CAPÍTULO 47 #2
Mentira. Lo quería todo con él. Pero Valeria había matado a Samuel por mí.
Me había quitado a ese indeseable de encima y le había dado su merecido.
La muerte. Qué menos que allanarle el camino, después de haber estado tiempo con la retahíla de que Gael le gustaba bastante y que, «ojalá», él estuviera por la labor.
Si hubiera sabido entonces que la muy… se acostaba con mi padre…
—Pensaba… —balbuceó.
—No pienses tanto —lo corté—. Y vete. Vuelve a Barcelona, Valeria ya anda por allí. Ve con ella, sal con ella, cásate con ella…
Herí su orgullo. Lo vi en la manera en que emitió un sonoro suspiro y apartó la mirada de mí. Lo alejé para siempre, a Gael y a todos, y en lugar de insistir, entendiendo que era normal que estuviera así de idiota por el mal momento que estaba atravesando, me dieron la espalda.
No he vuelto a ver a Gael desde entonces.
A lo mejor no lo vuelvo a ver y duele, ahora mismo siento que dolerá toda la vida, aunque siempre he tendido a magnificar las emociones.
Qué quieres. Solo tengo dieciocho años. Dieciocho años y un bebé en camino.
Es muy fuerte. A lo mejor mi madre tiene razón y sí he echado mi vida a perder.
El caso es que Valeria y Gael han empezado a salir.
Tienen una vida increíble por delante si consiguen olvidar lo que pasó.
Yo, por mi parte, llevo dentro al niño que me va a recordar a diario lo que pasó aquella noche y lo que hicimos.
Pero tengo la esperanza de que, a pesar de todo, voy a conseguir ser feliz. No pierdo nada por intentarlo, ¿no?
***
Ahora
—Espera… —Con suma concentración, Gael retrocede unas páginas y relee un párrafo del diario que le ha llamado la atención—: Porque mi madre apenas me habla y se pasa horas encerrada en la habitación de Manu donde a mí no me deja entrar. Siempre cierra la puerta con llave.
—La puerta sigue cerrada con llave —le digo.
Gael despega los ojos del diario con sorpresa, como si estuviera teniendo una revelación o hubiera caído en la cuenta de algo importante que yo ignoro.
Mi madre y Pol llevan un buen rato abajo, sus voces me llegan hasta aquí.
Aseguraría que, por el olor a guiso que flota en el aire, están comiendo, pero no han llamado a la puerta, supongo que porque no quieren interrumpir y a mí me da igual que a mi madre se le desate la imaginación tanto como se le ha desatado cada vez que ha visto a Nicola.
—Tu hermano tenía visiones… visiones de lo que ocurriría.
—Eran tonterías para llamar la atención, Gael…
—No, no lo eran, Paula, créeme —rebate, con un convencimiento que me provoca un escalofrío—.
Sus visiones eran reales. Tenía un don. Veía el futuro.
No lo veía todo todo , pero sabía cosas que ni tú ni yo podríamos prever.
Si estoy aquí es por él, porque antes de morir y aun sabiendo que había sido yo quien había encargado su asesinato, me dijo que volviera al bosque de Oturia, que te volvería a ver.
Y, por alguna extraña razón, creí en lo imposible.
Le hice caso y aquí estoy, otra vez contigo, aunque de la forma más inesperada.
»En nuestra anterior realidad, dos días después del suicidio de tu padre, tu madre subió al desván.
Manu me contó que mataste a Valeria la misma noche de su desaparición, el 12 de agosto, y pensé que sus restos estaban ahí, en el desván.
Manu me dijo que no abriera esa puerta, que si la abría no habría vuelta atrás.
Y bueno… no, el cadáver de Valeria no estaba en el desván como había sospechado, pero Manu tenía razón en lo de que si abría esa puerta no habría vuelta atrás.
Tu madre se puso histérica al descubrir, ocultos en el desván, cuatro lienzos enormes pintados por Manu que eran bastante premonitorios.
Empieza a describírmelos con todo detalle. No salgo de mi asombro.
Nuestra familia, completamente destruida en esta realidad y en la anterior.
A mi madre rota en pedazos con lágrimas de sangre saliéndole por los ojos.
