CAPÍTULO 49
PAULA
M i madre, sentada al lado de Pol a la mesa de la cocina, le propone a Gael que se quede a comer. Él me mira, como pidiéndome permiso, y yo le sonrío y asiento.
«Claro, es tu casa. Esta siempre ha sido y será tu casa, Gael…».
Cuando Gael y yo nos sentamos a la mesa y empezamos a comer, le cuento a mi madre que he despedido a Nicola por «diferencias irreconciliables». No doy más detalles. Ella no pregunta, solo dice con fingido aire indiferente:
—Bueno, si crees que es lo mejor…
Ahora me da más apuro contarle que Nicola quería quedarse con la mitad de Casa Costa.
¿De qué serviría? Sigo creyendo que mi madre, que se esfuerza en poner cara de póker, siempre ha sabido más de lo que ha dicho.
Imposible saber qué piensa. Pol, por su parte, sonríe al saber que he despedido a Nicola.
Que, posiblemente, no lo va a ver más. Parece estar conforme con mi decisión.
Gael participa en la conversación. Animado, dice que mañana se meterá en la cocina y que tenemos toda la tarde para preparar una nueva carta.
Sé que a mi madre la presencia de Gael le parece ilógica, debido a que hace diez años que salió de la vida de mi versión de esta línea temporal.
Si ella supiera… Pero en lugar de centrarse en Gael o en mí, mira a Pol con aire travieso y le propone ir al cine para que podamos trabajar con tranquilidad.
—¡Sí! ¡Me pido un cubo de palomitas extragrandes! —exclama Pol con voz cantarina.
—Pero nada de bebidas con gas —me veo diciendo, y me percato de que Gael me está mirando de reojo, entre divertido y triste.
Lo conozco. Y también reconozco esa pena.
Ese «y si…» que tanto ha bailado en mi mente.
Sé que está pensando en el bebé que no tuvo tiempo de venir al mundo en la realidad que abandonamos, cuando tuve la mala idea de adentrarme en el bosque de Oturia, sin sospechar que pondría fin a la vida que conocíamos.
Es posible que se esté preguntando, como me lo pregunté yo al principio, si el bebé que íbamos a tener se habría parecido un poco a Pol, aunque no tenga su misma sangre.
***
Gael se está tomando un café con aire pensativo en el jardín y Pol ha subido a su habitación a cambiarse de ropa.
La verdad es que le tengo miedo a Nicola.
Me preocupa que mi madre y el niño salgan, aunque me interese tener la casa libre para subir al desván o intentar abrir la puerta cerrada de la habitación de Manu.
Pero ¿y si a Nicola, lleno de rabia hacia mí, se le ocurre hacerles algo?
Por mi mente pasan un sinfín de escenas catastróficas.
Pillo a mi madre a solas.
Está mirándose en el espejo del vestíbulo, colocándose los pendientes.
—Oye, mamá…
—Dime.
—Lo de Nicola…
—Ajá…
Me cuesta encontrar las palabras.
—No ha sido una despedida amistosa.
—Entiendo —murmura, mirándome a través del espejo—. ¿La repentina visita de Gael ha tenido algo que ver?
—No.
—Vale… ¿Y se puede saber qué hace Gael aquí, después de tantos años?
—Es… es una larga historia.
«Larga e increíble, tan surrealista que no hay por dónde cogerla. Jamás podré contártela, mamá. Jamás podré decirte que no soy la misma persona que se fue a Oturia a pasar un fin de semana para reencontrarse con unos viejos amigos ».
—Pero estaba hablándote de Nicola, mamá. Él… —Me aclaro la garganta, mi madre parece ajena a mi angustia cuando añado—: Nicola no ha resultado ser una buena persona.
—¿Qué me quieres decir con eso, Paula? Se os veía tan bien…
Ha sonado falsa. Impertinente. Cuando se trata de Nicola, presiento que mi madre sabe más de lo que se empeña en aparentar.
