Despertarás en otra vida CAPÍTULO 41 #2
70%

CAPÍTULO 41 #2

​ —Aún la quieres, ¿no? —me preguntó Valeria, esbozando una media sonrisa que me venía a decir: «Te he pillado»—.

Han pasado diez años, pero da igual, el primer amor no se olvida —añadió con aire soñador—.

En Oturia estabas… no podías dejar de mirarla, Gael.

Aún te hipnotiza. El caso es que… ¿qué hacemos con las cafeterías?

Aunque nos separemos, seguimos igual, ¿no?

¿O repartimos? ¿Tres para ti y tres para mí?

​ —¿Por qué fuimos a Oturia? —se me ocurrió preguntar.

​ —¿Cómo?

​ —¿Por qué, el verano de 2014, fuimos a Oturia en lugar de quedarnos en Cadaqués?

​ Cuando pensaba que Valeria me miraría una vez más como si tuviera demencia, porque también debería conocer la respuesta a esa pregunta, inspiró hondo, recostó la cabeza en el cabezal de la cama, y, con la mirada dirigida al techo, empezó a hablar:

​ —Nunca se lo he contado a nadie, Gael, y espero que seas discreto.

Paula se enteró más tarde, aunque no por mí, y nunca llegamos a hablar del tema.

Habría sido demasiado incómodo. El caso es que…

bueno, fuimos a Oturia porque yo estaba liada con el padre de Paula.

Con Joaquín, no sé si llegaste a conocerlo.

Llevábamos un año viéndonos a escondidas.

Y una noche, Sofía nos pilló en el despacho del restaurante.

Lo pasé fatal… Sofía se volvió loca, hasta el punto de amenazarme de muerte.

Si Joaquín no hubiera estado ahí… en fin, yo creo que Sofía me habría matado.

​ Me quedé atónito. Por un momento, pensé que esa situación podía haber desencadenado realidades distintas.

En este mundo, fue la madre de Paula quien descubrió la aventura que había entre Joaquín y Valeria, vale, pero ¿y si en la realidad de la que yo vengo, fue Paula quien los pilló in fraganti?

¿Fue ese el motivo que empujó a Paula a acabar con la vida de Valeria en un arrebato de ira?

¿Pero cómo era posible que Manu, con su supuesto don de clarividencia, no lo supiera?

Al menos, no me lo dijo, y recordé que me aclaró que sus visiones eran selectivas, que no lo sabía todo todo .

No me pareció que Manu supiera nada sobre la aventura entre Joaquín y Valeria que seguro que también existía en mi anterior realidad.

En ese momento en el que Valeria y yo nos quedamos en silencio, pensé que me estaba volviendo un experto en mundos paralelos, pero es un tema tan complejo, que es muy probable que estuviera pasando por alto algo importante.

​ —Entonces… —traté de decir, pero no me salían las palabras. Lo mejor era callarme y dejar que Valeria hablara.

​ —Estaba metida en un buen lío —continuó—.

Como te digo, Sofía me amenazó. Al principio de muerte…

en plan loca total: «¡Te voy a matar, zorra!

». Muy de culebrón, ¿sabes? Luego, cuando se calmó un poco, me dijo que, o me iba de Cadaqués, o me destrozaría la vida.

Todo el mundo, mis padres incluidos, se enterarían de que era una puta, así me llamó, puta…

Por eso organicé esa escapada improvisada y precipitada a Oturia.

Tenía la esperanza de que todo se calmara, de que Sofía me perdonara y olvidara el desliz de su marido, pero fue peor…

Agus se tomó la libertad de invitar a Samuel, aquel capullo engreído al que apenas conocíamos, violó a Paula, la dejó embarazada, ella decidió tener al niño y…

y Manu desapareció. Lleva diez años desaparecido.

​ —Por eso lo matamos… —caí en la cuenta, consternado por la información.

​ Samuel, bueno, el Sami al que yo conocía, era incapaz de matar a una mosca, pero ¿por qué actuó así en esta realidad?

¿Por qué le hizo daño a Paula? Sami, al contrario que todos nosotros, no tuvo una vida fácil.

Al principio, debió de pensar que éramos unos consentidos.

Está claro que su manera de gestionar las difíciles situaciones que vivió, fue distinta de una línea temporal a otra, pero ¿tanto?

¿Aunque nos enfrentemos a los mismos desafíos, podemos convertirnos en personas totalmente contrarias de una realidad a otra?

Vuelvo a repetirme, pero yo también soy un ejemplo de lo distintas que pueden ser dos versiones de nosotros mismos, dependiendo de hacia dónde nos conduzca la vida.

