CAPÍTULO 25
PAULA
¿Q ué me hicieron? ¿Y cómo le planteo la pregunta a Nicola sin que parezca que no tengo ni idea de lo que me hicieron y tampoco de lo que le conté?
¿Gael va incluido en el lote? Eso me preocupa, porque no parece que me hicieran nada bueno.
Lo más fácil es huir y volver a casa, pero Nicola me tiene atrapada en el sofá, embelesada con sus caricias y sus besos a los que creo que mi piel es adicta, y yo soy incapaz de resistirme al encanto que ha adquirido el momento.
¿Desde cuándo soy tan débil?
Coloco las manos en su pecho, lo aparto un poco de mí.
—Debería irme. Antes de que esto se nos vaya de las manos y…
Nicola ríe por toda respuesta y me deja escapar.
—¿Nos vemos mañana? —me pregunta—. Estaré en el restaurante desde las ocho, imagino que llevarás a Pol al colegio a las nueve y que podrás estar sobre las… ¿Nueve y media?
Gracias por resolverme la agenda, Nicola.
—Sí, sobre las nueve y media estaré ahí. Estoy deseando probar todos tus platos.
— Ti piacerà, ne sono sicuro.
—¿Eh?
Otra vez esa mirada…
La de: ¿Quién eres tú y qué has hecho con Paula?
Nicola suspira y traduce con su atrayente acento italiano:
—Que estoy seguro de que te encantará.
—Ah. Sí, claro que sí, seguro… —contesto, algo atolondrada, porque no sé qué viene ahora, si me marcho directamente, si me acerco y le doy otro beso…
Afortunadamente, Nicola me lo pone fácil.
Es él quien se acerca a mí y, gentil, coloca la mano en mi espalda y me acompaña hasta la puerta, lo que, inevitablemente, me transporta a las profundidades del bosque de Oturia y a la mano congelada que me empujó al abismo, a la oscuridad de una muerte que, como dijo Toni, no existe.
Nicola abre la puerta y me da un último beso que me pilla desprevenida.
— Buona notte, Bella.
— Buona notte —repito, en un intento lerdo de hablar italiano. No capisco nada. Vamos, que no lo entiendo ni lo hablo ni nada de nada.
—Tenemos una conversación pendiente, no te olvides —añade Nicola con misterio.
Me guiña un ojo, yo le sonrío. De lo distraída que estoy, casi me olvido del paraguas que había dejado fuera, apoyado contra la pared, y que no abro porque, total, tengo el coche enfrente, pero el breve recorrido me deja empapada, intensificando el frío que sigue perenne en mi cuerpo.
«¿Qué conversación tenemos pendiente?», me pregunto, como si no tuviera suficientes preguntas sin respuesta, cuando ya estoy dentro del coche.
Antes de arrancar, le dedico una última mirada a Nicola, que se ha quedado en el quicio de la puerta con una expresión muy seria y sombría.
Es como si de repente le preocupara algo. ¿Qué será?
***
—¿Cómo ha ido con el italiano? —pregunta con picardía mi madre en cuanto entro por la puerta a las nueve y media de la noche.
Tiene ganas de chisme. ¿Siempre ha sido tan chismosa?
—. Para las horas a las que sueles llegar cuando quedas con Nicola, hoy has vuelto muy temprano.
Supongo que ya hablarás italiano con fluidez, llevas un montón de tiempo practicando.
No sé a qué se refiere, porque tiene un cachondeo con el italiano.
.. Si es literal, y por eso a Nicola le ha extrañado que no le entendiera cuando me ha dicho en italiano que está seguro de que me encantarán sus platos, o es una especie de metáfora por el rollo que es más que obvio que tenemos.
Opto por cambiar de tema. No puedo pensar más, no tengo la claridad suficiente y la cabeza me va a estallar.
Le pregunto a mi madre si hay paracetamol.
Solo espero que el frío que sigue instalado en mi cuerpo desaparezca como por arte de magia mañana al despertar.
—¿Y Pol?
—En la cama, esperándote —contesta sin mirarme, terminando de poner el lavavajillas, y a mí la escena me resulta tan familiar, que, si no fuera por el niño que me espera en el piso de arriba y las ausencias de mi padre y Gael, pensaría que sigo en mi vida de antes —.
Te he guardado un poco de lasaña. ¿Te la caliento?
—No, gracias. No tengo hambre. Lo que quiero es dormir…
—Como quieras.
Subo las escaleras a toda prisa, me descalzo y entro en la habitación de Pol, a quien encuentro tumbado en la cama con el cuarto libro de Harry Potter : Harry Potter y el cáliz de fuego.
Me acerco, cojo el libro para comprobar una cosa, voy a la primera página y, efectivamente, ahí está: «Propiedad de Manu», escrito de su puño y letra.
—A mi hermano le encantaba Harry Potter —recuerdo con una sonrisa.
—Ya lo sé, le cogimos los libros de su habitación antes de que la abu la cerrara con llave —me dice Pol—. Nunca me hablas de él. Ni la abu ni tú me habláis de mi tío.
—¿Ah, no?
—Ya sabes que no —niega, arrugando la nariz, un gesto que, curiosamente, era muy propio de Manu cuando era pequeño.
