Despertarás en otra vida CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

PAULA

N ada. No hay nada en el pozo, aun recordando el ruido sordo que hizo el cuerpo sin vida de Valeria al caer.

Pero en esta realidad, pese a estar tapiado, está vacío, no esconde los restos de Manu ni de nadie, no tenemos un fantasma vagando por las estancias de la casa.

Y ahora es cuando me pregunto qué le voy a decir a mi madre cuando me pregunte por qué me he cargado el tapiado del pozo.

​ Entro en casa, ha empezado a oscurecer. Mamá me manda fotos de Pol entrenando y también un audio, pero lo ha enviado por error, porque no me dice nada, solo oigo barullo de fondo y a madres hablando de lo bueno que está el entrenador. Leo otra vez el wasap de Gael. Debería contestarle.

​ Empiezo a escribir:

Hola, Gael.

​ Vaya. Sigo sin saber qué decirle, pues ignoro qué ocurrió hace diez años, y está claro que es algo distinto a lo que yo recuerdo.

​ Mis dedos, suspendidos sobre el teclado táctil, no saben qué escribir, así que borro el «Hola, Gael», me recuerdo que en esta vida ha elegido a Valeria aunque me dijera que fui yo quien lo rechazó, y lo dejo para otro momento.

​ Cuando entro en el despacho y me siento delante del ordenador con la intención de pasar a limpio la nueva carta creada por Nicola que he guardado doblada en dos en el bolso, llaman a la puerta.

​ Venga, otra tarea que tengo que posponer.

​ Al abrir, Nicola me mira con ojos traviesos y no me da tiempo ni a saludarle o a preguntarle qué hace aquí.

Se abalanza sobre mí, y, como si fuera algo que hacemos cada lunes porque Pol y mi madre no llegan hasta las siete, empieza a besarme apasionadamente antes de arrastrarme a mi habitación, que parece conocer mejor que yo.

​ A ver, podría pararlo y no llegar hasta el final, porque, aunque mi versión de esta realidad lo conocía y estoy segura de que lo quería, para mí sigue siendo un desconocido pese al hormigueo que siento cada vez que lo tengo cerca.

Todo es demasiado reciente, solo llevo dos días aquí y aún no sé quién soy ni cómo es esta vida, pero vamos, digo yo que a nadie le amarga un dulce, ¿no?

Gael está con Valeria. Sí, tengo que repetírmelo otra vez, como si no lo hubiera hecho suficientes veces.

Los visualizo en el sofá de la casa de Oturia metiéndose mano mientras yo, confusa, aún no sabía qué me había pasado en el bosque.

Y ya se sabe que solemos cometer más locuras por despecho que por amor, ¿verdad?

***

Vale…

​ Esta locura por despecho la cometería cien veces más. A lo que acaba de pasar entre las sábanas, que ahora huelen a sexo y al agradable perfume masculino que usa Nicola, se le llama la memoria de la piel. La piel nunca olvida las caricias que le aceleran el corazón.

​ La lástima es que mi madre y Pol volverán en media hora y no sé si Nicola debería seguir en casa.

Por cómo mira la hora en el móvil, creo que no, que es algo así como una relación muy discreta, casi secreta, o puede que sea por Pol, que no ve con buenos ojos que su madre tenga un ligue.

Nicola se levanta de la cama, donde yo me quedo tumbada, desnuda bajo las sábanas, y empieza a vestirse con prisas como si llegara tarde a algún lado.

​ —Nico, yo… te he hablado muchas veces de la desaparición de mi hermano en Cadaqués, ¿verdad? —tanteo—. De la noche del 12 de agosto de hace diez años…

​ Nicola me mira con los ojos entrecerrados como si me viera a contraluz, mientras se abrocha los vaqueros. Otra vez esa mirada extraña, y ya he perdido la cuenta… No doy ni una. Parece que lo que acabo de decir no tenga ningún sentido para Nicola.

​ —Tu hermano no desapareció en Cadaqués, Bella —me contradice con ternura, sentándose en el borde de la cama y acariciándome la mejilla donde luzco mi monstruosa cicatriz—. Manu desapareció en Oturia.