilo que yo.
—Ya somos padres, ¿lo olvidaste? Tenemos un hijo de cuatro años que es muy inteligente, saludable, y... Oye, campeón.
Nathan estaba distraído en el asiento trasero, mirando por la ventana como siempre hacía durante los viajes en auto, pero miró hacia adelante cuando lo llamaron.
—¿Qué pasa, papá?
—Dile a tu mamá: ¿eres feliz?
Por el espejo retrovisor, lo vi fruncir el ceño, como si aquella fuera una pregunta muy extraña. Y lo era.
Nathan era un niño hermoso. La piel oscura como la mía, el cabello castaño y rizado como el mío, pero con la forma de los ojos y los rasgos de su padre.
—¿Por qué mamá cree que no soy feliz?
—No tengo idea, hijo —respondió Sebastian, haciéndome reír.
—Soy muy feliz, mamá —contestó finalmente Nathan—. Excepto cuando no quieren pedir pizza para la cena.
Esta vez, Sebastian rió conmigo. El amor por la pizza era otra cosa que nuestro pequeño había heredado de mí.
—Tal vez pidamos pizza hoy —dijo Sebastian—. Porque tendremos motivos para celebrar. Sabes lo que va a pasar hoy, ¿verdad, Nathan?
Él asintió con entusiasmo, y mi corazón se llenó de amor.
Finalmente llegamos a nuestro destino. Era un hogar para niños.
Yo conocía muy bien la realidad de lugares como ese.
Sabía que la mayoría de los que estaban allí no lo estaban de forma permanente.
Muchos habían sido separados de sus padres por distintas razones, pero aún tenían la esperanza de regresar con sus familias biológicas.
Otros, una minoría, ya no tenían esa posibilidad, o habían sido abandonados o eran huérfanos.
Aún no sabía en cuál de esas tres últimas categorías estaba la niña que nos esperaba, pero no hacía ninguna diferencia para mí. Ahora tendría una familia de verdad.
Apenas llegamos, nos guiaron hasta una oficina. Y, en cuanto entramos, Sebastian y yo nos detuvimos apenas un paso después de cruzar la puerta, cuando la vimos.
Una pequeña. Tenía cuatro años —la misma edad de Nathan—, según nos habían dicho por teléfono.
Piel color oliva, cabello ondulado castaño oscuro, del mismo tono que sus ojos, que nos observaban con curiosidad.
Estaba sentada en un sofá en un rincón de la sala y llevaba un vestidito amarillo, con vuelo.
Y era una cosita hermosa y perfecta.
La directora del hogar se había acercado a la puerta para recibirnos, pero apenas la miramos ni escuchamos lo que decía, porque tanto Sebastian como yo, tomados de la mano, no podíamos dejar de mirar a esa niña.
Ya sabíamos cómo debía funcionar todo. Teníamos que ir despacio, dejar que la directora nos presentara ante ella —al principio como los “tíos” que la llevarían a pasar unos días a su casa—.
Habría un período de adaptación, y también sabíamos que no era raro que algunos niños fueran devueltos incluso antes de que ese plazo terminara.
Y eso, definitivamente, no era una opción para nosotros.
Mientras la directora nos decía algo, Nathan se adelantó, soltó la mano de Sebastian y corrió hacia la niña, sentándose a su lado.
—Hola. ¿Quieres ser mi hermana? —preguntó de inmediato, con total naturalidad, sorprendiéndonos.
Él sabía el motivo de la visita, pero le habíamos explicado que primero llevaríamos a la niña a casa para que pudiera conocernos mejor. Sin embargo, nuestro hijo no tenía ese filtro ni esa paciencia. Porque los niños son así: directos y sinceros.
Y la pequeña también lo fue, al sonreír y asentir con la cabeza. Luego, los dos se abrazaron de una forma tan fraternal y dulce que sentí como si el corazón fuera a estallar en mi pecho.
Después de todo, yo tenía una hermana adoptiva y conocía muy bien la fuerza y la sinceridad de ese amor.
Así como también había tenido una madre adoptiva. Por eso podía entender la intensidad de ese sentimiento que ya comenzaba a crecer dentro de mí con solo mirar a esa niña.
—Bueno, parece que ellos ya adelantaron las cosas —dijo la directora, en tono de broma—. Tendrán que firmar algunos documentos y puedo contarles un poco sobre su historia.
—No es necesario —respondió Sebastian de inmediato—. Me refiero a la historia. Solo queremos saber su nombre.
—Bien, saben que, si deciden adoptarla oficialmente, podrán cambiar su nombre. Pero sus padres biológicos la registraron como Daisy.
Eso solo podía ser una extraña jugada del destino.
Tenía el mismo nombre que yo.
Sentí la mano de Sebastian apretar la mía con más fuerza y lo miré cuando habló.
—Creo que es un nombre hermoso. ¿Y tú, Lay?
—Me parece perfecto —respondí.
Y, ese día, se escribió un nuevo capítulo en nuestra vida.
El día en que también nos convertimos en padres de Daisy.
Horas después, esa misma noche, Sebastian y yo estábamos sentados uno al lado del otro sobre la arena de la playa frente a nuestra casa, observando cómo nuestros dos hijos jugaban juntos con Ollie.
Como en el dibujo que una vez hice.
No. En realidad, era mucho más hermoso que ese dibujo. Porque ya no era un sueño.
Ahora era real.
Daisy y Nathan serían siempre las obras de arte más perfectas que Sebastian y yo creamos juntos.
*****