CAPÍTULO 18
SOFÍA
C reen que no me entero de nada. Que a mis cincuenta y seis años deliro, que el dolor es demasiado profundo como para poder soportarlo, que las lágrimas que no paran de brotar de mis ojos son un signo de fragilidad, que mis gritos, debido al peso que me aplasta el pecho, son fruto de la histeria que padezco y que me domina como si el demonio se me hubiera metido dentro.
Creen que estoy rota. Y lo estoy, en eso no se equivocan, pero me siento más lúcida que nunca.
Estos últimos diez años han sido un infierno.
La herida que me dejó el cáncer, el miedo a recaer, cuando ahora me doy cuenta de que lo mejor que me podría haber pasado es que se me llevara el bicho para no haber tenido que soportar todo lo que vino después.
Lo he perdido todo.
Ya no me queda nada.
Mi hijo el rarito, el que no tenía amigos ni le caía bien a nadie y al que dejamos de lado cuando nació Paula porque era más fácil eso que intentar comprenderlo, es un violador y un asesino.
Mi hija, mi preciosa hija, está muerta. Mi marido, que aparentemente era más fuerte que yo, no lo ha soportado y se ha volado la cabeza.
Y hace diez años que sé que tengo un cadáver en casa.
Esa ha sido nuestra maldición, por eso no han parado de ocurrirnos cosas malas, una detrás de otra, una detrás de otra…
Ocultar los restos de una niña, porque Valeria era una niña cuando desapareció la noche del 12 de agosto de 2014, nos ha condenado.
Miramos hacia otro lado para proteger a nuestros hijos y lo hemos pagado muy caro.
Hay un Dios ahí arriba que observa cada uno de nuestros actos, seguro.
Y ese Dios se ha cabreado con nosotros y nos ha castigado.
¿Quién dijo aquello de que todos tenemos un muerto en el armario?
En nuestro caso, es literal, pero en lugar de tener un muerto en el armario, lo tenemos oculto en el pozo del jardín que Joaquín se encargó de tapiar.
Ocurre en las mejores familias, en las que, como nosotros, nos empeñamos en que, de puertas para afuera, todo parezca perfecto e idílico, hasta que el cuento de hadas se desmorona como una torre de libros en precario equilibrio.
—Elvira, puedes irte. Seguro que Gael no tardará en llegar —le digo a mi amiga, que lleva treinta y cinco minutos sin saber de qué hablar conmigo. Mi compañía la incomoda, se lo noto en la cara, como si la desgracia se pudiera contagiar.
—¿Estás segura? —duda ella, mirando la hora en el reloj de pared, y es que, desde que Elvira ha llegado a esta casa triste y fría y con el alma tan rota como la tengo yo, he visto las ganas que tiene de dar media vuelta y largarse.
La fragilidad con la que me trata me resulta hasta insultante, no soporto que se quede ni un minuto más.
—Sí, sí, estoy bien… —musito.
—¿Pero necesitas algo?
—Nada, nada, tú vete, de verdad… que prefiero estar sola.
Gael te ha llamado para que me hagas compañía y así irse tranquilo, pero estoy bien —le aseguro, mirándola fijamente a los ojos para ser lo más convincente posible.
Pobre Elvira. Espero que no cargue con la culpa de lo que estoy a punto de hacer.
—Bueno, pues me voy… que mi hija me trae al nieto en media hora y debería preparar algo de comer.
—Claro, el nieto… —suspiro—. Qué suerte tienes, Elvira. Me habría encantado ser abuela.
«Quizá en otra vida», pienso para mis adentros, dirigiendo la mirada a una de mis fotografías favoritas que he descolgado de la pared para dejarla encima de la repisa de la chimenea y tenerla a la vista: la de Joaquín con Paula cuando era pequeña en la playa, con un atardecer precioso a sus espaldas.
A ambos les encantaba bañarse en el mar al atardecer.
Decían que era la mejor hora del día, que el agua estaba calentita y la playa más vacía de gente.
Es que en verano, en Cadaqués, no cabe un alfiler.
Elvira me mira con lástima. Estoy acostumbrada a esa mirada lúgubre, y por eso apenas he salido a la calle desde que Paula murió. Cuando condenaron a Manu estuve seis meses sin salir de casa. La culpa por lo mal que lo hicimos con él y la vergüenza, eran un lastre.
«Qué mala suerte ha tenido esta familia —sé que dice la gente—.
Un hijo violador y asesino. Una hija muerta.
Y ahora el marido se ha suicidado y lo ha hecho a lo grande, volándose la cabeza con una pistola como en las películas, salpicando las paredes y el suelo del despacho de su sangre y sus sesos desparramados por todas partes.
Eso no hay quien lo elimine del todo, ni un equipo de limpieza profesional».
Hay que ver, hay que ver…
… la casa está maldita.
