CAPÍTULO 57
PAULA
L o primero en lo que pienso al llegar a Oturia es que no quiero estar aquí. No quiero resucitar viejos fantasmas ni volver a ver a mi hermano.
¿Qué ha estado haciendo durante estos once años que lleva desaparecido? ¿Dónde ha estado?
Por teléfono no me han explicado mucho.
Solo me han dicho que Manu, en perfecto estado, ha preguntado por mí, por su hermana Paula Costa, y que les ha facilitado mi número de móvil, recitándolo de memoria, para que me localizaran y viniera a por él.
Un detalle insignificante que me ha hecho saber que llevo muchos años con el mismo número de móvil, pero ¿qué habría pasado si me lo hubiera cambiado?
Aunque Manu habría encontrado la manera de regresar a casa, no me habrían localizado tan fácilmente.
El agente que me ha contactado también me ha dicho que mi hermano se niega a levantarse del banco de la plaza, tal y como hace años dibujó antes de esfumarse, antes siquiera de visitar Oturia.
He llegado a pensar, y así lo he compartido con Gael mientras Pol ha simulado que no escuchaba pero ha estado atento a todo, que es posible que Manu se desorientara en el bosque, que se diera un golpe en la cabeza y perdiera la memoria, y después…
—¿Después, qué? Once años, Gael… Han pasado once años. Y ahora, de repente, aparece como si hubiera salido de la nada.
Y me callo que estaba tan bien sin él…
Desde que aterricé en esta realidad, todo era más fácil sin su existencia, por muy duro que suene, pero hay que recordar que mató a tres chicas.
No aquí . No en esta realidad. Pero sí en mi recuerdo, en un mundo en el que pienso a menudo y que debe seguir girando sin nosotros.
Volver a ver a Manu y decirle que soy la única familia que le queda, me provoca urticaria.
No me cuadra la teoría de que el hermano que ahora ha aparecido no pertenezca a esta realidad.
Porque si Manu viniera de otro mundo alternativo, no conocería mi número de móvil que, además, se sabía de memoria, lo que demuestra que es la versión de sí mismo de esta realidad .
Y que es posible, debido a los dibujos que descubrimos, que lo viera todo o casi todo antes de que sucediera.
¿Predecir el futuro te da tranquilidad? Me gustaría saberlo.
Enseguida averiguaré qué ha sido de Manu en todos estos años de ausencia.
***
Gael aparca el coche en la plaza. Está tal y como la recuerdo, con el olmo seco que deberían haber talado hace años.
Aunque es verano y en Oturia no hace tanto calor como en otros lugares, no hace el frío intenso del invierno que te cala hasta los huesos.
La temperatura es agradable. Ni frío ni calor.
Instintivamente, antes de acercarme al banco, donde veo de refilón a un chico joven sentado, a un agente de la Guardia Civil y a Fina, pero ni rastro de mi hermano, levanto la mirada en dirección a la casa de Toni.
Toni, el San Pedro de Oturia , como lo apodó Gael.
Las persianas están bajadas. Parece que la casa lleva tiempo abandonada.
Toni debería estar aquí, en la plaza; de hecho, pensaba encontrármelo junto a Manu, y que a él también le regalara un poco de consuelo con sus extrañas pero acertadas explicaciones sobre sucesos que están fuera de toda lógica.
—¿Dónde estará Toni? —le pregunto a Gael, pero no parece escucharme. Pol está a su lado, y ambos tienen la mirada clavada en el chico joven que está sentado en el banco—. ¿Y Manu? Dijeron que estaría aquí, pero…
Gael se percata antes que yo de lo que ocurre. Pese a lo que vivimos, me resulta imposible comprender que el chico joven no sea un desconocido.
Me fijo mejor. Lo miro fijamente y sin pestañear durante tanto rato, que los ojos se me humedecen y todo a mi alrededor se emborrona.
Es Manu. Es mi hermano.
Yo… no lo he reconocido, y ahora mismo me cuesta asimilar la situación.
Esperaba encontrarme a un hombre adulto, pero, de alguna forma, para mi hermano no han pasado once años, porque sigue siendo exactamente el mismo chico de veintidós que, en esta línea temporal, desapareció la noche del 12 de agosto de 2014.
Mi hermano mayor es más joven que yo.
El tiempo no ha pasado para él. Se ha estancado. Manu debería tener treinta y tres años, pero sigue con la misma apariencia que tenía cuando desapareció con veintidós.
