Despertarás en otra vida CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

PAULA

Fragmento del diario secreto de Paula,

Parte II

F uimos al bar de Oturia. La mujer que había detrás de la barra nos miró fatal desde que entramos, como si ya entonces presagiara que nuestra presencia iba a ser incómoda y problemática.

​ Samuel, que iba muy puesto de coca, la empezó a liar.

Se puso violento, y hasta rompió dos taburetes que lanzó contra una vitrina de cristal que hizo añicos…

vinieron dos hombres, vecinos del pueblo, y nos sacaron a patadas del bar.

Nos largamos sin pagar. Según me he enterado hace poco, los padres de Valeria pagaron la cuenta y el estropicio provocado por Samuel.

​ Cuando llegamos a la casa rural, el ambiente estaba enrarecido.

​ Era tarde. Noche del 12 de agosto. Tengo la fecha grabada a fuego.

​ Agus, Laia y Carlota subieron a las habitaciones, supongo que se fueron a dormir.

Agus se encontraba fatal, decía que las fosas nasales le ardían.

Gael, muy enfadado, le dijo que con la droga no se juega, que se había estado comportando como un imbécil.

¿Y todo para qué, eh, Agus? ¿Para deslumbrar a Samuel?

¿Para seguirle la corriente? Parecía que Agus quería caerle bien a Samuel a toda costa, era como si fuera todo lo que a él le gustaría ser.

De Manu no tengo ningún recuerdo. Apenas le hacía caso, para mí era un coñazo que mi hermano mayor estuviera ahí, con mis amigos.

No pintaba nada, apenas nos hablaba y nosotros tampoco le hacíamos caso.

¿Por qué no se buscaba una vida y me dejaba en paz?

​ Gael y Valeria desaparecieron. Los dos solos en algún rincón íntimo del inmenso jardín.

Me entraron unas ganas terribles de llorar al imaginarlos juntos, besándose…

Y me dio mucha rabia haberle dicho a Valeria que tenía vía libre, que total, a mí Gael no me gustaba tanto…

cuando la verdad es que me gustaba mucho, y todo para que Valeria no se enfadara conmigo, con lo mal que me estaba empezando a caer.

​ No sé, ni yo me entiendo.

​ Salí al jardín. Se estaba bien. Ni frío ni calor, la temperatura era agradable. Me tumbé en el césped a contemplar las estrellas. El cielo estaba plagado de estrellas, se veían muchas más que en Cadaqués.

​ Estaba un poco mareada. No había bebido mucho, pero estaba claro que el ron con Cola me había afectado un poco.

​ Y entonces… cuando cerré los ojos, del todo relajada por el zumbido entrecortado de las cigarras sonando cerca de mí, sentí el peso de un cuerpo cayendo con violencia sobre el mío.

​ Era Samuel, pero no parecía el mismo chico dicharachero que habíamos conocido en la playa, era… era el demonio. Tenía la boca descolgada, los orificios de la nariz rojos, con restos blancos del polvillo de la coca, y las pupilas tan dilatadas que apenas se veía el verde de sus ojos.

​ —Qué… ¡¿Qué haces?! —logré balbucear, segundos antes de que me aprisionara las muñecas con una mano y con la otra me desabrochara el botón de los tejanos y me los bajara hasta las rodillas.

​ —Calla la puta boca y déjame hacer, que sé que te mueres de ganas —dijo entre dientes, acercando su boca a la mía y pringándome de baba.

​ —¡No! ¡No! ¡No! ¡No! —grité con toda la fuerza de la que fui capaz, con la esperanza de que alguien viniera y detuviera lo que estaba claro que Samuel pretendía hacer.

​ Pero no vino nadie.

​ Estaba sola.

​ Al principio pataleé, me resistí, grité, seguí gritando, le insulté e intenté deshacerme de esas manos que eran como garras, hasta que sacó una navaja que dirigió a mi cara y sentí que me partía la mejilla izquierda en dos.

Después me agarró de la cabeza. Parecía un títere roto a su merced.

Recuerdo el cráneo impactando contra una piedra.

La sangre manando sin control por mi cara.

El mareo, la visión doble… Y el dolor desapareció.

No quedé inconsciente, pero casi. Samuel entró dentro de mí y empezó a embestirme con furia.

Se me cerró la garganta, todo mi cuerpo se quedó paralizado, dormido, la cabeza me empezó a dar vueltas, las estrellas se multiplicaron, las cigarras callaron o quizá yo me quedé sorda, no lo sé.

​ Samuel aún me estaba embistiendo con violencia cuando, de repente, oí un golpe muy fuerte y luego su cuerpo se desplomó hacia un lado, liberándome al fin de la fuerza que había estado ejerciendo contra mí.

Me sentí ligera, liberada. Pensaba que la pesadilla había llegado a su fin.

Pero la pesadilla no había hecho más que empezar.

***

Ahora

En el campo de fútbol, tengo prohibido llamar «bichito» a Pol, y lo veo lógico, así que me contengo todo lo que puedo y lo animo desde las gradas junto a otros padres a los que debería conocer y, de hecho, me saludan como si fuéramos amigos, pero sus caras no me suenan de nada.

