CAPÍTULO 42
PAULA
H ace rato que he perdido de vista a Gael, como si su presencia en las gradas hubiera sido un espejismo.
No tenía mucho sentido que, estando con Valeria y disfrutando de una acomodada vida en París, estuviera aquí.
Al fin y al cabo, en esta realidad hacía años que no nos veíamos y el fin de semana en Oturia fue…
raro. Una trampa de Valeria. Un caramelo envenenado.
No sé para qué, deduzco que para asegurarse de que continuara manteniendo nuestro secreto a salvo.
El asesinato de Samuel. Su cuerpo enterrado en el jardín de la casa de Oturia, debajo del sauce llorón que está cerca de la entrada.
Espero fuera a que Pol salga de los vestuarios.
Tardan bastante, seguro que están celebrando la victoria.
Me mantengo alejada del corrillo que han formado los orgullosos padres, cuando Nicola, tan aparentemente encantador y seductor como siempre, se acerca a mí.
Al intentar darme un beso como si hace cuatro días no me hubiera amenazado con marcharse si no le cedía la mitad de Casa Costa, me aparto bruscamente.
—¿Qué pensabas hacer? —le pregunto, cruzándome de brazos en actitud desafiante. A lo largo de estos días, hemos mantenido la distancia y una actitud meramente profesional, aunque algo incómoda.
Con aire arrogante, Nicola me recuerda:
—Tres días. Voy yendo al restaurante, que hay mucho por hacer. Mis platos no se preparan solos.
Ha recalcado «mis platos». Sus recetas únicas y secretas, aunque en sus reels de Instagram parece que desvele las recetas de su nonna sin misterios y sin nada que ocultar, mostrando hasta el último ingrediente para que todo el mundo pueda hacerlo en sus casas.
Farsante.
En un arrebato de ira, agarro a Nicola del brazo haciendo que se detenga en seco. Sorprendido, porque apuesto a que no pensaba que yo tuviera tanta fuerza, se gira hacia mí con las cejas arqueadas, esperando a que diga algo.
¿El qué?
Ni yo misma lo sé.
No reconozco mi voz cuando hablo con una contundencia que no creía posible debido a los nervios:
—No voy a firmar esos papeles, Nicola. Es más, cuando llegue a casa, lo primero que voy a hacer es prenderles fuego. No voy a cederte la mitad del restaurante. Jamás, ni en sueños. Puedes irte hoy mismo, no te quiero en mi cocina.
Nicola inspira hondo, aprieta la mandíbula y cierra los puños como si quisiera golpearme…
Me pregunto qué haría si a nuestro alrededor no hubiera tanta gente.
¿Dónde está el Nicola dulce y atento que me llamaba Bella ?
Todo fue una mentira que mi inocente versión de aquí se creyó y yo también, al principio, aunque he jugado con ventaja al no sentir absolutamente nada por él.
Tras unos segundos en los que en su gesto reconozco la misma rabia que a mí me corroe por dentro, inquiere:
—¿Estás segura?
—No he estado tan segura de algo en mi puta vida.
Nicola me mira como si me estuviera perdonando la vida.
Me da por pensar que no iba muy desencaminada con mi hipótesis de que, si hubiera firmado el contrato, habría acabado muerta en una cuneta para que Casa Costa pasara a ser exclusivamente de Nicola.
Por algo estaba la cláusula de que, si me pasaba algo, mi mitad sería automáticamente suya, y Casa Costa desaparecería para dar paso a Casa Galli.
Como si lo estuviera viendo. Ya no sabré qué opina mi madre sobre la propuesta de Nicola, que acabo de rechazar rotundamente.
No he llegado a hablar con ella al respecto.
Sin embargo, un mal presentimiento me asalta cuando Nicola se aleja de mí.
«Paula… Paula, joder… Tres años trabajando con este tipo que te engatusó, cegándote por completo, y no te diste cuenta de que es un cabrón?», le reprendo a mi versión de este mundo alternativo que no es tan confortable ni seguro como quise creer al principio.
Soy consciente de que, sin Nicola Galli, Casa Costa morirá.
Encontrar a un chef de su talla a estas alturas en un pueblo que solo florece cuando hace buen tiempo, es como buscar una aguja en un pajar.
