Despertarás en otra vida CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

PAULA

N o me ha dado tiempo ni de abrir el diario cuando oigo a mi madre llamarme desde la cocina, mientras Pol sigue duchándose.

Dejo el anillo encima del escritorio. Sigo preguntándome qué hace ahí…

No, no tiene ningún sentido y, si lo tiene, no lo encuentro.

La respuesta tiene que estar en el diario, pero le tengo tanto miedo, que estoy a punto de volver a guardarlo y olvidarlo.

Porque yo mejor que nadie debería saber las consecuencias que tiene destapar ciertos secretos del pasado…

¿Qué habría ocurrido en mi anterior realidad si Gael hubiera descubierto los restos de Valeria en el pozo tapiado?

¿Con qué ojos me habría mirado? Me habría dejado de querer en el acto, lo sé.

Me habría repudiado y eso, a su vez, me habría dejado destrozada.

Aunque creo que siempre sospechó que detrás de la desaparición de Valeria había algo que yo le ocultaba, es muy distinto tener la certeza y los detalles de lo que realmente sucedió.

​ Antes de bajar, abro la puerta del cuarto de baño para asegurarme de que Pol está bien.

​ —¿Todo bien, bichito?

​ —¡Sí, ya salgo!

​ —¿Tienes el pijama?

​ —¡No! ¡Tráemelo, por fi!

​ Entro en la habitación de Pol. Sé dónde buscar.

Debajo de la almohada, donde mi madre nos decía siempre que dejáramos el pijama «bien dobladito».

Hay cosas que no cambian de una línea temporal a otra, como la foto en la playa con mi padre, cómo tengo el contacto de mi madre guardado en el móvil, el zócalo donde escondo mis «tesoros».

.. En el fondo, somos los mismos, y eso me preocupa, porque ¿aquí también sería capaz de matar a alguien?

De hecho, ¿lo hice? ¿Maté a alguien? Está claro que a Valeria no, y puede que a Manu tampoco, pero entonces ¿dónde está Manu?

Y ese anillo… si estaba oculto en el zócalo, es porque algo pasó o hice algo .

Mientras cojo el pijama y entro en el cuarto de baño para dejárselo a Pol, vuelvo a recordar las angustiosas palabras de Valeria cuando yo aún no entendía nada: «Espero que sigas con la boca cerrada.

Nadie puede enterarse de lo que hicimos».

​ ¿Significa que el propietario del anillo está muerto? ¿Lo matamos? ¿En Oturia? ¿Por qué? ¿Qué demonios hacíamos en Oturia el verano de 2014?

​ Cuando entro en la cocina, mi madre está metiendo una bandeja de alitas de pollo en el horno. Se gira y me mira con severidad.

​ —¿Qué has hecho en el pozo?

​ —Ah, el pozo…

​ —Lo tapiamos por la seguridad de Pol, Paula. ¿Qué te pasa?

​ Por la seguridad de Pol. Claro, eso tiene más sentido que ocultar un cadáver.

​ —Ya… lo siento, perdona. Volveré a tapiarlo.

​ —Desde que has venido de Oturia estás… diferente.

​ ¡No me digas!

​ —Oye, mamá, eh… me gustaría entrar en la habitación de Manu.

​ —Para qué —replica con tono cortante.

​ Eso, Paula, ¿para qué?

​ —Me sorprende lo fuerte que eres —empiezo a decir, sin que mi madre refleje emoción alguna—. La desaparición de Manu en Oturia tuvo que ser…

​ —Jamás debisteis ir a ese pueblo —me interrumpe, aunque no tiene ni idea de lo que habría pasado si Manu no hubiera desaparecido. Imagino que también estaría en prisión por haber matado a tres jóvenes inocentes. Era un monstruo. Y está mejor fuera de nuestras vidas.

​ —… el suicidio de papá —continúo, aunque deduzco que es un tema muy doloroso. A veces, es mejor quedarse con la duda que abrir ciertas heridas, y lo compruebo cuando mi madre, nerviosa, empieza a hablar de malas formas:

​ —Pero ¿tú sabes lo que me hizo tu padre?

Lo que nos hizo. Claro que lo sabes. Por eso no quería que volvieras a Oturia, porque Valeria se ha reído de nosotras todo este tiempo.

