CAPÍTULO 21
PAULA
L a ducha me ha relajado y ha calmado un poco el dolor que siento en las articulaciones, como si tuviera noventa años en lugar de veintiocho, pero nada, he llenado el cuarto de baño de vaho, debe de hacer calor, y aun así, el frío sigue instalado en mis huesos.
Toni me dijo que el frío duraría un par de días, así que mañana debería haber desaparecido.
También dejó caer que el dolor de cabeza persistiría algo más.
Tendré que tener paciencia e ir tirando de paracetamol, aspirinas, ibuprofeno… Tengo problemas más graves.
Este es el castigo que mereces.
Por lo que hiciste. Siempre serás un monstruo. Una mala persona. Un alma corrupta.
Y la bruja del bosque de Oturia lo sabía… A ella no se le escapa nada, lo sabe todo.
Cuando salgo del cuarto de baño, Pol me espera en mitad del pasillo con cara de pillo, y yo consigo olvidar por un momento que en esta línea temporal el pozo también está tapiado.
Me tiende uno de los mandos de la Nintendo y, prácticamente, me obliga a echar una partida (que sé que al final serán dos, tres, cuatro, cinco…) a Mario Kart.
—Vale, bichito, te voy a ganar.
Nunca he jugado a Mario Kart, pero he acertado al llamarle bichito en lugar de Pol, porque me dedica una amplia sonrisa, como si volviera a ser la madre que él espera que sea.
¿Cómo lo voy a hacer? No tengo ni idea de niños y recuerdo con tristeza que, en mi otra realidad, morí embarazada de Gael; una noticia que me hacía inmensamente feliz y que no tuve tiempo de darle, porque quería preparar algo especial.
Aquí, ni siquiera sé quién es el padre del niño y no sé nada de él ni de sus nueve años de vida.
Antes de bajar al salón, me detengo frente a la figura del elefante de hierro con el que maté a Valeria.
No ocurrió. Aquí no ocurrió.
Pero, igualmente, aunque en esta línea temporal no ocurriera, las terribles imágenes de aquella noche me asaltan abruptamente como si formaran parte del castigo de la bruja de Oturia.
Veo a mi hermano arrinconado contra la pared, a Valeria pegándole, insultándole y gritándole y mi furia creciendo como una bola de fuego en mi interior.
No lo pude evitar. No lo quise evitar. Fue un cúmulo de muchas cosas, de su aventura ilícita con mi padre, de su egoísmo, de su tiranía, de tener que hacer siempre lo que ella quería, daba igual lo que yo quisiera, ella era la que mandaba.
Me acerqué a Valeria y la golpeé con fuerza en la cabeza.
Ya en el suelo, completamente indefensa, desaté toda la ira.
Me senté encima de su cuerpo indefenso y volví a emplear el elefante con más saña destrozándole la cara, la cabeza…
hasta que dejó de respirar. Su cuerpo se quedó inmóvil.
El suelo estaba lleno de sangre. Y después…
después todo se vuelve borroso, como si no hubiera pasado, porque no pasó, me repito una y mil veces que, aquí , no pasó…
—¡Mamáááááá! ¡Vamos! —me despierta de mi pesadilla Pol.
—Voy, voy, ya voy.
Bajo las escaleras con la respiración agitada, como si una parte de mí se hubiera quedado anclada en aquella horrible noche que tanto me esforcé en olvidar, e imito a Pol, sentándome a su lado en el sofá.
Él se ha encargado de encender la tele, programar el juego…
y, entre risas, el muy bribón me suelta:
—¡A ver si aprendes a conducir, boomer !
¿Me acaba de llamar boomer ? ¿Y ahora qué hago? ¿A un hijo se le deja ganar?
Pol elige a Yoshi y yo a la Princesa Peach. La primera partida por carreteras imposibles se me da de pena. Pol vuelve a mirarme raro, así que deduzco que a mi versión de esta realidad se le dan mejor los videojuegos. O es una viciada de Mario Kart y tenía mucha experiencia.
De la cocina, me llega el olor a cocido que me transporta a mi infancia.
A la misma infancia que viví aquí, en esta misma casa pero en otra realidad, hasta que mi decisión de matar a Valeria a sangre fría fracturó mi mundo en dos, o tal vez en más.