A mi padre con la cabeza reventada, así fue como lo encontraron en su despacho en esta línea temporal y en la anterior en la que yo no tuve que padecer su muerte.
Y a mí como a un monstruo con dos caras desfiguradas, magnífica alegoría, y curioso que me dibujara con la cicatriz en la mejilla, inexistente en la vida que dejé atrás.
Sin embargo, y según me ha dicho Gael, la caída contra la piedra que me mató, me provocó una marca muy parecida a la que tengo que sufrir aquí.
En otro lienzo, Manu dibujó a tres chicas desnudas con los ojos cerrados, tumbadas sobre la arena de una playa.
Eran las tres chicas a las que Manu terminó matando en 2018, y cuya desaparición en este mundo evitó que ocurriera.
O a lo mejor era verdad que se le metió el demonio dentro cuando me vio a mí matando a sangre fría a Valeria, algo que no hice en este mundo.
Manu siempre me culpó. Decía que yo llevaba el demonio dentro, que por eso maté a Valeria, y después mi demonio se le metió a él.
Qué locura. Estaba loco. Entonces, si en esta línea temporal Manu no hubiera desaparecido y hubiera cometido igualmente esas atrocidades, ¿a quién le habría echado la culpa?
El caso es que, según Gael, pintó a las tres chicas antes de matarlas en nuestra anterior línea temporal.
Valeria. La Valeria adulta, tal y como es en este mundo, idéntica a como la vi en Oturia como si estuviera viendo un fantasma.
Y el bosque…
—Manu dibujó un bosque engullido por la niebla con una cabaña abandonada a orillas del río y la silueta de una mujer a la que no se le ve el rostro —me cuenta Gael—. El bosque de Oturia. La cabaña, el río… y la piedra. La piedra sobre la que caíste y moriste. Como yo.
—¿Y qué crees? ¿Que en esta realidad Manu escondió lienzos o pinturas en su habitación que mi madre no quiere que vea? ¿Que pueden ser premoniciones y que aquí también las pintó?
—Eso creo. O podemos probar en el desván. A lo mejor aquí también ocultó sus obras ahí. Pero seguro que hay algo, que Manu dejó algo aquí.
—Lo recuerdo tan reservado… tan suyo… —murmuro, aunque es posible que la imagen que tenga de Manu no se acerque a lo que era en este mundo alternativo al que recuerdo.
Aquí todos, incluida yo, no somos iguales debido a situaciones y decisiones ligeramente distintas—.
Necesitamos la casa para nosotros solos e indagar sobre esto, Gael, pero mi madre no tiene planes y Pol tampoco…
No creo que hoy les dé por salir. Además, también está el tema del restaurante.
Hoy no he podido abrir. No tengo chef, lo he despedido —le recuerdo—.
Hemos tenido que anular todas las reservas, y mañana…
mañana sigo sin chef y es domingo, hay mucho trabajo…
Anular las reservas de hoy ha sido caótico, no puedo seguir anulando reservas que están hechas desde hace meses.
—Ey, tranquila. Mañana abrimos el restaurante. Yo cocino, ya sabes que se me da de lujo. Respecto a lo del chef… —empieza a decir, dubitativo—. Hay algo que tengo que decirte. Por eso he salido del campo con prisas y sin saludarte, porque he seguido a ese tío, el italiano…
—¿A Nicola? Cómo sabías…
—Iba en moto —ataja—. Vino aquí, llamó a la puerta, tu madre y él tuvieron una breve conversación bastante acalorada…
—Espera, espera… ¿Nicola ha estado aquí hablando con mi madre? ¿Después de despedirlo? —trato de comprender.
Mi madre no sabía nada del contrato que Nicola me propuso para quedarse con la mitad de Casa Costa, al menos no por mí, que no he encontrado el momento adecuado para sacar a relucir este tema.
—En el campo estaba hablando por teléfono.
—Asiento. Sí, exacto, Nicola estaba hablando por teléfono—.
Al tener un marcado acento italiano y saber que tu chef era italiano, me he fijado en él y lo he reconocido.
Yo estaba a su lado, observándolo, porque no me ha dado buena espina.
Lo último que le ha dicho a la persona con la que estaba hablando ha sido: «Pase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta».
Mierda.
Tal y como me temía.