CAPÍTULO 48
GAEL
M ierda.
Si lo sé no le digo nada.
Paula se queda paralizada, con la cara pálida e inexpresiva y los ojos vidriosos y opacos.
—Eh… a ver, no tiene por qué ser literal, ¿no? No tiene sentido que el chef que ha estado trabajando contigo o con la otra versión de ti durante…
—… tres años —me informa.
—¿Tres? Bueno, pues eso, no tiene sentido que ahora quiera matarte. A ver, es de locos, ¿no?
—No, no tiene sentido, pero sí, es literal.
Quiere matarme. Ese tío… ha cambiado de la noche a la mañana, aunque supongo que llevaba tiempo planeándolo todo y yo me lo he encontrado de sopetón, sin las…
—Paula cierra los ojos apretando los párpados con fuerza como si quisiera quitarse de encima algún recuerdo—…
sin las experiencias previas a toda esta locura, por decirlo de alguna manera.
El caso es que… cuando salté a esta realidad, estuve con él.
O sea, mi versión de aquí estaba con él, así que yo…
me avergüenza decirlo, Gael, pero me dejé llevar y le seguí el juego.
Todo era emocionante y nuevo, es un tío guapo, era encantador, me cameló, y he sido una imbécil, porque nada ni nadie es nunca tan perfecto y ha resultado ser de los malos —zanja con rabia.
A continuación, Paula me cuenta que en el contrato que el italiano quería que firmara para convertirse en copropietario de Casa Costa, algo que la versión de esta realidad le había prometido porque estaba enamorada hasta las trancas de él, había una cláusula muy específica: si a ella le pasaba algo, Nicola pasaría a ser el único propietario del restaurante.
—Supongo que es lo que siempre ha querido, desde que hace tres años empezó a trabajar como chef.
Está muy cabreado —continúa—. Y ahora más, que lo acabo de despedir, por lo que he herido lo más preciado que tiene: su ego.
Lo único que le ha interesado siempre es Casa Costa, hasta el punto de ser capaz de matar para conseguir convertirse en el flamante propietario.
Y es posible que él haya levantado el negocio, porque antes de su llegada estábamos en números rojos, pero aun así… es muy descabellado.
—Y… entonces… ¿Te liaste con él? O sea, tú, como tú… ahora… ¿te has enrollado con el italiano?
—A ver… técnicamente no ha sido una infidelidad, ¿no? Además, tu versión de aquí estaba con Valeria y ya sabes que el despecho nos hace cometer locuras —intenta arreglar. Sonrío para hacerle saber que no pasa nada, que no se lo tengo en cuenta—. Pero nosotros tampoco somos buenos, ¿verdad, Gael?
—¿Qué quieres decir?
Paula sacude la cabeza, como si lo que ha acabado de decir fuera una tontería. Pero no. No es ninguna tontería. Por algo fuimos elegidos por la bruja de Oturia y acabamos aquí. Porque somos o fuimos unos asesinos. Unas malas personas. No, no somos buenos.
—Nada, olvídalo. Entonces ¿mañana abrimos el restaurante?
—Cuenta conmigo para todo.
—Eres un gran chef —me halaga—. Aunque la carta es complicada, hay muchos ingredientes secretos…
—Tenemos toda la tarde para preparar una nueva carta al más puro estilo Gael. Pero no olvides subir al desván. O intentar entrar en la habitación de Manu.
—Vale, sí.
—Estaré en casa de mis padres. Desbloquea mi número, anda.
Paula coge su móvil y desbloquea mi número en el acto.
—Hecho. Deberíamos bajar, no quiero que mi madre piense que… yo qué sé. Tiene una mente calenturienta, pero es como si… como si no la conociera.
Asiento, entendiendo lo que dice. Lo diferentes que podemos llegar a ser de un mundo a otro, aunque, en apariencia, parezcamos los mismos.
—Una última cosa —la detengo—. ¿Crees que eres feliz aquí? ¿Que tu versión de aquí consiguió ser feliz?
Tras unos segundos en silencio, meditando la respuesta, Paula contesta:
—Creo que ahora, contigo, puedo empezar a ser un poco más feliz.
Pero ese niño… desde el primer momento lo quise, aunque fue un shock enterarme de que era madre y lo peor vino después de leer ese diario y saber cómo pasó.
A pesar de todo, desde que llegué… aquí , a esta realidad, quise ser la mejor versión de su madre para él, por lo que creo que en nosotros queda algo de la conciencia de quienes éramos en esta realidad.
Y es Pol quien creo que hizo feliz a la versión que vivía aquí y lamento mucho haber ocupado su lugar.
Me siento una impostora, una suplente… una farsante ocupando una vida que no recuerdo ni me pertenece.
—Ya… ese es otro tema. ¿Adónde han ido nuestras versiones de aquí? ¿Dónde están sus conciencias?
—Como dijo Toni, es imposible tener todas las respuestas, pero, como te digo, creo que una parte de sus sentimientos se quedan aquí.
Siguen en nosotros, como… como una especie de residuo.
.. De alguna forma, siguen en nuestro corazón y en nuestra mente, donde puede que estén atrapados, luchando por echarnos fuera y emerger.
¿Te imaginas? No sé… Puede que lo que yo sintiera por Pol desde el principio perteneciera a mi otra versión y se quedara como un residuo en mí, como para allanarme un poco el camino.
Pero está claro que los recuerdos son distintos.
La vida, a partir de cierto punto, fue distinta, por lo que es imposible que pensemos de la misma forma que cualquiera de nuestras otras versiones.
—Toni también dijo que, si nos hacíamos demasiadas preguntas, acabaríamos locos —añado.
Paula esboza una sonrisa seca y triste y, con la mirada perdida, reflexiona con voz queda:
—¿Y acaso no estamos un poco locos ya, Gael?