Despertarás en otra vida CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

PAULA

G ael y yo apenas hemos pegado ojo en toda la noche.

Hablamos, cómo no, de nuestra anterior vida, de lo que dejamos atrás y nos quedó pendiente y de lo que podríamos hacer en esta realidad a partir de ahora.

Y todo con total naturalidad, como si lo vivido a lo largo de estas últimas semanas fuera algo normal y rutinario, cuando ambos sabemos que ha sido, es y será el suceso más extraordinario de nuestras vidas.

​ —Gael, ¿tú eres consciente de que, probablemente, seamos las únicas versiones de nosotros mismos que conocen la existencia de múltiples universos paralelos?

​ —Cuesta creer en algo así, pero… sí, supongo que sabemos muchas más cosas que las versiones de nosotros que anden pululando por otros mundos con vidas totalmente normales y sin tantos sobresaltos.

​ Llegamos a Carcassonne a las once y media de la noche bajo un cielo en el que no se veía una sola estrella de lo encapotado que estaba.

Ha estado toda la noche lloviendo. Yo tenía los ánimos por los suelos.

Reservamos una habitación con vistas a la antigua ciudadela en el hotel Le Donjon, en el corazón del pueblo medieval de Carcassonne, donde Gael y yo nos alojamos varias veces en nuestra anterior realidad.

Agradezco que Pol se quedara dormido en el coche y, al llegar al hotel, no hiciera preguntas.

Se acostó y se volvió a dormir al instante. Así de fácil.

​ —Qué envidia —le dije a Gael mientras arropaba a Pol—. Me encantaría tumbarme en la cama y caer rendida al momento.

​ —Es lo bueno de ser niño y tener una buena infancia. No hay remordimientos de conciencia ni problemas. Nada te quita el sueño.

​ —Ya… Lo que ha pasado podría haberlo traumatizado, pero no lo parece, ¿no?

​ —En absoluto.

​ —Creo que Pol solo quiere a su madre. Y que el restaurante, en el que mi versión de este mundo se volcó durante todos estos años, era una especie de lastre para el niño.

Lo entiendo. Ya sabes, sobre todo en verano siempre ha habido mucho trabajo y con Nicola como chef estaba lleno durante todos los días del año, por lo que no creo que tuviera mucha vida ni tiempo para Pol.

​ —Hablas de esa Paula como si fuera una desconocida —apuntó Gael.

​ —Porque lo es. Es una desconocida y siento que hay una distancia abismal entre ella y yo.

No tengo ni idea de cómo pensaba, de cómo sentía respecto a todo lo que le pasó…

leí su diario, sí, y puedo imaginar que fue horrible y que tuvo sentimientos encontrados al enterarse de que estaba embarazada, y, aunque puedo ponerme en su lugar, ella no soy yo.

Tampoco sé cómo habría actuado. Seguro que habría accedido a cederle la mitad de Casa Costa a Nicola sin sospechar que, en cuanto se despistara, ese monstruo habría acabado con ella para quedarse con todo.

​ —¿Qué crees que va a hacer tu madre, Paula?

​ Me encogí de hombros. Cómo saberlo…

​ —Me ha dado miedo —reconocí, acostándome en la cama muy cerca de Gael y hablando bajito para que Pol no se despertara—.

No te lo dije, pero en el hueco del zócalo donde encontré la llave que abrió la puerta de la habitación de mi hermano, vi una pistola.

Esta de aquí … no es como mi madre. No es la Sofía frágil que recordamos.

Es ella y, al mismo tiempo, no lo es, supongo que como tú o como yo…

versiones distintas de nosotros. Al principio no vi la diferencia o no la quise ver, en parte porque, aunque está claro que esta vida es muy diferente a la anterior, la existencia de mi madre me hacía sentir bien por la familiaridad que me transmitía, pero puede que Valeria tuviera razón.

​ «Puede que mi madre sea mala. Retorcida. Vengativa. Llena de rencor. Y que matara a mi padre o lo incitara a quitarse la vida», me callé.

​ —Yo también la he visto distinta. Supongo que lo que vivimos forja nuestro carácter…

mira lo diferentes que eran el Sami que conocimos del Samuel que vivió en este mundo.

