Despertarás en otra vida CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

​ —Pero luego salió lo de ir a Oturia y no volvimos a hablar del tema, porque sé que es difícil para ti…

—remoloneó, bajando la mirada a algún punto indeterminado entre la mesa y sus rodillas.

Me estaba poniendo nerviosa. Seguidamente, cuando pensaba que iba a sorprenderme con un anillo de compromiso, abrió la carpeta y extrajo cuatro folios impresos por las dos caras y unidos con una grapa—.

Después de lo que hablamos hace dos meses, ya lo he preparado todo.

Léelo con calma. Mis condiciones para seguir trabajando en Casa Costa es quedarme con el cincuenta por ciento del negocio y hay algunas cláusulas.

​ ¡¿Qué?!

​ Atónita, clavé la vista en lo que parecía una especie de contrato con mis datos, los datos de Nicola… y, efectivamente, un montón de cláusulas. Mi primer impulso fue negar repetidas veces con la cabeza.

​ No. No. No. No.

​ Casa Costa pertenecía a la familia. Por nada del mundo podíamos cederle la mitad del negocio a un forastero. ¿En qué estaba pensando mi versión de aquí?

​ Mi cuerpo, en tensión, estaba gritando lo que mi voz no podía.

​ Ahí estaba el error. Delante de mí. La vida no podía ser tan bonita, tan perfecta.

Nicola no era más que un engaño. Una trampa que mi versión de esta línea temporal no supo ver.

Pensé en mi padre, como si estuviera a mi lado susurrándome que no me dejara embaucar, que Nicola, todo él, era una estafa.

Mi padre jamás habría aceptado compartir la mitad de su restaurante con nadie, y mucho menos bajo la amenaza velada de un chef, por muy bueno y famoso que fuera.

¿Que la mayoría de clientes venían por Nicola?

Sí. ¿Que los ingresos del restaurante se verían mermados si se marchaba?

No lo sé, puede que sí. Tenía que echarle un vistazo a las cuentas anteriores a su contratación, hacía ya tres años.

Pero cederle un cincuenta por ciento del negocio solo para que no se largara, me parecía una locura.

​ — Ti sei trovata senza parole —rio Nicola.

​ —¿Qué?

​ —Que te has quedado sin habla, Bella . No entiendo… habías aprendido a hablar italiano con bastante fluidez. Hasta mantuvimos conversaciones en italiano. Y, de un día para otro, no entiendes una mísera frase —comentó con desagrado, aunque no me pareció que hubiera malicia en su tono.

​ —Eso… ya, bueno… —solté, sin saber qué otra cosa podía decir respecto al idioma. Tampoco era capaz de despegar los ojos del contrato—. Nicola, eh… Nico, esto no es posible.

​ —Ah. Pensaba que querías compartir Casa Costa conmigo. La última vez que hablamos, así me lo pareció.

​ —¿Compartir?

​ «La Paula de esta realidad, enamorada hasta las trancas y quizá traumatizada por un suceso espantoso de su pasado, habría hecho cualquier cosa por ti o por retenerte a su lado, incluso cometer la estupidez de cederte la mitad del negocio que tanto luchó su (mi) padre.

Pero yo no soy esa Paula, Nicola… La Paula que regresó del fin de semana de Oturia no es la misma que la que se fue.

Y puede que tuviera que venir yo para que la anterior Paula no cometiera el mayor error de su vida.

Yo vengo de otra realidad en la que nunca nos conocimos y en la que no significabas nada para mí.

¿Que me lo paso bien contigo? Sí, me lo paso en grande, la verdad, y al principio me dejé deslumbrar por tu fachada, por lo adictas que son tus caricias, por la familiaridad con la que me miras y me hablas, pero está claro que mi corazón nunca va a ser tuyo.

Y no sé hablar italiano. Tampoco lo entiendo.

Nunca estudié el idioma o no lo recuerdo, porque lo hizo mi otra conciencia, la que pertenece a esta línea temporal en la que estoy aprendiendo a vivir porque, a ver, no me queda otra, ¿no? ».

​ —¿ Bella ? —me llamó la atención Nicola, en vista de que me había quedado muda, con una explicación irreal y poco convincente atascada en mi cabeza—. Casa Costa Galli. Suona bene …

​ ¿Que suena bien, dijo el muy imbécil?

​ Disimulé como pude el enfado, la frustración.

Sentía las entrañas arder casi tanto como cuando pillé a Valeria con mi padre, lo cual era peligroso, porque, por un momento, me creí capaz de matar al hombre que tenía delante a cuchillazos hasta dejarlo irreconocible.

Y dudé. Dudé de mí misma. Ya no tenía tan claro que no fuera una mala persona.

Había y hay una violencia en mí imposible de reprimir.

