CAPÍTULO 20 #2
Cuando acabamos, Paula se encerró en el cuarto de baño y volvió a darse una ducha. Yo me quedé en mi habitación mirando fijamente el punto del suelo donde Paula había matado a Valeria. Al poco rato, mi hermana entró.
—Bueno, me voy. Hay fiesta en la playa, deberías venir.
—No. No puedo…
—Si no sales, parecerás sospechoso. En unas horas, los padres de Valeria, ya sabes lo estrictos que son con la hora de llegada, llamarán a los nuestros para saber dónde está —predijo—. Si te quedas en casa…
Me encogí de hombros. Me daba igual. Todo me daba igual.
—Vale, como quieras. Yo me voy.
Paula le echó un último vistazo a mi habitación.
Habíamos estado limpiando con esmero para que no quedara ni una sola gota de sangre.
Yo estaba agotado. A Paula los ojos se le pusieron vidriosos de repente, como si el demonio la hubiera abandonado y volviese a ser humana, pero las lágrimas que empezaron a rodar por sus mejillas no me parecieron sinceras. Formaban parte de su maquiavélico plan.
Y horas más tarde, pues claro, saltó la alarma, tal y como previó Paula.
Eran las cinco y pico de la mañana y Valeria no había regresado a casa.
Nadie la había visto, no había ido a la fiesta de la playa.
Salió, se le perdió la pista, nadie la vio llamando al timbre de nuestra casa…
Además, había salido sin móvil, algo que Paula y yo ya sabíamos, porque no dimos con él.
Y Paula… bueno, Paula me demostró que era una gran actriz y muy mala persona.
Se mostraba afectadísima incluso delante de mí, que lo sabía todo, y resultaba bastante creíble.
—Conmigo no tienes que fingir —le dije, harto de tanta pantomima.
La inspectora Teresa Castro y su equipo empezaron a interrogar a medio pueblo.
También a Paula y a mí. Ambos, sabiendo que Valeria estaba pudriéndose en el pozo de nuestro jardín, éramos demasiado jóvenes como para soportar la presión de guardar un secreto de esa magnitud solo para nosotros, así que, una noche, decidimos contárselo a nuestros padres.
Tarde o temprano, descubrirían el cadáver en el pozo, así que era mejor advertirles, pese a correr el riesgo de que hicieran lo correcto y nos delataran.
Sin embargo, Paula, que ya sabía que nuestros padres nos protegerían, me convenció de que diéramos una versión muy distinta a lo que pasó de verdad:
—Diremos que fuiste tú.
Me quería culpar a mí. Decirles a nuestros padres que yo había matado a Valeria y que ella, la niña buena , me estaba encubriendo.
—Pero eso no es verdad, Paula…
—¡Ya sé que no es verdad! Sé lo que hice, ¿vale? No estoy loca. Pero si les decimos que fui yo, no se lo creerán. —Sonrió con malicia. Curioso que recalcara que ella no estaba loca —. Además, ¿tú qué tienes que perder, eh? Nada. Y yo mucho, sobre todo ahora…
—¿Ahora?
—Sí, ahora. No preguntes. Además, no pasará nada. Papá y mamá nos protegerán, ya lo verás.
Sé que dijo eso de que tenía mucho que perder por ti, Gael.
Paula llevaba media vida enamorada de ti.
Ese verano habías empezado a salir con el grupo, y al fin os habían presentado formalmente.
Mi hermana pensaba en ti a todas horas. Estaba obsesionada contigo.
Y Valeria era un impedimento. Todo el puto día pegada a ella como una lapa, evitando que os acercarais más de la cuenta…
, porque Valeria tenía sus rollos, pero también bebía los vientos por ti.
Y Paula estaba resignada a quedarse a un lado, como hacía siempre, para que Valeria te conquistara.
Por el rollo de la amistad y la sororidad y todo eso, es una gilipollez pelearse por un tío, blablablá…
Pero creo que uno de los motivos por los que mi hermana la mató aquella noche, fuiste tú.
Veo cosas. No todas. O sea… mis visiones son selectivas y soy consciente de que hay cosas que se me escapan, que detrás del asesinato que cometió mi hermana había algo más.
Puede ser, no lo sé… no lo sé, no lo sé todo, ¿vale?
Total, que, muy a mi pesar, Paula me arrastró y me manipuló y quedamos en que a nuestros padres les diríamos que había sido yo.
Los esperamos hasta las tantas de la madrugada.
Llegaron agotados del restaurante sin sospechar que en casa les esperaba un buen disgusto.
Paula les soltó la bomba y ¿sabes qué es lo más increíble de todo?
Que, aunque mi padre estuvo a punto de darme una paliza, decidieron protegernos tal y como había previsto Paula.
Silenciaron lo que sabían, que Valeria estaba en el interior del pozo del jardín.
