CAPÍTULO 28
GAEL
C uando llego a Oturia, ya es de noche.
Este lugar me trae muy malos recuerdos. Aquí empezó y terminó todo, pero no voy a flagelarme volviendo a lo de siempre: jamás tendríamos que haber venido. Jamás debí dejar que Paula saliera sola.
Basta.
Apechuga con lo que pasó, es lo que hay.
Dejo el coche aparcado en la plaza desierta, sin un alma a estas horas, y cargo con mi maleta hasta llegar a La Venta de Oturia.
El bar está abierto y Fina, la veo a través del cristal, se encuentra detrás de la barra con la cabeza levantada en dirección al televisor colgado en una esquina de la pared. No hay ni un solo cliente.
—Hola, Fina.
—¡Gael! —se sorprende al verme. Rápidamente, emite un chasquido—. Sentí mucho lo que pasó cuando me enteré… Fermín me contó y, bueno, eso, que lo siento mucho.
—Gracias. Ha pasado un mes desde que… bueno, ya sabes.
—Un mes… qué barbaridad, cómo pasa el tiempo —comenta con aflicción, y yo no puedo hacer otra cosa que asentir y darle la razón.
—Ya… ¿Tienes alguna habitación libre?
—Las cuatro. Elige la que quieras.
—Me da igual.
Fina abre un cajón que queda a su espalda, coge una llave y la deja encima de la barra.
—La número tres. Es la más espaciosa y tiene vistas al bosque.
Enseguida se percata de que lo de las vistas al bosque igual no ha sido la mejor idea.
—Ay, Gael, no pensé… ¿Te doy otra? La que tiene vistas al callejón, o la que da a la plaza…
—Da igual, Fina, está bien. ¿Cuánto es?
—Ya pagarás mañana, tranquilo.
—Prefiero dejar la habitación pagada.
—Ah, bueno… pues cuarenta euros, precio de amiga.
Le tiendo dos billetes de veinte, le doy las gracias aguantando estoicamente la mirada de pena que me dedica, y subo las escaleras directo a la habitación tres con vistas al bosque …
Lo primero que hago al entrar es dejar la maleta encima de la cama y bajar la persiana, antes de tumbarme y quedarme un buen rato mirando las musarañas.
Vuelve al bosque.
Creo que me estoy volviendo loco.
Venir aquí, en lugar de regresar a París a atender las cafeterías, es un indicativo de que he perdido la cabeza, aunque, después de todo lo que ha pasado en un mes, me consuelo pensando que cualquiera la perdería.
Y es que necesito creer en lo que me dijo Manu: «Ve a ese lugar y volverás a verla».
—Si voy al bosque, volveré a ver a Paula —me digo a mí mismo con convencimiento, como si algo tan ilógico pudiera suceder, aun sintiéndome un iluso que solo cree en lo que quiere creer.
Pero ahí está la duda, el «y si…» que Manu, a lo mejor con la intención de enloquecerme, sembró antes de morir.
No fue mi mano la que lo apuñaló, pero fui yo quien lo mató.
Y él lo sabía. Por lo tanto, ¿por qué iba a ayudarme?
Vuelve al bosque.
¿A qué? ¿A que me pase lo mismo que a Paula?
Pero, por otro lado, ¿por qué Manu me diría algo así si no fuera cierto?
Con aquellos cuadros que pintó, predijo lo que ocurriría.
Los guardó en el desván para que, años más tarde y en el momento justo, la misma tarde del día en que enterramos a su padre, su madre sufriera un ataque de ansiedad al descubrirlos.
Y yo, que ya había perdido a Paula, dejé mi parte racional a un lado y empecé a creer que es posible que haya personas especiales que son capaces de anticiparse a algunos acontecimientos futuros.
El único cuadro que no tenía sentido era el del retrato de Valeria, la mujer que podría haber llegado a ser si Paula no la hubiera matado.
Son las diez y media de la noche. Es muy tarde para adentrarme en el bosque, está muy oscuro, pero, de un impulso fruto del aburrimiento, me levanto de la cama, salgo de la habitación con lo puesto, y bajo las escaleras.
En el bar me encuentro a Fermín, el hombre que nos hizo el favor de venir al bosque con Agus, Sami y conmigo, y que fue el primero en encontrar el cadáver de Paula.
Al verme se queda sin habla, aunque Fina ya le habrá dicho que estoy aquí. En un pueblo como Oturia, se sabe todo.
—Buenas noches, Fermín.
—¿Cómo estás, majo?
—Tirando… —Como no quiero seguir con la conversación, me dirijo a Fina—. Fina, ¿me puedes dejar una linterna?
