Despertarás en otra vida CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

PAULA

V i a mis padres hace tres días. Gael y yo condujimos desde París hasta Cadaqués.

Un viaje de nueve horas agotador en el que volví a decirle a Gael que teníamos que cortar por lo sano con la reunión anual en la casa rural de los padres de Valeria.

Que hacía diez años que había desaparecido, que había que superarlo, y que siete años yendo a Oturia para homenajearla, me parecían demasiados.

Gael me daba la razón, pero le sabía mal por los padres de Valeria, a quienes parecía hacerles especial ilusión seguir con el ritual de escribir y crear las invitaciones, imprimirlas y enviárnoslas, como si nos estuvieran invitando a una boda en lugar de a un fin de semana en su casa rural en honor a su hija «desaparecida».

​ Pasamos una tarde muy agradable con mis padres.

Cenamos, vimos la tele, y nos acostamos temprano.

Sobre las once de la mañana, nos despedimos de ellos y emprendimos el viaje hasta Oturia.

Fue la última vez que vi a mi padre con vida.

Y, para él, deduzco que fue la última vez que me vio con vida a mí.

Vaya lío. He pensado mucho en sobre cómo habrá afrontado Gael mi muerte en la otra realidad, pero no me había detenido a pensar demasiado en lo destrozados que deben de estar mis padres.

​ Cualquiera que me oiga…

​ Y ahora estoy de nuevo aquí, pero las cosas son muy distintas, y se me hace difícil asumir que mis recuerdos más recientes en esta casa no existen.

No en este mundo alternativo en el que me encuentro.

Y es que tengo que recordarme, como si mi memoria estuviera rota, que esta es otra vida: no estoy casada con Gael, no maté a Valeria, aunque posiblemente sí a mi hermano, y mi padre no existe.

Pronto se cumplirán diez años desde que papá no soportó la desaparición de Manu y se mató, aunque no estoy segura de que ese fuera el motivo, así que no es más que una hipótesis mía.

Se introdujo el cañón de una de sus antiguas pistolas en la boca y se reventó la cabeza.

Ocurrió en el despacho y lo encontró mamá. Terrible.

​ Al menos, mi madre sigue aquí conmigo, y parece feliz a pesar de las adversidades.

Me encantaría hacerle mil preguntas, pero sería raro.

También disfruto de la compañía de un niño encantador que me llama mamá, mamá, mamá , se ríe por todo y no se separa de mí ni cuando tengo que ir al cuarto de baño.

Es raro. Porque no conozco a Pol, es la primera vez que lo veo, y, sin embargo, siento que daría mi vida por él.

Que le quiero, le quiero muchísimo, más de lo que jamás he querido a nadie, aun sin recordar que le quiero.

​ Lo cierto es que no sé muy bien cómo actuar, me siento un poco desubicada.

Mi madre me mira de manera extraña. Sabe que hay algo diferente en mí.

Que no soy la misma mujer que se fue a Oturia a pasar un fin de semana con unos amigos a los que hacía tiempo que no veía, no en honor a Valeria como en mi anterior realidad, sino por el simple hecho de volver a reunirnos después de tantos años.

Tengo la excusa perfecta para estar así de pensativa y haber regresado antes de lo previsto: verlos no me ha ido bien, no debería haber aceptado la invitación.

De hecho, Valeria me ha eliminado del grupo de WhatsApp que creó para organizar el reencuentro.

¿Pero cómo hablar de un pasado, por lo visto doloroso, si no lo recuerdo?

​ Sin embargo, Pol no permite que me coma la cabeza ni un solo segundo. Con una energía desbordante que ya quisiera para mí, me pide que echemos una partida (o dos, tres, cuatro…) a Mario Kart. Mi madre se ríe.

​ —Pol, tu madre está muy cansada…

​ Agotada. Estoy agotada. Me he tomado un paracetamol para el dolor de cabeza, que ha remitido un poco, pero sigo teniendo mucho mucho frío.

​ —No pasa nada —le digo a mi madre—. Me voy a dar una ducha y, cuando salga, echamos esa partida, Pol.

​ Mi madre y Pol me miran como si me hubiera salido un tercer ojo en la frente. ¿He dicho algo malo?

​ —¿Pasa algo? —les pregunto, forzando una sonrisa.

​ Mi madre y el niño cruzan una mirada cómplice. Es Pol quien, disgustado, me dice:

​ —Nunca me llamas Pol, mamá.

​ —Ah.

​ ¿Y cómo te llamo?

​ —No pareces tú. Estás distinta —añade el niño, antes de salir de la cocina e ir al salón, donde se tumba en el sofá con aire ausente y enciende la tele.

​ Mi madre le resta importancia barriendo el aire con la mano.

​ —Ya sabes lo especial que es para esas cosas…

​ No, no lo sé. No sé nada de él. Y tampoco de ti, mamá, de lo que has sufrido en esta línea temporal.

​ Mi madre me guiña un ojo y me dice que me vaya a duchar. Y eso es lo que voy a hacer, ducharme e intentar desconectar, con la incógnita de cómo llamo a mi hijo si no es por su nombre.

