Despertarás en otra vida CAPÍTULO 19 #2
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CAPÍTULO 19 #2

​ —¡Hoy libras, cariño! —le decía divertido.

​ Y mi madre, pobre inocente, encantada de tener la noche libre.

​ Eran las dos y media de la madrugada. Valeria no había aparecido por mi casa ni por la playa.

Vi que en el restaurante de mis padres, al otro lado del paseo, todavía había luz pese a que llevaba media hora cerrado.

Aburrida porque esa noche Carlota, Sami y Gael no habían salido y yo no era muy afín a Montse y a Laia, que no paraba de discutir por tonterías con Agus, fui hasta el restaurante, donde supuse que estaba mi padre.

Quería que me llevara a casa en coche, no me apetecía nada caminar durante media hora cuesta arriba.

​ Entré. Ni siquiera tuvo cuidado de cerrar con llave o bajar la persiana.

Recorrí el salón vacío y recogido sin hacer ruido y con cuidado de no pisar las partes del suelo que estaban fregadas, hasta que me detuve en seco al escuchar unos gemidos que procedían del despacho.

La puerta estaba entreabierta, se entreveía luz por la rendija.

El corazón empezó a latirme muy fuerte en el pecho.

Al principio, pensé que un par de empleados se habían puesto cachondos a la hora del cierre, y se habían colado en el despacho de mi padre, que ya debía de estar en casa.

Pero no. No eran un par de empleados que al verme me rogarían que no le dijera nada al jefe.

​ Por la ranura de la puerta vi a mi padre de espaldas, con los pantalones bajados hasta los tobillos, metiéndosela a Valeria, a mi mejor amiga, que estaba sentada en el escritorio con las piernas abiertas y la cabeza echada hacia atrás, la cara mirando hacia el techo componiendo un gesto extasiado de placer.

Quise vomitar ahí mismo del asco que me dio.

Era repugnante. Ambos, excitados, gemían, la cara de mi padre estaba hundida en los pechos de mi amiga, succionándole los pezones, y yo quise arrancarme los ojos o que me reventaran los tímpanos o ambas cosas, porque lo que estaba presenciando no podía ser real.

También quise gritar, pero me quedé muda, petrificada, como si me hubieran hipnotizado, viendo cómo mi padre y mi amiga follaban sin que mis pies reaccionaran y se movieran rápido de regreso al exterior.

​ Y claro, estuve ahí tanto rato, que Valeria me vio. No pareció sorprendida ni confusa ni avergonzada, ella solo… solo me miró desafiante, levantó una ceja, me sonrió, y siguió a lo suyo como si mi presencia no importara.

***

La noche en que Valeria desapareció

Llevaba horas esperando una llamada de Valeria que no llegó. Tampoco me mandó ningún wasap arrepentida o pidiéndome perdón, asegurándome que lo suyo con mi padre había terminado y que no lo volverían a hacer.

​ Al día siguiente de descubrir la aventura entre mi padre y Valeria, me fui sola a la playa.

Eran las siete y media de la tarde y había poca gente, pues a esa hora preferían estar tomando algo en las terrazas de los bares.

No quería ver a nadie. Ni siquiera a Gael, que estaría con el grupo en algún chiringuito o en otro punto de la playa.

​ —Tenemos que hablar de lo que viste —apareció Valeria, extendiendo su toalla sobre la arena. Se quitó la ropa, se quedó en bikini, y se sentó a mi lado.

​ —¿Ese bikini también te lo regaló mi padre? —pregunté, mordaz, y es que, mientras a Valeria le había regalado un puto iPhone, a mí me había comprado un móvil barato y tenía que ganarme cada euro a base de currar de lo lindo en el restaurante al que ese día no fui.

​ —Paula… Tu padre siempre me ha parecido un hombre muy atractivo. Y lo es, es tu padre y entiendo que no veas lo bueno que está. Vamos, que tampoco es tan viejo, tiene cuarenta y seis palos, pero es que no sabes cómo me folla… me folla que te cagas, es adictivo, me tiene loca.

​ No me lo podía creer. ¡No podía creerme que estuviera hablando así de mi padre, de la aventura que tenía con él desde hacía un año, desde el verano pasado!

Y mi padre… joder, mi padre también me daba asco.

Liarse con mi amiga, a la que le sacaba veintisiete años y conocía desde que no levantaba un palmo del suelo.

Era repugnante. Valeria había estado cientos de veces en mi casa.

Mi madre la trataba como a una hija. Y se había reído de ella en su cara, acostándose con su marido.

​ En lugar de pedirme perdón como por un momento pensé que haría, se estaba excusando con que mi padre era atractivo, no era tan mayor, y la follaba bien.

​ ¡JODER!

​ —¡No me vuelvas a hablar en tu puta vida! ¡No te quiero volver a ver! —estallé, levantándome y expulsándome la arena del cuerpo.

