CAPÍTULO 17
GAEL
S ofía se ha quedado en casa en compañía de una amiga, mientras yo vuelvo a las instalaciones penitenciarias de Gerona.
Cuando hace dos noches cerramos la puerta del desván dejando atrás la visión de las pinturas de Manu, Sofía, exhausta por el dolor y el cúmulo de emociones, se tumbó en la cama y se quedó dormida casi al instante.
Paula apenas hablaba de Manu desde que violó y mató a las tres jóvenes.
Lo odiaba. Odiaba tener su misma sangre.
Pero un día me dijo que Manu ve el mundo de una manera distinta al resto de personas, que no es que fuera raro o antisocial, sino que era especial y diferente.
(A pesar de…). No puedo dar nada por sentado.
Estoy cometiendo errores. Pensaba encontrar los restos de Valeria en el desván y me he dado de bruces con unos cuadros tétricos y pesimistas, pero extrañamente reveladores.
Manu dibujó el futuro, como si ya en el pasado necesitara expresar en lienzos las imágenes que se le presentaban en la cabeza.
Imágenes que eran premoniciones de lo que iba a ocurrir, de lo que ha ocurrido en estos últimos años.
A su madre rota en pedazos. A su padre con la cabeza reventada.
A Paula con la cicatriz en la mejilla, aunque no tengo ni idea de por qué la dibujó con dos caras como si de un personaje mitológico se tratara.
A las tres chicas a las que él violó y mató, desnudas sobre la arena a orillas del mar.
A Valeria, años mayor a cómo era cuando desapareció.
Y el bosque de Oturia con la cabaña y el río y la piedra sobre la que cayó y murió Paula.
A eso se refería Paula cuando decía que Manu era especial.
Diferente. Es posible que desde siempre haya podido ver lo que sucederá, antes de que suceda.
El guardia que acompaña a Manu lo empuja de malas formas. Manu tiene el ojo derecho hinchado y amoratado de una pelea reciente. Apenas lo puede mantener abierto. Lo primero que me suelta con apatía es:
—Sé que mi padre ha muerto.
—Pero hace años que lo sabes, ¿verdad?
Tras un breve e incómodo silencio, Manu inspira hondo.
—Has entrado en el desván. Has visto lo que pinté. Mis cuadros. El futuro —me dice abstraído, sin mirarme a la cara.
—¿Dónde está Valeria?
Manu mira a un lado y al otro de la sala. Después, le dedica una mirada fugaz al guardia, que lo ignora por completo.
—¿Quieres saber qué pasó la puta noche en la que Valeria desapareció? —pregunta con rudeza—. ¿Quieres conocer la verdad, Gael?
No me hace falta pensarlo demasiado. La respuesta es contundente:
—Sí.
—¿Y vas a estar preparado para soportarla? ¿Para saber que Paula no era tan perfecta ni tan buena como creías?
Eso no lo tengo tan claro, pero vuelvo a decirle que sí. Que, después de todo lo que he vivido estas últimas semanas que me han parecido años, creo ser capaz de soportarlo todo.
—Paula te protegió. Encubrió tu asesinato. Porque Valeria fue tu primera víctima, ¿verdad, Manu? —doy por sentado.
—Uhh… —se echa a reír—. Estás muy equivocado, Gael.
A Valeria no la maté yo. A Valeria la mató mi hermana, y lo hizo a sangre fría, con un odio visceral que le nació de dentro, de muy dentro.
Paula era el demonio. No tienes ni idea de lo mala que era.
Desde que era una niña me hizo la vida imposible y esa noche en la que nuestra vida se partió en dos…
—Manu sacude la cabeza y cierra los ojos con fuerza, como si el simple hecho de hablar le doliera.
Al poco rato, continúa hablando con voz tosca—: Esa noche Paula me metió el demonio a mí.
Por eso estoy aquí. Intenté ocultarlo y reprimirlo, que no emergiera…
Te lo juro. Te juro que intenté con todas mis fuerzas que el demonio no volviera a salir.
Pero al final… El demonio siempre gana, Gael, y llevarle la contraria no sirve de nada.
Por eso hice lo que hice cuatro años después de lo que pasó con Valeria. Por culpa de mi hermana.