CAPÍTULO 27
PAULA
E l wasap de Gael:
GAEL
Jamás debí dejarte sola.
Llevo diez años cargando con la culpa de lo que pasó.
Espero que algún día puedas perdonarme,
porque yo aún no puedo.
No sé qué contestar. Porque no sé a qué se refiere, ni qué culpa lleva diez años cargando, ni por qué debería perdonarlo, o si tiene algo que ver con lo que me dijo Valeria: «Espero que sigas con la boca cerrada. Nadie puede enterarse de lo que hicimos».
Confusa, apago el móvil y lo vuelvo a dejar en la mesita de noche, encima del libro Claus y Lucas .
Me quedo un buen rato con la vista clavada en el techo.
Mi cabeza vuelve, una vez más, a las horas extrañas que viví en Oturia.
Gael con Valeria. Valeria viva, cuando recuerdo vívidamente la noche en que le abrí la cabeza y le desfiguré la cara hasta que dejó de moverse.
La mirada del hombre del que llevo diez años enamorada fría y distante, porque se supone que en esta realidad no tenemos contacto.
Pero no se me olvida que, antes de que yo me marchara, se mostró algo más nostálgico, como si en el fondo…
sí, nuestras miradas se entrelazaron y, aunque Valeria nos interrumpió, Gael me siguió mirando como si me hubiera querido o nunca me hubiera dejado de querer.
***
Cuando mi madre me despierta, los fuertes rayos del sol entrando por la ventana me dan de lleno en la cara, por lo que sé que es tarde y que no he cumplido con mis obligaciones de esta vida . Llevar a Pol al colegio, presentarme puntual en el restaurante, donde había quedado con Nicola…
—¿Y Pol?
—En el colegio. Lo he llevado yo. Como no había manera de que te despertaras…
—¡¿Qué hora es?! —pregunto agitada, levantándome de la cama y cogiendo el móvil de la mesita para encenderlo.
—Las diez y media.
—Hace una hora que había quedado con Nicola para probar el nuevo menú…
—Lo sé. Tenías el teléfono apagado, así que me ha llamado a mí porque estaba preocupado. Le he dicho que estabas agotada, que te habías quedado dormida. Te está esperando, no te preocupes. Eres la jefa, así que no pasa nada.
Eso era algo que mi madre solía decirle a mi padre: «Eres el jefe, así que no pasa nada si un día te retrasas diez minutos o no estás al cien por cien».
Y mi padre le contestaba que, precisamente por ser el jefe, tenía que dar ejemplo y trabajar más que nadie, porque era el primer interesado en que el negocio funcionara y prosperara.
Si algo aprendí de él, es que nadie te regala nada y que todo esfuerzo tiene al final su recompensa, aunque sea la de irte a dormir sabiendo que has dado lo mejor de ti.
Fue infiel, y no con cualquiera, sino con mi mejor amiga, con alguien de mi edad.
Se portó mal con mi madre. Pero su filosofía de trabajo me funcionó en las cuatro cafeterías que regentaba en París, un sueño cumplido, y creo que también me va bien aquí , en el restaurante, aunque sin Gael.
¿Gael significaba algo para la versión de mí de esta realidad? ¿Se acordaba de él? ¿Lo había olvidado? ¿Llegaron a tener algo especial o nunca llegó a pasar nada porque, según me dijo, yo lo rechacé?
El frío ha desaparecido. El dolor de cabeza también ha remitido un poco. He dormido unas once horas y me siento con energía, aunque el wasap de Gael me desvelara y provocara un torbellino en mi mente inquieta.
Voy al cuarto de baño y me doy una ducha rápida.
Vuelvo a la habitación, abro el armario y miro con fastidio la ropa que tengo.
Tejanos negros, sudadera gris con capucha, Converse, no tengo tiempo para mucho más, ni siquiera para maquillarme, por lo que me dejo el cabello suelto echado hacia la cara, en un intento por disimular la cicatriz.
Cuando bajo a la cocina, mi madre me sirve una taza de café humeante que bebo en tres tragos y me voy pitando al restaurante, donde llego con dos horas de retraso.
Al entrar y cruzar el pasillo que conduce a la cocina, el tiempo deja de importar. He viajado al pasado. Vuelvo a tener dieciocho años, hace un mes que maté a mi mejor amiga, y mi padre está esperándome en su despacho.
—Papá… —lo llamo en un murmullo, sin poder evitar que se me forme un nudo en la garganta y las lágrimas corran libres por mis mejillas.
***
Cadaqués, septiembre de 2014 de mi anterior realidad
Odiaba que el verano hubiera llegado a su fin, porque Gael había vuelto a Barcelona. ¿Se olvidaría de mí? ¿Olvidaría el intenso verano que habíamos vivido juntos, tan precioso como fugaz pese a la misteriosa «desaparición» de Valeria?
«He hecho algo muy malo», le dije aquella noche.
Por suerte, Gael no me escuchó o no me entendió bien, si no, se lo habría soltado todo.
Me preocupaba que Gael conociera a alguien más interesante en la universidad y que, pese a las promesas de que lo nuestro era para siempre , se cansara de la distancia y acabara cortando conmigo.
