CAPÍTULO 20
GAEL
H emos tenido tiempo suficiente para que Manu me haya contado la verdad de lo que ocurrió la noche en que Valeria desapareció, ya sin consecuencias para Paula.
Yo lo he escuchado atentamente y en silencio, mientras Manu ha hablado atropelladamente y con prisas, por si nos quedábamos sin tiempo.
También ha hablado como si en cualquier momento se le pudiera apagar la voz por el terrible recuerdo de lo que pasó.
Sigue siendo una herida sin sanar, y es normal.
Yo no lo viví y saber al fin lo que hizo Paula me repulsa; me hace preguntarme con quién he estado todos estos años.
Pero, por otro lado, Manu está desquiciado y a ratos delira.
Violó y mató a tres jóvenes, puede que haya exagerado, que Paula no sea tan horrible como me ha querido hacer ver.
Además, Manu cree que tiene el don de ver el futuro.
Es algo en lo que me cuesta bastante creer.
Sus delirios podrían ser fruto de una esquizofrenia no diagnosticada, aunque los cuadros que Sofía descubrió en el desván y que tanto la angustiaron, son una prueba irrefutable de que es cierto que vio o presintió algunos escenarios futuros antes de que ocurrieran.
Me cuesta asimilar su testimonio. Según Manu, la única verdad.
Cuando hace diez años, en la fiesta de la playa, Paula dijo que había hecho algo muy malo, ni en mil años habría imaginado lo que realmente hizo…
Cómo lo hizo… Supongo que todos, en mayor o menor medida, guardamos secretos.
Tenemos mil caras, distintas versiones de nosotros mismos, y solo mostramos una mínima parte de lo que somos.
Yo soy un ejemplo claro al haber deseado que Valeria se esfumara de la faz de la tierra para poder acercarme a Paula, fingiendo preocupación cuando sucedió.
Paula siempre me mostró la mejor versión de sí misma.
Era amable, buena, generosa, me quería por encima de todo.
Apenas discutíamos, algo raro en una relación, porque siempre hay roces.
Nos queríamos a rabiar. Y yo también intenté ofrecerle lo mejor de mí, claro.
Tengo que quedarme con eso para no enloquecer y, en la medida de lo posible, obviar que Paula era un monstruo según Manu.
Ahora conduzco por encima de la velocidad indicada de regreso a Cadaqués por lo último que Manu me ha contado antes de empezar a desvariar. Aún no termino de creérmelo, por lo que me urge hablar con Sofía y que me dé su versión de los hechos.
***
MANU
Cadaqués, verano de 2014
Lo que pasó la noche en que Valeria desapareció
Mi hermana se portaba mal conmigo desde que era una cría.
Era egoísta, manipuladora e insoportable, una mala persona que os tenía engañados a todos.
Pero la noche que mató a Valeria, o así lo vi en aquel momento, solo trató de defenderme.
Y me lo echó en cara durante toda su vida.
Las pocas veces que vino a verme a prisión, aunque al menos ella venía, no como mis padres, que parece que se olvidaron de que tenían un hijo pudriéndose en este infierno, siempre me decía: «Recuerda lo que hice por ti.
Me jodí la vida por ti. No duermo bien por las noches por tu culpa».
No sé…
¿Sabes lo que creo, Gael? Creo que Paula quería deshacerse de Valeria y vio la oportunidad perfecta para no quedar como la mala o hacerlo sin motivo, y, en el caso de que nos descubrieran, echarme las culpas a mí. Esa era su verdadera cara, la que incluso ella se negaba a ver.
Lo que pasó y quiero que sepas para conocer mejor a Paula ahora que está muerta, fue lo siguiente:
Paula se estaba dando una ducha cuando Valeria llamó al timbre. Mis padres estaban en el restaurante. Le abrí la puerta. Algo incómodo, me quedé con ella en el salón, hasta que me dijo:
—Tantos años viniendo a tu casa y nunca he visto tu habitación.
No te lo creerás, Gael. Porque sé que alguien tan popular como Valeria jamás se habría fijado en alguien como yo, pero me lo dijo insinuante, mordiéndose el labio inferior, mirándome con los ojos entornados…
Había señales claras de que estaba coqueteando conmigo.
No es excusa, pero tenía veintidós años, era virgen, tenía las hormonas revolucionadas, y Valeria, que me estaba prestando atención, me ponía cachondo.
Así que subimos. Valeria se quedó parada en mitad de mi habitación y se echó a reír.
—¿De qué te ríes?
Me estaba empezando a mosquear.
—Eres un poco friki.
Lo decía porque las paredes de mi habitación estaban empapeladas de El señor de los anillos y tenía toda la colección de libros de Harry Potter y hasta el disfraz con la bata de mago colgada en el perchero y la varita mágica en la mesita de noche.
La varita oficial, eh, no la falsa de plástico malo y cutre que venden en los bazares.
Valeria, todavía riendo, se sentó en el borde de la cama con las piernas cruzadas y me miró, no paraba de mirarme, así que yo…
yo me lo tomé como una señal y me abalancé encima ella.