​ No recuerdo haber estado tan cabreada y dolida en mi vida.

Lo que realmente quería era darle una paliza, reventarle la cara, verla llorar y suplicar perdón.

Me vestí lo más rápido que pude y me alejé de ella, que, encima, con aire de indignación, se calló y desvió la mirada hacia el mar como si me hubiera hecho invisible.

​ Tres horas después de ese breve encuentro en la playa, Valeria estaba muerta. No lo planeé, lo juro, solo… solo ocurrió, sin más.

​ Valeria jamás debió venir a casa. Era una provocación en toda regla que le salió muy cara.

Lo que dije después, cuando eran las cinco y media de la mañana y no había ni rastro de Valeria, que encima se había dejado el móvil en casa, era cierto: esa noche no habíamos quedado.

Pero lo que me callé es que yo no pensaba quedar con ella nunca más.

No quería verla ni en pintura, me daba asco, y también me daba asco mi padre, al que por suerte no vi durante esas últimas horas.

No fui a trabajar al restaurante, me pasé el día en la playa sin hacer nada, y, durante el poco rato que pasé en casa, me encerré en mi habitación.

Lo que no sabía, era que Valeria le había dicho que yo los había visto, por lo que mi padre también me había estado evitando a mí.

​ Pero Valeria, insistente como nadie, vino por la noche sabiendo que mis padres estaban trabajando en el restaurante.

Yo no me enteré, me estaba dando una ducha, por lo que fue Manu quien le abrió la puerta.

Cuando salí del cuarto de baño, escuché gritos al otro lado del pasillo.

Venían de la habitación de Manu. Enseguida reconocí la voz de Valeria que, además de follarse a mi padre, se atrevía a venir a mi casa a insultar, pegar y maltratar a mi hermano.

No sabía por qué, puede que Manu le hiciera algo para que ella reaccionara con esa violencia, pero eso era lo de menos en aquel momento.

No me detuve a pensar. Se me acumuló todo.

Todo. En mi interior sentí un volcán en erupción que estalló, vaya si estalló…

Me dejé llevar por la rabia y por el odio visceral que sentía hacia ella por lo que había descubierto la noche anterior, y, sin pensarlo, cogí el elefante duro, pesado, con la trompa afilada capaz de sacarte un ojo de la cuenca, y la golpeé en la cabeza, y luego seguí golpeándola cuando yacía indefensa en el suelo…

​ … hasta que la maté.

​ C’est fini.

***

Tres días después de la desaparición de Valeria

Miré a Manu, que asintió despacio con la cabeza como si estuviera de acuerdo con lo que estábamos a punto de hacer, pero como si también lo estuviera condenando a cadena perpetua.

Y en parte, así fue. Condené a mi hermano, acostumbrado a que todo el mundo lo mirara con recelo, para librarme de la culpa.

Si iban a meter a alguien entre rejas sería a él, no a mí, que tenía un futuro brillante por delante.

Fui mala y egoísta. Una manipuladora. Nunca fui buena con Manu, esa es la verdad.

Disfrutaba viéndolo sufrir. Me gustaba que mis padres se volcaran en mí como si fuera hija única y no le prestaran la más mínima atención.

Me encantaba que, aunque fuera unos pocos años mayor que yo, me necesitara y me siguiera a todas partes como un perrito faldero, porque la otra opción era quedarse encerrado en casa.

​ —Es que lo hice para protegerte de ella, ¿no lo entiendes, Manu? Te estaba tratando muy mal.

​ —Bueno, yo intenté…

​ —Eso da igual —lo corté con brusquedad—. Cuando yo entré, no te vi a ti intentando nada, sino recibiendo un rapapolvo injusto e inhumano. ¡Te estaba diciendo de todo! ¡Te pegó, Manu, te pegó! No tenía ningún derecho a tratarte de esa forma.

​ —Pero era tu mejor amiga…

​ —Y tú eres mi hermano.

​ Como si eso me importara en realidad…

​ Nuestros padres llegaron del restaurante a las dos y media de la madrugada.

Manu y yo los esperábamos sentados en el sofá del salón.

Mi madre fue la primera en percatarse de que algo iba mal.

Y es que en Cadaqués no se hablaba de otra cosa que no fuera la desaparición de Valeria y mis padres estaban a punto de enterarse de que jamás había salido de nuestra casa.

​ Con angustia, mi madre nos preguntó:

​ —¿Qué hacéis despiertos? ¿Qué ha pasado?

​ —Os tenemos que contar algo… —empecé yo.

​ —¿Qué pasa? ¿Os separáis? —bromeó mi padre, pero su sonrisa se esfumó en el acto al ver nuestros gestos sombríos y después mis lágrimas de cocodrilo, y la confusión de Manu y sus ojeras y su mirada perdida…