Despertarás en otra vida CAPÍTULO 37
62%

CAPÍTULO 37

GAEL

—P ero ¿cómo es posible que no te acuerdes? Es que no tiene ningún sentido que me hagas esa pregunta, Gael —me dice Valeria con exasperación. Por lo visto, siempre se dirige a mí así, como si fuera el culpable de su carácter avinagrado.

​ Acto seguido, me tiende la mano para que la ayude a levantarse. Ya de pie, frente a frente y con la cara a escasos centímetros de la mía, resuelve mi angustiante duda respecto a un nombre que provoca que me explote la cabeza:

​ —Samuel. Aquel chico al que conocimos aquel verano, hace diez años…

—se explaya Valeria, aun pareciéndole ilógico tener que estar refrescándome la memoria.

Estuve con Sami hace un mes. Pero en mi otra realidad, claro, no en esta.

Sami, Samuel… tampoco estoy seguro de que estemos hablando de la misma persona hasta que continúa y, entonces sí, me queda claro que Samuel es Sami—: El que trabajaba de camarero en el chiringuito.

Nunca tuvimos que invitarlo. A fin de cuentas, no lo conocíamos bien, lo que pasa es que Agus hablaba con cualquiera y yo no supe decir que no.

Era un desconocido, era… era un salvaje, eso es lo que era.

Un salvaje que odiaba a las mujeres y que le hizo lo peor que se le puede hacer a una.

A Paula… le tocó a tu Paula … —espeta entre dientes—.

No sé qué te pasa, Gael, a ver si vas a tener alzhéimer precoz o algo.

Sé de una mujer que empezó a perder la memoria a los treinta y cinco. Estás ahí ahí, eh…

​ ¿En serio me está hablando de Samuel? ¿Valeria se refiere a Sami? ¿Al mismo Sami que bebía los vientos por Carlota desde que la conoció y con la que lleva diez años de feliz relación?

​ —Pero Sami… Sami está con Carlota…

​ —¿Qué dices, Gael? Anda, acuéstate un rato, que con este día poco se puede hacer.

​ —La verdad es que pensaba salir…

​ —¿A qué? ¿Al bar? ¿A beber? Vamos dentro, no puedes dejarme sola con el disgusto tan grande que tengo.

​ Valeria me da la espalda y emprende el camino de regreso al interior de casa.

Yo me quedo un rato más donde Valeria me acaba de decir que Samuel, que deduzco que es Sami, joder, mi amigo Sami, a quien conocimos hace diez años en Cadaqués, está enterrado.

Pero no me lo puedo creer. No tiene sentido. Es imposible.

​ ¿Más imposible que saltar a un universo paralelo distinto al que recuerdas, Gael? ¿En serio?

​ Ya. A estas alturas, parece que nada es imposible.

Lo último que recuerdo de Sami es haber estado con él en esta misma casa por séptimo año consecutivo.

Charlamos, bebimos vino, jugamos a juegos de mesa…

Y estaba vivo. Vivo y feliz con Carlota y con la empresa de tecnología que había abierto hacía unos meses, no enterrado desde hace.

.. ¿Diez años? ¿Y qué hacíamos hace diez años aquí, en Oturia, en lugar de quedarnos como siempre en Cadaqués?

​ Me acuerdo como si hubiera ocurrido hace unas horas del agobio que sentí al ver que Paula se retrasaba de su paseo por el bosque.

Ya entonces sabía que algo malo le había pasado.

Agus y Sami vinieron conmigo. Primero fuimos al bar de Fina, donde conocimos a Fermín, el hombre que conoce el bosque como nadie.

Antes de encontrar el cadáver de Paula, Sami y Agus, acojonados por lo siniestro del escenario, bromearon un poco entre ellos, tengo ese recuerdo nítido en la memoria:

​ «Agus, con la cara desencajada de puro terror, lamentó no haber traído un cuchillo, algo con lo que defenderse, porque…:

​ —Aquí nos sale un Jack el Destripador mínimo, tíos.