Fermín y Fina se miran con espanto, como si les acabara de decir que voy a cometer un asesinato.
—Vas… ¿Vas a salir? ¿Ahora? Ya de noche, y con este frío… —intenta disuadirme Fina.
—No creo que sea una buena idea, hijo —añade Fermín con gesto sombrío, probablemente recordando que mi mujer murió en el bosque.
Los ignoro. Fina me deja una linterna, me dice que es la más potente que tiene.
Antes de que me vuelvan a advertir que no salga, que es muy mala idea y voy a pillar una pulmonía con el viento y el frío que hace, me escabullo del bar a toda prisa y desciendo la callecita empedrada hasta situarme en el umbral del bosque engullido por la niebla.
Es un escenario de terror. Parece que el peligro acecha por todas partes o que hay ojos ocultos observándome tras los troncos de los altos árboles agitados por el viento, pero pienso en Paula y en lo que me dijo Manu, «vuelve al bosque, ve a ese lugar y volverás a verla», y mis piernas funcionan solas y sin esfuerzo.
Tengo cuidado de no tropezar. Con la linterna enfoco hacia todas partes, a los lados, al suelo, al cielo negro, pero el haz de luz cada vez es más débil.
Las pilas deben de estar agotándose con la misma rapidez con la que yo avanzo, intentando recordar la trayectoria que me conducirá hasta el lugar donde Paula murió hace un mes.
El río.
Cuando oiga el agua del río correr, encontraré la cabaña abandonada, ese es el punto al que tengo que llegar, pero a mi alrededor solo hay árboles cuyas ramas retorcidas crean sombras siniestras que me quieren atrapar.
Cada vez hay más niebla. El viento es incómodo, pero el frío te cala, es insoportable. Lo que daría por haberme quedado en la habitación del hostal.
Vuelve al bosque.
Ve a ese lugar y volverás a verla.
… a verla.
Volverás a verla.
Es lo único que deseo en este puto mundo: volver a ver a Paula.
En el momento en que las pilas de la linterna han dicho «basta, hasta aquí», y me quedo en mitad del bosque prácticamente a oscuras, alcanzo a oír el rumor del río.
Estoy cerca. Al menos, ahora que los nubarrones que oscurecían el cielo se han disipado, la luz de una media luna arroja sus destellos plateados como si quisiera mostrarme el camino.
Avanzo un paso, y otro más, ya llego, estoy llegando…
hasta que el tañido de unas campanas empiezan a sonar a lo lejos, como ocurrió hace un mes instantes antes de ver a Paula sin vida, y el paisaje cambia abruptamente.
Los árboles parecen haberse apartado para dejarme vislumbrar el río con el reflejo de la luna en sus aguas y, a la orilla, distingo la cabaña destartalada.
Me parece que hay alguien ahí. Estoy convencido de que mis ojos, adaptados a la oscuridad, han visto una sombra moverse.
—¿Paula? Paula, ¿eres tú?
No. No puede ser ella.
Volverás a verla.
Si fuera Paula, me habría contestado.
¿Pero qué estoy haciendo? ¿En qué estaba pensando?
Pies para qué os quiero. Tengo que volver al pueblo. En mi vida había estado tan asustado. Maldigo a Manu por hacerme creer en imposibles que me han traído hasta aquí, hasta este momento aterrador.
Le doy la espalda a la cabaña y emprendo el ascenso siguiendo los destellos de la luna, hasta que algo me detiene.
Una mano. Es una mano congelada en mi espalda, pero no puedo ver de quién se trata.
Como si hubiera echado raíces en la tierra, soy incapaz de moverme.
Estoy paralizado como una estatua. Soy consciente de que es solo un instante, pero mi vida entera pasa por delante de mis ojos como dicen que ocurre cuando estás a punto de morir.
Algo parecido me está sucediendo, porque, inexplicablemente, caigo hacia delante de forma brusca, y, como si la película hubiera llegado a su fin, todo se funde a negro.
***
Oturia
A la mañana siguiente
Pocos conocen las profundidades del bosque tan bien como Fermín. Antes que él fue su padre, su abuelo, su bisabuelo, su tatarabuelo… El bosque de Oturia es ingobernable, pero si en la actualidad se le tuviera que adjudicar un guardabosques, sería Fermín.
El hombre no ha podido pegar ojo, deseoso de que se hiciera de día para adentrarse en el bosque.
Debería haber frenado a Gael, a quien conoció hace un mes en trágicas circunstancias, pero algo en la determinación con la que anoche salió del bar de Fina se lo impidió.
Quién es él para cambiar el destino de los hombres…
Poco se habla de la multitud de desapariciones y muertes supuestamente accidentales que ha habido en el bosque a lo largo de los últimos años, sobre todo desde que las leyendas se hicieron populares alrededor del mundo a través de las redes sociales, con adeptos que las acogieron con entusiasmo.