Qué morbosa es la gente, ¿a que sí? Disfrutan de los chismes cuando la cosa no va con ellos. Pero nadie está a salvo. La desgracia le puede salpicar a cualquiera en el momento menos pensado. Hoy soy yo, pero mañana te puede tocar a ti. No nos confiemos.
Acompaño a Elvira hasta la puerta. Me despido con una sonrisa.
Adiós, amiga, adiós y buena suerte.
Espero en el quicio de la puerta hasta que la pierdo de vista y vuelvo a entrar en casa.
Cruzo el salón, y el eco de la risa de un niño al que no puedo ver me acompaña, hasta que salgo al jardín y lo dejo de oír.
En esta casa hay muchos ecos. De noche, oigo las voces de los que ya no están o de los que vendrán, no estoy segura y no sé explicarme bien.
Hay otros mundos dentro de este mundo, cada vez estoy más convencida de ello, dimensiones que a veces se rozan aunque no coincidan en el tiempo, pero mi capacidad, como la de casi todos, es limitada.
Solo puedo oírlos, jamás verlos, y aun así, no pierdo la esperanza de volver a reunirme con las personas a las que he amado cuando me marche de aquí.
Ya falta poco, no te impacientes. Los volverás a ver muy pronto.
Esta casa ha sido un personaje más en nuestra historia.
Yo nací aquí. La casa pertenecía a mis abuelos, luego a mis padres, y finalmente a Joaquín y a mí.
Sus paredes están impregnadas de nuestra energía.
De las buenas noticias y de las malas. De las risas y los llantos.
De conversaciones serias y banales. De la infancia de mis hijos.
De su adolescencia. De sus malas acciones.
Esta casa está llenita de nosotros, sí, de lo que fuimos pero ya nunca seremos, y lo estará mientras sus cimientos sigan en pie. Parte de nosotros siempre estará aquí.
En el jardín, mis pasos son lentos e inseguros.
Aquí también hay ecos de otros tiempos, y algunos me sacan una discreta sonrisa:
Visualizo a Paula con cinco años aprendiendo a nadar en la piscina, que ahora está cubierta con una lona desvaída llena de hojas secas del otoño que pronto dará paso al frío invierno en el que yo ya no estaré.
En un rincón, agazapado como siempre y sin apenas mantener contacto visual con nadie, también puedo ver a Manu, al niño envidioso que fue.
No era malo. En el fondo, yo sé que tenía buen corazón.
Es solo que no le prestamos la atención suficiente ni supimos entender sus rarezas.
No estuvimos ahí cuando más nos necesitaba, aunque no es excusa para lo que hizo; no, no lo es.
Ahora, de nada sirve arrepentirse. Lo pasado, pasado está, no se puede cambiar.
Lo lamento por las chicas a las que arrebató la vida.
Qué pena. Nadie merece acabar así. Y cualquier madre entenderá la cantidad de sentimientos contradictorios y pensamientos intrusivos que la revuelven a una por dentro cuando un hijo elige el mal camino.
Entro en la caseta del jardín. Cojo un viejo mazo con el mango de madera desgastado, y me dirijo al pozo que mi abuelo construyó en 1946, la fecha está inscrita en la piedra.
Empiezo a darle golpes al cemento duro, frío y viscoso con el que Joaquín cubrió torpemente el pozo diez años atrás.
Ahí están los restos de Valeria, deseosos de salir a la superficie.
De que alguien la encuentre, ser enterrada en tierra sagrada, como debe ser, y descansar en paz.
Tiene ese derecho, pobre niña. Y cuánto sufrió Paula.
Valeria era su mejor amiga. Pero ya no había nada que hacer por ella, así que Paula hizo lo que tuvo que hacer, lo que hicimos todos: proteger a su hermano.
Con los restos de Valeria fuera de aquí, terminará esta maldición que ha caído sobre mi familia.
Cuando acabo de reventar el cemento y el pozo queda al descubierto, me asomo con una insana curiosidad.
Enfoco con la linterna que he ido a buscar a la cocina, y la veo.
Veo lo poquito que queda de Valeria. Su esqueleto.
Ahora, cualquiera que se asome, la podrá ver. Gael la encontrará y sabrá qué hacer.
Vuelvo al salón y escribo una nota para Gael que introduzco en un sobre. Ni siquiera me ha temblado el pulso. Morir no me da miedo; en mis circunstancias, es la vida a la que temo.
Entro en mi habitación, donde tengo un montón de medicamentos para todo tipo de males, y voy engullendo una pastilla, y otra, y otra y otra más…
, con imágenes de lo que ha sido mi vida pasando velozmente por mi mente, hasta que me quedo dormidita con el eco de la risa de un niño al que siempre he oído como si estuviera aquí a mi lado, pero jamás he podido ver.
Quizá en otra vida.