Despertarás en otra vida CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55

PAULA

C adaqués nos recibe frío y gris.

Sigo triste, desanimada y con una sensación extraña, pero Gael está a mi lado.

Vuelve a estar a mi lado como si nada hubiera cambiado…

Con todo el simbolismo que eso implica, claro.

Y siento que ya no puedo vivir sin Pol, a quien me da la sensación de que conozco desde siempre, aunque mi experiencia como madre se resuma a un mes y pocos días y no a los nueve años que tiene el niño.

Me alegra que la propuesta de instalarnos en Barcelona le haya entusiasmado.

Ha empezado a nombrar a un montón de amigos que viven allí y a los que conoce porque veranean en Cadaqués.

También agradezco que no se extrañe de que lo mío con Gael vaya tan rápido cuando en esta realidad hacía años que no nos veíamos —sin contar el fin de semana en Oturia—, pues, para ambos, seguimos en el mismo punto donde lo dejamos: «Felizmente casados.

Engullidos por una rutina que ahora y aquí no existe, pero aun así, muy enamorados».

​ Que sea lo que tenga que ser. Planear el futuro no sirve de nada, así como tampoco seguir dándole vueltas al asunto de qué estarán haciendo otras versiones de mí misma en otros mundos que jamás conoceré, o en qué especie de limbo se encuentra la versión a la que he suplantado.

La vida puede cambiar en un segundo. No hay nada seguro.

Hace un mes no creía en la magia, si es que a lo que nos ha pasado se le puede llamar magia, y ahora, mírame.

Creo que todo es posible. Aunque no lo veas o no lo vivas, hay más, mucho más. La vida es de lo más extraña.

​ Antes de cruzar la puerta de casa, me llega un delicioso aroma a bizcocho.

Y a galletas de jengibre recién hechas. Tengo el recuerdo de mi madre haciendo bizcochos y galletas cuando estaba de buen humor o había algo que celebrar.

¿Qué hay que celebrar si Casa Costa ardió ayer?

¿Qué hay que celebrar si voy a tener que pelearme con el seguro, rellenar un montón de papeles, tener mil quebraderos de cabeza… ?

​ Pol corre por la casa hasta que encuentra a su abuela en la cocina, delante del horno, y la abraza muy fuerte, como si hiciera meses que no la ve. Si finalmente nos mudamos a Barcelona, se van a echar mucho de menos.

​ —¡Bichito! ¡Qué alegría que ya estéis aquí!

​ Gael sigue a Pol, aparentemente sin percatarse de nada. Yo me quedo quieta como una estatua en la entrada, con la intuición de que anoche pasó algo horrible en esta casa.

​ Ni siquiera el aroma a repostería que llega desde la cocina camufla el fuerte olor a lejía que impregna el aire, así como el olor jabonoso a aldehídos que me recuerda al de los hoteles.

Las tarimas de madera del suelo están relucientes, más brillantes de lo que jamás las había visto.

Y reparo en que hay un trozo de pared recién pintado.

​ Puedo visualizar a Nicola entrando en casa y pisando el mismo punto del suelo que estoy pisando yo ahora, atraído por un mensaje de WhatsApp enviado desde mi móvil, aparentemente enviado por mí pero escrito por mi madre.

​ Recuerda que quería matarte, tanto si le dabas lo que quería como si no.

​ La pistola oculta en el zócalo. Mi madre sosteniéndola, sin darle tiempo a Nicola a defenderse, porque está claro que habría podido con ella.

​ ¿Cuántas veces disparó?

​ ¿A qué hora ocurrió?

​ ¿Y qué más te da? Está muerto. Ya no va a poder hacerte daño.

Nunca le interesaste. Solo quería el restaurante.

Ser el dueño de todo. Sé agradecida y sigue adelante.

El problema se acabó. Y ha sido gracias a tu madre, porque si hubiera sido por ti…

aún estaríamos esperando el merecido desenlace.

¿En qué te has convertido, Paula? No te reconozco. Eres una blandengue.

​ Avanzo un paso, otro más, con la asfixiante sensación de que el suelo oscila bajo mis pies, hasta llegar al salón. Mi madre, Gael y Pol están hablando:

​ —¡Hemos estado donde vivió Walt Disney! Es una pasada, abu, es como si estuvieras en otro mundo. Gael me ha contado que…

​ Vas a estar bien. Vais a estar bien. Es lo único que importa.

Es lo que querría la versión de ti que has suplantado.

Hazlo por esa Paula. Ella no habría tenido tanta suerte.

Puede que Pol, a estas horas, fuera huérfano.

No habría sobrevivido a Nicola, la tenía cegada, sumisa.

Tenías que llegar tú y ocupar su lugar. Era la única manera de mantener a salvo esta realidad. Todo, siempre, ocurre por algo.

​ Abro la puerta corredera que da al jardín. Salgo, y una corriente de aire me abofetea en la cara, como si una especie de energía que aunque no vea cada vez estoy más convencida de que existe, pretendiera cortarme el paso.

​ Con el rabillo del ojo, veo a mi madre asomada a la ventana, mientras Gael y Pol se han quedado en la cocina degustando las galletas.

​ Mi madre, o la versión distinta a la madre que conocí, me mira fijamente mientras avanzo hacia el pozo. Parece un fantasma. ¿Cómo saben los muertos que están muertos? ¿Acaso estamos todos muertos? O, mejor dicho, ¿cuántas versiones de nosotros están muertos en otras realidades?

​ Da qué pensar.

​ Me sitúo frente al pozo. En mi otra realidad y con ayuda de mi hermano, lancé el cadáver de mi mejor amiga como si nunca hubiera significado nada para mí.

Vuelvo a mirar a mi madre, que sigue observándome expectante tras el cristal de la ventana.

No sé qué quiere transmitirme con esa mirada gélida y sin alma y, al mismo tiempo, derrotada, como si todo el peso del mundo hubiera recaído sobre su espalda.

No la conozco. No sé quién es. Lo único que sé es que el pozo, que parece estar destinado a esconder terribles secretos, vuelve a estar tapiado.

Y no tengo ningún interés en desenterrar lo que oculta.

Por un momento, siento alivio, alivio de no ser una asesina, de no tener que cargar en la conciencia con ningún muerto.

​ No ahora .

​ No aquí .