CAPÍTULO 52
PAULA
N o se ha salvado nada.
Casa Costa, el restaurante que mi padre levantó hace treinta años, ha ardido hasta los cimientos.
Y ha ocurrido, prácticamente, en el mismo momento en que Gael y yo hemos descubierto el dibujo que hizo Manu diez años atrás, lo que convierte este instante en algo casi tan surrealista como que ambos muriéramos en nuestra anterior realidad y saltáramos a esta.
El incendio, lo he sabido desde el principio, ha sido provocado, y eso me dificulta que el seguro cubra los daños. Pero ahora eso es lo de menos.
¿Mi madre y Pol están bien? ¿Ya habrán salido del cine? ¿Estarán a salvo? ¿Dónde están?
Me derrumbo.
No puedo hacer otra cosa que derrumbarme.
Hay un montón de curiosos alrededor del cordón de seguridad que han dispuesto los bomberos para que nadie se acerque a las ruinas aún humeantes de lo poco que ha quedado de Casa Costa.
Gael, sintiéndose tan impotente como yo, me abraza. Me gustaría decirle que ha llegado en el momento justo, y también agradecerle que tuviera la valentía de adentrarse en lo desconocido para volver a estar conmigo. Pero ahora mismo no puedo decir nada. No me sale la voz.
Pensaba que Nicola iría a por mí. O a por mi madre, a por Pol…
Prefiero los daños materiales, eso está claro, y espero que, después de haber prendido fuego al local, se largue de Cadaqués y nos deje en paz, pero algo me dice que esto solo ha sido el principio.
Una especie de advertencia por no haberle otorgado la mitad del negocio que no me queda otra que admitir que él revivió hace tres años, cuando pasaba por un mal momento.
Hace unas horas, al despedirlo en el campo de fútbol, le dije que quemaría todos los papeles del contrato. Mis palabras exactas han sido:
—No voy a firmar esos papeles, Nicola. Es más, cuando llegue a casa, lo primero que voy a hacer es prenderles fuego. No voy a cederte la mitad del restaurante. Jamás, ni en sueños. Puedes irte hoy mismo, no te quiero en mi cocina.
Y al final, lo que ha ardido es Casa Costa.
El incendio lo ha provocado Nicola.
Pero lo que él aún no sabe, es que, cuando juegas con fuego, acabas quemándote.
Sé que la Paula de este mundo vio en el italiano un salvavidas. Gracias a él, no tuvo que cerrar el restaurante. Sin embargo, a mí me toca lidiar con los problemas. Nicola ha mostrado su peor cara y va a por mí.
¿De dónde le sale tanta maldad, con lo majo que parecía?
Yo, mejor que nadie, sé que las malas personas no llevamos un cartel en la frente advirtiendo del peligro que suponemos para los demás, y ahora entiendo que el salto a esta realidad y no a otra es un castigo por la barbaridad que cometí en el pasado. En mi otro pasado.
—Tenemos que irnos de Cadaqués —le digo a Gael, la voz tan temblorosa que dudo que me haya entendido.
—Ha sido…
—Sí. Ha sido Nicola —confirmo. Gael me mira con incredulidad pese a haber escuchado lo que Nicola le ha dicho esta misma mañana por teléfono a su interlocutor: «Pase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta»—.
Tenía llaves del restaurante, no he caído en pedírselas, ha entrado y le ha prendido fuego…
Uno de los bomberos me ha dicho que el incendio se ha originado en la cocina.
Aunque todavía es pronto para saberlo, creen que ha sido provocado.
Me ha preguntado si tenía alarma, cámaras de seguridad…
Nicola ha podido desconectar la alarma y apagar las cámaras, o sortearlas sin dificultad, pasando por puntos ciegos para evitar que lo grabaran.
—No sé cómo se lo voy a decir a mi madre, esto es… es tremendo.
Las noticias en un pueblo como Cadaqués corren como la pólvora, y mi madre, con el rostro desencajado, no tarda en hacer acto de presencia con un Pol silencioso y confuso que, nada más llegar, se lanza a mis brazos. Están a salvo. Están bien. Es lo único que importa.
—Mamá…
Con los ojos muy abiertos y vidriosos y sin apenas pestañear, mi madre se queda durante tanto rato mirando el desastre, que temo que le vaya a dar algo.
Sin embargo, al cabo de un rato, despierta de esta terrible pesadilla, se acerca a mí, y, con un tono de voz frío y contundente que me cuesta reconocer, me pide con brusquedad:
—Dame tu móvil.
