Despertarás en otra vida CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

GAEL

L legar a este momento y encontrarme aquí, en el campo de futbol de Cadaqués, ha sido toda una odisea. Me da la sensación de que ha pasado una vida entera, cuando en realidad solo han transcurrido unas pocas semanas en las que he tenido que armarme de paciencia.

​ Hace tres semanas conduje desde Oturia hasta París como un autómata.

Me encontré con una vida similar a la mía, pero con una insoportable Valeria a mi lado en lugar de Paula, y un fondo de armario muy distinto, más elegante y sobrio.

Seis cafeterías, demasiado estrés, un minibar con mucho alcohol en un piso Haussmann cerca de la estación de metro Trocadéro con vistas a la Torre Eiffel, por el que pagamos una cifra astronómica cada mes, y mi alma tan vacía como sus estancias minimalistas de «mírame y no me toques».

​ ¿Cómo pensaba Valeria criar a un bebé en ese piso inmaculado, si a mí me gritaba por ensuciar la encimera de mármol veteada de la cocina con un grano de café apenas perceptible?

​ La noche antes de la primera ecografía, me quedé mirando a Valeria.

Me parecía imposible que el Gael al que había suplantado, por así decirlo, se hubiera casado con ella, aun siendo un infeliz.

No podía dejar de pensar en mi anterior línea temporal y en el momento en que descubrí los restos de la mujer que tenía al lado, aunque en realidad eran los restos de una versión diez años más joven, en el pozo del jardín de la casa de Cadaqués de los padres de Paula.

Al igual que hizo Joaquín diez años atrás, lo volví a tapiar, ocultando así una desaparición que aquí, en este mundo, no ocurrió.

El tema me obsesionaba casi tanto como mi muerte en mi otra realidad.

Puede que Toni, el San Pedro de Oturia, tuviera razón y la muerte no exista.

Solo es un cambio. Un salto. No creo que sea algo infinito, nada lo es, y llegará un momento en que tendremos que enfrentarnos a la oscuridad, a no más realidades alternativas, no más vida .

Pero mientras tanto… bueno, aquí estamos por obra y milagro de la bruja de Oturia.

​ Intenté volver a hablar con Valeria sobre el cadáver enterrado en el jardín de la casa de Oturia.

Sami. Samuel. En este mundo alternativo, no existe.

Lo matamos hace diez años. La madrugada del 12 de agosto, por lo visto.

Siempre el 12 de agosto…, como si hubiera días destinados a marcar la diferencia de toda una vida.

Hace unos días, no tenía ni idea de qué hacíamos en Oturia en lugar de veranear, como siempre, en Cadaqués.

​ ¿Por qué en esta realidad no nos quedamos en Cadaqués?

​ ¿Qué cambió en este mundo?

​ ¿Algún día llegaré a tener las respuestas a todas mis preguntas?

​ ¿Me adaptaré tanto a esta línea temporal que será como si la realidad que he abandonado jamás hubiera existido?

​ Valeria no estaba por la labor de volver a hablar de ese tema.

​ «Demasiado escabroso. Fue una noche horrible. Ojalá nadie descubra lo que hicimos. Los tres, fuimos los tres, pero Samuel se lo buscó. Espero que Paula no se vaya de la lengua. Que su hijo no se entere nunca de nada ni empiece a hacer preguntas que Paula no pueda o no quiera evitar».

​ —Espera, ¿qué? ¿Su hijo? ¿Paula tiene un hijo?

—se me escapó, y entonces, como es algo que yo tendría que saber, Valeria volvió a mirarme como si tuviera algún tipo de enfermedad mental, sacudió la cabeza en plan «no tienes arreglo», y se fue al cuarto de baño, porque, con el embarazo, aunque estaba de muy pocas semanas, meaba a todas horas.

​ No podía investigar nada sobre Paula. También me había bloqueado en Instagram, aunque no es una red social que yo usara demasiado, ni en mi anterior vida ni, por lo visto, en esta.

Lo último que la versión de mí de este mundo publicó, fue una foto de la sexta y última cafetería que Valeria y yo abrimos en el distrito XVI hacía dos años.

Resulta que, aquí , tenemos un equipo que nos lleva la cuenta en redes sociales de la cadena de cafeterías Val el restaurante Casa Costa es de su propiedad.

Hablar largo y tendido de lo surrealista de la situación que ambos hemos atravesado con un mes de diferencia, aunque acabáramos en un mismo tiempo y espacio, como si la bruja de Oturia hubiera sentido algo de compasión por los dos, pese a los pecados imperdonables que cometimos.

​ Y volver, volver a estar juntos.

​ Podríamos haber aterrizado en una línea temporal en la que alguno de los dos no existe, y habría sido un castigo cruel por parte de la bruja, pero no ha sido así.