​ Subo las escaleras con lentitud. Me entretengo echándole un vistazo a las fotografías que hay colgadas en la pared. Son las mismas que recuerdo de la infancia en mi anterior mundo, incluida la de papá conmigo en la playa, con un cielo de atardecer rojo y rosado espectacular.

​ Abro la puerta de mi dormitorio. Sigue siendo el mío, no hay duda, pero, al mismo tiempo, no lo es.

En mi anterior línea temporal, cuando me fui a vivir a París con Gael, mis padres dejaron la habitación tal y como yo la tenía, con las paredes pintadas de rosa, la cama con dosel y los muebles blancos.

En esta realidad, la habitación está muy distinta.

Las paredes están pintadas de color crema, el armario es mucho más grande, y duermo en una cómoda cama de matrimonio.

En una mesita de noche hay una foto de Pol y mi versión de este mundo posando con expresión divertida.

Ojalá recordar ese momento y saber quién nos sacó la foto.

En la mesita del otro lado, hay un libro del que no había oído hablar nunca: Claus y Lucas , de Agota Kristof.

Hay una señal en la página ciento tres que debería retomar en honor a la versión a la que he suplantado.

Nunca me he considerado una lectora voraz ni he tenido libros encima de la mesita de noche, porque no acostumbro (o no acostumbraba) a leer en la cama.

Me sorprende que mi yo de este mundo sí tuviera el hábito.

​ ¿Tan distintas somos o hemos sido?

​ ¿Son las experiencias que vivimos las que nos convierten en una persona u otra?

​ ¿Qué te pasó a ti en esta realidad, Paula?

​ Ojalá el reflejo del espejo me diera la respuesta. De momento, me contento con haber encontrado el cajón de las toallas.

​ La habitación de Manu está cerrada con llave.

Hay dos habitaciones más bastante amplias.

La de invitados y la de Pol, que es como entrar en un mundo mágico de planetas, estrellas y astronautas, con un montón de libros infantiles en una estantería hecha a medida, además de toda la colección de Harry Potter, figuritas de Pokémon, balones de fútbol y pósteres de Messi, Ronaldo. ..

​ Abro un libro al azar, el de El Principito , que leí cuando era niña. Leo con una sonrisa una dedicatoria que, lógicamente, no recuerdo haber escrito, pero la letra es idéntica a la mía:

Para mi bichito.

Por muchas más lecturas juntos.

​ ¿Bichito? ¿Llamo a mi hijo bichito en lugar de Pol?

​ Anotado. Aunque supongo que en un par de años, cuando entremos en plena preadolescencia, me pedirá que no vuelva a llamarlo así. Al menos, no en público.

​ Me asomo a la ventana con vistas al jardín, desde donde veo el pozo construido por mi bisabuelo en los años 40 del siglo pasado.

El mismo pozo en el que, en mi otra realidad, Manu y yo tiramos el cadáver de Valeria como si fuera basura.

Al cabo de tres días, cuando entre lágrimas les confesamos a nuestros padres lo que (más o menos) había ocurrido, mi padre lo tapió decidiendo con amargura que no volveríamos a hablar del asunto.

***

Cadaqués, verano de 2014 de mi anterior realidad

Un día antes de la desaparición de Valeria

Valeria se moría de ganas de enrollarse con Gael.

Nada serio, decía, pero lo quería para ella, así que «tú, ni te acerques, Paula», me ordenaba, como si en lugar de su amiga fuera su esclava o me hubiera convertido en una especie de competidora.

Es aquello que dicen de que la confianza da asco.

Pues eso. Con Valeria siempre fue así. Y es que yo me daba cuenta de cómo me miraba Gael y de que hacía intentos por acercarse a mí, aun cuando Valeria siempre estaba al acecho, dispuesta a saltar si era conveniente, para que fuera imposible quedarnos a solas.

Sin embargo, Valeria tenía otros rollos, a destacar uno que era «secreto» y que la adoraba y tenía mucha pasta, porque le hacía regalos excesivamente caros.

Una pulsera. Un colgante. Nada de baratijas.

Un bolso Chanel con el que salía a todas partes presumiendo de él. Ropa de marca. Un iPhone…

​ —¿Cuánto tiempo lleváis liados? —le pregunté con curiosidad, cuando me estaba enseñando el iPhone 5s, lo más de lo más en aquella época.

​ —Desde el verano pasado —contestó con desgana.

​ —Ah. ¿Y se puede saber quién es? ¿Lo conozco?

​ Valeria se reía, me llamaba tontita, «Ay, qué tontita eres, Paula», me daba un codazo, y volvía a meterse en el agua evitando hablar del tema.

Gael, a unos pocos metros de distancia, me miró.

Y yo le sonreí con la timidez propia de los dieciocho años en los que crees que eres muy mayor, y en realidad solo estás empezando a vivir.

En cuanto dio un paso con la intención de acercarse a mí, Valeria salió rápidamente del agua, volvió a sentarse a mi lado, y Gael recapituló, simulando prestar atención a la conversación que estaban manteniendo Agus y Sami sobre algo relacionado con las medusas.

​ Mi madre no siempre iba al restaurante a trabajar. En verano tenían bastantes empleados a los que les hacían un contrato temporal, así que mi padre le decía que se quedara descansando en casa o saliera por ahí con sus amigas.