CAPÍTULO 33
GAEL
A turdido, me siento en el borde de la cama, en el otro extremo de donde Valeria está tumbada y mirándome con expresión rara, porque ni siquiera me veo con fuerzas de quitarme el abrigo.
—¿En serio, Gael? ¿Vas a dormir con el abrigo puesto? Apestas a humo y sudor.
Es maja, eh.
Valeria es tan insoportable como la recuerdo.
¿Qué hago con ella? Es decir, ¿por qué mi versión de esta línea temporal acabó casado con ella? No lo entiendo. Paula y yo compartíamos una frase que ahora me resulta de lo más reveladora: «Tú y yo juntos en esta y en todas nuestras vidas».
¿Qué cambió en esta realidad para que mi versión de aquí no acabara con Paula?
En el rato que Valeria y yo hemos compartido en el vestíbulo, antes de subir a la habitación, me he enterado de que está embarazada «de mí», que tengo problemas con el alcohol, y mis salidas nocturnas son habituales.
Aquí no regentamos cuatro cafeterías, sino seis, y mañana a primera hora regresamos a París.
No puedo. Sabiendo que, según Toni, Paula está en Cadaqués, «su hogar en esta realidad», no puedo volver a París con Valeria como si nada.
Esto es más complicado de lo que pensaba, me siento enjaulado.
Pese a encontrarme fatal, tenía pensado subirme al coche, aunque no tengo ni idea de dónde están las llaves del Mercedes de este mundo, y conducir hasta Cadaqués para volver a encontrarme con Paula.
Solo quiero volver a ver a Paula, es en lo único en lo que puedo pensar.
Saber que en esta línea temporal está viva y que la muerte, tan real, dolorosa y reciente para mí, no me la arrebató, me emociona y me hace feliz por la posibilidad de volver a estar juntos.
El problema no es solo Valeria. El problema es que está embarazada.
No puedo dejarla así como así, no quiero volver a sentirme como la peor persona del mundo, como me ocurrió cuando me mandaron aquel mensaje diciéndome que ya estaba hecho, que mis contactos se habían encargado de deshacerse de Manu.
Joder. Me va a dar algo. Lo que ha ocurrido es increíble. Por momentos, pienso que nada de esto es verdad, que estoy soñando y que, al despertar, todo volverá a ser como antes, que tampoco era mejor que esta vida, pero, por lo menos, nadie me gritaba al oído ni me llamaba borracho.
—¡Gael! ¡Gael! ¡Es que no me escuchas, nunca me escuchas!
—¡¿Qué?!
—¡Que te pongas el pijama de una vez!
No me quedan fuerzas ni para discutir.
Obedezco y me quito primero el abrigo y después la ropa, tratando de no pensar en el perpetuo escalofrío, como si todo mi cuerpo estuviera envuelto en hielo.
Me pongo lo que creo que es mi pijama, pantalón de cuadros y una camiseta de algodón que he encontrado sobre el respaldo de la silla que hay al lado de la ventana, y me tumbo en la cama evitando el contacto físico con Valeria.
Aunque estoy exhausto por el frío, por el dolor de cabeza y por lo insólito de esta situación, soy incapaz de dormir, así que me quedo con la vista clavada en el techo.
Mientras tanto, Valeria sigue quejándose sobre no sé qué de los calambres en el vientre, de una camarera del café del distrito XVI que se equivoca al dar el cambio a los pocos clientes que aún pagan en efectivo, sobre la reforma de la cocina y el papel pintado…
—Valeria, por favor, cállate —le suplico, aun sabiendo que necesito tenerla de mi lado para averiguar quién soy, qué somos, qué pasado arrastro, y cómo es esta vida en la que acabo de aterrizar pero que ya quiero abandonar para regresar a los únicos brazos que conozco.
—Desde que has vuelto a ver a Paula, estás insoportable —replica, esforzándose por mostrarme lo indignada que está. Seguidamente, me da la espalda y se calla por fin.
«¿Desde que he visto a Paula? ¿Cuándo?», me pregunto, pensando en el wasap que mi versión de este mundo le envió sin obtener respuesta, mientras giro la cabeza en dirección a la ventana. Los primeros copos de nieve están empezando a caer.