CAPÍTULO 51
PAULA
Manu pintó el bosque de Oturia y también sus calles empedradas, la plaza con el olmo seco, y la casa rural de Valeria.
Visualizó el entorno antes de conocerlo, por lo que sus visiones no eran una tomadura de pelo, eran reales.
No es que mi hermano quisiera llamar la atención como yo creía, sino que tenía un don.
Bueno, malo… no lo sé, pero esto me demuestra que veía las cosas antes de que sucedieran, desconozco si a través de sueños o visiones.
Después de lo que nos ha pasado a Gael y a mí, ¿quién soy yo para no creer en algo?
Aquí también me dibujó a mí como a un monstruo con dos caras desfiguradas, una de ellas con una cicatriz en la mejilla, que Gael recuerda del lienzo en el desván de nuestra anterior realidad.
Para el dibujo empleó tonos fríos, grises y azules claros, y en la minuciosidad que empleó en los rasgos, Manu demostró un enorme talento.
—Así me veía. Así me ha visto siempre. En esta realidad y en la anterior, posiblemente en todas las versiones que pueda haber de mí en otras líneas temporales… Como a un monstruo —me estremezco.
Gael no dice nada. ¿Cómo es posible que, aun sabiendo cómo soy y lo que hice, quiera seguir estando conmigo?
Hay dibujos extraños. Precisos. Premonitorios. Un sauce llorón y una gran mancha de sangre en el césped.
—La tumba de Samuel —señalo.
También dibujó a un niño de espaldas, rubio como Pol.
—Lo vio incluso antes de que naciera…
El corazón me va a mil.
Los dibujos parecen seguir un orden preciso.
Seguimos pasando páginas con curiosidad, pero también con miedo por lo que podamos descubrir.
Bosques siniestros. Nieve, mucha nieve. Un agujero negro esbozado con prisas y sin el detalle empleado en otros dibujos.
Un enorme reloj derretido que recuerda a la obra más icónica de Dalí, la que tituló La persistencia de la memoria y data de 1931, un símbolo inconsciente de la relatividad del espacio y el tiempo.
Y una pistola oculta en lo que parece el hueco de un zócalo…
¿El mismo zócalo suelto que he encontrado en la habitación de mi madre?
¿Por qué mi madre tiene una pistola oculta en su habitación?
La pregunta no se me va de la cabeza. A lo mejor lo que le dijo Valeria a Gael era verdad.
Puede que mi madre, aquí, sea retorcida y mala, aunque a una hija le cueste ver algo así.
Puede que matara a mi padre o lo incitara a suicidarse cuando descubrió su infidelidad, algo que podría llegar a entender…
La ira, el odio, el rencor, la animadversión que nos provocan según qué personas con sus actos, nos deshumanizan, empujándonos a cometer auténticas salvajadas.
Faltan tres páginas.
Enseguida sé que lo que muestran aún no ha sucedido:
Fuego. Una página llena de fuego y, en lo alto, el letrero de «Casa Costa». Paso a la siguiente página con ansiedad.
—¿El pozo del jardín? —inquiero.
—Aquí también hay un…
—No, no —niego rápidamente—. Aunque estaba tapiado, aquí no hay ningún cadáver en el pozo. Mi madre lo tapió por Pol, por su seguridad, o eso me dijo.
«Ya no confío en ella», pienso, mordiéndome el labio inferior debido a los nervios y a la ansiedad que me consumen.
—¿Estaba tapiado? ¿Ya no lo está? —trata de comprender Gael.
—Bueno, es que… me lo cargué… para comprobar si… ya sabes. Quería quedarme tranquila —murmuro, avanzando hasta la página final.
Manu se dibujó a sí mismo sentado en el banco de la plaza de Oturia, junto al olmo seco de cuyas anchas ramas Toni me contó que una mujer se había colgado porque no había podido soportar el salto de realidad.
No me ha dado tiempo de asimilar los premonitorios e inquietantes dibujos en acuarela de Manu, especialmente el del fuego arrasando con Casa Costa, cuando el móvil vibra en el bolsillo trasero de mis tejanos. En la pantalla aparece el nombre de Ingrid, una de las camareras.
—¡Paula! ¡El restaurante se está quemando!