Pero me conformé con visualizar la manera en que me desharía de Nicola, en lugar de llevarla a cabo.

​ —Leeré el contrato —contesté secamente, solo para alargar lo que al final será inevitable: Nicola se enfadará porque me niego a cederle la mitad del restaurante, romperemos lo que sea que tengamos, se irá a trabajar a otro lugar, y, sí, puede que el negocio se vea resentido, pero, gracias al prestigio que tiene, puedo encontrar a otro chef incluso mejor, con mayor fama y sin segundas intenciones—.

No prometo nada —añadí, torciendo el gesto como solía hacer Pol cada vez que veía a Nicola.

Empezaba a entender por qué. Los niños son capaces de ver más allá, como si tuvieran un poder especial que perdemos con los años.

​ —Entonces, si no prometes nada, yo tampoco puedo prometer nada, Paula —se plantó, ya sin el dulce Bella bailando en sus labios.

Me retó con la mirada, como si todo el cariño que me había demostrado hasta ese momento no hubiera sido más que una mentira.

Y así fue como conocí la auténtica cara de Nicola Galli—: Te doy una semana.

Si en una semana no tengo este contrato firmado, hasta aquí hemos llegado.

***

Ahora

Me quedan tres días para devolverle el contrato a Nicola.

Sin mi firma, claro está. Aunque no estoy segura al cien por cien y temo equivocarme.

Antes, me gustaría hablar con mi madre. Me he visto incapaz de sacar a relucir el tema de la propuesta de Nicola con ella y, por lo tanto, ignoro qué pensaría al respecto; supongo que me diría que no lo acepte, que es una locura.

Pero he estado revisando las cuentas y, antes de su llegada, el restaurante estaba en quiebra.

Solo funcionaba los meses de verano, y, debido a la competencia de la zona, Casa Costa no era la primera opción.

En invierno era un local muerto que no daba ni para cubrir gastos.

Con Nicola, Casa Costa es el restaurante con más éxito de la zona y funciona a las mil maravillas durante todos los meses del año.

​ Lo que me jode es que Nicola haya jugado conmigo.

Bueno, conmigo no, con la versión de esta realidad.

Yo me he limitado a seguir el juego. Ahora intuyo que Nicola solo me conquistó para conseguir su objetivo, que no es otro que el de convertirse en copropietario de Casa Costa.

¿Pero por qué? ¿Por qué ese empeño en mi restaurante?

Con la fama que tiene, podría montárselo por su cuenta.

Lo peor de todo, es que en el contrato indica que, si me pasa algo, mi parte pasaría a ser, automáticamente, suya.

Muerte natural, por accidente… da igual cómo ocurra.

Dados mis antecedentes criminales y mi mente cruel y retorcida, propia de un mal bicho, sospecho que, si le devuelvo a Nicola el contrato firmado, tal y como él quiere, y le cedo la mitad del negocio, solo para no perderlo como chef, mi cadáver no tardará en aparecer en la cuneta de alguna carretera con claros signos de violencia.

​ He estado buscando en profundidad a Nicola Galli, por si no es la primera vez que actúa así o ha engañado a otras mujeres, pero no he encontrado nada, ni una sola denuncia.

Solo sé que vino de vacaciones a Cadaqués el verano de 2021, entró a comer en el restaurante, mi versión de aquí lo reconoció de Instagram, le propuso quedarse a trabajar, y el resto es historia.

Así de «fácil», aunque a Carlota parecía extrañarle que hubiera conseguido a un chef tan afamado como Nicola, y yo empiezo a sospechar que, detrás de su contratación, hay algo que ni siquiera sabía la versión de mí de este mundo.

​ —¡Gooooooooooool! ¡Gooooooooool! —grita eufórico el padre que está sentado a mi lado, permitiéndose la confianza de darme un codazo.

​ —¡Han ganado! ¡Han ganado!

​ —¡Oeeeeee, oe, oe, oeeeeeee!

​ ¡Madre mía, que mi cabeza se ha ido a otra parte y no me he dado cuenta del gol que acaban de marcar y que han llevado al equipo en el que juega mi hijo a la victoria!

​ Me levanto, aplaudo, silbo, y me uno a los entusiastas «Oeeeee, oe, oe, oeeeee, ¡GANADORES, GANADORES!», como si fuera lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo. Un pelín exagerado, pero todo sea por los chicos, que se lo han currado de lo lindo.

​ Pol, que corre a través del campo abrazado a un amigo, me mira y me dedica una sonrisa enorme y luminosa que yo correspondo, hasta que todo el barullo que hay a mi alrededor se desvanece cuando vislumbro a Gael en las gradas de enfrente, muy cerca de donde se encuentra Nicola, que sigue con la oreja pegada al teléfono.