Me pregunto si el agente de la Guardia Civil es consciente de que está ante el mismo chico al que buscaron en 2014, pero ha habido tantas desapariciones y muertes en el bosque de Oturia, que imagino que es difícil acordarse de un caso concreto.
—¿Paula Costa? —se me acerca el agente, ante la curiosa mirada de Fina, que sostiene un sobre entre las manos.
—Sí, soy yo.
—Su hermano apenas ha hablado. Acérquese, a ver si puede arrancarle alguna palabra. Parece estar en shock.
Miro a Gael, que me devuelve la misma mirada aturdida que debo reflejar yo.
—¿Es el tío? —me pregunta Pol—. Es muy joven, ¿no? Pensaba que era más mayor que tú, mamá.
No sé qué responder a eso. Con paso vacilante, me acerco a Manu, que se acaba de levantar del banco. Si veía cosas… si presentía el futuro y lo dibujaba para dejar constancia de lo que ocurriría o quizá para no olvidarlo, debe de saber lo que le ha pasado.
¿O no?
—Manu —lo llamo, reparando en que se me queda mirando con la misma fascinación con la que lo estoy mirando yo.
—Paula… —susurra mi nombre. A continuación, levanta la mano, como si quisiera dirigirla a mi mejilla, ahí donde tengo la cicatriz, pero se contiene, no le parece una buena idea, y la vuelve a bajar al instante—. Estás… Estás mayor.
Tengo que recordarme que no estoy delante de la versión del hermano que yo conocía, antes de decir:
—Y tú muy joven. Igual a como…
Antes de continuar hablando, Manu mira con reparo a Fina que, al contrario que el agente, no se ha dignado a retirarse y parece un peón fuera de lugar.
—Perdona, ya me voy, es que tengo algo para ti. —Fina se dirige a mí, balanceando el sobre en el que pone «PARA PAULA» escrito con rotulador negro y en mayúsculas—. Conocías a Toni, ¿verdad?
—Sí. ¿Dónde está?
—Se largó a principios de año. Nadie sabe dónde está.
Me dejó esto para ti. Me dijo que si Paula Costa volvía a Oturia, te lo diera.
Tu hermano ha venido al bar muy agitado, por eso he llamado al agente, y, bueno, cuando me ha dicho tu nombre, he recordado a Toni y he ido a buscar el sobre.
Así que eres Paula Costa, ¿no? —quiere asegurarse.
—Sí.
Fina me da el sobre como si fuera una losa que lleva cargando desde hace tiempo, y desaparece calle abajo en dirección al bar.
Miro el sobre con curiosidad, más deseosa de abrirlo y saber qué me ha escrito Toni, que de hablar con Manu, enfrentarme a él, y averiguar qué sucedió la noche en que desapareció.
Afortunadamente, mi hermano, al verme «más mayor», deduce él solito lo que ha ocurrido, por muy chocante que sea.
—No estamos en 2014, ¿verdad?
—No, Manu, no es 2014. Hoy es 13 de agosto de 2025. Hace once años que desapareciste.
Manu se lleva las manos a la cabeza. Posiblemente esté pensando en la cantidad de cosas que se ha perdido durante estos últimos once años.
—No… no puede ser, pero tú… para ti han pasado todos estos años y para mí… nada. Nada. Solo unas horas, joder… solo hace unas horas que salí y ahora…
—Sé que puedes ver cosas, Manu. Que no eran ideas locas para llamar la atención. Que tienes el don de anticiparte a la vida, ver el futuro. Descubrí tu libreta de acuarelas.
—¿Ya ha pasado todo? Papá y mamá no están y el restaurante ardió —adivina.
—Exacto. Papá y mamá no están y Casa Costa tampoco existe —confirmo, con un dolor punzante en el pecho, callándome que, después del incendio, vendí lo poco que quedaba del local a un inversor que ofreció una buena suma de dinero con la intención de levantar un hotel.
—Recuerdo dibujar esta plaza. El banco. El olmo… Sin ni siquiera haber estado todavía aquí. Para mí han pasado unas pocas horas desde que me fui a dar una vuelta por el bosque.
Recuerdo la acuarela. Y todo cobra sentido. Manu se dibujó a sí mismo sentado en el banco de esta misma plaza donde ahora nos encontramos. Era el dibujo que venía después del pozo tapiado donde hace ocho meses mi madre arrojó el cadáver de Nicola.