Si algo he aprendido de esto, es que todas las decisiones que he tomado o que no he tomado, y las acciones de los demás, me han afectado y han dado lugar a varias ramas, puede que a un número infinito de Gaeles que viven en mundos paralelos de los que nunca sabré nada, algunos similares a los que podría considerar hogar y otros, más o menos como este en el que me encuentro, totalmente diferentes.

​ Tampoco me olvido de Manu. Muerto en la otra realidad porque yo lo encargué, algo que Paula no tiene por qué saber, y desaparecido desde hace diez años en esta línea temporal.

El caso es que Manu lo sabía, sabía que, si yo iba al bosque de Oturia, volvería a ver a Paula.

Tuvo el detalle de decírmelo, pese a saber que estaba a punto de morir por mi culpa.

Y me prometí que así sería, que la volvería a ver, aunque no sabía cómo ni cuándo, en el momento en que, guiado por una Valeria histérica y cabreada conmigo por mi supuesto despiste, me encontraba conduciendo hacia la clínica privada donde teníamos cita para la primera ecografía de nuestro bebé.

​ Pero…

​ … no había latido.

​ Valeria se echó a llorar con una tristeza que no creí posible en alguien tan frío y déspota como ella.

​ Y yo me sentí un mierda y un miserable, culpable de que el feto que crecía en su interior no hubiera seguido adelante, porque entonces ya nada me ataba a Valeria, y, claro, ¿acaso no era lo que más había deseado? Llevaba días pensando en cómo librarme de ella.

​ No obstante, decidí quedarme en París un tiempo más, aunque de poco me sirviera para descubrir no esta vida, el presente no me interesaba, sino el pasado.

Qué hice en el pasado. Para atenerme a las consecuencias, en caso de haberlas.

Y porque Valeria, una versión de Valeria que no llegó a existir en mi vida anterior, me daba pena.

Hasta que una noche y por sorpresa, se tumbó en su lado de la cama y me allanó el camino con una calma y una dulzura que solo había visto en ella cuando la ginecóloga le dijo que no había latido y que tenían que hacerle un legrado.

Habían transcurrido dos semanas de ese fatídico día, y Valeria parecía estar un poco mejor.

​ —Hoy he estado recordando cómo empezó lo nuestro.

​ —¿Ah, sí?

​ Seguí leyendo Todos nuestros presentes equivocados , de Elan Mastai, lectura que había elegido porque la trama central iba de una de mis obsesiones más recientes: viajes en el tiempo, mundos alternativos, distintas versiones de nosotros mismos…

No pensaba que la conversación que Valeria había iniciado fuera a conducirnos a nada importante ni a darme tantas respuestas, pero me equivoqué y no tardé en dejar el libro encima de la mesita de noche.

​ —Sí, y siento que ninguno de los dos merecemos ser tan infelices, Gael.

Me da la sensación de que nos hemos forzado a vivir una vida que no nos llena ni nos corresponde.

Y ha sido muy triste y lo he pasado fatal, pero todo pasa por algo, y puede que perder el bebé haya sido lo mejor para decidirnos a tomar caminos separados, algo que deberíamos haber hecho hace mucho tiempo.

​ Ahí fue cuando, intrigado por lo que fuera a decirme, aparqué el libro.

​ —A ver, la verdad… yo me lie contigo porque quería joder a Paula, aunque me gustabas, y, bueno, te quise.

A mi manera. Nadie está diez años con alguien a quien no quiere, ¿no?

Yo no, tú no sé…, porque los últimos años te los has pasado ebrio y en las camas de otras mujeres, así que…

Pero, en tu caso, fue distinto, ¿verdad?

Me di cuenta en Oturia, cuando volviste a ver a Paula.

Tú te liaste conmigo porque ella te rechazó.

Claro, es que fuiste a elegir un momento, Gael…

después de lo que le pasó, ¿qué pensabas?

¿Que se iba a echar a tus brazos? Normal que estuviera cabreada con el mundo y quisiera estar sola, y nosotros tampoco insistimos mucho.

No la apoyamos. En casos así, lo fácil es mirar hacia otro lado, y eso fue lo que hicimos.

​ «Joder… ¿Qué le pasó?».

​ Tuve que morderme la lengua para no formular la pregunta.

​ Miré a Valeria expectante, deseoso de que acabara con todo de una vez.

​ Y me dejara ir. A mí. Y también al Gael infeliz que malgastó una década de su vida con ella, aun queriendo a Paula.

Porque estoy convencido de que la quería, y fantaseé con que, en todos los universos paralelos que puedan existir, Gael y Paula se quieren, aunque no siempre hayan podido terminar juntos.