CAPÍTULO 47
PAULA
Fragmento del diario secreto de Paula,
Parte IV
V aleria se quedó conmigo durante las interminables doce horas que pasé en el hospital, sin sospechar que en Oturia se había desatado otra pesadilla de la que mis padres, en Cadaqués, todavía no sabían nada, pero marcaría un antes y un después en nuestras vidas, últimamente tan desequilibradas, tristes y gafadas…
Como si Samuel, desde la tumba que Valeria y Gael cavaron para él, nos hubiera lanzado una maldición.
En el hospital, me llevaron directamente a quirófano sin hacer preguntas.
Me sedaron y me reconstruyeron la mejilla izquierda.
Cuando desperté, tenía la mejilla vendada.
Me dijeron que sería conveniente regresar dentro de dos o tres días para ver cómo evolucionaba.
Me dieron antibióticos y me explicaron cómo hacer las curas, qué cremas tenía que aplicarme para mejorar la cicatrización…
Un rollo. Los primeros días notaba la mejilla ardiendo, hasta el punto de temer que la herida, aun estando cerrada, se me hubiera infectado.
La tenía muy inflamada y amoratada, cualquier roce me dolía, y, tras el alta, me advirtieron que quedaría cicatriz, que el corte había sido muy profundo.
La operación había sido un éxito y yo me encontraba más o menos bien pese al trauma, pero es posible que necesite cirugía estética en el futuro si quiero que la cicatriz se me note menos.
Físicamente estoy bien, pero mi cabeza no para de darle vueltas a lo que pasó.
A cada momento se me presentan imágenes monstruosas que me gustaría hacer desaparecer de un plumazo.
Pero no puedo. No puedo… Ahora mismo acaricio esta monstruosidad extraña en mi cara y me entran ganas de llorar… lloro todo el rato por cualquier cosa.
Porque mi padre se suicidó hace cuatro meses.
Porque hace siete meses que mi hermano desapareció en Oturia, la búsqueda fue un fracaso, y la policía se ha quedado sin hilos de los que tirar. Es como si la tierra se lo hubiera tragado, expresión que mis padres se tomaron fatal.
Porque mi madre apenas me habla y se pasa horas encerrada en la habitación de Manu donde a mí no me deja entrar. Siempre cierra la puerta con llave.
Y porque la cicatriz en la cara no es lo único que me recuerda aquella horrible noche en Oturia en la que Samuel me violó.
Estoy embarazada. Para cuando me enteré, abortar ya no era una opción.
Faltan solo dos meses para verle la carita.
Cuando me hacen una eco y oigo los latidos de su corazón, se me saltan las lágrimas y se me escapa una sonrisa.
Me olvido de que fue concebido de una manera espantosa.
En serio, no sé cómo lo hago, pero consigo olvidarlo.
Y también le ordeno a mi cerebro que no recuerde de quién es hijo.
Tengo ganas de conocerlo. De quererlo. Porque qué culpa tiene el bebé de lo que me pasó, de cómo fue engendrado.
Quiero darle una buena vida, aunque mi madre me diga que he echado la mía a perder.
Ni siquiera me di cuenta de que Samuel acabó dentro de mí, antes de que Valeria le golpeara fuerte en la cabeza con una piedra.
Mi madre no sabe quién es el padre y yo no puedo decírselo, porque eso implicaría hablar del asesinato que Valeria cometió.
Tampoco tiene ni idea de que su nieto es fruto de una violación terrible ni de lo que sucedió después: que Valeria mató a Samuel y acabó enterrado en el jardín de la casa rural que sus padres tienen en Oturia.
Y que es un secreto que, como tantas otras cosas, me está consumiendo.
Mi madre ha dejado de hacer preguntas. A veces creo que soy invisible para ella.
Que lo único que le importa es Manu, que, aun estando desaparecido, parece estar más presente que nunca.
Yo creo que está muerto. Y siento celos.
Celos de que mi madre lo tenga más presente que a mí.
Y celos porque él está muerto y ha dejado de sentir y de sufrir y yo sigo entre los vivos haciéndome la fuerte.
Siento que he madurado de golpe. No me ha quedado más remedio.
No soy y nunca seré la misma que pensó que el verano de 2014 sería el mejor de su vida.
Gael parecía estar interesado en mí después de muchos veranos conformándome con mirarlo desde lejos con otros grupos de amigos o con sus padres.
Al fin había conseguido que nos presentaran formalmente y estar cerca de él.
Cuando después de muchas horas me dieron el alta en el hospital y volvimos a Oturia, Valeria me detuvo. Tardamos un rato en salir del coche.
—No, espera. Todavía no.
Sacó un anillo del bolsillo de los tejanos y me dijo que quería que lo tuviera yo.
—Es de…
—Sí. Es el anillo de ese cabrón —confirmó.
—¿Cuándo se lo sacaste?
—Antes de enterrarlo. Quiero que lo tengas tú.
Acepté el anillo. No porque quisiera tenerlo, pues me parecía retorcido quedarme con algo que era de Samuel, como esos asesinos en serie que coleccionan objetos de sus víctimas a modo de trofeo.