Hay quien dice que la gente se adentra en sus profundidades expresamente para morir.
O con la intención de desaparecer de una vida que no les llena, para lo cual, en lugar de dirigirse hacia el río, eligen la ruta contraria que conduce a la zona de los barrancos.
Los hay, también, que llegan por casualidad.
Es un misterio por qué algunos se pierden y otros regresan como si nada, decepcionados por no haber vivido una experiencia sobrenatural.
Cuando Fermín sale de casa a las siete de la mañana, con el cielo de un suave color crema pálido que augura que el día va a ser muy frío, cruza la plaza y va directo a La Venta de Oturia, cerrada a estas horas.
No obstante, sabe que Fina madruga, por lo que igualmente llama a la puerta.
La mujer no tarda en abrir enfundada en una bata de felpa rosa muy calentita, con los rulos puestos y mala cara.
—No ha vuelto, ¿verdad? —predice Fermín.
—No. No me he movido del bar en toda la noche y acabo de comprobar que no ha dormido aquí.
—Entonces…
—Voy llamando a 112, Fermín.
—Otra vez… —se lamenta el hombre.
—Uno más —añade Fina con hastío.
—Voy a ver.
—Anda con cuidado, Fermín. Aquí te espero.
Desde que Fermín se adentra en el bosque, el aire parece deshilacharse con cada inhalación.
Se ajusta la bufanda y avanza rápido, como si así pudiera ahuyentar lo que él nunca ha alcanzado a ver.
Al atravesar un claro, la neblina se enrolla alrededor de los troncos como una serpiente.
El silencio es tan espeso que cada respiración suena como un trueno en sus oídos.
A medida que Fermín desciende por el terreno embarrado, oye crujidos a su espalda que intenta ignorar, para llegar cuanto antes a la zona conocida como la de la bruja, con la cabaña inhabitable a orillas del río, donde encontraron el cuerpo sin vida de Paula, así era como se llamaba la mujer de Gael, el hombre que Fermín vio salir anoche y que no ha regresado.
Fermín, que está preparado para lo peor, sabe que la bruja solo siente interés por las almas corruptas que han cometido actos malvados.
Se pregunta qué hizo Paula, qué pudo haber hecho Gael, si no parecía mal hombre, pero qué sabrá él.
Cuántos tienen aspecto de santos y en realidad son unos psicópatas desalmados sin corazón.
El rumor del río que alcanza a oír se entremezcla con el tañido de las campanas.
Las campanas nunca auguran nada bueno, Fermín lo sabe.
Sus pasos decididos se han vuelto pausados.
No quiere llegar. No quiere tener que enfrentarse de nuevo a otro cadáver y, con el de Gael, ¿cuántos van?
A sus sesenta y tres años, Fermín ha perdido la cuenta.
Como siempre que se adentra en el bosque alertado por una nueva desaparición, Fermín se acuerda de su padre.
Aunque él era un crío, cuando su padre entraba por la puerta de casa con expresión meditabunda y apesadumbrada, ya conocía el motivo: había encontrado un cadáver en el bosque.
Siempre en el mismo lugar, en la cabaña de la bruja.
Siempre tumbados bocabajo, con la cabeza ensangrentada encima de la piedra, siempre encima de la misma piedra… Siempre igual. Desde hace siglos.
¿Adónde van sus almas? No lo sabe. Fermín imagina que las almas quedan atrapadas en el bosque, que la tierra que tantas veces ha pisado no sin cierto respeto y temor, está maldita por la última bruja quemada de Aragón.
Su bosque, sus normas, decía el padre de Fermín. El bosque es suyo. Porque ahí fue donde la bruja nació y pereció quemada en la hoguera por hombres salvajes e ignorantes cuyas almas corruptas no sintieron compasión.
«Cuidado, no vayas a la cabaña de la bruja», ha oído Fermín desde que no levantaba un palmo del suelo.
La que es conocida como la bruja de Oturia, una vez, hace siglos, tuvo nombre, pero hoy se desconoce. Siempre fue caprichosa e implacable. Y nunca ha elegido sin una buena razón de peso.
Fermín ve a Gael inmóvil, tumbado boca abajo. De la cabeza ha manado tanta sangre, que se ha extendido por la hojarasca. A Fermín se le saltan las lágrimas. No le hace falta acercarse para saber que Gael está muerto. Es posible que no fuera tan buen hombre como pensaba.
La bruja se ha cobrado una nueva víctima.
Las extrañas leyendas del bosque de Oturia están más vivas que nunca.