—Pero en realidad han pasado once años —repito.
—Ya… once años. Joder joder joder… El barranco…
Lo del barranco… era verdad, todo era verdad —trata de empezar a explicar, con la necesidad de centrarse y poner en orden las palabras para contarme un hecho insólito.
Entiendo esa necesidad de que alguien te crea, de ser capaz de contar un suceso, por muy inexplicable que sea—.
La zona del barranco del bosque de Oturia.
Leí cosas sobre ese lugar, tenía curiosidad.
Eran leyendas. Majaderías, supongo… majaderías que han resultado ser ciertas.
Decían que, si saltas al vacío, viajas en el tiempo, pero esto…
yo solo quería desaparecer, Paula, y te juro que la altura no parecía mortal ni nada, o sea…
solo fue un salto. Yo quería… quería viajar a una época lejana, conocer otros mundos…
vivir una aventura como la de los libros de ciencia ficción que siempre me han gustado.
No pensaba que fuera a pasar nada mágico ni…
yo solo salté. Y no pasó nada, solo que…
A ver, era de noche. Salté y me quedé ahí quieto, sorprendido de que la noche hubiera desaparecido tan rápido y ya fuera de día…
Y entonces atravesé el bosque, y ahora estoy aquí y no entiendo cómo estás tan mayor y…
Aunque su desaparición no fue algo que yo viví, sería demasiado rebuscado explicarle que yo vengo de otro mundo.
De un mundo en el que fuimos unos monstruos, y que es posible que su desaparición aquí durante once años que para él solo han sido unas pocas horas, evitara la muerte de aquellas tres chicas.
Me repugna. El chico que tengo delante me repugna.
Pero me consuelo pensando que el Manu de aquí no es como el que recuerdo.
A lo mejor no es una mala persona o no vivió algo traumático como verme a mí asesinar a mi mejor amiga a golpes, para que «el demonio se le metiera dentro».
Aquí Manu es inocente. No ha hecho nada malo. Y yo tampoco.
—Viste lo que Sami… —«Sami no, Samuel». Empiezo de nuevo. Corrijo el nombre—: ¿Viste lo que Samuel me hizo? —Manu agacha la cabeza y asiente con aire ausente, la mirada fija en la punta de sus Converse sucias, llenas de barro y con las suelas desgastadas—. ¿Qué más viste, Manu?
—Todo. Lo vi todo. A Valeria… —Se aclara la garganta y se acerca a mí.
Huele a tierra mojada y a secretos, a un porvenir incierto.
Seguidamente, su aliento cálido me invade cuando me susurra—: A Valeria matando a ese cabrón y luego enterrándolo bajo tierra, debajo del sauce llorón del jardín.
Y eso también lo pinté en mi cuaderno de acuarelas.
¿Encontraste mi cuaderno de acuarelas? Lo dejé en mi escritorio para ti.
Asiento. Sí, lo que presenció sucedió hace once años, aunque para Manu han pasado solo unas horas.
Es lo que, lamentablemente, mi versión de aquí vivió y luego volcó en su diario por recomendación de su psicóloga.
Manu vio todo eso antes de que ocurriera, y también me dibujó a mí como a un monstruo con dos caras.
Y ahora resulta que dejó el cuaderno de acuarelas en el escritorio para mí.
Para que mi versión de esta línea temporal lo encontrara.
—¿Y después? —le pregunto.
—Después me fui. Si algo me han enseñado mis visiones es que no se puede luchar contra el destino, ¿sabes?
Lo que tiene que pasar, pasa; todo está escrito.
Me las piré sintiéndome un mierda, un cobarde por no ayudarte, por no sacarte a ese hijo de puta de encima…
Y me acordé de lo del barranco. Desaparecer, solo quería…
—Manu, ya está —le interrumpo, al ver que se está poniendo nervioso—.
Ahora estás aquí. Todo es raro e inexplicable.
Tú sigues siendo joven y yo he envejecido, pero has vuelto y…
Quiero presentarte a alguien. De aquella horrible noche que recuerdas como si hubiera pasado hace solo unas horas, nació lo más bonito de mi vida y sé que lo viste.
Sé que viste al niño rubio antes de nacer, porque también lo dibujaste en tu cuaderno de acuarelas.
Se llama Pol, en mayo cumplió diez años, y es tu sobrino.