Despertarás en otra vida CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

PAULA

S e cumplen cinco días desde que estoy en esta línea temporal. Se me hace raro medir el tiempo de esta forma.

​ Son las seis y media de la tarde de este jueves de noviembre frío y gris, cuando llego a casa después de una jornada agotadora en el restaurante.

El éxito es de Nicola y sus deliciosos platos.

¿Qué haría sin él? Tenemos la lista de reservas cerrada hasta marzo del año que viene, y las Navidades se presentan moviditas.

Se rumorea que Casa Costa podría llegar a alcanzar una preciada estrella Michelin.

Cada comensal que viene solo y degusta entre seis y ocho platos como ha ocurrido hoy mismo, podría tratarse de un inspector, pero prefiero no crearme expectativas ni pensar demasiado en el tema.

​ La casa está vacía. Hoy Pol tiene entreno de fútbol, mi madre ha ido con él, y no llegarán hasta pasadas las siete.

​ Anoche terminé de leer el diario. Lloré durante horas. Estoy agotada de tanto llorar. Espero que a Nicola no se le ocurra venir por sorpresa como hizo el lunes, supongo que no, pues hoy se ha mostrado algo distante después de repetirme aquello de que tenemos una conversación pendiente.

​ Sinceramente, no doy para más.

​ He estado meditando cada suceso del pasado en esta línea temporal.

Aquí también hay miedo, culpa y dolor, mucho dolor.

Un asesinato, una desaparición, el suicidio de mi padre…

y una violación, he constatado con horror.

Y todo narrado por una niña de dieciocho años con la que he empatizado, pues esa niña, en cierto modo, fui yo.

Una versión de mí que me cuesta reconocer.

Estaba muy asustada y cabreada. Además de las notas más recientes en el iPhone a modo de recordatorios de toda una vida marcada por la tragedia, lo vomitó todo en un diario por recomendación de la psicóloga a la que tuvo que ir para superar el trauma, hasta que, seis meses más tarde, detuvo las sesiones, porque se hartó.

Toda esa frustración se nota en la letra grande y apresurada con la que escribió, con partes en las que la tinta negra se emborronó por las lágrimas que, seguramente, le caían a borbotones por las mejillas.

Además, presionó con tanta fuerza la punta del boli sobre el papel, que faltó muy poco para que en alguna ocasión lo traspasara.

Casi puedo ver a esa niña de dieciocho años tumbada en la cama, soltando un montón de palabras como si así pudiera deshacerse del daño que le hicieron.

Me ha dolido su soledad, que no es la que yo sentí a su edad, pues estaba emocionada con mi relación con Gael, la confusión que debió de sentir y, especialmente, el miedo que, según escribió, le atenazaba la garganta.

Pero al fin entendí por qué tenía el anillo tipo sello de Sami oculto en el zócalo junto al diario, y, sobre todo, he podido darle sentido al wasap que me mandó Gael, un Gael muy distinto al que mi mente y mi corazón se niegan a olvidar:

GAEL

Jamás debí dejarte sola.

Llevo diez años cargando con la culpa de lo que pasó.

Espero que algún día puedas perdonarme,

porque yo aún no puedo.

​ Me descalzo en el vestíbulo, dejo las Converse en el zapatero, al lado de unas botas de agua de Pol, cuelgo el chaquetón en el perchero, donde también dejo la bufanda con la que me he refugiado del intenso frío, y cojo el móvil.

​ Releo el wasap de Gael enviado a las tres de la madrugada del lunes hasta aprendérmelo de memoria.

​ Con la vista clavada en la pantalla, al fin me digno a escribirle la respuesta que ha estado rondando por mi cabeza desde el momento en que leí la última página del diario:

PAULA

No fue culpa tuya.

Pero lo mejor será

que no me escribas más.

​ Acto seguido y con decisión, bloqueo su número. También lo bloqueo de Instagram, donde nos seguíamos pero apenas interactuábamos.

​ Ya está, para qué seguir fustigándome por algo que aquí no ocurrió ni ocurrirá.

Hasta puede que no me guste el Gael de esta línea temporal ni tengamos nada que ver.

Ni aspiraciones similares, ni la manera de ver el mundo, ni conversaciones interesantes…

No es mi Gael , no lo es, puede que hace diez años lo fuera, pero ya no, y de nada sirve destapar un pasado tan turbio, más de lo que podría haber imaginado.

En esta realidad Gael es una persona distinta, tan distinta como lo empiezo a ser yo al conocer todos los traumas que mi versión de este mundo tuvo que atravesar hasta llegar a un presente que parece más amable.