—¿Para qué?
—Tú dámelo y no hagas preguntas.
Obedezco como una autómata y le doy mi móvil.
Le dicto los cuatro dígitos que tiene que introducir para desbloquear la pantalla y me mira con extrañeza, posiblemente porque ella conocía el código que tenía la Paula perteneciente a este mundo, que yo cambié por la fecha de mi boda con Gael en mi anterior realidad.
En esta línea temporal, esos cuatro números, día y mes de la boda que aquí no sucedió, no tiene ningún significado.
Mi madre guarda mi móvil en el bolso y mira a su alrededor, como si buscara a alguien.
Posiblemente piense que Nicola está cerca, observando con satisfacción el caos que ha originado.
No lo ha nombrado, y desconozco si ha llegado a la conclusión de que ha sido él quien le ha prendido fuego al local.
Pienso en la pistola que mi madre tiene oculta en el zócalo de su habitación.
En el pozo del jardín que Manu esbozó después del dibujo del incendio de Casa Costa que ha acabado cumpliéndose.
¿Qué viene después del incendio? ¿Qué significado tiene el pozo?
Entonces, caigo en la cuenta de que Gael y yo hemos salido de casa con tanta prisa tras la llamada de Ingrid informándome de que el restaurante se estaba quemando, que nos hemos dejado la puerta de la habitación de Manu abierta y con la llave en el cerrojo, por lo que, cuando mi madre llegue, sabrá que hemos estado revolviendo sus cosas.
—Me voy a casa —dice mi madre con determinación, sin un ápice de lástima por lo que acaba de pasar, como si ya lo supiera o llevara tiempo preparándose para este momento gracias a lo que Manu dibujó—. Tú vete con Pol a otra parte, lejos de Cadaqués.
—Pero no llevo cartera ni nada…
—Yo sí —interviene Gael.
—Gael va con vosotros —decide mi madre—. Subíos al coche. Ya.
Llegué a pensar que, gracias a la presencia de mi madre, este mundo se me hacía familiar pese a las evidentes diferencias, pero ahora esa sensación se ha desvanecido por completo. No sé quién es la mujer que tengo delante.
—Mamá… ¿Qué piensas hacer? —pregunto con miedo, pese a que me ha dicho que no haga preguntas, y tendría que ser yo quien se enfrentara a Nicola, si es eso lo que tiene pensado hacer, pero, después de todo, no me quedan fuerzas.
No quiero más arrepentimientos en esta vida, no ahora, que tengo un hijo y Gael ha vuelto «mágicamente» a mí.
—Lo que debería haber hecho hace mucho tiempo.
Acto seguido, la veo desaparecer con arrojo en dirección a su coche, mientras yo miro por última vez lo poco que ha quedado del cartel Casa Costa que mi padre diseñó. El mismo cartel en este mundo y en el que abandoné.
—No te preocupes por nada, bichito —le digo a Pol, a pesar de estar temblando como un flan, cuando, cabizbajo y con expresión afligida, se acomoda en la parte trasera del Jeep.
Me pongo al volante, con Gael a mi lado.
—Qué bien que estés aquí, Gael —le digo con la vista clavada al frente.
Ya tendré tiempo de intentar solucionar lo que ha pasado. Por el momento, no se me pasa por la cabeza denunciar a Nicola, aun sabiendo que ha sido el responsable del incendio.
—¿Tienes alguna idea? —me pregunta Gael.
Yo niego con la cabeza. Soy incapaz de pensar con claridad.
No sé adónde ir, y me preocupa lo que le pueda pasar a mi madre, seguramente dispuesta a enfrentarse sola a Nicola, algo que me parece increíble—.
Podríamos ir a Carcassonne, queda a unas dos horas de aquí —propone con un deje de tristeza—.
¿Te acuerdas de la última vez que fuimos?
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—No llores, mamá… —me pide Pol desde el asiento de atrás.
No puedo evitarlo. Lloro porque sé que, en este mundo, va a ser mi primera vez con Gael en Carcassonne, pero en nuestra anterior realidad, la que todavía recuerdo con tanta claridad, nos encantaba ir a pasar el día y hace cuatro años de la última vez que fuimos…
Asiento y, ya con el motor en marcha, pongo rumbo a Carcassonne, con la certeza de que mi madre y Nicola tenían una relación más estrecha de lo que yo creía.
Ella siempre supo de lo que él era capaz, y jamás se lo advirtió a mi versión de esta línea temporal que vivía, desconozco si felizmente, en la más absoluta ignorancia.