Despertarás en otra vida CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

​ Mi padre inspiró hondo, siguió llorando.

Era un hombre triste y deshecho que tardaría mucho tiempo en volver a respirar sin sentir un peso aplastándole el pecho.

Mientras una parte de mí se alegraba de que estuviera sufriendo lo indecible, la otra quería levantarse, rodear el escritorio y abrazarlo hasta que el dolor desapareciera.

Porque mi padre era la persona a las que más quería y admiraba en este mundo y era incapaz de odiarle.

Por eso volqué todo mi odio contra Valeria hasta hacerla desaparecer de un plumazo, aunque ella no era la única culpable en esa historia y solo el tiempo y la distancia me lo hicieron ver.

​ —Necesito tiempo —le dije—. Tiempo y distancia para perdonarte.

​ —La mataste, Paula. Tapié el pozo por ti.

Me estoy guardando un secreto que sé que, tarde o temprano, me va a estallar en la cara, y lo hice por ti y por tu hermano…

Por nuestra familia. Lo haría todo por vosotros, lo daría todo…

Solo quiero… ya no podemos deshacer lo que hiciste, hija, así que solo me queda desear que volvamos a tener la relación de siempre.

​ Y aun así, el pobre hombre al que no tenía que perdonarle más que un desliz, aunque ese desliz hubiera sido con la persona menos adecuada, esperaba volver a tener la relación de siempre. Una relación cercana y amistosa entre padre e hija.

​ —No sé si será posible.

​ —Lo será —dijo con convencimiento, como si tuviera el don de predecir el futuro—.

Solo necesitamos perdonarnos. Difícilmente podremos olvidar lo que ha pasado este verano, lo que hice, lo que hiciste…

El odio te dominó, no lo entiendo y ojalá no vuelva a ocurrirte, esto ha hecho que conozca una cara de ti que no me esperaba y que no me gusta, no me gusta nada…

Pero no me queda otra que aceptarlo y asumir parte de la culpa.

Hay secretos que son capaces de destrozarte y creo que, si superamos esto, podremos con cualquier cosa.

Hija, solo espero que… que vuelvas a verme con los mismos ojos de antes.

Si acaso eso es posible… Para bien o para mal, siempre seré tu padre y tú… tú siempre serás mi niña.

***

Ahora

No he llegado ni a la puerta que conduce a la cocina, muy cerca del despacho, que he tenido que sentarme en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las rodillas pegadas al pecho para desahogarme.

​ «Jamás lo superamos, papá, pero aprendimos a perdonarnos y a vivir con la culpa, con el miedo…

aprendimos a vivir con lo peor de nosotros mismos, con nuestros demonios y nuestros fantasmas.

Incluso mamá aprendió a vivir y Manu… bueno, Manu no.

Manu eligió el mal camino. Aquella noche lo marcó y, cuatro años después, sembró muerte y destrucción, y yo tuve gran parte de culpa.

Aquel secreto nos destrozó. De una manera u otra, nos destrozó a todos.

​ Pero aquí no ocurrió. Aquí no.

​ Puede que también tuvieras un lío con Valeria, pero yo no lo descubrí, y ese es el motivo por el que sigue viva. Jamás tuvimos esa conversación. Jamás te odié ni me diste asco. Pero ¿cómo iba a odiarte a ti? Hicieras lo que hicieras, en esta o en otras mil líneas temporales, jamás podría odiarte.

​ Porque yo fui peor. Yo lo hice mucho peor.

​ Entonces ¿qué fue lo que te destrozó en esta realidad, papá? ¿Qué pasó para que hace diez años tomaras la decisión de suicidarte?».

​ —Paula… Paula, ¿estás bien?

​ Las lágrimas que no paran de salir a borbotones de mis ojos me emborronan la visión.

Nicola, preocupado, ha salido de la cocina, desde donde me llega un aroma exquisito, y está en cuclillas frente a mí, con las manos ejerciendo fuerza sobre mis rodillas.

Por lo visto, cuando la situación requiere seriedad, me llama por mi nombre en lugar de Bella .

Y me gusta. Me gusta cómo suena mi nombre en sus labios.

​ —Paula… —susurra mi nombre, mientras yo no puedo parar de llorar, y, aunque para mí siga siendo un desconocido pese a su cuerpo y su olor acogedor y familiar, me abrazo a él como si fuera mi salvavidas en mitad de un océano en el que cada vez me siento más perdida.

Quizá Nicola siempre ha sido eso, mi salvavidas, alguien imprescindible en mi vida, en esta vida , y lo percibo en la forma en que me mira, como si no pensara soltarme jamás.

​ —Ayúdame —le pido—. Ayúdame a superar esto, por favor, yo sola no puedo… no puedo más —me derrumbo entre sus brazos.

***

GAEL

No pierdo la esperanza de que Paula conteste el wasap que le he mandado hace horas, a las tres de la madrugada y a espaldas de Valeria, cuando el resto se han ido de Oturia y han vuelto a sus vidas.

Valeria y yo hemos decidido quedarnos unos días más.