¡Y de ti! ¡También se rio de ti! Y aun así, te parecía más divertido llevarme la contraria y decidiste ir, hasta me dijiste que tenías ganas de verlos a todos.

¡Pero si fueron malos contigo, Paula! ¡Te dieron la espalda!

Nunca lo has entendido y nunca lo entenderás, pero yo te lo conté.

Sabes lo difícil que fue para mí pillar a tu padre con esa…

Es que no sé cómo pudo. No lo entiendo… La conocía desde que era una niña.

Tu padre era un enfermo, un degenerado, esa es la verdad, por mucho que tú lo sigas negando.

Durante años aguanté sus infidelidades, que si una camarera, que si la encargada, que si su historia con la cocinera…

pero lo de Valeria fue el colmo. ¡Me destrozó!

No tendría que haber aguantado tanto y su muerte…

sé que es horrible lo que voy a decir, pero me liberó, Paula. La muerte de tu padre me liberó.

​ Mi madre, que hasta hace media hora yo pensaba que era una mujer feliz pese a los duros golpes de esta línea temporal, se lleva la mano a la boca y se derrumba.

Estoy tan aturdida por lo que me ha dicho y por el tono brusco que ha empleado, que ni se me ocurre dar un paso hacia delante para abrazarla y consolarla.

¿Que la muerte de mi padre la liberó? ¿Cómo ha podido decir algo así?

Entiendo que la visión que aún hoy me atormenta, la de mi padre con Valeria en el despacho del restaurante, no existió para mi versión de esta realidad.

Puede que aquí, en esta vida, fuera mi madre quien los descubriera y no yo.

Eso explicaría que Valeria se librara de que yo la asesinara en un arranque de ira o un ataque de locura, que viene a ser lo mismo.

Por eso escapamos de Cadaqués y nos fuimos a pasar unos días en Oturia, seguramente arrastrados por Valeria, con el fin de apaciguar las aguas revueltas de su aventura con mi padre.

Y ahí, en Oturia, fue donde Manu desapareció, pues me seguía a todas partes y mis padres lo animaban a que lo hiciera porque era la manera que tenía de salir de casa.

Encaja, ¿no? El puzle empieza a encajar, aunque todavía me faltan unas cuantas piezas.

Respecto a lo de que mi madre aguantó durante años las infidelidades de mi padre…

No tenía ni idea, la verdad, y sospecho que fue así en esta realidad y en la anterior.

​ —Y después tú, embarazada a los dieciocho… Nunca me quisiste contar qué pasó en Oturia, de quién es el niño, que resultó ser una bendición… —continúa—. Si no fuera por Pol, yo ya estaría muerta, mira lo que te digo. Habría engullido un montón de pastillas para irme al otro barrio y...

​ Mi madre se calla de golpe al ver a Pol entrando en la cocina con su pijama de Minecraft , descalzo y con el pelo rubio mojado y alborotado.

​ —¡Ay, Pol! ¡Que te me vas a resfriar, hijo!

Vamos arriba, que te seco el pelo y te pongo unos calcetines bien calentitos que compré el otro día en el mercadillo —le dice mi madre a Pol, acercándose a él con la esperanza de que no haya escuchado lo que acaba de decir.

Antes de subir, se dirige a mí con frialdad y, sin mirarme, me ordena—: Paula, vigila el horno.

​ Dirijo la mirada al horno, donde las alitas de pollo se están empezando a dorar.

Inevitablemente, el tono anaranjado que se vislumbra a través del cristal me transporta al cálido verano de 2014 de mi otra realidad.

Concretamente, a la mañana de mucho sol y mucho calor en el chiringuito de la playa donde trabajaba Sami, a quien conocimos ese verano en Cadaqués.

Según nos dijo, vino a buscarse la vida.

Sami, a quien no conocimos o no llegó a salir con nosotros en esta línea temporal, lucía en el dedo anular de su mano izquierda el anillo tipo sello que he encontrado oculto en el zócalo de mi habitación.

Lo recuerdo perfectamente porque el mismo día que lo conocimos le pregunté por el anillo que tanto me había llamado la atención.

Y diez años después, seguía llevándolo, no se lo quitaba ni para ducharse.