​ —Calla, tío, qué cague —le dio un codazo Sami».

​ Tengo que esforzarme en recordar, por muy surrealista que resulte, que ese breve instante no ocurrió.

Pertenece a otra línea temporal, es pasado, un pasado que, como tantas otras cosas, aquí no tiene cabida porque no existió.

Y que, según Valeria, quien murió, deduzco que «asesinado» en 2014, no fue ella misma a manos de Paula, sino Sami.

¿Pero por qué? ¿Qué hizo Sami o Samuel, como por lo visto lo conocimos en esta realidad, para merecer que lo mataran?

O peor aún… que lo matáramos. Joder. ¿Qué pasó en esta realidad alternativa a la mía para que el verano de 2014 fuera tan distinto?

​ Ignoro lo que me acaba de decir Valeria, lo de volver a casa.

Pese a la bronca que me va a caer, la desobedezco en un ataque de rebeldía y emprendo el camino a través de la nieve hasta llegar al bar de Fina.

En esta realidad la mujer no me conoce de nada y es bastante borde, pero le doy las buenas tardes y pregunto por Fermín.

​ —Estará en casa.

​ —Ah. ¿Y dónde vive? —pregunto con urgencia.

​ —Pasando la plaza, la única casa que veas con las luces encendidas. Oye, ¿para qué estás buscando al bueno de Fermín?

​ La pregunta de Fina llega tarde, cuando ya estoy saliendo por la puerta, aunque a paso de tortuga debido a la nieve.

Noto las piernas cansadas y entumecidas.

El cielo está de color lila y las calles, nevadas, arrojan un fulgor surreal, lunar.

Dejo atrás la plaza y, siguiendo las indicaciones de Fina, llamo a la puerta de la única casa que tiene las luces encendidas. Fermín, confuso, me abre la puerta.

​ —Buenas… —saludo—. No me reconoces, ¿verdad?

​ —¿Debería?

​ —No. Claro, aquí no… —caigo en la cuenta pensando en Toni, el San Pedro de Oturia . Toni solo existe en esta realidad, porque no pertenece a este pueblo. Por el contrario, Fina y Fermín deben de estar en Oturia en todas las realidades existentes, pues ambos nacieron aquí.

​ He despertado la curiosidad de Fermín.

Se nota que mi imprevisible visita lo tiene intrigado.

Seguidamente, compone un gesto que vi mucho en Toni, el asentimiento de cabeza, como si comprendiera y creyera, aunque hay que dar un enorme salto de fe para creer en lo que, a simple vista, parece una locura imposible.

Fermín, el que mejor conoce el bosque de Oturia, debe creer en lo que se oculta en las profundidades.

En la bruja. En la maldición que lanza a las almas malas como la mía que se adentran en su territorio.

La bruja es una puerta. Una puerta a otra línea temporal.

A lo que pudo haber sido, pero que, debido a un cambio de decisiones o circunstancias, tomó otro desvío.

​ —Así que esto es lo que pasa… —musita, mirándome como si estuviera frente a un milagro—. ¿Es un salto?

​ —Líneas temporales, realidades distintas, universos paralelos, mundos alternativos… como lo quieras llamar.

​ —Vaya. Un salto, sí. Es un salto a lo que pudo haber sido —llega a su propia conclusión, apartándose de la puerta e invitándome a entrar. Cruzamos un pequeño vestíbulo y pasamos al salón, donde Fermín señala un sillón orejero de piel marrón, que es donde me acomodo—. ¿Café? Está recién hecho.

​ —Sí, por favor. Gracias.

​ Fermín se retira un momento a la cocina, de donde regresa con una bandeja con dos tazas de café humeante, una lechera de porcelana y varios terrones de azúcar servidos en un platito.

​ —Sírvete tú mismo...

​ —Gael.

​ —Gael —repite pensativo.

​ Vuelvo a darle las gracias, fijándome en cómo me mira. Con curiosidad, pero también con cierto recelo, como si yo fuera un bicho raro. Supongo que eso es lo que soy: un bicho raro.

