CAPÍTULO 24
GAEL
S ofía, Joaquín, Paula…
Los tres están enterrados en el cementerio de Cadaqués. Acabo de volver de ahí, le he dejado unas flores a Paula y le he pedido perdón por lo que he hecho. Por lo que va a pasar. No puedo parar de pedirle perdón y llorar, y yo nunca he sido de los que lloran con facilidad.
Casa Costa, el restaurante que con tanto esfuerzo sacó adelante Joaquín, está en traspaso, y, aunque no paro de recibir visitas de agentes inmobiliarios, me niego a poner en venta la casa que, según dicen y pese a las reformas que necesita, volaría en menos de una semana.
Manu es el único heredero, pero, si no fuera por mí, todo se echaría a perder.
No puedo permitir que nadie entre en esta casa, no, al menos, mientras yo siga con vida.
La memoria de Paula debe permanecer intacta, es en lo único que pienso, en que su recuerdo no se manche con habladurías.
Por eso he hecho lo que he hecho… Porque nadie puede encontrar los restos de Valeria en el pozo que he tapiado como hizo Joaquín cuando descubrió lo que había pasado.
Esta soledad me está matando. Siento que voy a enloquecer.
—Sal de esa casa. Ven a Barcelona a vernos. Vuelve a París. Rehaz tu vida, joder —me ha pedido mi padre con sus habituales formas bruscas—. Tu madre está preocupadísima por ti.
Me he convertido en un fantasma, uno más de esta vieja casa, antes incluso de desaparecer de un mundo al que ya no le veo sentido.
Tantas pérdidas y ausencias, tanto dolor en tan pocos días…
Deambulo a altas horas de la noche, hablo con Paula, sigo pidiéndole perdón por lo que ya no estoy a tiempo de deshacer, y le pregunto por qué, por qué lo hizo…
—¿Eras realmente un monstruo, Paula? ¿Lo eras…?
También le pido perdón a Sofía por no cumplir con lo que me pidió en su carta de despedida.
Arrojé la carta a la chimenea junto a la nota de Joaquín y me quedé un buen rato hipnotizado viendo cómo ardían y sus últimas palabras, al igual que ellos, desaparecían para siempre, convirtiéndose en cenizas.
¿Cómo se puede desaparecer así, sin más?
Fotografías. Recuerdos. Las he estado mirando durante horas.
Joaquín y Paula de pequeña en la playa, al atardecer.
Comidas familiares. Excursiones. Playa, playa, más playa…
les encantaba la playa. En Noruega. En Irlanda.
En Suecia. En Venecia. En Ámsterdam. En París.
En la nieve. En una cabaña. En casa. En el restaurante.
En el paseo marítimo, con el mar brillante a sus espaldas.
Joaquín, Sofía, Paula… sus abuelos, fallecidos hace años.
Manu apenas aparece en las fotos de las muchas que hay colgadas en la pared de las escaleras, en la repisa de la chimenea, en mesas, en álbumes, en cajas…
Siempre posaba con cara de pocos amigos y con la mirada perdida, como si supiera cosas que el resto no, como si, ya por aquel entonces, hubiera anticipado las tragedias a las que estaban destinados, pese a la felicidad de esos instantes congelados en papel baritado.
Acabo de colgar una llamada que he recibido de prisión. Manu ha sonado agitado y angustiado. Otra de sus premoniciones se va a cumplir.
—¿Qué has hecho, Gael?
—No sé de qué me hablas.
—Lo sabes muy bien. Voy a morir. Me van a matar. ¿Por qué? ¿Qué quieres? ¿Quieres la casa? ¿El restaurante? ¿El dinero de mis padres? Si yo muero, todo será para ti por haber estado casado con mi hermana, lo tenías muy bien planeado. Quédatelo todo, joder, a mí no me importa nada de eso.
He recordado lo que me dijo. Que no lo ve todo todo . Que sus visiones son caprichosas y selectivas. Manu ha sabido que iba a morir y que yo era el responsable de que eso pasara. Pero no conocía el motivo.
—No —he negado, tajante, y que haya pensado eso me ha molestado y ha herido mi orgullo, porque las posesiones materiales me importan una mierda.
No necesito nada, tengo más que suficiente—.
No sabes guardar secretos —he resuelto—.
Me contaste lo que pasó… lo que hizo… —No voy a nombrar a Paula por si nos están escuchando, pero Manu sabe de lo que le hablo—.
Si me lo has contado a mí, podrías contárselo a cualquiera.
—No lo haré.
He notado el arrepentimiento en su voz por haber confiado en mí.
