CAPÍTULO 53
SOFÍA
Nico, ha pasado algo terrible.
Ven a mi casa. Estoy sola.
Te necesito. Tenemos que hablar.
W asap enviado a Nicola desde el móvil de Paula.
Espero que dé a entender lo que pretendo: que «Paula» está arrepentidísima de haberlo despedido y no haber accedido a cederle la mitad de Casa Costa.
Nicola, el muy tarado, le ha prendido fuego al local.
Aunque me ha impactado darme de bruces con el restaurante en ruinas, saber desde hace años que ocurriría me ha ayudado a prepararme para este momento.
Ni siquiera me tiembla el pulso. Ya me deshice de un problema una vez, y con bastante éxito, así que no me va a costar nada hacerlo otra vez.
Pero al entrar en mi habitación para sacar el arma que tengo oculta en el zócalo de debajo de la ventana que me va a ayudar a acabar con el problema , me percato de que la llave que abre la habitación de Manu no está.
Subo al segundo piso. Tal y como me temía, la puerta que da a la habitación de Manu está abierta, con la llave puesta en el cerrojo.
Paula y Gael han estado revolviendo mis cosas y, si han encontrado la llave, seguro que también han visto la pistola.
Paula ha entrado en la habitación de Manu, posiblemente con Gael, que sigo sin saber qué hace aquí.
¿Cómo sabían que había algo importante en la habitación de Manu?
Todo ha cambiado desde el día en que Paula regresó de Oturia aquel fin de semana de noviembre.
¡¿Qué demonios le pasó en ese lugar al que le pedí que no volviera?!
Oturia es un lugar maldito.
El caso es que, coincidiendo con la llegada de Gael, Paula ha debido de descubrir los dibujos que hizo Manu. Y a mí me da mala espina y se me presentan muchas preguntas, a cuál más ilógica.
¿Habrá llegado hasta la página final? ¿Habrá entendido por qué, desde que descubrí las premoniciones de Manu convertidas en acuarelas, supe que su desaparición era algo momentáneo, que solo debíamos esperar?
Yo sabía que Casa Costa ardería. No sabía cuándo ni si sería un incendio provocado, y menos a manos del «encantador» chef italiano procedente de una familia mafiosa de Sicilia que primero me engatusó a mí y después a Paula, pero llevo años asumiendo este destino devastador.
A cualquiera lo hundiría en la miseria. A mí no.
Y todo gracias a Manu. Porque Manu, que tenía un don y yo nunca creí en sus capacidades, lo pintó.
He visto tantas veces ese dibujo, que, al estar frente al local convertido en cenizas, he tenido la sensación de que ya había ocurrido.
Temo que Manu viera lo que le hice a su padre.
Si lo vio, aunque a lo mejor no podía verlo todo todo , no lo dibujó en la libreta de cuero que dejó en el escritorio de su habitación a propósito, como si quisiera que lo encontrara cuando él ya no estuviera.
A veces me pregunto si también predijo su propia desaparición en Oturia tal y como predijo su regreso.
Porque, insisto, Manu regresará. No sé cuándo ocurrirá, pero encontrará la manera de volver a casa.
En cualquier caso, espero poder explicarle algún día que solo evité que su padre lanzara por la borda el esfuerzo de toda una vida.
Las apariencias importan. Las apariencias, para mí, lo son todo.
La ausencia de Manu no es el motivo de mi amargura porque sé que volverá.
Siempre lo he sabido. No sé en qué momento ni de qué manera, ni siquiera sé si seguiré aquí esperándolo.
No tengo ni idea de lo que le pasó hace diez años en ese pueblo maldito del que he oído tantas leyendas extravagantes, pero si esta noche todo sale como creo que saldrá gracias al pozo del jardín que Manu dibujó justo después del augurio del incendio de Casa Costa, tengo la esperanza de que lo volveré a ver.
Lo que sí fue motivo de amargura fue lo que pensaba hacerme Joaquín: fugarse con su amante, con la mejor amiga de nuestra hija.
Y ahora… ahora siento que Paula es una extraña.
Que mi hija se marchó a Oturia con sus miedos, sus inseguridades y sus traumas metidos en la maleta. Y que la que regresó es otra.
Vuelvo a cerrar con llave la puerta de la habitación de Manu. Paula y Gael jamás debieron entrar. Bajo las escaleras y entro en mi habitación. Me sitúo frente a la ventana, me agacho, hundo la mano en el hueco del zócalo y cojo el arma. La tengo cargada. Retiro el seguro. Quedan tres balas.
Y justo a tiempo…
… llaman a la puerta.
Nicola se ha dado prisa. Me sorprende y me decepciona a partes iguales su ingenuidad y que haya caído en la trampa con tanta facilidad.
Espera ver a Paula. Posiblemente piense, por el wasap que le he enviado desde su móvil, que ella, ciega de amor, le va a pedir ayuda, pese al mal que nos ha causado. Que, como Paula es tan inocente, no sospecha de él.
Pero no tengo tiempo de dar explicaciones.
Soy una mujer indefensa y Nicola es joven y fuerte.
Así que, en cuanto abra la puerta y dé un par de pasos hacia el vestíbulo, voy a disparar.
Con un poco de suerte, nadie escuchará el estruendo, pues las casas más cercanas pertenecen a veraneantes y ahora en invierno están vacías.
Nicola no tiene ni idea de que ha cavado su propia tumba cuando le abro la puerta, lo invito a pasar, y dice con una inocencia fingida que asombra viniendo de alguien que acaba de prender fuego a un negocio:
—¿Qué haces aquí, Sofía? Paula me ha escrito, he quedado con ella…
Esto ocurre segundos antes de gastar las tres balas que me quedaban: dos en el pecho y una en la frente.
Voy a tardar unas cuantas horas en limpiar este desastre. Pero nada me motiva más que el olor a pólvora y a muerte, y que los planes salgan como mi mente visualiza antes de llevarlos a cabo.