​ —¡Vamos, Pol, vamos!

​ A lo lejos, veo a Nicola. Está en las gradas del otro lado del campo con el móvil en la mano.

No pinta nada aquí. Levanta la mirada de la pantalla del móvil y me sonríe y me guiña un ojo que me provoca un rechazo inimaginable hace solo unos días.

Todo mi cuerpo se tensa de repente. Me pregunto cómo es posible que la percepción que tienes de alguien pueda cambiar tanto de un día para otro.

​ Es domingo, 1 de diciembre. Hoy se cumple un mes desde que morí en mi anterior realidad, en la que, a lo mejor, siguen llorándome, y que tan presente sigue en mí, aunque ya no me pertenezca desde que desperté en esta línea temporal a la que todavía me estoy adaptando.

Hablo de esto con total normalidad, como quien habla del tiempo, pero la verdad es que sigo sin asumir que algo tan extraño pueda suceder.

​ En un par de horas abrimos el restaurante; hoy, como todos los días, está lleno, y la nueva carta ha sido acogida con mucho entusiasmo.

Parece que todo lo que Nicola toca lo convierte en oro, pero me enfrento a un dilema importante.

Nicola y yo por fin tuvimos «esa conversación pendiente».

Y no tenía nada que ver con formalizar nuestra relación, como llegué a pensar en un principio.

Es algo relacionado con Casa Costa que me hizo ver que Nicola tiene una cara oculta muy desagradable.

No puedo tomar una decisión así en caliente, aunque parece que mi versión de este mundo tenía bastante claro lo que tenía que hacer.

Es posible que el amor la cegara. A mí, sin embargo, no.

Me lo he pasado bien con Nicola. Es un hombre muy pasional, besa bien, y mi cuerpo lo acogía con total naturalidad.

No me resultaba incómodo o extraño, supongo que debido al subconsciente o al residuo que puede que aún quede de mi versión perteneciente a esta realidad.

Pero nada más. No estoy enamorada de él, y eso hace que pueda pensar fríamente y con claridad, no desde el corazón que, perdón por la expresión, casi siempre la caga.

​ Ahora, mientras Nicola se lleva el móvil a la oreja y parece que está manteniendo una conversación seria con alguien, rememoro el tenso momento que vivimos hace cuatro días en la cocina del restaurante.

***

Cuatro días antes

Nicola y yo siempre somos los últimos en salir de Casa Costa.

Hacía media hora que los siete camareros y los cuatro ayudantes de cocina se habían ido después de dejarlo todo recogido.

Mi trabajo consistía en recibir a los clientes, asegurarme de que todo marchara bien, e ir a buscar al popular chef Nicola Galli cada vez que alguien quería elevarlo hasta el cielo.

Lejos de mostrarse arrogante, si algo admiraba de Nicola era la humildad con la que recibía los constantes halagos.

​ Esa tarde, me encerré en el despacho. ¿Cómo obviar que era el escenario que me destrozó la vida en la realidad que había abandonado?

Sin embargo, en esta línea temporal el despacho que había pertenecido a mi padre me hacía pasar muy buenos ratos con Nicola…

Dos días antes, sin ir más lejos. Misma hora.

Mismos papeles esparcidos sobre el escritorio que acabaron en el suelo.

Y yo, deseosa de dejar atrás el estrés del día, me dejé llevar…

como casi siempre que tenía delante al italiano.

​ —¿Se puede? —preguntó antes de cruzar la puerta.

​ —Claro —contesté.

​ Nada más levantar la cabeza, supe que las intenciones de Nicola no eran las de siempre. Llevaba una carpeta negra que parecía muy pequeña entre sus manos. No había picardía en su mirada ni ganas de volver a desordenar el escritorio para un polvo rápido y morboso, sino una seriedad extrema.

​ Parecía que, antes de mi aterrizaje a esta realidad, la «Paula de aquí» había retrasado esa cuestión que a Nicola tanto le estaba costando iniciar, aunque estaba claro que le interesaba.

A menudo me había recordado de pasada lo de la «conversación pendiente» y supe, por cómo se acomodó en una de las sillas, que había llegado el momento.

​ Dejó la carpeta encima del escritorio y empezó a hablar:

​ —Sabes que hace tiempo que tenemos pendiente…

​ —Sí, ya, dispara —dije, tratando de ocultar los nervios, pues pensaba que era algo más personal y que no tenía nada que ver con el restaurante.

​ —Es difícil para mí, Paula…

​ Ay, Dios. ¿Se iba? ¿Volvía a Italia? ¿Le habían ofrecido un trabajo mejor?

​ Impaciente, miré la hora en el móvil.

​ —¿Tienes prisa? —me preguntó—. Si quieres lo dejamos para otro día…

​ ¡No! No tenía otro día. Me urgía saber de qué iba el tema y qué había dentro de la misteriosa carpeta negra.

​ —No, qué va, tengo tiempo. Continúa, Nico.

​ —Me dijiste que harías cualquier cosa para que no me fuera, Bella —continuó, empleando un tono suave, zalamero.

​ ¿Eso le dije? ¿ Cualquier cosa para que no se fuera?

​ Comprimí los labios y asentí con incomodidad, revolviéndome en la silla.