Intenté besarla, pero se resistió, y, cuanto más se resistía, más ganas tenía yo de forzarla, como si se tratara de un juego, hasta que consiguió deshacerse de mí y empezó a insultarme y a empujarme y a pegarme hasta dejarme la cara roja…
Me arrinconó contra la pared y, mientras me gritaba, me golpeaba.
Iba alternando según le diera: bofetadas, puñetazos, patadas…
No me defendí. Me lo merecía. Había cometido una estupidez. Entendí mal las señales.
—¡Eres un puto engendro mal nacido!
Fue lo último que Valeria me dijo.
Acto seguido, se desplomó en el suelo, y, ante mí, apareció Paula sosteniendo el pesado elefante de hierro con la punta de la trompa afilada que estaba encima de una mesita del pasillo.
Seguro que el elefante, el arma del crimen, sigue en casa, en el mismo lugar de donde Paula lo cogió para, supuestamente, defenderme.
Paula le había golpeado la cabeza con fuerza, con tanta fuerza que a Valeria le empezó a salir mucha sangre y su cuerpo empezó a sufrir espasmos, pero aún estaba viva.
Respiraba y tenía los ojos muy abiertos, fijos en el techo.
Estábamos a tiempo de llamar a una ambulancia, puede que sobreviviera, pero…
No era lo que Paula quería. Todo sucedió muy rápido, aunque, en aquel momento y como yo estaba tan aturdido, me pareció que el mundo se movía a cámara lenta.
Paula se sentó a horcajadas encima de Valeria y le empezó a machacar la cabeza con una violencia desmedida hasta abrírsela, y no se detuvo hasta asegurarse de que estaba muerta.
Paralizado, no me entraba en la cabeza que mi hermana estuviera matando a su mejor amiga delante de mis narices, y yo no hice nada para evitarlo.
No me dio tiempo. Paula fue rápida y violenta…
aunque lo hubiera intentado, no habría podido detenerla.
Cuando mi hermana se levantó, me miró como se miran las cosas insignificantes y, como si solo se hubiera limitado a espantar a Valeria, me preguntó con una calma que me heló la sangre:
—Ey, ¿estás bien? ¿Qué te estaba haciendo? ¿Por qué te estaba insultando y pegando?
—Paula, la has…
Incrédulo, dirigí la mirada al cadáver de Valeria.
Tenía la cabeza abierta y la cara desfigurada.
Estaba ahí. Era real, había pasado de verdad.
El suelo estaba lleno de sangre. ¿Cómo íbamos a limpiar tanta sangre?
Joder... Mi hermana, o la desconocida que decía que era mi hermana, no estaba.
No, no era Paula, era el demonio, o quizá el demonio siempre había estado oculto en su interior buscando el momento perfecto para emerger de la oscuridad y dominarla.
—¡Paula, la has matado! ¿Qué hostias has hecho…? ¡La has matado! —empecé a gritar, colérico, hasta que Paula me tapó la boca con fuerza y, por un momento, pensé que también me iba a matar a mí, porque había sido testigo de su asesinato.
—¡Te he defendido de esa arpía! ¿Pero tú sabes la de años que llevo aguantándola?
Y te estaba haciendo daño, te estaba pegando, ¡lo he visto!
¡He escuchado los gritos desde la ducha!
Eres mi hermano, Manu, la persona más importante de mi vida y a la que más quiero.
He hecho lo que habría hecho cualquiera.
Defenderte. —Señaló el cadáver de Valeria y susurró, poniendo una cara de niña buena que daba grima—: Lo he hecho por ti…
Mentirosa.
Empecé a funcionar en modo automático, obedeciendo las órdenes de mi hermana que, sorprendentemente, sabía qué teníamos que hacer en cada momento para encubrir el crimen.
Actuaba con precisión y determinación, como si no fuera su primera vez.
Era rápida y fría, daba la sensación de que lo que había hecho no le dolía, aunque dos horas más tarde saliera de casa con lágrimas en los ojos.
Deshacernos del cuerpo. El pozo es un buen lugar, decidió Paula, podíamos llevarla hasta allí sin problemas, Valeria pesaba poco.
Limpiar la sangre antes de que se reseque y sea más complicado.
Limpiar a conciencia el elefante y volver a dejarlo en la mesita del pasillo como si jamás se hubiera movido de ahí.
Deshacernos también del reguero de sangre que fuimos dejando a nuestro paso cuando arrastramos el cadáver de Valeria hasta el jardín, la levantamos, y la tiramos al pozo sin demasiado esfuerzo.
Jamás olvidaré el ruido que hizo su cuerpo al caer…
sonó un eco que se me hizo eterno, como una maldición, como si el pozo no tuviera fondo, y después… después el temido silencio.
Antes de todo esto, Paula buscó el móvil de Valeria en su bolso, que también acabó en el pozo, en los bolsillos de sus tejanos… no lo encontró. Y era una suerte para nosotros que Valeria no llevara el móvil encima.
—Se lo habrá dejado en casa. Es… —Sonrió—. Era. Era olvidadiza y habrá salido con prisas.