CAPÍTULO 29
GAEL
J oder.
Me va a estallar la cabeza. El dolor es insufrible, como si cientos de agujas me estuvieran perforando el cerebro. Y el frío que he pasado en el bosque se me ha metido tan dentro, que me duelen los huesos.
Fina ha cerrado el bar. Llamo a la puerta, deseando entrar en la habitación tres, la de las vistas al bosque , tumbarme en la cama y taparme con todas las mantas que encuentre, a ver si consigo entrar en calor.
Pero nada, Fina no abre. Vuelvo a llamar, insistente, hasta que, al fin, Fina, vestida en bata y con unos rulos en la cabeza, me abre, mirándome con exasperación.
—¡Está cerrado! ¿Es que no lo ves?
¿Qué hora es? ¿Por qué Fina es tan desagradable, si siempre ha sido maja conmigo?
¿La habré despertado? He perdido la noción del tiempo, pero me parece que tampoco me he entretenido tanto rato en el bosque.
Media hora, cuarenta minutos a lo sumo… cuando he llegado al río, he vuelto a subir en busca de la salida, pues la linterna se había quedado sin pilas.
Hostia, la linterna de Fina…
¿Dónde está la linterna?
—Perdona, Fina, me he entretenido más de la cuenta. ¿Me dejas subir a mi habitación, por favor?
—¿Pero de qué habitación hablas? ¿Quién eres tú?
¿Qué está pasando aquí?
O se está haciendo la loca, o Fina padece demencia.
—Fina, me muero de frío y tengo un dolor de cabeza que me está matando, no estoy para bromas…
—Buenas noches —irrumpe un tipo alto, que me mira como si me conociera, pero al que yo nunca he visto. O eso creo.
—Toni, dile a este que no vaya llamando a las puertas a estas horas de la noche, haz el favor —le dice Fina, dedicándome una mirada cargada de desprecio antes de cerrarnos la puerta en las narices.
Así que me quedo sin habitación, sin maleta, sin llaves del coche para poder largarme de aquí, pasando frío, con un dolor de cabeza horrible, y con un tío al que no conozco de nada.
—Soy Toni. Gael, ¿verdad? —me pregunta el tipo—. Nos hemos visto antes, en la plaza. Hemos estado hablando un rato.
—No, te confundes de persona.
El tal Toni sonríe y asiente con la cabeza como si supiera algo que a mí se me está escapando.
—Te duele la cabeza y estás muerto de frío, eh… Y conoces a Fina, pero ella a ti no —empieza a decir, echando a andar en dirección a la plaza, donde he dejado mi coche, pero, cuando llegamos, mi coche no está.
—¿Y mi coche? Lo he dejado aparcado aquí, aquí mismo…
—Gael, el coche que recuerdas haber dejado aparcado en la plaza, no existe. No aquí.
— ¿ No aquí? Pero ¿qué dices? ¿De qué me estás hablando? Esto es una broma… tiene que ser una broma.
Miro a un lado y al otro de la plaza para ver si descubro las cámaras con las que me están grabando, haciéndome sentir un panoli.
Pero Toni, con gesto serio, inspira hondo y, como si no fuera la primera vez que se lo dice a alguien, me acaba de rematar con la mayor estupidez que he oído en mi vida:
—Estás muerto, Gael. En tu anterior realidad, la única que recuerdas, has muerto en el bosque, concretamente en la zona de la bruja de Oturia, y has saltado a un mundo alternativo. A otra línea temporal. A esta línea temporal —especifica.
—Venga ya. Estás de coña, ¿no?
—¿Qué es lo último que recuerdas?
Me asalta una oleada de agotamiento que es peor que un puñetazo en la mandíbula y me cuesta pensar con claridad, como si en mi mente se hubiera desatado un infierno.
Jamás había tenido un dolor de cabeza tan fuerte como este.
Pero entonces, ocurre algo raro de cojones que escapa a toda comprensión lógica.
Al frotarme la cara, me percato de que tengo barba.
Hace años que no me dejo tanta barba. Por su frondosidad, parece que llevo un mes sin afeitarme.
Y el abrigo. El abrigo es distinto. Llevaba uno negro y el que tengo ahora es verde oscuro y más acolchado y el jersey…
joder, un jersey morado, yo no tengo nada de color morado.
Pero qué…
¿Qué brujería es esta? ¿Qué ha pasado?
Una idea me invade con una profunda convicción: tengo un tumor cerebral. Ha estado creciendo discretamente y está causando estragos en mis procesos cognitivos, haciéndome perder el contacto con mi realidad y poniendo en tela de juicio todo lo que creía saber.
—¿Te acuerdas de algo? —insiste Toni.