No es la primera vez que me percato de que mi madre, la de aquí , es distinta a la de mi otra realidad, como si el mal fondo que reconozco que yo tengo lo hubiera heredado de ella, y oye, sería un alivio, porque así sé de dónde me nace la maldad y todos estos pensamientos intrusivos que se me cuelan en la mente.
Y no, el arrepentimiento que siempre sentí no me hace mejor.
—¿Qué hacía Nicola en casa? —tanteo—. Gael os ha visto hablar en la puerta.
—Nada —contesta con despreocupación. Ya se ha puesto los pendientes, ahora le da la espalda al espejo y se anuda el fular que se ha colocado alrededor del cuello—.
Solo ha venido a decirme, bastante afectado, por cierto, que lo habías despedido, y que si yo podía hacer algo al respecto.
Le he dicho que las decisiones las tomas tú.
—Ah, así que ya sabías lo del despido… —Me fijo en cómo me mira, con los ojos entrecerrados, pensativa. Sí, sabía lo del despido. Y también lo del contrato, estoy segura, aunque yo no llegara a decirle nada—. El caso es que me da miedo que pueda…
Mi madre se echa a reír.
—¿Que pueda qué, cariño?
—Es que él…
«Me quiere ver muerta», pienso para mis adentros, porque sé que decirlo en voz alta es una locura.
—Él nada, Paula. Trabajo no le va a faltar, es un chef famoso.
—Ya, bueno… aun así, ten cuidado.
—Tendré ojos en la espalda —me dice con aire jocoso, sin tomarse en serio mi advertencia sobre Nicola para, a continuación, llamar a Pol, porque, si quieren llegar a la sesión de las cinco, tienen que salir ya.
***
En el desván no hay nada.
Los lienzos pintados por mi hermano de los que Gael tan bien se acuerda «como si los hubiera visto ayer», y que tanto perturbaron a mi madre, a mi otra madre , a la que más recuerdo y quiero, no existen.
No aquí .
—Tenemos que entrar en la habitación de Manu —me dice con urgencia.
—¿Tú sabes abrir puertas cerradas con llave? Porque yo no, y no tengo ni idea de dónde esconde la llave mi madre.
—¿En su habitación? —tantea.
—Probemos.
No me gusta la idea de revolver la habitación de mi madre, situada en la planta de abajo, pero tenemos cuidado a la hora de abrir los cajones de las mesitas de noche, de la cómoda y del armario, dejándolo todo tal y como estaba.
Comprobamos los enchufes, por si hay alguno falso, debajo de la cama, dentro de su joyero, detrás de los tres cuadros que hay colgados en la pared…
, y, por supuesto, «falsos fondos», pero no encontramos ninguna llave.
Hemos perdido media hora que tendríamos que haber aprovechado para crear una nueva carta y así poder abrir el restaurante sin más contratiempos.
—Nada —resopla Gael, cerrando el último cajón que nos quedaba por revisar, mientras a mí se me ocurre agacharme y comprobar los zócalos.
—¡Bingo! —exclamo, al percatarme de que el zócalo que hay debajo de la ventana está suelto—.
El zócalo siempre es un buen escondrijo —murmuro, más para mí misma que para Gael, que está detrás de la cama y cerca de la puerta, a suficiente distancia para que no se dé cuenta del gesto sombrío que compongo al notar el frío metal no de una llave, sino de la culata de un arma que no llego a sacar.
Aturdida por el hallazgo, sigo palpando en el hueco, como si mi mano hubiera cobrado vida propia, hasta que doy con una llave—. Aquí está.
Vuelvo a cubrir el zócalo y me levanto como un resorte con la llave, la llave escondida que debe de abrir la habitación de mi hermano, tratando de no pensar en la pistola que mi madre tiene oculta.
Y es que la madre que yo recuerdo odiaba la violencia, odiaba las armas, odiaba que mi padre tuviera una colección de pistolas en su despacho…
«¿Dónde está mi madre?», me callo, subiendo las escaleras y dirigiéndome a la habitación de Manu dos pasos por delante de Gael.