Me quedé con el anillo por las pocas ganas que tenía de hablar o de llevarle la contraria a Valeria.
Nada más llegar a casa, escondí el anillo de Samuel en mi rincón secreto: el hueco del zócalo.
Creo que ahí también acabará este diario que la psicóloga a la que voy desde que mi padre se suicidó me aconsejó escribir y que espero que nadie encuentre nunca.
A lo mejor lo arrojo a la chimenea y que arda, que arda todo.
Ya veré. Hay demasiados secretos aquí dentro como para que alguien lo descubra.
Volvimos a la casa rural donde Gael, Laia, Agus y Carlota nos esperaban.
Lo primero que me dijeron fue que Gael les había puesto al día.
Joder, vaya caída, ¿estás bien? También ha sido mala suerte que una de las puntas de la valla, con lo afiladas que son, te alcanzara en la cara.
¿Te va a quedar mucha marca? La venda me cubría la mejilla izquierda, por lo que no pudieron ver la magnitud de la herida.
Gael también les había dicho que Samuel se había largado en plena noche, porque un amigo lo había llamado con una oferta de trabajo increíble en Barcelona, y él lo había acercado hasta la estación de tren más próxima, que estaba a hora y media en coche.
Se lo tragaron todo. No hicieron preguntas.
Nunca sospecharon que Samuel jamás llegó a salir de Oturia.
Pero había algo más… Manu no había dormido en casa.
O sí, pero había salido, nadie sabía cuándo, y llevaban demasiadas horas sin saber nada de él.
Fue Agus quien propuso salir a dar una vuelta por el pueblo a ver si lo encontrábamos.
Parecían más preocupados que yo, y eso que estábamos hablando de la «desaparición» de mi propio hermano.
—¿Tienes una foto? —me preguntó Agus.
—¿De Manu? ¿Para qué?
—Para enseñarla. A la gente con la que nos crucemos por la calle… por si lo han visto.
Le eché un vistazo a la galería de mi móvil. No tenía ni una foto de mi hermano. Solo aparecía en una grupal que nos habíamos hecho hacía unas semanas en la playa, y se le veía un poco mal. De lejos y de perfil. No posaba para la foto como el resto; Manu, simplemente, pasaba por ahí.
—Bueno… puede valer —opinó Agus sin estar convencido—. Pásamela y yo me encargo.
Apenas había gente en el pueblo. En la plaza nos topamos con un hombre sentado en el banco que achinó los ojos al mirar la foto y sacudió la cabeza a modo de negación.
No nos atrevimos a entrar en el bar después de la que Samuel había liado, pero echamos un vistazo a través del cristal por si Manu estaba ahí dentro.
Nada. Y ya se había hecho de noche. Era muy tarde.
Otra opción era llamar a la puerta de las pocas casas habitadas que había en Oturia.
El móvil de Manu no daba señal. Apagado o fuera de cobertura.
Yo ya me estaba empezando a cabrear y a desesperar, así que llamé a mis padres.
Fue entonces cuando se desató toda la locura.
Gael, Valeria y yo estábamos más nerviosos que el resto, claro.
Dos agentes de la Guardia Civil vinieron a casa y cruzaron el jardín donde Samuel llevaba poco más de veinticuatro horas enterrado.
Pero, por suerte, nadie lo mencionó, como si Samuel nunca hubiera estado en Oturia.
Todo el mundo estaba tan centrado en la desaparición de mi hermano, que lo ocurrido la noche anterior fue un hecho aislado que pasó desapercibido y que solo sabíamos Valeria, Gael y yo.
Y a los tres nos interesaba (nos interesará siempre) mantener el pico cerrado.
Pasaron los días… y las semanas.
(Repito: han pasado siete meses).
Y ni rastro de Manu.
Su móvil nunca dio señal. Fue imposible localizarlo.
Volvimos a Cadaqués.
Resignados. Abatidos. Tristes. Desubicados.
Una noche, hacia el final del verano, Gael se presentó en mi casa. Salimos al jardín ante la curiosa mirada de mi madre, que nos estuvo espiando desde la ventana del salón. En el cielo había un montón de estrellas.
—¿Cómo estás? —me preguntó.
—¿Cómo crees que estoy?
Me toqué la cara, ya descubierta, con los hilos aún visibles.
—Siento lo de tu hermano. Siento… siento mucho lo que te pasó aquella noche.
—Desapareciste. Con Valeria. Me acuerdo perfectamente de que os fuisteis solos a un rincón antes de que él…
—De la rabia que sentía, me mordí el labio con tanta fuerza que me hice sangre.
A duras penas pude continuar hablando, no sé de dónde saqué fuerzas—: Si no te hubieras ido con ella, no me habría pasado nada.
—Ella no significa nada para mí, ¿es que no lo ves? Eres tú… siempre has sido tú. Y este verano tenía que ser perfecto. Hace años que me fijé en ti. Y ahora que por fin…
—No quiero nada contigo, Gael. Conmigo no tienes ninguna posibilidad. Ya no.