Despertarás en otra vida CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

GAEL

«P ase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta».

​ ¿De qué va ese tío? ¿Quién es en realidad el chef que Paula tiene contratado? Parecía un asesino a sueldo más que un cocinero, joder.

​ «Paula está muerta».

​ Nadie vaticina algo así si no tiene pensado actuar de la peor de las maneras.

​ Muy a mi pesar, mi encuentro con Paula va a tener que esperar.

​ El italiano, el tal Nicola Galli, sale de las gradas y se acerca a Paula, quien lo recibe con rechazo.

Sigo observando a suficiente distancia para que ninguno de los dos repare en mi presencia.

Cerca de ellos, hay varios padres hablando en corrillo.

Paula le habla al italiano cabreada. Parece furiosa, nada que ver con la sonrisa feliz y relajada que le ha dedicado al niño que la ha saludado en el campo.

Conozco esa expresión, la rigidez que domina su cuerpo en momentos de tensión.

Lo que no entiendo, es por qué en esta línea temporal Paula tiene una cicatriz en la mejilla izquierda.

Aunque la intenta disimular con el cabello, se le nota bastante, soy capaz de distinguirla, aun estando un poco lejos.

Es mi Paula , eso está claro, pero, al mismo tiempo, es distinta.

Y entonces, pienso en lo que ocurrió en este mundo la noche del 12 de agosto de 2014. ¿La cicatriz se la provocó Samuel?

​ Cuando al cabo de un rato veo a Nicola alejándose de Paula, salgo del campo sin que ella me vea.

El tipo se detiene frente a una moto roja de gran cilindrada.

En lo que tarda en abrir el portaequipajes para coger el casco y colocárselo en la cabeza, yo me subo a mi coche, que he dejado aparcado en un hueco que he encontrado un poco más abajo.

Cuando arranca, emprendo la marcha. No me cuesta seguirlo, cada vez más extrañado por la trayectoria que está tomando.

Va directo a la casa de Sofía, subiendo a toda velocidad por las cuestas y tomando las curvas de forma temeraria.

Aparco a unos precavidos metros de distancia y salgo del coche.

Me escondo detrás de un árbol. Nicola ha dejado la moto en el camino de acceso de la casa, ha llamado al timbre, y está manteniendo una conversación acalorada con Sofía.

¿Era con ella con quien hablaba por teléfono?

¿Era a Sofía a quien le ha dicho, con una seguridad apabullante que me ha helado la sangre, que, pase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta ?

​ Vuelvo a pensar que Valeria tenía razón.

Es una Sofía muy distinta a la que yo recuerdo, posiblemente por los palos que ha recibido en esta realidad, aunque en la anterior no se quedara corta de desgracias.

Ahora es ella quien le habla al italiano con el rostro crispado.

Amenazadora, levanta el dedo índice en dirección al tipo, que da un paso hacia atrás como si la temiera.

​ Acto seguido, Nicola le da la espalda y baja las escalinatas con la cara roja de ira. Está hecho una furia. Sofía no se mueve del quicio de la puerta hasta que no lo ve marcharse con la moto.

​ Me vuelvo a subir al coche. Arranco con decisión y asciendo a diez por hora la poca distancia que me separa del camino de acceso de la casa de Sofía, donde tan solo un par de minutos antes el italiano ha dejado la moto.

​ Llamo al timbre, y Sofía no tarda en abrirme la puerta con cara de pocos amigos, cambiando el gesto al verme a mí y no al chef, con el que está claro que acaba de tener un enfrentamiento.

​ —Perdona, Sofía, ¿molesto?

​ —No, no, para nada. —Pese a su respuesta, parece extrañada de volver a verme, y es que yo, o mi versión de este mundo, probablemente no debería haber regresado a Cadaqués—.

¿Has visto a Paula? —me pregunta, tensa y con un tono de voz duro y frío que dista mucho de la Sofía que yo conocí, tan rota y débil durante sus últimos días de vida.

​ —Sí, pero había un montón de gente y no he podido acercarme. ¿Te importa si la espero aquí?

​ Sofía se me queda mirando como si desconfiara de mí o mi visita supusiera un engorro.

Pero, acto seguido, asiente con la cabeza forzando una sonrisa, y me invita a pasar.

Servicial como la recuerdo de la realidad de la que provengo, aunque aquí me da la impresión de que es más dura, me ofrece café, té, una cerveza, lo que me apetezca, tiene de todo, «¿O quizá unas magdalenas que acabo de hacer? ».

​ —Solo café, gracias. Por cierto… ¿Quién era el hombre con el que estabas hablando?

​ —Nadie —contesta, esquiva y sin mirarme.