CAPÍTULO 19 #3
Manu no fingía. Yo sí. La parte mala que habitaba en mí no se arrepentía de nada de lo que había ocurrido, porque había tenido mis motivos para hacer lo que hice y porque los últimos días con Gael habían sido perfectos.
Me sentía feliz sin Valeria, sin que me opacara con su brillo y sus deseos de destacar, dejándome siempre en un segundo plano para que nadie se fijara en mí.
Desde que éramos niñas, cada vez que Valeria venía de vacaciones a Cadaqués, me había absorbido, impidiéndome ser yo misma.
Y además, gracias a lo que yo había hecho, conseguí mantener a mi familia unida y le había evitado mucho sufrimiento a mi madre.
Es horrible, lo sé, pero no había vuelta atrás.
¿Y si a mi padre se le hubiera ido la cabeza hasta el punto de abandonar a mi madre para fugarse con Valeria, convirtiéndonos en el hazmerreír de todo el pueblo?
Matándola, había sorteado un futuro incierto.
—Manu mató a Valeria —confesé sin que me temblara la voz.
Mi madre se llevó la mano al corazón y necesitó sentarse. Por un momento, creí que le iba a dar un infarto. Al año siguiente, le detectaron cáncer de pecho. Siempre pensé que el golpe que recibió esa madrugada fue el detonante que la enfermó.
—Estáis de broma, ¿no? —dijo mi padre, a quien reté con la mirada, gesto que pasó desapercibido para Manu y para mi madre, pero no para él.
Mi padre entendió.
«Lo sé todo», le dije sin necesidad de palabras.
Lo que todavía no sabía era que Valeria le había contado a mi padre que yo los había pillado en plena faena.
Por lo que él sabía que yo lo sabía. Y, claro, desconfió.
Mi padre debió padecer lo suyo, pero siempre se le dio tan bien disimular…
Yo estaba dispuesta a pasar página y a seguir callando, siempre y cuando él mantuviera la boca cerrada.
A pesar de haber pactado que a nuestros padres les diríamos que había sido Manu quien había matado a Valeria, él me miraba con algo parecido al rencor.
Mi padre enseguida captó que no, que no estábamos de broma.
En menos de lo que dura un parpadeo, le cayeron veinte años encima.
Después de estar durante, no sé, cinco o diez minutos con la mirada perdida y los ojos vidriosos asimilándolo todo, miró a mi madre, cogió aire, y nos preguntó, con una mezcla de severidad y resignación:
—¿Dónde está Valeria?
—En el pozo —contesté yo.
—¡En el pozo! —gritó mi madre, llevándose las manos a la cara y echándose a llorar.
—Lo siento… lo siento mucho… —gimoteó Manu.
—Joaquín, no podemos… —empezó a decir mi madre.
—Lo sé. Lo sé, Sofía, lo sé…
Horas más tarde, alrededor de las cuatro de esa eterna madrugada, mi padre tomó la decisión de no decir nada y mantener en secreto la aberración que intenté hacerles creer que había cometido Manu.
Ese secreto, de una manera u otra, nos fue destruyendo a todos, enrareciendo la energía de la casa de la que, en cuanto vi la oportunidad, me marché para emprender una nueva vida con Gael.
Con mi padre, obvio, al principio hubo mucha tensión.
Portazos, miradas esquivas, incomodidad, vergüenza, frases inacabadas…
No hablamos de lo que vi aquella noche en el despacho del restaurante.
Es una espinita que siempre se quedó clavada en mí y supongo que también en él.
Pero, con el tiempo, llegué a perdonarlo, y nuestra relación, aunque no tan cercana como la que tenía con mi madre, se volvió más o menos normal, sin nada más que echarnos en cara.
Lo que me sorprendió de mi padre, fue que, mientras mi madre se mostraba más reservada con todo el mundo, él, durante los siguientes días, semanas, meses y años, continuó hablando con los padres de Valeria con total normalidad, como si sus hijos no fueran los responsables de su desaparición y su cuerpo no estuviera descomponiéndose en el fondo del pozo de nuestro jardín.
Hasta que el descerebrado de Manu, que durante años apenas salió de su habitación, mató a esas tres chicas.
Y preguntaron también por Valeria. Pero no tenían pruebas. Habían pasado cuatro años.
—Esto no va a salir de aquí —dijo mi padre aquella madrugada, mirándome intencionadamente, antes de salir al jardín con una linterna.
Lo vimos desde uno de los ventanales del salón.
Enfocó con la linterna hacia el interior del pozo, estuvo asomado un montón de rato, y después regresó al interior de la casa hecho una furia—.
¿Qué coño le has hecho? Tiene la cabeza abierta, animal, que eres un bestia, un bruto, un malnacido, maldito enfermo…
¡Deberían encerrarte! —espetó, agarrando a Manu del cuello de la camisa y zarandeándolo.
Pensaba que le iba a dar una paliza o lo iba a matar, y ni mi madre ni yo lo detuvimos.