—Es tarde… —he murmurado, para recapitular al instante y volver a decir—: Pero no sé de lo que me hablas.
Silencio. Un silencio que se ha extendido hasta que Manu lo ha roto, en el que las voces de otros presos se han colado a través de la línea telefónica.
—¿Quieres volver a ver a Paula? —me ha preguntado.
—Con todo mi corazón —he contestado sinceramente, aun sabiendo que es algo imposible, una ilusión.
—Pues vuelve a Oturia. Vuelve al bosque que pinté. Sabes dónde es. Ya estoy muerto, Gael, yo aquí ya estoy muerto y has sido tú quién me ha matado, así que ve a ese lugar y volverás a verla.
Sin darme tiempo a preguntar nada, Manu ha cortado la llamada.
Después, ha regresado tal silencio que he podido distinguir mi pulso, un martilleo rápido contra el tímpano.
Y ahora estoy aquí, en penumbra, sentado en el sofá frente a una chimenea que debería encender si no quiero morir de hipotermia, repasando sus delirantes palabras y, especialmente, la entonación que ha empleado:
«Yo aquí ya estoy muerto».
¿Aquí? ¿Tiene algún significado el «aquí» para que le haya dado tanto énfasis? ¿«Aquí» significaba aquí en prisión ? ¿Por qué me da que, detrás de ese simple aquí , hay algo más?
«Volverás a verla».
¿Cómo? ¿Cómo voy a volver a ver a Paula si está muerta? A los muertos solo se les puede ver en los recuerdos que nos dejaron y, con un poco de suerte, si se nos aparecen en sueños. A mí Paula no me ha venido a visitar, no todavía.
«Vuelve al bosque».
«Vuelve al bosque».
«Vuelve al bosque».
Estas últimas tres palabras se me clavan en la cabeza, se repiten en bucle hasta alcanzar un instante de locura en el que Paula suplanta la voz de Manu, como si fuera ella quien me lo estuviera pidiendo:
«Vuelve al bosque».
***
París. Lunes, 13 de octubre de 2024
Diecinueve días antes de la muerte de Paula en Oturia
Como cada año por esas fechas, recibimos la invitación de los padres de Valeria, y el grupo de WhatsApp que teníamos con Carlota, Sami, Agus, Laia y Montse empezó a llenarse de mensajes. Ellos también habían recibido la invitación:
Un año más, nos complace invitaros a pasar
el fin de semana de los difuntos en nuestra
casa rural de Oturia, El refugio de Valeria.
La casa estará preparada para recibiros
el viernes, 31 de octubre, a las 18 h.
Este año, además, es especial, pues se cumplen diez años de la desaparición de nuestra querida Valeria.
Esperamos, sinceramente, que paséis un gran fin de semana en recuerdo de nuestra adorada hija.
Con afecto,
Sabrina lo único que les diferenciaba, es que mi padre no le arrebató la vida a nadie, o eso creo.
No obstante, me encantaba desafiarlo y se lo eché en cara tantas veces, que perdí la cuenta:
—Si defiendes a un asesino, no eres muy distinto a él.
—Qué sabrás tú —soltaba mi padre con desprecio, antes de encerrarse en su despacho, haciéndome saber que, gracias a esos criminales, no iba a tener problemas de pasta en lo que me quedara de vida.
Pero mi padre, al contrario que yo, jamás utilizó sus contactos para que alguno de los reclusos más peligrosos, a cambio de dinero y favores difíciles de conseguir estando encerrados, matara a otro recluso.
Yo sí, he tirado de los contactos de mi padre a sus espaldas, de algo me ha servido sufrirlo durante tantos años, y he conseguido lo que quería, lo que llevaba días pensando:
«Dos pueden guardar un secreto, si uno de ellos está muerto».
Me avergüenzo de mí mismo. Me repugno, no soporto ni mirarme en el espejo. Pero era lo que tenía que hacer.
Ignoro quién ha sido el asesino de Manu.
Quién lo ha pillado a solas y lo ha cosido a puñaladas hasta arrastrarlo al lado frío, dándole una muerte tan violenta como la que él les provocó sin motivo a tres chicas inocentes hace seis años.
Y es mejor así. Cuanto menos sepa, mejor.
Lo único que sé es que Manu ya no está aquí , que la familia Costa se ha desintegrado de un plumazo en poco más de tres semanas, que me duele el pecho de tanto sufrir, que estoy cansado de pensar, de sentir y hasta respirar supone un esfuerzo titánico, y que el secreto de Paula sigue a salvo en el fondo del pozo del jardín, donde el césped se ha cubierto de escarcha.