—Pues… A ver, estaba dando un paseo por el bosque, era de noche…
Me quedo callado. Sería descabellado contarle a este desconocido que me adentré en el bosque porque mi cuñado, antes de morir desangrado en prisión porque yo lo encargué, me dijo que volviera, que así vería a Paula, mi mujer muerta.
Me aclaro la garganta y sigo hablando, superado por la situación:
—Yo… llevaba una linterna que me dejó Fina, no tengo ni idea de dónde está la linterna… las pilas se gastaron, me quedé a oscuras justo cuando llegué al río… una media luna me alumbraba el camino…
Miro hacia el cielo, coronado por una inmensa luna llena muy distinta a la media luna que acabo de mencionar.
Trago saliva, me echo a temblar de frío y de nervios porque no comprendo lo que está pasando y lo que Toni dice no tiene sentido.
¿Que estoy muerto? Me encuentro fatal, como si en cualquier momento mi cerebro fuera a estallar o pudiera morir de hipotermia, pero respiro, me muevo, veo, siento, padezco… sigo vivo.
¡Las campanas! Recuerdo el repique de las campanas.
—Oí unas campanas —añado, y Toni vuelve a asentir en silencio, como si supiera de lo que le hablo—. Y volví… o sea que… salí del bosque por mi propio pie, eché a andar hasta el bar de Fina y… y eso es todo. Creo.
—Mira, yo vivo ahí. —Señala una de las casas de la plaza.
Todo está a oscuras salvo por la luz macilenta que arroja una vieja farola que hay junto a un banco de madera desgastado—.
Te invito a un café, a un chocolate caliente o a un whisky, lo que te apetezca, aunque no entrarás en calor hasta dentro de un par de días.
Siento decirte que el dolor de cabeza dura más tiempo.
Entiendo que estés confuso, todos lo estamos al principio, Paula también se sintió así…
—¿Paula? ¿Paula está aquí?
—Paula vive aquí, sí.
—¿En Oturia? —me extraño, pensando de nuevo en la posibilidad de que nada de esto sea real, y se trate del tumor cerebral jugándome una mala pasada.
—No, no exactamente… volvió a casa hace un par de días.
—¿Un par de días? ¿A casa? ¿A París?
—No… —vuelve a negar—. Me temo que el hogar de Paula en esta vida no está en París.
—¿En esta vida? Pero si Paula murió hace un mes… Ella… ella murió en el bosque, estábamos en la casa rural por la… por la desaparición de Valeria hace diez años y…
—Conozco la historia, Gael. Paula me la contó —me interrumpe el hombre con tranquilidad—. Y deduzco que hay alguien esperándote en la casa rural y que ahí es donde tienes tu coche, aunque es posible que no sea el mismo coche que recuerdas.
—¿Alguien me espera en la casa rural? ¿Es Paula? —pregunto, con todas las esperanzas puestas en su respuesta.
—No, no es Paula —niega con infinita paciencia—.
Tendrás que descubrirlo por ti mismo, pero esta vida es distinta a la que has dejado atrás.
Aunque recuerdas el mundo que conocías, ahora estás en otra realidad, en un universo paralelo al tuyo.
¿Hiciste algo malo en tu otra línea temporal?
¿Algo terrible? Por ejemplo… ¿matar a alguien?
¿Cómo lo sabe?
—Eh… no voy a contestar a eso.
Vamos, hombre, tiene que estar de broma, esto no puede ser verdad…
—¿Qué día es hoy? —pregunto con inquietud.
—Hoy es lunes, 3 de noviembre de 2024, aunque en media hora será día 4 —contesta con precisión.
—¿Noviembre? ¿Estamos en noviembre? Eso fue… Paula murió el día 1, para mí hace más de un mes. No puede ser. Pero si ya es diciembre, la Navidad está al caer…
—Aquí no.
«Aquí no», repito para mis adentros.
No solo he retrocedido un mes en el tiempo, sino que parece que he saltado a otra vida u otra realidad, a un…
¿universo paralelo, ha dicho? ¿Pero eso existe?
¿Es real? ¿Qué me ha pasado? ¿Y los padres de Paula?
¿ Aquí también están muertos? ¿Y Manu? ¿Manu seguirá vivo?
¿En prisión? Entonces ¿nunca moví los hilos para que se lo cargaran?
Se me acumulan las preguntas, lo que hace que el dolor de cabeza, ya de por sí insufrible, vaya a más.
—Perdona, es que esto… esto es raro de cojones y no entiendo… Creo… creo que tengo un tumor en el cerebro. ¿Me harías el favor de llevarme al hospital? No creo que pueda conducir en este estado. Nada de esto… no, no puede ser, esto no es real, ni siquiera tú eres real.
—Esto es real. Yo soy real. Y no tienes un tumor en el cerebro. No es algo tan mundano.
—Tú… ¿Pero tú cómo sabes esas cosas?
—Porque también me pasó a mí.