CAPÍTULO 30
PAULA
N icola y yo llevamos un buen rato compartiendo silencio y miradas sentados en el pasillo, hasta que él saca a relucir lo que parece un recuerdo divertido:
—¿Te acuerdas de la vez que fuimos a Andorra? Querías llevarte cincuenta tabletas enormes de Toblerone y yo te dije que eran demasiadas, que se las quedarían en la aduana…
Ojalá acordarme. Le sonrío, asiento con la cabeza, musito una mentira:
—Sí, me acuerdo.
Nicola inspira hondo, se levanta y me tiende la mano para que yo haga lo mismo. Supongo que tendremos que ponernos a trabajar en la nueva carta. Pero parece enfadado. No sé qué pasa, hasta que suelta, con la cara muy cerca de la mía y aire amenazador:
—¿Cómo te vas a acordar de algo que nunca sucedió?
Es curioso que me haga esa pregunta. Porque mis recuerdos son otros muy distintos que no tienen que ver con esta realidad.
Es decir, recuerdo cosas que aquí nunca pasaron.
Lo que no esperaba, era que Nicola fuera a tenderme una trampa, no sé con qué intención, aunque sí rememoro lo que me dijo ayer en su casa: «Estás distinta.
Tus ojos son… distintos, no me miran igual que siempre».
¿Cómo no voy a ser distinta, si vengo de una vida diferente a esta?
¿Hasta qué punto puedo confiar en Nicola?
¿Podría decirle lo que me ha pasado? Que vengo de otra realidad, que mi vida se fracturó en dos o quizá en más universos paralelos la noche del 12 de agosto de 2014 cuando, presa de la rabia, maté a mi mejor amiga, a la que pillé follándose a mi padre…
Suena de locos.
Por mucho que parezca confiar en Nicola, no puedo contarle algo así.
—No sé qué decirte, Nicola… Nico —corrijo—. Perdona. Deberíamos ponernos a trabajar, no he desayunado y me muero de hambre. Estoy deseando probar los platos de la nueva carta, desde la cocina llega un olor…
—Qué pasó en Oturia.
«¿Me di un golpe en la cabeza y he perdido la memoria?
No, toda la memoria no, solo… ¿solo algunos recuerdos?
Eso es: parte de mis recuerdos».
—Me di un golpe en la cabeza.
No es mentira, no del todo.
—¿Has ido al médico?
—Me encuentro bien… solo un poco confusa, es como si… no sé, como si me costara acordarme de ciertos detalles, pero…
—Sé que son días difíciles —me interrumpe—. Pronto se cumplirán diez años desde que tu padre decidió… ya sabes. Sueles ponerte mal por estas fechas.
«Suelo ponerme mal por estas fechas», repito internamente para tenerlo en cuenta.
—Ya.
Se me cierra la garganta y no puedo decir más, aunque que haya sacado el tema de mi padre juega a mi favor, pues puedo evitar el rollo de que soy una persona completamente distinta a la que él conoció, creo que hace tres años, que es el tiempo que lleva trabajando en Casa Costa.
Mientras en esta realidad mi padre se suicidó hace diez años, el recuerdo que tengo de él es reciente, como si lo hubiera visto hace escasos días.
Y es que para mí fue así, en mi otra realidad estuve con él hace tres días .
El dolor al saber que no lo voy a ver más está ahí, claro, es como si al volver de Oturia me hubieran dicho que ha fallecido repentinamente, aunque aquí lleve diez años enterrado.
—Vale, lo siento —se disculpa, sacudiendo la cabeza—. Soy imbécil, perdona.
Nicola se acerca a mí, me besa en los labios.
—¿Seguro que estás bien? —sigue preocupado, acariciándome la cabeza, como si estuviera buscando un chichón.
—Sí.
No parece muy convencido, ya que ha quedado raro que le respondiera que me acordaba de lo de Andorra, cuando está claro que me ha puesto a prueba, pero parece tener ganas de volver al trabajo.
—Venga, pues en marcha. Estoy deseando que pruebes la nueva carta.
Entramos en la cocina, a rebosar de platos estéticamente perfectos, dignos de una estrella Michelin.
Dentro de todo lo malo, agradezco estar tan bien acompañada por Nicola.
También ayuda que el dolor de cabeza, que al principio fue tan espantoso, ya no sea tan intenso, y que mi cuerpo haya recuperado una temperatura normal y sea capaz de notar el calor que emana de los fogones.
No obstante, regresa la visión del pozo tapiado en el jardín.
Y de nuevo vuelvo a pensar en Manu, en la posibilidad de que sus restos estén en el fondo del pozo porque yo lo maté, pues la lógica me dice que si en mi otra línea temporal era una asesina, en esta también debo serlo, así que tengo que encontrar el coraje para acercarme, romper el tapiado, y comprobarlo.
