Despertarás en otra vida CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

GAEL

H acía diez días que Valeria había desaparecido.

El dolor de sus padres era inhumano. Daba pena verlos.

La falta de respuestas, un sin sentido. La policía no tenía nada, ningún hilo del que tirar: Valeria no llevaba el móvil encima, «convenientemente» se lo había dejado en casa.

Tampoco había testigos ni cámaras que dieran alguna pista sobre los últimos movimientos que hizo.

Paula dijo que esa noche no habían quedado en su casa como era habitual, sino en la fiesta de la playa.

En Cadaqués no se hablaba de otra cosa que de la extraña desaparición de Valeria.

Pero yo, ajeno a la desgracia, era más feliz que nunca.

Cuando Paula estaba conmigo, que era prácticamente todo el día porque ya no iba a trabajar al restaurante, no se mostraba afligida por la desaparición de su mejor amiga , sino todo lo contrario.

Era como si se hubiera quitado un enorme peso de encima y se sintiera más libre, más ligera.

Y con eso me bastaba. Solo quería que Paula fuera feliz.

​ —¿Qué crees que le ha pasado? —le pregunté una tarde.

​ En solo diez días, Paula había conseguido lo imposible: que me metiera en el mar al atardecer, con el sol desapareciendo en el horizonte, y también de madrugada con ella, abrazados y riendo como locos, completamente desnudos.

Yo, que siempre me he considerado un tipo bastante serio y centrado, estaba cometiendo locuras propias de las adolescencia a mis veintiún años. Y era por ella. Siempre fue ella.

​ —No lo sé —contestó en un murmullo, con la misma amargura con la que hacía diez noches me dijo que había hecho algo muy malo. Pero en esa ocasión, las lágrimas no rodaron por sus mejillas. Desde la noche del 12 de agosto, no la volví a ver llorar.

​ Paula se acurrucó entre mis brazos y entendí que no quería hablar de tema.

​ El nombre de Valeria fue, poco a poco, desvaneciéndose de nuestras conversaciones, mientras nuestra relación avanzaba y se fortalecía.

El fin del verano estaba cerca. Yo regresaría a Barcelona y Paula iría a estudiar a Gerona, pero nuestra historia, que ha sido más breve de lo que me habría gustado, no había hecho más que empezar.

***

Ahora

Dale paz a sus padres.

​ Las palabras escritas de Sofía resuenan en mi cabeza en el momento en que enfoco el interior del pozo con la linterna del móvil y descubro lo poco que queda de Valeria.

​ Contengo una arcada. Necesito apoyarme en la piedra del pozo para no caerme debido al impacto, a la presión y al mareo que me dura unos cuantos minutos antes de encontrar el coraje para volver a asomarme al vacío.

​ No puedo hacerlo. No puedo. Darle paz a los padres de Valeria implicaría tener que desvelar la verdad, lo que Manu me ha contado hace escasas horas en prisión, y no puedo hacerle eso a la memoria de Paula.

Soy incapaz de manchar su nombre y su recuerdo, aunque sea cierto que se comportó como un monstruo al acabar con la vida de su mejor amiga de esa forma.

A pesar de todo, sigo queriéndola. Los sentimientos no pueden cambiar de la noche a la mañana, es imposible, y viví tanto con Paula…

tanto… Yo jamás vi al monstruo o al demonio en ella, todo lo contrario, pero tampoco estoy muy seguro de haber conocido a la mujer con la que quería envejecer.

La mujer que me ha descrito Manu no es la misma a la que yo he amado con toda mi alma.

Era una cría de dieciocho años, una cría, pero sabía lo que hacía, claro que lo sabía, no es excusa.

Ahora me pregunto si se arrepintió. Si tenía miedo de que la descubrieran pese a la protección de sus padres.

Si temía que Manu la delatara, cosa que jamás sucedió hasta hoy, y solo porque ella «ya no está aquí».

​ También podría hacerme el loco y decir que no sé nada. Que Sofía no dejó ninguna nota escrita, pero sí encontré el pozo al descubierto, me asomé por curiosidad, y encontré, después de diez años de espera e incertidumbre, a Valeria.

​ Sacadla de ahí y enterradla.

​ —Joder, Sofía, en menudo aprieto me has puesto —le digo al vacío, retirando los restos de cemento esparcidos por el césped y cogiendo el mazo con el que Sofía ha destapado el pozo, para volver a guardarlo en la caseta del jardín.

​ «Y aquí no ha pasado nada...».

​ Vuelvo a entrar en casa, escondo la nota de Joaquín y la concisa carta de despedida de Sofía, y llamo a emergencias.

​ Aturdido y con la voz quebradiza, les digo que acabo de llegar a casa y he encontrado a mi suegra muerta en la cama, con varios frascos de pastillas vacíos sobre la mesita de noche.

No tardan en llegar, en certificar la muerte y en llevársela.

Más trámites, habrá autopsia, otro funeral, habladurías en el pueblo y Elvira…

la pobre Elvira, que se ha enterado de que su amiga se ha quitado la vida, viene a casa.

Llora y me pide perdón. Lamenta haberla dejado sola, pero es que se lo pidió, le pidió que la dejara sola y ella tenía que hacer la comida porque su hija le traía al nieto y la veía bien, no parecía que fuera a cometer la locura de quitarse la vida.

​ —Ya… Nunca lo parece, Elvira. Pero tranquila, no ha sido culpa tuya. Tarde o temprano, lo habría acabado haciendo igualmente.

​ —Si es que cuando una no está bien… La pobre. Lo que ha sufrido… Perdóname, hijo. No tendría que haberla dejado sola —ha seguido lamentándose hasta que se ha ido.

​ La noche ha caído, negra y sin luna, y el pozo sigue al descubierto con los restos de Valeria, esperando a que los saquen de ahí.

​ Lo siento. Siento no poder cumplir con el último deseo de Sofía.

Sacar a Valeria del pozo, darle paz a sus padres, que al fin tendrían un lugar al que llevarle flores a la única hija que tenían…

Decido, aun sabiendo que ahora cargaré con la culpa el resto de mis días, que el pozo volverá a tapiarse.

Lo haré yo con mis propias manos, aunque eso me convierta en una mala persona, en un ser despreciable.

La desaparición de Valeria seguirá siendo un misterio, pero la memoria de Paula no se manchará.

Me niego a que eso suceda. Nadie la recordará como una asesina ni como un monstruo; nadie podrá compararla jamás con su hermano.

Manu y yo guardaremos el secreto de Paula, un secreto que puede que la atormentara y la consumiera en vida y por eso, a veces, parecía distante, su mente lejos, como en otro tiempo y en otro lugar.

Sin embargo, en el silencio de esta casa que cada vez está más llena de fantasmas, me da por pensar en una frase muy conocida de Benjamin Franklin: «Tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos».

Lo mismo ocurre con Manu y conmigo. El secreto de Paula seguirá a salvo solo si Manu muere, algo bastante sencillo de conseguir estando encerrado en prisión.