Despertarás en otra vida CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

PAULA

—P or eso te dije que no era buena idea que volvieras donde empezó todo. Siempre he pensado que esa invitación de Valeria estaba envenenada —dice Nicola, mientras yo, estupefacta, clavo la vista en la pared.

​ —Está todo en el diario que empezaste a escribir cuando pasó todo. Te lo recomendó tu psicóloga… —añade, mirándome con la misma preocupación con la que me ha mirado esta mañana, cuando me ha visto abatida en el pasillo del restaurante.

​ Un diario por recomendación de mi psicóloga.

.. ¿Qué psicóloga? Bueno, lo importante es que escribía en un diario que debe de estar en esta habitación, puede que escondido en el zócalo donde, de pequeña, guardaba mis «tesoros».

Es lo único que me puede dar una pista fiable sobre lo que le ocurrió a la versión de mí en esta realidad en la que el pozo estaba tapiado, pero no porque ocultara un cadáver.

En los diarios lo vomitamos todo, no solemos mentir, no tendría sentido.

Si las «Notas» que dejó escritas en el iPhone eran bastante completas, seguro que en el diario no escatimó en detalles.

​ —Claro —consigo decir—. Manu desapareció en Oturia, no en Cadaqués. No sé dónde tengo la cabeza últimamente —disimulo, aunque, por el gesto que compone Nicola, no cuela.

​ En el momento en que Nicola se pone el jersey, escuchamos ruido en la planta de abajo. Mi madre y Pol han llegado. Son las siete y diez, se nos ha ido el santo al cielo con lo de la desaparición de mi hermano.

​ — Merda —suelta el italiano en su idioma natal, y yo, de la tensión y los nervios, me da por echarme a reír, mientras me levanto y me pongo lo primero que pillo: unas mallas y una sudadera negra que, en algún momento que no recuerdo, mi versión de este mundo dejó en el sillón que no hace de sillón, sino de percha improvisada.

​ —¿Qué pasa? ¿Que no pueden verte aquí?

​ —No lo digo por mí, sino por ti. Siempre dices que Pol es muy celoso, que tenemos que ir con cuidado.

​ Claro. Cuando anoche salí, el niño se enfadó y se mostró superindignado conmigo, hasta que mi madre lo hizo reír con la cancioncita de «Te buscaré, bandido». Desde el principio supe que lo hizo para que el niño no se tomara tan a pecho mi breve ausencia para ir a casa de Nicola.

​ —Bueno, tiene nueve años. Algún día tendrá que asumir que su madre folla, ¿no?

​ Madre mía. Pero qué acabo de decir. No sé cómo interpretar la cara de Nicola. Entre sorprendido, confuso, divertido…

​ —Lo mejor es actuar con normalidad —lo aliento al salir de la habitación, directos a la planta de abajo, donde Pol, con las mejillas rojas, está sentado en el suelo del vestíbulo quitándose las zapatillas, mientras mi madre cuelga los abrigos y las bufandas en el perchero.

​ —Ah —se sorprende mi madre—. Nicola, tú por aquí. —Me dedica una mirada pícara. O eso creo. Ha bizqueado un poco. Espero que no me dé la nochecita con la canción del bandido—. ¿Qué tal?

​ —Muy bien, Sofía. Hola, chaval, ¿qué tal el entreno?

​ Aunque Nicola intenta ser amable, Pol se lo queda mirando con aire desafiante. Se levanta, me mira con algo parecido a la indignación, y, tras un gruñido para que quede claro que la presencia de Nicola lo incomoda y no le gusta, se esfuma escaleras arriba.

​ —¿Ha ido bien el entreno? —le pregunto a mi madre.

​ —Sí, sí, no te preocupes. Cosas de chicos, ya sabes… —le resta importancia, sin dejar de mirar al italiano con una complicidad que me hace pensar que se conocen más de lo que yo pensaba—. Nicola, ¿por qué no te quedas a cenar? No cocino tan bien como tú, pero me las apaño.