La vida en París, las seis cafeterías que regentamos…

no nos dan respiro. Necesitamos un descanso.

​ Entiendo que Paula no responda a mi wasap ni quiera saber nada de mí.

Son demasiadas cosas. El pasado pesa. El tiempo no nos ha hecho olvidar, no, el tiempo ha sido un cabrón.

A veces, me da la sensación de que todo lo que ocurrió es reciente y duele.

Sigue doliendo como el primer día. Otras, me da por pensar que solo fue una pesadilla.

Es posible que no vuelva a ver a Paula, o que si regreso a Cadaqués tenga que conformarme con verla desde lejos, y pensarlo me destroza.

Hace tiempo que perdí la esperanza de estar con ella, pero me he dado cuenta de que jamás podré mirarla y no sentir nada.

La única forma de seguir adelante es fantasear con que, en algún lugar, sí fue posible.

Que hubo una versión de nosotros que no se rompió.

​ Desde que vi llegar a Paula, tan distinta a la chica de la que me enamoré hace diez veranos, supe que volvería a poner mi vida patas arriba.

Crees que has superado un antiguo amor, hasta que vuelve a estar delante de ti, y entonces, toda esa coraza que te habías creado para seguir adelante, se desmorona.

Y eso fue lo que me pasó, y supongo que también un poco a ella, con sus miradas tímidas y sus silencios y la incomodidad que estaba claro que sentía al volver a estar con nosotros después de tantos años.

​ ¿Por qué vino?

​ ¿Por qué aceptó la invitación de Valeria?

​ Nos portamos fatal con Paula. Le dimos la espalda cuando más nos necesitaba, aunque su orgullo le impidió pedir ayuda. En realidad, ella fue la que nos alejó de su vida, pero yo podría haber insistido más… podría haberlo hecho todo de una manera distinta.

​ La cicatriz en su mejilla izquierda es un recordatorio espantoso de lo que pasó, especialmente para mí, que llevo diez años cargando con la culpa.

Al volver a estar cerca de Paula, mirándola con disimulo para que Valeria no me pillara, empecé a preguntarme cómo habría sido si aquella noche, en el jardín de su casa bajo un manto de estrellas, me hubiera dicho que ella también me quería en lugar de:

​ —No quiero nada contigo, Gael. Conmigo no tienes ninguna posibilidad. Ya no.

​ En lugar de luchar, y reconozco que lo hice por despecho, fui a lo fácil, a Valeria, que me acogió con los brazos abiertos y, desde entonces, no nos hemos separado.

Y ahora, después de tantos años, no puedo dejarla.

Por comodidad y rutina, por la cadena de cafeterías que irremediablemente nos unen…

y porque está embarazada. No tengo una mala vida, pero no estoy con quien me gustaría estar, y volver a ver a Paula me ha removido.

Ojalá pase pronto. O, si no pasa, poder llevarlo lo mejor posible como he hecho durante una década. Que se dice pronto.

​ Aquella noche de hace diez años, Paula no me rechazó porque no me quisiera, los ojos no mienten y no pueden ocultar lo que de verdad sientes, y nadie me ha vuelto a mirar cómo me miraba ella.

Me rechazó por todo lo que pasó. Y después nos distanciamos, era inevitable, y supongo que Paula creyó que le habíamos dado la espalda.

En fin. No era nuestro momento. Le dije a Valeria que no la invitara a Oturia, que despertaría en ella recuerdos que era mejor dejar enterrados en el pasado, aunque según qué cosas sean imposibles de borrar, pero no me hizo caso.

Valeria nunca me escucha. Lo que yo diga u opine, no tiene importancia.

​ Y entonces, Paula salió a dar un paseo por Oturia y, al regresar, me pilló solo y desprevenido en la cocina y se lanzó a mis brazos como si lo hubiera hecho durante toda la vida y yo…

No supe reaccionar. Por un momento, imaginé que podía abrazarla y besarla y decirle lo mucho que la seguía queriendo, que jamás la había podido olvidar, pero me quedé bloqueado.

​ «Valeria nos va a ver», fue lo primero que pensé.

​ Y después, una breve conversación de lo más extraña:

​ «—¿Pero qué te pasa, Gael?

​ —¿Qué estás haciendo? ¿Qué te pasa a ti?

​ —¿Que qué estoy haciendo? ¿Abrazar a mi marido?».

​ Parecía tan confundida y, al mismo tiempo, tan segura de lo que decía…

¿Se habría dado un golpe en la cabeza? ¿Qué la empujó a abrazarme y a llamarme marido ?

El domingo se largó tan temprano y tan atolondrada, que no me dio tiempo ni a decirle que esperara, que teníamos que encontrar un momento para hablar a solas y con tranquilidad, aunque con Valeria cerca, habría resultado imposible.

Yo solo quería eso… hablar. Con Paula siempre he sentido que nos ha quedado algo pendiente.

​ —Valeria, me voy a dar una vuelta.

​ —¿Ahora? ¿Con el frío que hace?

​ —Sí, necesito despejarme un poco.