​ Tengo un hijo maravilloso al que, extrañamente, quise desde el primer momento en que lo vi, como si a pesar de no recordar fuera capaz de sentir el hilo invisible que nos conecta.

Trato de ignorar lo que la Paula de este mundo escribió.

No creo que volviera a sentir nada negativo hacia Pol cuando le vio la carita por primera vez.

Puedo llegar a entenderla, aunque no es lo mismo experimentarlo que leerlo: el niño es un recuerdo diario de la marca, del trauma que vivió en Oturia, y aun así, estoy convencida de que ambas, la versión perteneciente a este mundo y yo, que vengo de otra línea temporal en la que no llegué a saber qué se siente al ser madre, daríamos nuestra vida por él.

​ Mi madre, aunque me da la sensación de que todavía me queda mucho por conocer de su versión de esta realidad, tiene salud, parece feliz, y me ayuda muchísimo con Pol, a quien quiere con locura.

​ Me gusta el lugar en el que vivo. Adoro la gran casa familiar que es tan vieja que siempre está pidiendo a gritos arreglos y reformas y es un pozo sin fondo, pero es y siempre será nuestro hogar.

Cada rincón habla de nosotros, de lo bueno y de lo malo, de nuestra familia en este mundo y en otros posibles mundos alternativos. Esta casa es nuestra historia.

​ Además, mi padre estaría orgulloso al ver que Casa Costa va viento en popa, aunque no sea gracias a mí, sino a Nicola, de quien dependo más de lo que pensaba y mi historia con él es…

pasional, efervescente, una aventura, supongo.

Justo lo que, después de diez años de noviazgo y siete meses de matrimonio, reconozco que me empezaba a faltar con Gael.

No quiero que se me malinterprete. Gael era el amor de mi vida.

Era … Tengo que recordarme que aquí no lo es, nunca lo ha sido, no llegó a formar parte de mi vida.

En los últimos años de mi línea temporal anterior, fuimos felices, aunque nos centramos más en las cafeterías que en nuestra relación, por lo que hacía bastante tiempo que dejé de sentir ese vertiginoso amor efervescente en la boca del estómago al que llaman «mariposas», que es el que provoca que el mundo gire de manera espectacular.

Aun así, me pregunto cuándo dejará de doler su ausencia, y si esta especie de duelo que siento pasará algún día.

***

Fragmento del diario secreto de Paula,

escrito en febrero de 2015

Parte I

Valeria propuso al grupo ir a Oturia unos días, a una casa rural reformada que sus padres habían comprado hacía unos meses y de la que se sentían muy orgullosos. La casa era grande; estaríamos solos, a nuestra bola y sin horarios. Podríamos beber, fumar, quedarnos despiertos hasta las tantas…

​ El entusiasmo de Valeria nos convenció a todos, aunque…:

​ —¿Oturia? ¿Dónde queda eso?

​ A nadie le sonaba el nombre de ese pueblo perdido entre montañas.

​ Al principio me pareció raro que, con lo estrictos que son los padres de Valeria, le dieran esa libertad.

A la mínima que se retrasaba un poco, la estaban llamando por teléfono para saber dónde estaba.

Pero les gustaba más aparentar que controlar a su única hija.

Presumir de casa en un pueblo de montaña.

A mí Valeria me dijo en confianza que se había metido en un lío gordo, que tenía que largarse unos días de Cadaqués, al menos hasta que las aguas volvieran a su cauce , una expresión que no le pegaba nada.

Yo pensé que era por el tío que le regalaba bolsos caros.

Que seguro que era más mayor que ella debido a su alto nivel adquisitivo o que estaba casado y resultó que…

bueno, ahora que sé «quién era ese tío», entiendo que nuestros planes cambiaran de la noche a la mañana y por qué Valeria propuso al grupo salir unos días de Cadaqués, cambiar de aires, y respirar «aire puro de montaña».

Ojalá lo hubiera sabido antes, porque la hubiera mandado a la mierda o algo peor… Siento una rabia dentro…

​ Si pudiera, la mataría.

​ El caso es que todos se animaron rápido.

​ ¿Unos días en un pueblo, que por lo visto estaba perdido en el Pirineo Aragonés, y en una casa solo para nosotros? ¿Dónde hay que firmar?

​ Gael, joder lo que me llegó a gustar Gael…

, obviamente Valeria, Agus, Laia, Carlota, Samuel, el chico del chiringuito, y yo.

Montse no fue porque, intensa como es ella, nos dijo que había conocido al amor de su vida, que seguro que habían estado juntas en otras reencarnaciones, pues raras veces surge una conexión como la que habían tenido desde el principio.