Ya se sabe lo que dicen de los amores de verano: están destinados a terminarse cuando la rutina nos engulle.
Con un poco de suerte, esos amores tan breves como especiales se colarán en tu memoria de vez en cuando y te sacarán una sonrisa.
¿Pero que un amor de verano perdure en el tiempo era posible? ¿Lo era? Entonces, no lo sabía.
Después de semanas sin ir al restaurante a echar una mano por motivos obvios y unos días antes de empezar la universidad en Gerona, mi padre me envió un wasap diciéndome que teníamos que hablar, que ya estaba bien de amenazas veladas, de malas caras y peores miradas, de evitarnos y no darnos ni los buenos días cuando coincidíamos en casa, y que me esperaba en el despacho del restaurante.
Mi madre no se olía nada raro. Pensaba que la distancia entre mi padre y yo era por lo que le habíamos obligado a hacer : tapiar el pozo donde el cuerpo de Valeria llevaba un mes descomponiéndose.
Y es que, tal y como una vez mi madre le dijo a mi padre cuando pensaba que nadie les estaba escuchando:
—¿Qué padres habrían hecho lo que hemos hecho nosotros, Joaquín?
Somos tan horribles como ellos. ¡¿Qué hemos hecho?
! ¡Hemos criado a dos monstruos, Joaquín, y ocultar lo que ha ocurrido también nos convierte a nosotros en monstruos!
¡Yo no puedo vivir así! No puedo ni respirar, me falta el aire.
Soy incapaz de salir al jardín y mirar hacia el maldito pozo sabiendo que hay una niña ahí pudriéndose y que sus padres la siguen buscando y la seguirán buscando durante el resto de sus días.
Vivir en esa casa era insoportable. Mi madre, sumida en una fuerte depresión.
Mi padre, un infiel pervertido que se había acostado con mi mejor amiga, no podía ni mirarme a la cara y yo le guardaba tanto rencor…
tanto... Y Manu… bueno, Manu seguía siendo Manu.
Si había soportado ese verano infernal que, al mismo tiempo, había sido el mejor de mi vida, fue por Gael, pero Gael ya no estaba, y yo, que me sentía muy sola y muy triste, tenía unas ganas tremendas de largarme de Cadaqués, instalarme en Gerona, y empezar la carrera de Administración y Dirección de Empresas.
Además, tenía miedo. Siempre tenía miedo.
Ese miedo a que descubrieran lo que hice, fue lo único que jamás me abandonó.
Era lunes, el restaurante estaba cerrado tras un fin de semana ajetreado.
Abrí la puerta y crucé el pasillo. Era la primera vez que lo hacía desde aquella maldita noche de hacía un mes en la que pillé a mi padre follándose a Valeria.
Los malos recuerdos me asaltaron. Por un momento, al ver la puerta entornada de la misma manera en que estaba aquella noche, me dio por pensar que tendría que enfrentarme a la misma escena, como si se tratara de una pesadilla, un bucle sin fin del que no tenía escapatoria.
Di dos golpes firmes en la puerta.
—Pasa —oí que decía mi padre al otro lado.
Estaba más delgado. Ojeroso y demacrado. Estar frente a él en el lugar donde descubrí la traición que me empujó a cometer un asesinato atroz, me provocó un ligero mareo. Tuve que sentarme. Me costaba mirar a mi padre a la cara.
—Mírame. Por favor, Paula, mírame —me pidió con voz temblorosa, y al obedecerlo y mirarlo, me di cuenta de que estaba llorando.
Lo miré con pena. Me daba mucha pena. Esa mañana no lo miré con malicia ni con asco, como la madrugada en que se enteró de que Valeria estaba en el pozo de nuestro jardín, haciéndole saber sin palabras que yo sabía su secreto y que, si no nos ayudaba, no solo mi madre se enteraría, sino todo el pueblo.
Sabía que las apariencias lo eran todo para él.
Que los trapos sucios se lavan en casa. Fui injusta y egoísta.
Fui un monstruo, sí, un monstruo que permitió que su propio padre cargara con un asesinato del que, a pesar de todo, no era responsable.
—Sé que no fue Manu, y tu madre también lo intuye, pero no tiene fuerzas ni para decírtelo. Fuiste tú, Paula. Tú mataste a Valeria y solo yo sé por qué.
No me quedó otra que asentir despacio.
—Era más creíble que lo hiciera Manu, porque Manu es… bueno, raro. Pero tú, hija, tú… y además, que lo culparas a él… me parece… todo esto es… cruel —balbuceó, nervioso, retorciéndose las manos.
—Os vi.
—Lo sé. Valeria me lo dijo. No sabes la vergüenza que siento…
—Tú la mataste —le solté, y habría sido menos doloroso clavarle un puñal en el corazón, en vista del gesto que compuso—. Valeria está muerta por tu culpa. ¿Cómo pudiste hacernos esto?
—Paula, tienes que entender que tu madre y yo…
—No tengo que entender nada.
—Pasábamos por un mal momento…
—Me das asco —atajé.