Despertarás en otra vida CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

SOFÍA

L a culpa es mía. Solo mía.

​ Fui yo quien trajo a Nicola. Lo metí en la vida de mi hija para que Casa Costa no muriera, haciéndole creer que había sido ella quien había conseguido al mejor chef para remontar, y ahora, aún no sé cómo, lo voy a hacer desaparecer.

​ Me he cansado de sus chantajes, propios de la mafia de la que proviene y de la que me dijo, con cara de cordero degollado, que había huido, «porque él no es así, como las personas que lo habían criado».

​ Y una mierda. Nicola es peor. Es un monstruo sin alma.

​ Estoy harta de darle dinero cada vez que me lo pide, no contento con el elevado sueldo que Paula le paga cada mes por su encomiable trabajo.

Una cosa no quita la otra; es el mejor chef que Casa Costa ha tenido jamás.

He disimulado, haciendo ver, y además con bastante guasa, que era el hombre perfecto para mi hija, que tardó dos años y medio en sucumbir a sus encantos, aunque era algo que se veía venir.

Pero lo que ahora Nicola está reclamando con una urgencia que no logro entender y que no me gusta un pelo, se pasa de castaño oscuro.

La mitad del restaurante. Con una cláusula muy específica que enseguida me hizo sospechar que cuando Paula, cegada de amor, firmara el contrato, Nicola se desharía de ella para quedarse con todo.

​ Es perverso.

​ Lo más extraño de todo, es que, a lo largo de estos días, Paula no me ha comentado nada sobre la propuesta que Nicola, ya con el contrato preparado, le tendió sobre la mesa.

Es como si mi propia hija no confiara en mí o no tuviera en cuenta mi opinión.

Y es normal, porque en los tres años que Nicola lleva trabajando en Casa Costa, no he sido sincera.

Me he guardado muchas cosas para mí. Demasiadas.

Y ahora me van a explotar en la cara. He esperado pacientemente, incluso llegué a preguntarle a Paula, al verla sumida en sus pensamientos con gesto preocupado, si tenía algo que decirme, y ella se limitaba a negar con la cabeza.

​ Lo único que a Nicola le ha interesado siempre es el restaurante, una mina de oro desde que llegó y que puede incluso aumentar sus frutos siendo de su propiedad, gracias a la fama que se ha granjeado en redes sociales.

Siendo como es y proviniendo de donde proviene, me extraña que Nicola se haya expuesto tanto, pero no seré yo, y menos ahora, quien le diga qué es lo que tiene que hacer y lo que no.

​ Desde el principio, Nicola se propuso conquistar a Paula como si de un reto personal se tratara.

Cegarla por completo hasta que la tuviera comiendo de su mano y le dijera a todo que sí.

Había perseverado con una paciencia admirable, debido a los traumas que mi hija arrastra.

Y al fin, Nicola lo había conseguido. O eso parecía hace unas semanas.

Ahora que Paula se niega a firmar, su vida corre peligro de manera inminente.

Y es que Paula no parece la misma Paula que se fue a Oturia hace un mes enamoradísima de Nicola.

En estos seis meses que llevaban juntos, no la he visto tan indiferente a los encantos del italiano como en este último mes.

​ Nicola ni siquiera intenta disimular. Está muy cabreado.

Necesita tener el control de todo, y ahora que se ha dado cuenta de que no lo tiene, no le importa lo más mínimo mostrar su verdadera cara.

Una muy fea y agresiva que lo domina y que lo va a empujar a hacer lo peor…

Y eso no nos conviene, ¿verdad? Sus planes no han salido como él esperaba.

Para más inri, y ahí tengo la prueba de lo mucho que ha cambiado mi hija en solo un mes, lo acaba de despedir, y ha ocurrido poco después de que Nicola cortara nuestra acalorada conversación por teléfono en la que le he pedido que se marchara de Cadaqués y saliera de nuestras vidas para siempre.

A lo mejor he pecado de sonar un poquitín desesperada.

​ —O si no, ¿qué, Sofía? ¿Qué vas a hacer?

Sabías de dónde venía, lo sabías y te dio igual con tal de resucitar un local que estaba muerto antes de mi llegada.

Ya es tarde. Paula no ha cumplido con lo que me dijo hace unas semanas, y estoy convencido de que no te ha comentado nada, ¿verdad?

—ha escupido entre dientes, para acabar diciéndome el muy malnacido—: He esperado tres años, Sofía.

He tenido mucha paciencia… demasiada. Y ahora, por culpa de tu hija y sus malas decisiones, todo ha tenido que precipitarse.

Cuánto lo siento… Pase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta.

​ Hay personas que solo saben sembrar el mal en este mundo.

​ Personas tóxicas que corrompen todo lo que tocan.

​ Y esas personas, que te embaucan con su falsedad disfrazada de encanto, merecen un buen escarmiento.

​ Pero ¿cómo va a abrir Paula el restaurante en hora y media si se ha quedado sin chef?

​ Nicola es capaz de hacer cualquier cosa para conseguir su propósito.

La avaricia lo tiraniza, lleva la maldad en la sangre, lo acabo de ver con mis propios ojos en la manera en que se ha atrevido a hablarme en la puerta de mi casa.

Lo que no sabe, es que yo también soy capaz de hacer cualquier cosa por mi familia.

Ya lo hice una vez, diez años atrás, deshaciéndome de Joaquín.

Nadie sospechó que no fue él quien apretó el gatillo, y lo de ser una viuda afligida se me da muy bien.

Y es que, el muy cabrón, tras la inexplicable desaparición de Manu y el embarazo no deseado de Paula con solo dieciocho años, quería dejarme, tirarlo todo por la borda, hacer volar nuestra vida por los aires y fugarse con su joven amante.

Afortunadamente, Valeria acabó con Gael y emprendieron una nueva vida en París.

La muy idiota me tenía miedo. Creo que es la única que sospechó que, detrás de la muerte de Joaquín, estaba mi mano.

Por suerte, apenas ha vuelto a Cadaqués y, si lo ha hecho, no se ha dejado ver.

Niñata estúpida… ¿Qué habrían dicho de nosotros si Joaquín y Valeria hubieran terminado juntos?

Joaquín era un caprichoso desvergonzado y sin cabeza…

¡Y ella era una cría! ¡Solo tenía diecinueve años!

Mayor de edad, sí, pero una cría consentida que ansiaba lo que no le pertenecía.

Mi marido acabó como merecía. Yo solo hice lo que tenía que hacer.

La sorpresa reflejada en su rostro a veces se me presenta en sueños.

Nada me habría aterrorizado más que quedar como la imbécil que no se entera de que su marido le es infiel con la amiga de su hija, la culpable de haberlos arrastrado a todos a Oturia aquel maldito verano y de que mi hijo desapareciera.

​ Y ahora… bueno, ahora toca volver a hacer de tripas corazón y armarme de paciencia.

​ Gael, que no sé a qué ha venido, está en mi cocina, mirándome mientras preparo café como si escondiera algo, después de preguntarme con interés quién es el tipo con el que estaba hablando. Vamos, seguro que ha reconocido a Nicola, ¿por qué disimula?

​ «Nadie», me he limitado a contestar. Y así será. Ahora es un problema por resolver, pero dentro de poco, Nicola no será «nadie», y pensarlo me alivia un poco.

​ Paula y Pol llegarán en pocos minutos.

​ Solo necesito mantenerlos alejados de aquí y empezar a urdir un plan que arruine el destino que Nicola Galli ha empezado a escribir con tinta de sangre.