—¿ Bella ? —me llama la atención Nicola, en vista de que me he quedado como si estuviera flotando en una nube.
Vuelve a llamarme Bella , por lo que creo que la situación se ha destensado un poco.
—Prueba esto —me anima, acercando a mi boca una cuchara con una salsa espesa de color mostaza que sabe de vicio.
—Mmm… Qué rico.
Nunca he creído en la perfección, pues, quien más, quien menos, tiene sus defectos, pero lo de Nicola es de otro mundo.
Mientras me da a probar sus exquisiteces con una delicadeza que me extasía, me pregunto dónde está, qué vida lleva o si es feliz en la realidad que he dejado atrás y en la que no tuve ocasión de conocerlo en persona.
No sé qué habría pasado si Nicola hubiera aparecido en mi otra línea temporal, estando casada con Gael.
¿Lo habría ignorado, o habría supuesto un peligro para mi matrimonio?
La tercera persona que crea discordia y provoca una separación…
En fin, que me mata estar sin Gael, porque los diez años que recuerdo con él no pueden desaparecer de un plumazo y sigo sin responder a su wasap, asumiendo que no voy a volver a verlo, que él tiene su vida en París, con Valeria…
Pero si el castigo que me ha impuesto la bruja de Oturia por mis terribles pecados es estar con alguien como el chef italiano, más castigos así, por favor.
***
Llego a casa a las cinco de la tarde con el estómago a punto de reventar.
No voy a poder probar bocado en dos días, pero qué platos…
qué carta… Una delicia tras otra, una exquisitez para el paladar.
Con razón el restaurante está siempre lleno incluso en temporada baja y entre semana, algo que mi padre nunca llegó a conseguir.
Nicola y yo nos hemos despedido con un abrazo, satisfechos por el trabajo realizado.
Aunque empiezo a acostumbrarme a sus labios, se me ha hecho raro que me plantara un beso en plena calle, a la vista de las pocas personas que pasaban en ese momento por ahí.
Una parte de mí ha pensado: «Ay, madre, nos están viendo, le irán con el cuento a Gael».
Luego, he recordado. Me he ubicado. Y he disfrutado un ratito más entre los brazos del italiano, hasta que nos hemos separado y, con gesto sombrío, me ha soltado lo mismo que anoche, cuando me fui de su casa:
—Aún tenemos que hablar de lo que ya sabes…
Pues no, Nicola, ¡no sé! ¿Hemos pasado seis horas juntos y no has podido sacar a relucir el tema pendiente del que tenemos que hablar? Ya le vale.
Al mediodía, mi madre me ha llamado y me ha dicho que, en vista de lo atareada que estoy con el chef, ella se encarga de ir a buscar a Pol al colegio, llevarle la merienda, y acercarlo al campo de fútbol, donde hoy tiene entreno hasta las siete.
Y que se queda en las gradas con él, que le encanta cotillear con las madres de los otros niños pese al frío que pasan.
Voy a estar dos horas sola en casa. Tengo que pasar a limpio la nueva carta, solo me hace falta encontrar la plantilla en el ordenador del despacho, y enviarla a imprenta.
Lo haré después. Ahora hay algo que me urge, algo en lo que llevo horas pensando, y no sé si tendré otro momento tan perfecto como este para hacerlo, si es habitual tener toda la casa para mí sola o no.
Salgo al jardín temblando como un flan, con la mirada fija en el pozo tapiado.
En la caseta de herramientas hay un mazo.
Lo cojo con determinación, mi mano aprieta con fuerza el mango.
Estoy preparada, dispuesta a destapar el pozo, pero, al situarme delante, flaqueo unos instantes y no me veo capaz.
¿Qué es lo que me voy a encontrar ahí dentro?
¿En serio quiero ver los restos de mi hermano?
Después de diez años, ¿qué queda de él?
Nada. Ya no debe de quedar nada.
Empiezo a picar. El excesivo grosor de la capa de cemento hace que tenga que emplear mucha fuerza, lo que me lleva a visualizar la cara machacada de Valeria, la piel cayéndole a tiras, así fue cómo la maté, golpeándola una y otra vez, una y otra vez con la trompa afilada y dura del elefante…
Hasta que, diez minutos más tarde, el pozo queda al descubierto y me asomo con miedo, con mucho miedo pero también con curiosidad.
Necesito saber qué hay ahí dentro y por qué estaba tapiado como en mi anterior línea temporal.
—No puede ser —digo en una exhalación, cuando mis ojos se enfrentan a la oscuridad.