Eso creo. Quién sabe en cuántos mundos alternativos vivimos y en cuántos otros desaparecemos.
Quién manda sobre lo que recordamos y sobre lo que no.
La memoria es caprichosa. Maldigo a la bruja de Oturia o a lo que sea el ente que envía a las almas corruptas como la mía a otra realidad.
La leyenda, la leí hace años, cuenta, entre otras historias de desapariciones y viajes en el tiempo en la zona del barranco, que a orillas del río del bosque de Oturia hay una cabaña.
Lo corroboro, la hay. Y que en esa cabaña vive el alma de la última bruja de Aragón que murió quemada allí en el año 1680.
Y es que en la segunda mitad del siglo XVII, las persecuciones y juicios por brujería eran bastante frecuentes en algunas zonas de Aragón.
Vaya, estoy distraída. Pol lo nota y me da un codazo para que me centre, pero me es imposible.
Y encima, el móvil que he dejado encima de la mesita de centro vibra con un wasap.
Varios, en realidad. Suelto el mando un momento para ver quién me ha escrito, con la tonta esperanza de que se trate de Gael, pero Pol me lo impide.
—¡Te has salido de la carretera, mamá! ¡Vamos, céntrate!
El juego me agota, me provoca dolor de cabeza (más, si cabe), y me irrita los ojos. Me centro, tengo que centrarme, porque parece que para Pol este rato con su madre es importante.
Clavo la vista en la pantalla del televisor a rebosar de colores vibrantes y fuego y monstruos que me quieren cortar el paso por caminos retorcidos y llenos de baches y peligros, pero no puedo dejar de pensar en el móvil y en que me urge mirarlo y saber quién me ha escrito.
La última mirada cargada de nostalgia que Gael me ha dedicado se ha quedado en mí.
Ojalá sea él. Ojalá me quiera también en esta vida o esté harto de Valeria y sus aires de grandeza.
Ojalá…
—¡He ganado! —grita Pol, levantando los brazos y apretando los puños en señal de victoria.
—¡Qué bien! Felicidades, bichito —le digo con voz dulce, pero vuelve a mirarme de esa forma que…
—Nunca te has alegrado de que yo ganara, mamá. Cuando pierdes, siempre te enfadas.
—¿Ah, sí? —disimulo—. Bueno, en esta vida también hay que saber perder.
No sabes cuánto, pequeño…
—Dame un momento, ¿vale? —le pido—. Ahora vengo.
—Vaaaaale…
Cojo el móvil y salgo al jardín a toda prisa antes de que Pol vuelva a entretenerme.
Mi madre me observa desde la ventana de la cocina.
Soy incapaz de acercarme al pozo tapiado, pero en algún momento tendré que hacerlo, y también sacarle el tema a mi madre, aún no sé cómo sin que piense que me he vuelto loca, pero necesito saber qué ocurrió la noche en que mi hermano desapareció.
Qué hicimos Valeria y yo. Y si mi madre lo sabe y también lo sabía mi padre y por eso acabó con su vida porque se le hacía demasiado insoportable.
NICOLA
¿Has vuelto de Oturia?
¿Qué tal ha ido?
Mira, te mando foto.
A pesar del mal tiempo,
el restaurante está lleno.
Nicola… el jefe de cocina del restaurante de mis padres…
no, el restaurante de mis padres no, me recuerdo, mi restaurante en esta línea temporal.
No me había vuelto a acordar de él, pero creo que estamos liados.
Igual no es nada serio. O sí. Parece que quedamos a menudo y que nos gustamos bastante, aunque me autosaboteo y me pregunto a quién le puedo gustar con esta maldita cicatriz en la mejilla.
Sé que he dormido en su casa, porque en Oturia leí un wasap de hace un mes en el que Nicola escribió que me había dejado el cepillo de dientes y yo le contesté que daba igual, que tenía más, y que lo dejara ahí para otras veces…
Ojo. Dejar el cepillo de dientes en casa de tu «rollete» es un asunto serio.
Nicola contestó con una carita sonriente y un corazón.
Qué tierno… Hablo por hablar, aunque así, a bote pronto, diría que no parece el tipo de hombre que se comprometa demasiado con una mujer, pero me puedo equivocar.
Las apariencias engañan. A lo mejor es el hombre más fiel del mundo y me quiere de verdad, es decir, quiere a la versión desaparecida de esta línea temporal.