Nunca le fui infiel a Paula. Pero en esta realidad sí le he sido infiel a Valeria y no una ni dos veces, no, sino varias.

Y era alcohólico y fumaba un montón. En serio, creo que tenía un grave problema con la bebida.

¿Mi versión de aquí llegó a ser agresivo?

¿Déspota? ¿Una mala persona que trata mal a los demás?

​ Entonces, el hijo que Paula decidió tener era hijo de Sami al que en este mundo conocimos como Samuel, y era fruto de una violación. Enterarme de eso me destrozó.

​ —Por eso lo maté, sí —me corrigió Valeria al cabo de un rato, tan pensativa y consternada como lo estaba yo, con la diferencia de que ella podía revivir ese terrible momento, mientras yo no tenía ningún recuerdo de lo sucedido.

Solo podía imaginarlo, y aun así, me resultaba insoportable—.

Y aunque ya sabes que vivo aterrorizada de que descubran lo que hice, lo que hicimos…

lo volvería a hacer mil veces. Ese tío no merecía vivir después de lo que le hizo a Paula.

​ «¿Si Valeria hubiera sabido que Paula la asesinó a ella a sangre fría en un mundo alternativo, volvería a matar a alguien para defenderla?», me pregunté.

​ —El caso es que, cuando Manu desapareció, Sofía volvió a la carga.

No le había importado que sus hijos se animaran a venir a Oturia con tal de que yo desapareciera del mapa, pero me convertí en la culpable de todas sus desgracias.

Volvió a amenazarme. Me dijo que no volviera a Cadaqués en mi puta vida, como si el pueblo le perteneciera —confesó Valeria—.

Y otra vez amenazas de muerte, Gael, como si fuera el capo de una mafia.

Siempre he pensado que esa mujer está loca, que es capaz de hacer cualquier cosa.

Por eso volvimos a Cadaqués solo una vez y hace años, y yo tuve mucho cuidado de no encontrarme con Sofía.

Acuérdate. No quería pasar cerca de Casa Costa para no coincidir con ella.

Y sobre Joaquín… siempre he pensado que Sofía lo mató.

O lo incitó a que se matara, porque no hubo indicios de que fuera provocado, pero… No sé.

​ —Con la pistola, una reliquia familiar, en el despacho de su casa… —tanteé.

​ La imagen que Valeria me estaba dando de Sofía no era la de la Sofía de mi recuerdo, de mi anterior realidad. Pero quién sabe lo que se nos pasa por la cabeza cuando presenciamos algo que nos altera y nos causa un dolor inaguantable.

​ ¿Qué pasa cuando las buenas personas toman malas decisiones?

​ ¿Qué tipo de situaciones pueden llevarnos al límite y convertirnos en monstruos?

​ Pensé que, si estaba en lo cierto y en nuestra anterior línea temporal fue Paula quien vio a su padre con Valeria en lugar de Sofía, cumplió con lo que cualquiera podría llegar a pensar en caliente: «La mataría con mis propias manos».

Y eso hizo, mató a Valeria, aunque no aquí , porque en lugar de Paula, algo cambió para que fuera Sofía quien descubriera la infidelidad de su marido con la mejor amiga de su hija.

Que se dice pronto, eh, pero a cualquiera le repugnaría ver o enterarse de algo así.

​ —Sí… Sí, sí, horrible todo… —confirmó Valeria apesadumbrada, como si el suicidio de Joaquín todavía le doliera pese al tiempo transcurrido, como si… ¿cómo si lo hubiera querido? ¿Fue Joaquín el primer amor que no se olvida de Valeria?

​ —¿Querías a Joaquín? —me atreví a preguntar fingiendo una calma que estaba lejos de sentir, en lugar de echarle en cara que se acostara con el padre de «su mejor amiga», con un hombre mayor que ella y, además, casado. ¿Es que nunca había tenido respeto por nada ni por nadie?

​ Valeria no contestó a mi pregunta de si había querido a Joaquín.

Bueno, quien calla otorga, así que entendí que sí, que Valeria había querido al padre de Paula de verdad, de corazón, y que, de haber podido, lo habría elegido a él.

En esta y en mil vidas. Como yo a Paula.

Pero la historia entre Valeria y Joaquín era demasiado complicada como para siquiera planteársela.

​ Al final, Valeria me abrazó como si fuera la última vez.

Y supongo que lo era, y está bien ser consciente de las últimas veces.

Te preparas, duele menos, aunque mi despedida de Valeria no doliera en absoluto, no, todo lo contrario.

Era un alivio. Y de los grandes. Ese abrazo me estaba otorgando la libertad de hacer con esta nueva vida lo que se me antojara.