​ —Vale, pero no vuelvas tarde, que enseguida se hace de noche.

​ Agradezco que Valeria no haga preguntas.

No me preocupa que sienta tan poco interés por mí, por lo que hago o dejo de hacer, ni siquiera ahora, que vamos a ser padres y el proyecto en común no se va a limitar a «solo trabajo».

A veces creo que Valeria tampoco me quiere.

Siempre he creído que empezó a salir conmigo solo para fastidiar a Paula, una idea infantil y absurda, pero entre ellas siempre hubo celos, rivalidad.

​ Desde que Paula se fue tan precipitadamente y sin despedirse de nadie, no hemos vuelto a hablar de ella. Carlota lo intentó:

​ —Qué rara está Paula, ¿no? Antes me caía bien, pero ahora…

Claro que han pasado diez años y todos hemos cambiado.

Dicen que está liada con el chef ese famoso, el italiano Nicola Galli, pero no pegan ni con cola, él tan abierto, tan atractivo, con mogollón de seguidores en redes, y ella tan…

tan… tan marcada, después de todas las cosas que le han pasado, y con esa cicatriz que…

​ Esta quedada en Oturia fue una mala idea desde el principio, se lo advertí a Valeria.

Son todos unos imbéciles y unos esnobs a los que espero no volver a ver.

Y es que es saber que Paula está con otro hombre, pese al tiempo transcurrido, y se me revuelve el estómago.

No tengo ningún derecho y entiendo que Paula también tiene su vida: un hijo, que quiso tener a pesar de cómo fue engendrado y de lo joven que era, un restaurante que atender desde que su padre no pudo soportar la tragedia y se mató, y un amor.

Pero el corazón es el que manda y siento rabia, joder, siento mucha rabia al imaginarla con otro.

​ En cuanto pongo un pie fuera, me arrepiento de haber salido, pero es mejor enfrentarme al frío y al viento que hace en Oturia, que volver dentro de casa con Valeria y soportar sus tonterías.

​ Al cruzar la plaza con un olmo que lleva años seco pero que nadie tala, me encuentro con un tipo alto y de aspecto osco sentado en el banco. Me saluda con un gesto de cabeza y me mira con extrañeza.

​ —Buenas tardes —le correspondo.

​ —¿Vas al bosque? —inquiere con interés, haciéndome parar en seco.

​ —Sí, voy a dar una vuelta por ahí.

​ El tipo se levanta y me tiende la mano. Se la estrecho sin que me resulte raro, pues hablar con desconocidos es algo habitual en los pueblos.

​ —Soy Toni —se presenta.

​ —Gael.

​ Asiente, me mira como si me conociera o hubiera oído hablar de mí.

​ —¿Nos conocemos? —le pregunto.

​ —No. No, qué va, es la primera vez que nos vemos —contesta y, no sé por qué, no le creo.

​ —Ah, no sé, por un momento me ha parecido que… —titubeo—. Bueno, pues… sigo antes de que se haga de noche.

​ —No deberías ir.

​ ¿He oído bien? ¿Este tío me acaba de decir que no debería ir al bosque? Peor sería ir al bar y beber hasta perder el sentido, ¿no? Estoy intentando ser mejor y dejar de beber. Por el bebé que viene en camino.

​ —Al bosque —especifica el tal Toni. Señala con la cabeza los dos caminos que se abren frente a nosotros tras los arcos de la plaza—.

El terreno es traicionero y, si no lo conoces, podrías desorientarte y perderte.

Y te aseguro que el regreso no sería nada fácil…

—deja caer, envuelto en un aire de misterio que me empieza a dar mal rollo.

​ —Bueno… no me desviaré mucho. Y llevo linterna. Tampoco creo en esas cosas que se dicen del bosque… ya sabes, las leyendas que se cuentan de Oturia y demás —aclaro, por si es a eso a lo que se refiere.

​ Pienso que los accidentes y las desapariciones existen en todos los rincones del mundo y ni la magia ni los fenómenos paranormales son los responsables de sucesos tan terribles como tristemente mundanos.

​ —Ya... Claro. Muy poca gente cree en esas cosas .

​ Por un momento y debido a la mirada que el tipo me dedica, como si supiera cosas que yo ignoro, pienso en hacerle caso y volver atrás, pero la imagen de Valeria tumbada en el sofá con la mano sobre su vientre como si en lugar de estar embarazada de solo seis semanas lo estuviera de siete meses, me da pereza y me disuade. Estoy tan cansado de ella…

​ —Bien, pues… buena suerte —me desea, y la extrema seriedad con la que ha empleado esas palabras, en apariencia amables, me hace sentir incómodo.

​ —Eh… gracias. Supongo —le sonrío, sintiendo su mirada en la nuca cuando desciendo por el camino que me conduce al bosque envuelto en bruma.

​ Al principio, me relaja pasear a pesar del frío y el viento, hasta que la noche cae abruptamente, unas campanas empiezan a sonar a lo lejos, y me sobreviene el recuerdo de lo que ocurrió diez años atrás.