​ —¿Nos conocíamos? Es decir…, ¿en tu otra realidad nos conocimos? Doy por hecho que sí, porque me miras como si me conocieras.

​ —Sí, coincidimos —confirmo, pero no estoy aquí para hablar de líneas temporales como hice con Toni, quien me contó todo lo que debía saber, regalándome un poco de claridad a lo que me había sucedido en un momento que fue muy confuso para mí—.

El caso es que estoy en una línea temporal muy distinta a la que conocía. En otra realidad.

​ —Entiendo. ¿Y yo soy igual a la realidad en la que nos conocimos, Gael? —me pregunta con curiosidad.

​ —Sí, Fermín, prácticamente el mismo.

​ —Entiendo —repite, haciendo un amago de sonrisa. La situación parece divertirle, mientras a mí me llena de angustia—. Pero el hecho de que yo en mi otra línea temporal te conozca y en esta no, ya cambia algo, ¿no?

​ —Supongo que sí. El caso es que necesito obtener respuestas del verano de 2014, Fermín. Verano de 2014 de este mundo que no conozco.

​ —¿Verano de 2014? Hijo, lo siento, pero no me acuerdo ni de lo que comí ayer…

​ —La casa rural de Oturia —atajo.

​ —El Refugio de Valeria, sí.

​ Fermín comprime los labios, me presta atención mientras introduce un terrón de azúcar en su café y le da un par de vueltas con la cucharilla.

​ —¿Recuerdas si hace diez años vinieron un montón de críos a la casa rural?

​ —¿Críos?

​ —Bueno, no tan críos… Digamos que jóvenes. Jóvenes de entre dieciocho y veintipocos años.

​ —Vaya, de eso sí me acuerdo, porque en Oturia la juventud brilla por su ausencia.

Hubo uno que cabreó mucho a Fina, aunque también te digo que ella salta por cualquier cosa.

Cuando repartieron la paciencia, Fina estaba de vacaciones.

Si la memoria no me falla, era un chaval de veintipocos años.

Rubito, alto, delgado… con pinta de macarra.

​ Sami. Ese tiene que ser Sami.

​ —¿Y qué pasó?

​ —Que tenía muy mal beber, eso es lo que pasó. Y que algo de droga, con lo mala que es la droga, le correría por las venas. Rompió un par de taburetes del bar, le dio por estamparlos contra la vitrina de cristal, y Fina le tenía un cariño a esa vitrina... Luego no vino más.

​ En Sami, ese comportamiento violento no me encaja, no en mi otra línea temporal, pero tengo que asumir que aquí todo es diferente. Mi versión de aquí, sin ir más lejos, fumaba como un carretero y tenía un grave problema con el alcohol. Todo lo contrario a mí.

​ —¿Cuántos chicos eran? ¿Lo recuerdas?

​ —Uf, pues de eso igual se acuerda mejor Fina, pero eran unos cuantos, eh. ¿No me digas que tú eras uno de esos chavales?

​ Me encojo de hombros. Sí, puede ser.

​ —Ya… eras tú, pero no lo recuerdas porque solo recuerdas tu otra línea temporal en la que esto que me cuentas no pasó.

​ Ahora soy yo el que asiente.

​ —Bien, majo, pues dame un segundo, que llamo a Fina a ver si se acuerda, y salimos de dudas.

​ Fermín vuelve a retirarse, mientras yo le doy un sorbo largo al café, un poco amargo para mi gusto.

Apenas lo oigo hablar, por lo que es Fina quien parece llevar la voz cantante.

Sin embargo, cuando Fermín regresa, lo hace con gesto apagado, como si Fina le hubiera hablado de un episodio triste y complicado.

​ —Vaya, vaya... Telita con el verano de 2014… Según me ha dicho Fina, eran cuatro chicos y tres chicas. Y desapareció un chaval, un tal Manu.

​ ¿Manu? ¿Manu, el hermano de Paula, estuvo aquí en Oturia hace diez años y desapareció?