Mi madre, ahora también sé por qué estaba tan rara, tan amargada y tan borde, le dijo a Manu que fuera con nosotros, que así salía un poco, cambiaba de aires y se relacionaba con gente, que falta le hacía.

Esto último, lo de que se relacionara con gente, que falta le hacía, se lo soltó con mucho desprecio.

Así que Manu también se unió. Y a Samuel, a quien conocimos detrás de la barra del chiringuito de la playa, lo invitó Agus y a Valeria no le pareció mal.

Cuantos más, mejor. Samuel se tomó cuatro días libres, así que lo de venir a Cadaqués a buscarse la vida, parecía una excusa.

Lo único que quería era pasárselo bien. Beber.

Drogarse. Enrollarse con cualquiera… Carlota le hacía ojitos, él parecía interesado, pero… escribiré sobre eso más tarde.

​ Fuimos a Oturia en dos coches. Llegamos el 12 de agosto con ganas de fiesta y diversión. La casa de los padres de Valeria era tan grande que te perdías. El entorno era bonito. Tranquilo y solitario, nada que ver con Cadaqués, y verde, muy verde.

​ Yo quería acercarme a Gael. Me gustaba, y creo que yo también le gustaba a él, porque me miraba un montón, pero Valeria siempre se metía por medio… Hacía unos días yo le había dicho que tenía vía libre, que tampoco me gustaba tanto… Niñata caprichosa.

​ Nada más llegar, todos empezaron a beber.

Samuel, para sorpresa de todos, trajo coca.

¿De dónde había sacado tanta coca? Bueno, Agus y Valeria se animaron rápido y se lanzaron a la coca como hienas…

Laia y Carlota se quedaron en un segundo plano, con sus ron con Cola.

Manu siempre silencioso y distante, alejado de todos, como si quisiera hacerse invisible.

Y Gael y yo, en lugar de acercarnos, charlar…

nos quedamos mirando como todos hacían el idiota, sobre todo Samuel, que resultó ser un follonero.

Entre gritos, mandó a la mierda a su madre, empezó a decir que su padre estaba muerto por su culpa, que odiaba a las mujeres, en fin, unas burradas…

y en esas que Samuel clavó la vista en mí, como si hubiera reparado en mi presencia, y ojalá alguien más se hubiera dado cuenta, porque fue lo peor que me pudo pasar.

***

Ahora

Empiezo a creer que el asesinato que cometí en mi anterior línea temporal el 12 de agosto de 2014 no fue lo que fragmentó mi mundo en dos.

O sí, no lo sé, no soy una experta en universos paralelos.

Lo que está claro es que hubo varios factores que hicieron que el verano de 2014 fuera muy distinto de una línea temporal a otra.

​ En la realidad que recuerdo, yo pillé a mi padre con Valeria, lo que me provocó una ira irracional que me empujó a cometer un crimen terrible que sigue muy vivo en mi memoria, aunque donde me encuentro no sucediera.

​ En esta realidad que poco a poco voy conociendo, los pilló mi madre, y eso cambió el transcurso de ese verano.

Valeria propuso ir unos días a Oturia para escapar del «lío gordo» en el que se había metido.

Si mi madre y Valeria llegaron a intercambiar unas palabras, algo que ignoro, no creo que se atreviera a decirle lo que me dijo a mí en la playa, horas antes de que yo acabara con su vida en la habitación de mi hermano.

​ Pero el cambio más significativo y la clave en todo esto es Sami, Samuel. ¿Quién me lo iba a decir cuando Carlota me preguntó quién era Sami?

​ En la realidad que he abandonado, Sami era un tipo que, pese a las adversidades, logró salir adelante, siempre tuvo una actitud serena y positiva ante la vida, y quería a Carlota, la quiso desde que la vio cuando trabajaba en el chiringuito de la playa.

Su padre había fallecido de un infarto siete meses antes de que él viniera a buscarse la vida a Cadaqués y nos conociera.

Su madre los abandonó cuando él tenía diez años, o eso fue lo que nos contó, y le marcó de por vida.

Sin embargo, en el mundo en el que me encuentro ahora, asumo que Samuel, como se hacía llamar aquí en lugar de Sami, está muerto.

Y que en esta línea temporal no era el buen tío que yo recuerdo, sino todo lo contrario.

Era una mala persona. Una mala persona que me hizo algo horrible.

​ ¿Tanto podemos cambiar de un mundo a otro aunque nuestro pasado sea el mismo? Somos lo que elegimos ser ante los golpes de la vida. Y esa es la elección que marca la diferencia, incluso más que nuestras acciones.