​ —Nicola ya se iba —contesto yo por él, en vista de que a Pol no le ha hecho ninguna gracia encontrárselo en casa. Lo primero, es algo que tengo claro y que me nace desde lo más hondo de mi subconsciente, es el niño.

​ —Sí, Sofía, me tengo que ir, pero me ha encantado verte —conviene Nicola.

​ —Lo mismo digo, Nicola, siempre es un placer.

​ ¿Mi madre, aunque educada, ha sonado forzada?

​ —Hasta mañana, Paula —se despide de mí Nicola, sin su recurrente Bella ni guiño de ojo, dándome una distante palmadita en el hombro.

​ Cuando Nicola sale por la puerta, mi madre se desata al exclamar:

​ —¡Qué bueno está!

​ —Mamá…

​ —Te buscaré, bandido…, te atraparé, bandido… —empieza a cantar de camino a la cocina.

​ Me sorprende el buen humor que la caracteriza en esta línea temporal marcada por dos tragedias: la desaparición de su hijo y el suicidio de su marido. Cualquiera en su lugar viviría amargada, pero ella no. Es posible que Pol sea el motivo de su aparente felicidad.

​ Subo las escaleras para hablar con Pol, a quien encuentro en el cuarto de baño.

​ —Hola, bichito —lo saludo, revolviéndole el pelo, gesto que no parece hacerle ninguna gracia por cómo se aparta—. ¿Te ayudo a ducharte?

​ —Tengo nueve años ​ —suelta con un tono áspero impropio a su edad, pero qué sabré yo de niños.

​ —Ah. Claro. Eres muy mayor… Pues…

​ —No quiero que vuelva.

​ —¿Eh?

​ —El italiano. No quiero volver a verlo en casa —dice Pol entre dientes, y, por un momento, pese a lo bajito que es, parece mucho más mayor.

​ —¿Nicola no te cae bien? —tanteo, sentándome en la taza del retrete, aunque me da que ni el hombre más fantástico del mundo podría caerle bien si se acuesta con su madre.

​ —Es un falso de mierda.

​ Vale. Ahora, como buena madre, es cuando debería advertirle que no se habla así.

¿Pero y si tiene razón y no es solo fruto de los celos que está claro que siente hacia Nicola, al pensar que es una amenaza para nuestra relación?

¿Y si Nicola, por muy bien que parezca caerle a mi madre, es realmente un falso de mierda ?

Los niños suelen decir la verdad. Y Pol lleva nueve años en esta línea temporal y yo solo tres días, por lo que diría que me lleva bastante ventaja.

Puede que me haya dejado deslumbrar por las atenciones de Nicola y su innegable atractivo físico para superar lo que me ha pasado, y así no estar hundida en la mierda de una línea temporal en la que Gael no forma parte de mi vida.

​ —Estaré en mi habitación —le digo a Pol, antes de salir del cuarto de baño, de donde enseguida oigo el agua correr.

​ Vuelvo a mi habitación y voy directa al zócalo que, al menos en mi otra realidad, está suelto desde que tengo uso de razón.

No es que en el hueco haya espacio para meter muchas cosas, pero sí tiene la medida justa para poder esconder un diario.

Y no hay mejor escondite que el zócalo, eso lo sé yo y estoy convencida de que lo sabía mi versión de esta realidad.

​ Doy dos golpecitos para desencajarlo y, con la ayuda de un lápiz, consigo despegar el trozo de zócalo de la pared. Introduzco la mano en el hueco polvoriento de donde saco algo de pelusilla y… Touché .

​ El diario.

​ Pero también un anillo antiguo tipo sello que sale rodando por el suelo y que cazo cuando detiene su recorrido debajo del sillón.

Al mirarlo de cerca, me percato de que no me pertenece, pero sé de quién es o, al menos, de quién era en mi otra realidad.

Y no tiene ningún sentido que estuviera en mi escondite secreto.