Llegué a pensar que, debido al prestigio de Casa Costa, sería coser y cantar, pero ahora mismo no lo tengo tan claro.
No obstante, no quiero volver a ver a Nicola ni en pintura.
Es que le he cogido un asco… le tengo tanta manía, que lamento cada uno de los besos que permití que me diera, aun sin conocerlo de nada.
¿Cómo pude dejarme llevar por un instinto tan primario como el del deseo?
Mi cuerpo reaccionaba a él con tanta naturalidad, como si estuviéramos hechos el uno para el otro, que decidí seguir con el juego para no levantar sospechas, aunque, ¿qué sospechas podía levantar, si a cualquiera que se le diga que vengo de otra realidad y he saltado a esta por culpa de una bruja, me mandaría a un centro psiquiátrico?
Ver a Gael casado con Valeria en lugar de conmigo y tan acaramelados en Oturia, me trastornó, aunque no tanto como ver a Valeria viva, cuando yo recordaba haberla matado.
El caso es que me hizo desear una relación especial que creí tener con Nicola.
Y resulta que Nicola nunca me quiso bien.
Nunca quiso a la Paula de esta realidad, y me compadezco de ella y ahora de mí, que no soy más que una simple sustituta aprendiendo a vivir, a la que le ha tocado recibir el golpe.
A mi versión de aquí le habría dolido, aunque estoy segura de que ella habría firmado ese maldito contrato con una cláusula que, probablemente, la habría llevado a «desaparecer».
A mí no me duele lo más mínimo, pero detesto el juego sucio.
Otra vez ese fuego consumiéndome por dentro… esa rabia, ese impulso de hacer lo peor… es posible que lleve dentro a una asesina. Ya lo hice una vez, ¿no? Y en este mundo también oculté un asesinato. Por eso la bruja de Oturia me eligió.
Vamos, asúmelo ya y deja de engañarte a ti misma.
No soy y nunca seré una buena persona. Ni en esta realidad alternativa ni en la anterior ni en todas las que pueda haber.
***
Fragmento del diario secreto de Paula,
escrito en febrero de 2015
Parte III
Samuel cayó al suelo. Le empezó a salir sangre de la cabeza, casi tanta sangre como a mí de la cara que no me atreví a tocar porque sentía la mejilla partida en dos, un desgarro que dolía, dolía horrores... Hasta que se me durmió.
Todavía tendida sobre el césped, que notaba helado en la piel, vi a Valeria sosteniendo una piedra enorme y, a su lado, a Gael con la cara desencajada. Su palidez me habría preocupado si yo hubiera estado en una situación más favorable.
Pero estaba mal. Estaba fatal…
Intenté levantarme, pero me fue imposible.
Cuando pensé que todo había terminado y que el siguiente paso era llamar a la policía y entregar a Samuel por lo que me había hecho, Valeria se sentó a horcajadas encima de él. Levantó la piedra y empezó a golpearlo en la cara una, dos, tres veces… perdí la cuenta.
Me quedé ciega. Sorda. Muda.
Sé que Samuel gimió e hizo un amago de gritar, pero tampoco estoy muy segura de que eso ocurriera. Mientras tanto, Gael, no sé cómo, se espabiló un poco para ayudarme. Lloraba. Me miraba y lloraba y me pedía perdón, y yo le susurré, balbuceante:
—¿Es grave? Mi cara… no siento la… la mejilla… me dolió, pero ahora… ahora ya no.
Gael no contestó, solo... solo se derrumbó e impidió que me llevara la mano a la cara.
Con vergüenza, me ayudó a subirme las bragas y los tejanos, mientras Valeria, colérica, seguía encima de Samuel, pero estaba quieta, ya sin la piedra entre las manos ensangrentadas, observando el horror de lo que había hecho.
—Gael… —lo llamó Valeria, con una voz tan rota que no parecía la suya—. Entra en casa, coge toallas, hay varias en el armario del pasillo que está al lado del cuarto de baño. Hay que impedir que le siga saliendo más sangre de la cara… En cuanto acabemos con esto, la llevo al hospital.
¿Tan grave era? Estaba tan aturdida y asustada, que no podía moverme. Era incapaz de levantarme.