​ —Ojalá habernos querido mejor —me dijo Valeria a modo de despedida, antes de ordenarme, autoritaria, que cogiera un par de mantas del armario y me fuera a dormir al sofá.

***

Ahora

Veo a Paula emocionada por la victoria del equipo en el que juega su hijo . Un chaval rubio que cruza el campo abrazado a un compañero, la saluda con la mano, y ella le sonríe. Parece feliz.

​ «¿Es feliz en esta realidad sin mí ?», me pregunto, emocionado al verla viva, sigue viva y está aquí, en el momento en que desvía la mirada del campo y la dirige hacia la grada que queda frente a la suya, que es donde estoy yo, y me ve.

La sonrisa que le ha dedicado al niño, tan radiante y luminosa, se desvanece como si mi presencia la hubiera dejado en shock.

​ A mi lado, un hombre con un fuerte acento italiano que lleva un buen rato hablando por teléfono, empieza a gritar hasta que se percata de que lo estoy mirando. Baja la voz, me da la espalda y se aleja un poco.

​ Una hora antes, cuando me he plantado frente a la casa de los padres de Paula, y Sofía me ha abierto la puerta, me he quedado mudo.

Ha sido un momento tan impactante como estar ahora a pocos metros de Paula.

Y es que, para mí, Sofía también está muerta…

sigue muerta en el mundo que dejé atrás.

¿Cuántas versiones de ella han fallecido?

¿Cuántas siguen con vida, como aquí ? ¿Y Joaquín? ¿Y Manu? ¿Y Paula y yo?

​ Aún recuerdo a Sofía tendida en la cama.

Tenía la piel fría y el rostro sereno de quien ha muerto en paz o con la esperanza de reencontrarse con sus seres queridos.

He tenido que contener la impresión que me ha causado volver a verla con vida, y apartar de mi pensamiento lo que Valeria me dijo tres noches atrás.

Sofía, aquí , no es una buena persona. Puede que matara a Joaquín o lo incitara a suicidarse, tres meses después de la desaparición de Manu.

​ —¿Gael? —me ha preguntado Sofía al abrir la puerta, reconociéndome en el acto, pero como si no nos hubiéramos visto en muchos años. Mi visita le ha resultado de lo más extraña.

​ —Hola, Sofía, ¿qué tal?

​ Dadas las circunstancias, creo que mi comportamiento ha sido bastante normal, pese a mi lucha interna por disipar una ansiedad silenciosa y persistente.

​ —Muy bien, como siempre. ¿Y tus padres?

​ Eh… buena pregunta.

​ ¿Y mis padres?

​ Por lo visto, en esta realidad tengo aún menos contacto con ellos que en la anterior. Ni una sola llamada en todo este tiempo, ni un mísero wasap… Nada.

​ —Bien, todo bien. ¿Está Paula en casa?

​ —No, está en el campo de fútbol. Pol, su hijo, tiene partido.

​ —Ah.

​ —Ve, allí la encontrarás —me ha animado, sonriente y con su porte de siempre.

Agradable, distinguida pero sencilla… una mujer familiar que acoge a todo el mundo con los brazos abiertos y en cuyo corazón no parece haber ni una pizca de maldad.

Pero puede que solo se trate de una máscara con la que proteger su verdadera identidad y sea, como dijo Valeria, un monstruo, un lobo disfrazado de cordero.

​ —Genial, gracias.

​ —Y, cuando quieras, vuelve y nos ponemos al día. He oído que te va muy bien en París, con Valeria. ¿Cuántas cafeterías habéis abierto?

​ —Eh… seis.

​ —¡Qué maravilla! A Paula le va muy bien en Casa Costa —me ha contado con orgullo—.

Lo tienen todo reservado hasta marzo, ¿te lo puedes creer?

Cuando ya sabes que aquí en invierno se trabaja poco.

Pero hace tres años tuvo visión al contratar a Nicola Galli, no sé si te suena.

Es un chef italiano buenísimo y muy famoso, con miles de seguidores en redes sociales. La gente va al restaurante solo por él.

​ Miro de reojo al italiano que, algo más calmado, sigue hablando por teléfono con expresión seria y preocupada. Lo he reconocido en el acto. Estuve buscando información sobre él. Es Nicola Galli, el chef de Casa Costa.

​ Con disimulo, acorto los pocos metros que me separan de él sin que se dé cuenta, alcanzando a escuchar las últimas palabras que le dedica a la persona que está al otro lado de la línea:

​ —Pase lo que pase, tanto si firma como si no, Paula está muerta.