CAPÍTULO 26
GAEL
H oy hace un mes que Paula murió en Oturia.
Sami, Carlota, Agus, Laia y Montse han escrito en el grupo de WhatsApp para darme ánimos y lamentar, una vez más, lo que ocurrió. En lugar de contestar, he salido del grupo. Tendría que haberlo hecho mucho antes.
La culpa fue mía, solo mía. Jamás debí dejarla sola.
He comprado flores para Paula. Las últimas. Retiro las flores secas del otro día y dejo las nuevas frente a su lápida, que está al lado de la de su hermano y debajo de ellos descansan Joaquín y Sofía. A ellos dos les dejo una rosa blanca.
—Perdonadme… —les pido, mostrándoles lo destrozado que estoy a unas lápidas de mármol con las inscripciones que recuerdan sus nombres y que una vez existieron y fueron importantes—. Lo siento mucho.
Una ráfaga de aire me azota en la cara. No es una caricia suave ni una señal de que los muertos me perdonan, tal y como les imploro, no se trata de nada sobrenatural. Es este viento de la tramontana, frío y turbulento, que provoca dolor de cabeza y un pitido terrible en los oídos.
—Vuelvo a casa, Paula —le digo, acariciando su lápida como si se tratara de su piel, y se lo digo con culpa y pidiéndole permiso.
Paula siempre decía que los cementerios son los lugares encargados de enseñarles a los vivos que la vida es fugaz y que, por lo tanto, ¿de qué sirve preocuparse tanto si al final todo pasa?
—. Te quiero. A pesar de todo… siempre te querré —me despido, con los ojos a reventar de lágrimas.
Salgo del cementerio y me refugio en el interior del coche con la intención de poner rumbo a París para intentar seguir con mi vida, como quiero pensar que a Paula le gustaría.
No puedo abandonar las cuatro cafeterías que abrimos juntos, un proyecto en común ilusionante, aunque al empezar tuvimos que hacer algo que detestamos: pedir ayuda económica a nuestros padres.
Al final, valió la pena. Les devolvimos hasta el último céntimo que nos prestaron.
Pero entonces, cuando, inocente de mí, creía que empezaba a tener las cosas claras para encauzar mi vida de nuevo pese a las ausencias, las palabras de Manu regresan con fuerza y no las puedo detener:
«Vuelve al bosque».
«Vuelve al bosque».
«Vuelve al bosque».
Arranco el coche con una única certeza: París va a tener que esperar.