Gael obedeció y desapareció a toda prisa por el camino de baldosas hacia el interior de la casa.
Valeria se puso en pie. Me tendió la mano que yo, aturdida, acepté, y me ayudó a levantarme.
Entonces vi lo que había hecho. Había matado a Samuel.
Pero no de cualquier manera, no, lo había destrozado…
su cara era… no era una cara, era un amasijo deforme en la que ya no había ojos ni boca ni nariz…
le había abierto la cabeza y los sesos se habían desparramado por el césped teñido de rojo, un rojo intenso que brillaba con el resplandor de la Luna, que parecía un foco dirigido a una escena gore de terror.
—Valeria…
—Igual me he pasado un poco… —murmuró.
Gael regresó con un total de cinco toallas que fue colocando torpemente y con mucho cuidado en mi mejilla izquierda desgarrada.
—Aguántalas encima de la mejilla… —me dijo, con el horror reflejado en el rostro al ver el cadáver de Samuel. Su cabeza era poco más que un amasijo de hueso y carne bañada en sangre. Dolía verlo—. Joder, Valeria… ¿No podríamos haber llamado a la policía?
Era lo que yo había pensado. Dejarlo noqueado, denunciar lo que me había hecho… Pero Valeria había tomado la drástica decisión de acabar con su vida. Ya estaba hecho y no había vuelta atrás.
¿Valeria estaba drogada? ¿Borracha?
Había esnifado algo de la coca que trajo Samuel, pero ¿hasta qué punto la droga la había empujado a cometer un asesinato tan atroz?
Se mostraba ida y nerviosa y a ratos su comportamiento era errático, pero no parecía arrepentida.
A esas alturas, no nos quedaba otra que ocultar lo que había pasado y librarnos de la cárcel, que es donde habríamos acabado si alguien nos llega a descubrir o si Samuel hubiera tenido a alguien que se preocupara por él.
Adelanto que, de momento, nadie ha denunciado su desaparición.
Parece que no tenía amigos íntimos, tampoco familia…
es triste no importarle a nadie, y supongo que de ahí venía su rabia, su maldad…
Creo que la droga y el alcohol también influyeron en él.
Al igual que Valeria, iba muy puesto de coca.
El caso es que tengo que repetirme a diario que Samuel era una mala persona que me había agredido y que está mejor pudriéndose bajo tierra.
Valeria, fría como un témpano de hielo, soltó sin mirarnos:
—Esto es lo que merecía este cabrón.
Aunque le temblaba un poco la voz, pasados unos minutos seguía sin haber ni pizca de remordimiento en su actitud.
El efecto de la droga que había influido tanto en Valeria fue disipándose, como si hubiera desaparecido de su organismo como por arte de magia.
Y, al cabo de un rato, Valeria y Gael empezaron a cavar un hoyo profundo bajo un sauce llorón.
Parecía que me encontraba dentro de un mal sueño.
El tiempo empezó a funcionar de una manera distinta, más rápido o más lento, no sé, a momentos me daba la sensación de que el tiempo se había estancado.
Como yo estaba sin fuerzas y en shock, pues cada vez me sentía más mareada debido a toda la sangre que había perdido y que había podido detener un poco gracias a las toallas que Gael me había dado, Valeria me pidió que vigilara.
Si Agus, Laia o Carlota se despertaban y bajaban, dándose de bruces con el percal, estábamos jodidos.
Tres ya son multitud para guardar un secreto de esa magnitud, imagina si se suman más personas.
¿Y mi hermano? ¿Dónde estaba Manu? Nadie lo sabía. En ese momento, poco nos importaba, aunque yo esperaba que estuviera durmiendo.
Enterrar a Samuel, regar el césped para limpiar toda la sangre derramada, y dar con una mentira convincente que contar en el hospital sobre cómo me había desgarrado la mejilla de una manera tan bestia, nos llevó un total de tres horas, pero el trauma, yo estaba convencida de ello, duraría toda la vida.
Y ahora también tendré que convivir con la horrible cicatriz que Samuel me provocó en la mejilla izquierda, un recuerdo del infierno que viví, una pesadilla que duró unos pocos minutos, pero que seguirá dentro de mi cabeza hasta que me muera.