De ahí a que no tenga ningún sentido que ese anillo esté en casa, porque Sami no parece encajar en esta realidad en la que ni siquiera Carlota lo recuerda, y, en lugar de estar con él desde hace diez años, está con Agus, robándole esa posibilidad a Laia.

***

Cadaqués, verano de 2014 de mi anterior realidad

Cuando conocimos a Sami y se nos unió a la fiesta

—Ey, tío, ¿nos pones siete Fantas de naranja? —pidió Agus, apoyando los codos encima de la barra.

​ —Empezáis fuerte, eh —bromeó Sami tras la barra, y ese comentario le hizo gracia a Agus, que cuando tuvo servidas las siete Fantas, le preguntó por su nombre—. Sami.

​ —Yo soy Agus, esta borde de aquí es Laia, la guapa es Carlota, esas de ahí son Valeria y Paula, Gael y Montse… ¿Dónde coño se ha metido Montse?

​ Montse había desaparecido con una chica a la que había conocido la noche anterior.

Laia resopló ante el cumplido de Agus, y es que aún no se sospechaba que cuando acabara el verano estarían liados.

Carlota estaba al lado de Gael y Valeria y yo…

bueno, yo era incapaz de sacarme de encima a Valeria, controlando como siempre que Gael no se acercara a mí ni yo a él.

Todavía no sabía que llevaba un año liada con mi padre, así que nada hacía presagiar su «desaparición».

Sami nos sonrió desde detrás de la barra.

No había mucho trabajo en ese momento y nos preguntó qué teníamos pensado hacer esa noche.

Agus lo invitó a la fiesta de la playa y él, contento, se apuntó.

​ —¡Genial! Porque casi no conozco a nadie. Vivo en Barcelona, he venido a Cadaqués a buscarme la vida. Aquí en verano hay bastante trabajo de camarero —nos contó.

​ —Somos buena gente, con nosotros te lo pasarás bien —le aseguró Agus.

​ —Me lo creo —rio Sami.

​ —¿Estudias? —se interesó Carlota, que no le quitaba el ojo de encima. Tan rubio, con el pelo cortado a capas, la piel bronceada y los ojos claros… La verdad es que Sami llamaba bastante la atención.

​ —Eh… no… —negó, como si le avergonzara haber dejado los estudios—. Digamos que todavía estoy decidiendo qué hacer con mi vida.

​ —Oye, el anillo que llevas mola —le dije por decir algo, señalando el anillo tipo sello que lucía en el dedo anular de la mano izquierda. Me fijé porque parecía muy antiguo.

​ —Ah, el anillo… —Sami se quedó parado, mirando el anillo con la mente en otra parte—. Sí, me recuerda a mi padre… era de él.

​ —Vaya… ¿Ya no está? —continué.

​ —No. Ya no está —contestó con amargura, y Agus enseguida cambió de tema y animó el ambiente y, bueno, el resto es historia…

​ A partir de ese día, Sami empezó a salir con nosotros siempre que no tenía que trabajar.

Se alojaba en un pequeño apartamento cerca de la playa que era de su jefe, el propietario del chiringuito, un alemán rico que apenas prestaba atención a su negocio, uno de tantos.

Por el apartamento donde se alojaba Sami pasaron un montón de chicas, hasta que lo suyo con Carlota se puso más serio y sentó cabeza hasta tal punto, que llevaban diez años juntos. Como Laia y Agus. Como Gael y yo.

***

Ahora

Pero aquí nada de eso existe.

​ No ocurrió.

​ Me acuerdo de Carlota y del momento en que, contrariada ante mi extraño comportamiento, me preguntó: «¿Quién es Sami?».

​ —¡Paula! ¡Las alitas de pollo! ¡Que se queman! —grita mi madre viniendo a toda prisa y apartándome para abrir el horno, del que sale una gran cantidad de humo negro—. ¡Halaaaaaa, vengaaaaaa! Alitas tostadas.

​ Enseguida oigo la risa de Pol y los hombros se me destensan un poco.

Porque si Pol ríe, mi madre ríe, y viceversa.

Es así. Es algo que he aprendido en solo tres días.

Y lo que me queda por aprender y por saber y entender en este mundo nuevo en el que empiezo a vislumbrar cierta oscuridad en mi madre que no reconozco de mi anterior realidad.