No cuenta con que soy una persona distinta debido a que mis experiencias, recuerdos y vivencias en mi mundo raíz se diferencian bastante de las de aquí.
Y no sé nada de Nicola, no lo conozco, ¿cómo voy a liarme con alguien a quien no conozco?
¿Cómo voy a simular que soy la misma persona que el viernes al mediodía se fue a Oturia para reunirse con unos antiguos amigos a los que hacía siglos que no veía, si no lo soy, si yo vengo de otra realidad, de un universo paralelo distinto a este?
Sigo enamorada hasta las trancas de Gael, aunque en esta realidad lo nuestro sea imposible.
Y ojalá me hubiese llamado o escrito, pero abro su contacto en la aplicación de WhatsApp y nunca nos hemos escrito.
La tentación de escribirle, aunque sea un simple «Hola, ¿qué tal? », es inevitable.
Abro la foto que Nicola me ha mandado.
El local no ha cambiado nada. En este mundo también tiene los marcos de las ventanas pintados de azul, las paredes de piedra, decoración marinera, el rincón de las fotos de los famosos que han visitado el local…
Da gusto ver todas las mesas llenas de comensales y los platos tienen una pinta estupenda.
Supongo que confío mucho en Nicola para dejarlo al mando del restaurante y que es un buen chef.
Famoso, por lo visto. Se me forma un nudo en la garganta.
Me acuerdo de papá, de lo poco que se fiaba de los encargados, aunque los que tenía eran de confianza y así él podía descansar un poco y dedicar tiempo a su familia.
Nicola ha escrito más:
NICOLA
Por cierto, tengo
preparada la nueva carta.
¿Quedamos esta noche
en mi casa y te la enseño?
Uhhh… el italiano quiere rollo.
¿Quedaría raro decirle que no?
Debería empezar a comportarme como lo haría la versión de este mundo alternativo al mío, quien deduzco que le diría que sí.
El problema es que no tengo ni la más remota idea de dónde vive Nicola.
Podría averiguar dónde vive echándole un vistazo a su nómina, pero imagino que todo el papeleo lo tengo guardado en el despacho del restaurante, como hacía mi padre.
A no ser que haya algo en el despacho de casa, donde mi padre se…
todavía me parece increíble decirlo. Sí, en el despacho donde mi padre se suicidó hace diez años.
Ahí él tenía copias de todo, «por si acaso». A lo mejor yo también.
Le echo un último vistazo al pozo desde la distancia y con aprensión, y vuelvo a entrar en casa. Pol está en la cocina con mi madre, los oigo hablar sobre algo relacionado con el colegio.
Sin despegarme del móvil, cruzo el pasillo y entro en el despacho.
Lo encuentro muy distinto a como lo recuerdo.
La mesa central, en lugar de ser de madera de nogal, es de cristal, hay un ordenador portátil con la tapa abierta, y una fotografía enmarcada: la famosa fotografía que vi en Instagram donde aparecemos papá y yo en la playa.
Da igual el universo alternativo en el que me encuentre; creo que a todas mis versiones nos emociona esta imagen y nos transporta a una infancia feliz, a pesar de lo que mi padre (nos) hizo años después.
No hay ni rastro de la elegante vitrina con las antiguas pistolas de mi padre heredadas de su abuelo.
Las estanterías no son de madera oscura, sino blancas, las típicas de Ikea, simples y funcionales, pero una pesadilla para montarlas, y no veo por ninguna parte las gruesas enciclopedias que ocupaban un par de baldas y los libros antiguos que mi padre coleccionaba.
Es un espacio moderno y actual con mucha literatura contemporánea y clásicos, algún thriller , y las paredes están pintadas de azul marengo en lugar de blancas, que es como yo las recuerdo.
Imagino que, después de lo que ocurrió, limpiaron y remodelaron el espacio a conciencia, y es muy posible que «yo» formara parte del cambio.
Busco entre las estanterías y en los cajones.
En el segundo cajón del escritorio, encuentro una carpeta gruesa de color marrón en la que pone «CASA COSTA», el nombre del restaurante escrito en letras mayúsculas con rotulador negro, y me enfrento a un montón de papeleo hasta dar con lo que busco: los datos personales de Nicola Galli, incluida su dirección.
PAULA
Ok. A las 20h en tu casa.