Yo quería sangre, quería más sangre, hasta que mi padre se derrumbó, soltó a Manu, que se dejó caer en el sofá, y, con los ojos anegados en lágrimas, añadió—: Voy a tapiar el pozo.
Mi padre volvió a mirarme. Él solito ató cabos en un santiamén. Intuyó que había sido yo quien había matado a su Valeria, a su jovencísima y consentida amante, y que más le valía protegernos si no quería que la vida que había construido con mi madre volara por los aires.
—Joaquín…
—Hay que protegerlos, Sofía. Ha sido un error —dijo con frialdad, mirando a Manu con un odio visceral que jamás desaparecería, aunque sé que lo hizo solo para disimular.
En realidad, ese odio contenido iba dirigido a mí—.
Ha sido un error, pero no podemos hacer nada por Valeria y nuestros hijos.
.. no, no pueden ir a la cárcel. Lo perderíamos todo, Sofía.
Todo lo que hemos construido lo… lo perderíamos…
—balbuceó, agitado, dándose cuenta al fin de que Valeria no era importante.
Nosotros, su mujer y sus hijos, su familia, era lo único que importaba, y debería habernos valorado más.
A mi padre se le quebró la voz. Mi madre aceptó. No les quedó otra que hacer de tripas corazón y seguir adelante «como si nada».
Pero ¿cómo se continúa después de algo así?
¿Cómo se vive teniendo un cadáver en el jardín de tu casa?
¿Cuántas veces se arrepintió mi padre de no haber llevado a Manu a comisaría para que confesara el asesinato que no cometió?
Si lo hubieran arrestado por el asesinato de Valeria, las tres chicas a las que violó y asfixió hasta la muerte cuatro años después, seguirían vivas.
Pero mi padre también sabía que, si hacía algo en contra de mi hermano o de mí, yo tardaría cero coma en decirle a mi madre que Valeria, mi mejor amiga, esa zorra… llevaba un año follándose a su marido.
***
Ahora
Esa escena aquí, en este universo alternativo del que yo provengo, nunca ha sucedido.
Transcurridos diez años de aquello que cambió mi vida mucho más de lo que entonces podía imaginar, no soy la misma.
Cometí un error muy grave. No pude reprimir la ira.
Fui incapaz de contenerme. Mi cuerpo y mi mente se descontrolaron hasta el punto de convertirme en lo más improbable y repudiado: en una asesina.
Maté a Valeria con mis propias manos y tuve mis razones, aunque empleé una violencia propia de un monstruo sin corazón, pero no, no, no…
No soy una mala persona y no lo volvería a hacer…
Lo pensé, claro. Al ver con asombro a Valeria viva y diez años mayor a como la recordaba antes de saber y asimilar a marchas forzadas que me encontraba en otra línea temporal, pensé en hacerla desaparecer, pero no podría…
No podría volver a hacerlo. Ya no. Y me tranquiliza y mi alma siente un poquito de paz al saber que en esta vida no ocurrió.
El crimen, por tanto, se ha deshecho como por arte de magia.
Puede que aquí Valeria no se acostara con mi padre o, por lo que sea, yo no lo descubriera, y por eso sigue viva.
He estado buscando información sobre universos paralelos.
Algunos creen en ellos, la mayoría lo consideran una fantasía como los viajes en el tiempo, pero yo soy una muestra de que hay algo de magia en este mundo, aunque no es la magia de los mundos de Yupi que nos vendieron de pequeños.
Se dice que hay hasta siete realidades y que cada realidad puede tener una trayectoria distinta, sucesos que no tienen nada que ver los unos con los otros, decisiones que nos marcan.
Pero no es una información concluyente. En otras páginas he leído que hay una cantidad infinita de universos alternativos.
Entonces ¿en qué quedamos? ¿Quién dice la verdad?
¿Quién miente? ¿Hay alguien que de verdad sepa de lo que habla?
La cuestión es que queda claro que la noche del 12 de agosto de 2014, Valeria no desapareció en este mundo, ni yo desaté contra ella la rabia que le tenía por, entre otras cosas, acostarse con mi padre.
Pero desapareció Manu, mi hermano. Valeria y yo hicimos algo de lo que, tal y como me dijo ella en Oturia, no puedo hablar…
La odio. Sigo odiándola con todas mis fuerzas, pero aquí no la maté, y no sé por qué no lo hice, y una parte de mí desearía haberlo hecho.
Agitada, me doy cuenta de que, en esta línea temporal, el pozo también está tapiado torpemente, con manos inexpertas y con prisas.
¿Si es el cuerpo de Manu el que lleva diez años pudriéndose ahí dentro, también fue mi padre quien tapó el pozo para protegerme?
¿Por eso, tres meses después, la culpa lo empujó a suicidarse?
¿En esta realidad mi padre tuvo un rollo con Valeria?
Y, lo que más me interesa, ¿quién está dentro del pozo?