​ Debería preguntarle a Fermín si tiene whisky en lugar de café. El alcohol podría ser un buen amortiguador entre mi psique y la madriguera en la que he caído. Puede que sí tenga un problema grave de adicción en esta realidad, porque mi cuerpo me pide a gritos un trago.

​ Me aclaro la garganta. Intento recomponerme un poco antes de preguntar: ​ —¿Seguro que fue el verano de 2014?

​ —Sí, sí, hace diez años.

​ —Y solo… ¿Solo desapareció uno?

​ Fermín me mira como si mi pregunta tuviera aún menos sentido que mi salto a otra línea temporal.

​ —Eh… sí. Que yo sepa, solo uno. Fina me ha dicho que eran muy escandalosos y lo que te digo, que tenían muy mal beber, sobre todo el rubio. ¿Manu era el rubio?

​ —No, el rubio no era Manu. Manu era moreno.

​ —Pues resulta que el tal Manu fue a dar un paseo por el bosque de Oturia y nunca más volvió.

Se le buscó durante semanas, como se ha hecho con todos los que han desaparecido, que no han sido pocos, ya te digo yo que no, pero el bosque es conocido desde hace siglos por sucesos…

digamos que extraordinarios, insólitos… muertes, desapariciones, suicidios…

Ha habido de todo y nada bueno, me temo, y ahora con las redes sociales viene gente muy rara.

​ Me quedo en silencio, perturbado ante esta nueva información. Manu desapareció cuando salió a dar un paseo por el bosque de Oturia.

​ «Desaparecido, no muerto. No llegaron a encontrar su cuerpo».

​ Y Sami —o Samuel— enterrado en el jardín de la casa rural. Eso me tiene desquiciado y con cientos de preguntas sin responder.

​ ¿Quién de nosotros lo mató?

​ ¿Fue Paula? ¿Valeria? ¿Todos?

​ Y si en esta línea temporal Manu desapareció el verano de 2014, en 2018 no asesinó a aquellas tres chicas y él no acabó sus días en prisión.

​ Todo esto me tiene muy descolocado. Son realidades tan distintas, que me da la sensación de que mi cabeza no puede asimilar más información, que suficiente tengo con lo que he vivido, especialmente este último mes: la muerte de Paula.

El suicidio de Joaquín, luego el de Sofía, y el encargo de que mataran a Manu en prisión.

Esa fue mi mala acción, la peor, la que provocó que fuera uno de los elegidos por la bruja del bosque, y la culpa fue mía por atreverme a pisar su territorio.

​ Pero claro, yo qué iba a saber.

​ Y qué iba a saber Paula cuando también se adentró en esa zona.

​ Solo me dejé deslumbrar por la promesa clarividente de Manu:

​ Vuelve al bosque.

​ Volverás a verla.

​ «No ha ocurrido. Eres inocente y nada de eso que estás pensando ha ocurrido aquí », necesito decirme para calmarme un poco y frenar la ansiedad, preguntándome si Joaquín y Sofía están bien en esta línea temporal.

​ Ahora, más que nunca, necesito saber qué más ocurrió.

Y hablar con Paula, aunque no sé cómo, porque me ha bloqueado.

Tengo que ir a Cadaqués lo antes posible y verla.

A ver si para de nevar o la quitanieves se digna a venir a este rincón demasiado recóndito como para que a alguien le importe.

Quiero pensar que Paula y yo nos reconoceremos con solo una mirada y sin necesidad de palabras.

Fantaseo a todas horas con eso. Tenemos que intentar arreglar este desaguisado como hacíamos en nuestra vida anterior, una vida de la que nos hemos esfumado trágicamente, «ambos muertos en el bosque de Oturia».

Juntos, siempre juntos contra el mundo, eso era lo que nos decíamos para superar cada bache.

Solo con Paula puedo seguir a pesar de saber lo que le hizo a Valeria, algo que soy incapaz de obviar, aunque ese crimen tampoco forme parte de esta realidad .