—Asentí con un escalofrío recorriéndome el espinazo—.

Para tu madre, la de aquí , no tuvo que ser fácil ver a su marido con otra y que esa otra fuera, ni más ni menos, que la mejor amiga de su hija.

​ —En un mundo fui yo quien pilló a mi padre con Valeria.

En esta realidad fue mi madre. Pensaba que todo tenía que ver con el asesinato que cometí aquella noche, en la habitación de Manu…

y no. El mundo se dividió la noche, una de tantas, en las que mi padre cerró el restaurante y, aprovechando que no quedaba nadie, se tiró a Valeria en su despacho.

​ Traté de apartar la visión de mi padre con Valeria y pensar en otra cosa.

En este mundo alternativo no fui yo quien los vio, sino mi madre.

Este cambio produjo que Valeria nos arrastrara aquel verano de hace diez años a Oturia para escapar de Cadaqués, de las amenazas de mi madre y de los chismes.

Y hubo consecuencias. Sami, conocido como Samuel en este mundo, abusó de mí, Valeria lo mató con la misma violencia con la que recuerdo que yo la maté a ella, y mi hermano desapareció.

Mi anterior realidad es la que sigue estando presente.

Todo lo que vi, pensé, sentí, callé, viví, hice…

, es lo que cuenta para mí, aunque aquí nada de eso ocurriera.

​ A las cuatro de la madrugada, Gael recibió un wasap procedente de mi móvil. Era mi madre.

Podéis volver

cuando queráis.

​ —No quiero volver —le confesé a Gael, mirando atentamente a Pol, como si temiera que en cualquier momento pudiera desvanecerse como por arte de magia.

​ —No tenemos que quedarnos en Cadaqués.

​ —Pero Pol…

​ —Los niños se adaptan rápido.

​ —¿Y qué propones?

​ —¿Volver a París?

​ —Pol no sabe hablar francés. Tardaría mucho en adaptarse.

​ —¿Mudarnos a Barcelona? —tanteó, estrechándome contra su cuerpo.

​ —Puede ser una buena opción. ¿No te repudio?

​ —¿Por qué dices eso?

​ —Por lo que sabes que hice.

​ —Yo también hice cosas malas, Paula.

​ —Ya, pero yo… maté a Valeria.

​ —No quiero que parezca una competición, pero yo encargué el asesinato de tu hermano para que nadie lo supiera.

Para que tu secreto siguiera a salvo. ¿En qué me convierte eso, Paula?

Así que deja de decirlo. Valeria, aquí , está viva.

De hecho, podría decirse que, en este mundo, ella es la asesina.

Mató a Samuel. Convéncete de que no pasó.

​ —No, claro, porque aquí , como tantas otras cosas, no pasó.

​ —¿Qué crees que ha hecho tu madre para que nos diga que ya podemos volver? —preguntó de nuevo Gael con gesto sombrío.

​ —Creo que ha matado a Nicola —me sinceré—.

Era un problema. En los últimos días se ha convertido en un problema muy serio y lo del incendio del restaurante ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Creo que mi madre me ocultó cosas sobre él.

Es decir, se las ocultó a mi versión de esta realidad.

Por un lado, a mi madre le interesaba que Nicola trabajara en el restaurante y que, de alguna forma, estuviera dentro de mi vida, pero ella siempre…

siempre supo quién era y de lo que era capaz.

Y lo tenía más controlado de lo que yo pensaba.

Lo que no entiendo, es por qué alguien así, con tanto que ocultar, se expondría en redes sociales.

Es un chef muy conocido. La gente venía a Casa Costa solo por él.

​ —Ser muy conocido es una buena coartada —opinó Gael. Le di la razón con un asentimiento de cabeza—. ¿Y por qué tu madre no te dijo nada? Si sabía cuáles eran sus intenciones, nada buenas hacia ti, ¿por qué no te advirtió sobre él?

​ —A lo mejor mi versión de aquí se olía algo, no lo sé, yo solo llevo un mes.

Parece que estaba enamorada de Nicola y ciega, muy ciega.

Deduzco que mi madre se calló muchas cosas por la cantidad de dinero que entraba.