Hicieron como si nada, aunque ese tema le provocara un cáncer a mi madre.
Al día siguiente, mi padre tapió el pozo, como si así solucionara el problema…
Y ahora, Paula no está aquí. Solo espero que esté viviendo el infierno que desató aquella noche en mi habitación.
Nunca volví a ver el mundo con los mismos ojos, ¿sabes?
Me destrozó. Paula mató a Valeria y me enloqueció a mí.
Estoy aquí por su culpa. En cada chica joven y guapa veía a Valeria y me decía: «No puede estar viva.
Paula se enterará y vendrá a por ella…».
Bueno, el resto de la historia ya la conoces.
Soy un violador y un asesino y estoy cumpliendo mi condena.
Se me metió el demonio dentro. El demonio abandonó a Paula y se me metió dentro.
Y lo vi. Lo vi todo antes de que sucediera y por eso pensé que tenía que suceder, y lo pinté, lo pinté para recordar.
Viste los cuadros, pinté el futuro, pinté a mi hermana con sus dos caras, a mi madre rota, a mi padre con la cabeza reventada…
a las tres chicas a las que maté en la playa antes de conocerlas, a Valeria…
sí, vi a Valeria en otro mundo, en otra realidad en la que Paula no llegó a matarla…
Aunque sé que hay cosas que no sé. Cosas que se me han escapado.
Aquí recibo mi castigo a diario, Gael.
Todo ha pasado como tenía que pasar, como hace años me mostraron mis visiones. Por suerte, me pillaron a tiempo, antes de que el demonio me obligara a provocar más dolor. Estoy mejor encerrado. Así tenía que ser, Gael… Así es como tenía que ser aquí .
***
GAEL
Pensaba encontrar a Sofía con Elvira sentadas en el salón y hablando de sus cosas, tal y como estaban cuando me he ido, pero la casa me recibe fría y vacía. Hay demasiado silencio.
¿Se ha estropeado la calefacción? Los radiadores están helados.
—¿Sofía? ¡¿Sofía?! —la llamo, sin obtener más respuesta que el eco de mi voz.
Y entonces, encima de la mesita de centro, veo un sobre con mi nombre. Antes siquiera de abrirlo, sé que Sofía se ha ido, pero lo que no entiendo es por qué su amiga Elvira no se ha quedado con ella como le pedí.
Abro el sobre con manos temblorosas. A una breve carta se le suma una nota. Reconozco la letra. Es de Joaquín y tiene los bordes salpicados de sangre reseca.
Me voy antes de que todo salte por los aires.
Perdóname, Sofía. Perdóname por todo lo que te hice pasar.
Te amo. Te amé siempre. Hasta pronto.
Joaquín dejó una nota de suicidio. No tenía ni idea. Antes de llamar a emergencias, Sofía tuvo la frialdad de coger la nota y guardársela sin decírselo a nadie, ni siquiera a mí.
Querido Gael:
Lo siento. No puedo más. Sal al jardín y asómate al pozo, por favor. Ahí está Valeria. Dale paz a sus padres. Sacadla de ahí y enterradla. Que celebren un funeral bonito.
Pídele a Manu que te cuente lo que ocurrió, aunque es posible que ya lo haya hecho.
Siempre he sabido que nos mintieron, que no fue Manu quien mató a Valeria, sino Paula…
Lo vi en sus ojos. Yo lo sabía. Joaquín lo sabía.
Y nos callamos. Protegimos a nuestros hijos, más a Paula que a nuestro pobre Manu.
Lo siento, lo siento mucho. Estamos malditos.
Gracias por ser tan bueno con nosotros, Gael.
Hasta siempre y buena suerte,
Sofía
Encuentro a Sofía tumbada en la cama de su habitación.
Tiene los ojos cerrados y los labios violáceos curvados en una serena sonrisa, como si antes de morir hubiera visto algo que le agradaba. Parece dormida. No es el escenario de terror al que ella tuvo que enfrentarse cuando Joaquín se suicidó en su despacho volándose la cabeza con la pistola.
En la mesita de noche, hay varios frascos vacíos.
Una sobredosis de benzodiacepinas que la han arrastrado a una muerte en apariencia plácida, aunque imagino que igualmente dolorosa, que le ha provocado un paro cardiaco.
Le toco el cuello buscando el pulso en la arteria, aun sabiendo que es inútil.
Calculo que debe de llevar una hora muerta, quizá algo más, y su piel, de una tonalidad cerúlea, está helada.
—Espero que volváis a estar todos juntos, Sofía.
Descansa —le susurro a su cuerpo sin vida, antes de salir al jardín y asomarme al pozo, que desde que entré en esta casa y me trataron como a uno más de la familia, siempre vi tapiado, según los padres de Paula «por seguridad» y «porque no lo utilizaban para nada».