—Claro, ya sé que no… —disimulo.
—¿Por qué? ¿No lo querías? —me pregunta—. A mí me gustaría tener un hermano. Le querría mogollón. Y tú nunca has llorado por él ni nada… por tu hermano, digo. La abu sí, a veces la pillo llorando y creo que es por Manu, que no se sabe qué le pasó.
Tomo nota. No se sabe qué le pasó.
—Bueno… a veces las relaciones entre hermanos no son fáciles. Hay diferencias, discusiones, celos…
Varios recuerdos me asaltan, y ninguno es bueno.
La noche que maté a Valeria. La expresión de terror de Manu, que creo que nunca llegó a saber que vi a nuestro padre manteniendo relaciones íntimas con Valeria, con mi mejor amiga, cuando ella tenía diecinueve años y él cuarenta y seis, y eso provocó que se me llevaran los demonios.
O que se me instalara uno dentro, que viene a ser lo mismo.
Manu, a pesar de estar involucrado en el crimen al ayudarme a deshacerme del cuerpo, me hizo sentir como si fuera un monstruo, pero ¿qué habría pasado si le hubiese contado que nuestro padre tenía una aventura con Valeria?
¿Habría cambiado algo? ¿Manu habría entendido mejor los motivos de esa rabia hacia Valeria, o me lo habría echado en cara igual?
Sin embargo, cuatro años más tarde, fue él quien cometió la atrocidad de matar a tres chicas sin motivo alguno, y las pocas veces que lo volví a ver fue en prisión, detrás de una pantalla acristalada, y siempre me decía con desolación:
—Tú. Fuiste tú. Aquella noche, tú me convertiste en lo que soy, me empujaste a matar a esas chicas. Me metiste al demonio dentro. Y al principio luché contra él, pero al final el demonio me controló y ganó. El demonio siempre se sale con la suya. Lo sabes mejor que nadie.
Manu estaba pirado. Pero en esta línea temporal nada de eso ocurrió. Porque Manu desapareció y no debería guardarle rencor.
Me levanto de la cama y me asomo a la ventana. Dirijo la mirada al punto donde se encuentra el pozo tapiado, tan solo una mancha en la oscuridad. Debe de hacer tanto frío ahí dentro…
—¿Mamá? ¿Qué te pasa? Desde que has llegado del sitio ese estás de un raro…
Inspiro hondo. No puedo ni quiero mentirle.
A los niños no se les miente, pero tampoco se les puede contar ciertas verdades, sobre todo cuando son tan escabrosas.
Así que decido decirle una verdad a medias, tratando de encontrar en sus rasgos todavía infantiles un parecido que me recuerde a algún chico al que conocí en el pasado, concretamente en el verano de 2014 que fue cuando me quedé embarazada, pero nada, no encuentro nada. Se parece mucho a mí.
«¿Y si es hijo de Gael? —me planteo por primera vez—.
¿Y si es el hijo que íbamos a tener en mi otra realidad, un garbancito que no pudo prosperar, pero en esta vida se adelantó unos años?
No cuadra, porque, si es su hijo, ¿cómo es posible que Gael no lo sepa?
Habría preguntado por él o algo, y, sin embargo, Pol no salió en la breve conversación que tuvimos.
¿Por qué le ocultaría algo tan importante?
¿Qué pasó entre nosotros en esta línea temporal? ».
—Es que el cambio de aires no me ha sentado nada bien —respondo al fin.
—Como a mí la lluvia. Me pone de mal humor y me da miedo. Venga, mamá, ¿leemos? —pregunta con impaciencia.
—Un ratito, sí.
Después de cinco páginas, una leída por Pol, otra leída por mí, y así todo el rato, caigo en un sueño profundo del que me arranca mi madre.
Cuando abro los ojos, el libro no está, Pol duerme con la cabeza apoyada en mi pecho, y mi madre me agarra de la mano con suavidad para acompañarme hasta mi habitación.
—Vamos, no te vayas a caer… —me dice con dulzura, acariciándome la mejilla donde tengo la cicatriz.
Me dejo llevar, me tumbo en la cama con la ropa puesta, y mi madre me arropa como si hubiera retrocedido en el tiempo y volviera a tener cinco años.
Cuando sale de la habitación cerrando la puerta tras ella, me encuentro en un estado entre el sueño y la vigilia en el que me parece oír a Gael.
«Perdona», lo oigo decir con la voz rota, como si estuviera llorando, pero aquí no hay nadie, estoy sola.
«Perdona», vuelvo a oír, como si estuviera aquí mismo y a la vez muy lejos, y al principio me sobresalto y me emociono, ya nada me parece ilógico o imposible, pero los ojos se me cierran, el sueño y el cansancio me vencen, y me vuelvo a quedar dormida.
Las preguntas, la falta de respuestas, los problemas…
todo lo que angustia se desvanece, incluso el frío y el dolor de cabeza.
Hasta que, a las tres de la madrugada, mi móvil vibra en la mesita de noche y me despierto.
Cuando veo que Gael me ha mandado un wasap, los ojos se me abren de golpe y me desvelo por completo.