Porque, por lo visto, desde que Nicola entró a trabajar como chef, el restaurante pasó de estar en números rojos a tener muy buenos ingresos.

La madre que recuerdo era materialista. Esta lo es más.

Pero también vivía por y para las apariencias y eso me desquiciaba.

Eso no ha cambiado en esta realidad. Creo que mi madre, la de aquí …

, es capaz de acabar con todo aquello que le estorbe y que la haga quedar mal de cara a la galería.

​ —No tienes que preocuparte por el restaurante, Paula. Aunque Valeria y yo nos vamos a divorciar, sigo siendo el propietario de la mitad de las cafeterías de París. Son seis. Nos las hemos repartido, tres para mí y tres para ella. Vamos a tener buenos ingresos y podemos vivir en cualquier parte.

​ —Seis cafeterías… dos más que nosotros. No es necesario que me lo recuerdes.

​ —Yo me haré cargo, ¿vale? Podemos mirar locales donde sea y empezar otra vez.

Tú y yo. Tenemos los recursos y la experiencia.

—Gael se percató de que yo no le quitaba el ojo de encima a Pol—.

Y también, a tu lado, cuidaré de Pol como si fuera mi propio hijo.

Es un niño genial, nos hemos caído muy bien, ¿no te parece?

​ —Y a él no le cae bien cualquiera, créeme. A Nicola no podía verlo ni en pintura porque… bueno, los niños saben. Ellos ven. Enseguida ven la verdad.

​ Se me formó un nudo en la garganta que me tuvo sin poder hablar media hora.

Durante esos minutos en los que Gael respetó mi silencio, imaginé una vida lejos de Cadaqués con Gael y con Pol y, quién sabe, puede que, con el tiempo, viniera otro bebé.

El bebé que no llegó a venir al mundo en nuestra anterior realidad por el «accidente» en el bosque de Oturia.

Estar cerca de mi madre, de la madre de este mundo en la que no confío, no es una opción.

​ Ya no es una opción.

​ Puede que el cambio de realidad provocado por la bruja de Oturia no sea un castigo en sí, no era la primera vez que me lo planteaba.

Es posible que, pese a las adversidades, sea una bendición.

Una ayudita concedida a las malas personas o a los que han tomado nefastas decisiones, para abrir los ojos y conocer otros mundos y posibilidades, otras versiones de nosotros mismos o de lo que podríamos haber llegado a ser.

***

Antes de regresar a Cadaqués, desayunamos en el hotel tratando de olvidar las fatídicas últimas horas, y, seguidamente, damos un paseo por la ciudad medieval donde el pasado se respira a cada paso.

A Pol le encanta recorrer sus calles empedradas.

Lo observa todo con una curiosidad infantil maravillosa que me entristece que, en dos o tres años, cuando entre en la pubertad, se quede atrás y pase a formar parte del recuerdo, de una etapa.

Supongo que tener hijos es eso, aceptar que la vida pasa.

Lo que hoy son simples momentos, algún día serán recuerdos, y de nosotros depende que sean felices y agradables o no.

​ Gael le cuenta a Pol que en Carcassonne se han filmado escenas de algunas películas: Juana de Arco de Luc Besson, Robin Hood , la que protagonizó Kevin Costner, y que el mismísimo Walt Disney vivió aquí durante un tiempo, y, por eso, muchas escenas de sus dibujos animados se asemejan a la ciudad amurallada.

​ —¡Es como estar en otro mundo!

​ Gael y yo, agarrados de la mano, nos sonreímos. Al pasar por el lado de una anciana que se nos queda mirando fijamente y sin disimulo, oímos que nos dice en francés:

​ —Quelle belle famille! [1]

​ Lo extraño es que, cuando Gael y yo nos damos la vuelta para devolverle la mirada y agradecerle el cumplido, la anciana no está. Ha desaparecido.

​ Se me pone la carne de gallina. A Gael le pasa lo mismo.

​ —Paula… ¿Me vas a tachar de loco si te digo que, por un momento, se me ha pasado por la cabeza que esa mujer era la bruja de Oturia?

​ —No. Porque yo estoy pensando exactamente lo mismo.