CAPÍTULO 16
PAULA
C adaqués me recibe lluvioso y solitario a la una del mediodía.
He tardado cinco horas y media en llegar, que es la distancia que separa Cadaqués de Oturia.
Para llegar a ambos pueblos, uno más conocido y visitado que el otro, hay que atravesar muchas curvas cerradas, como si ambos lugares te estuvieran advirtiendo de que el camino no va a ser fácil.
Que siempre puede haber un peligro inesperado acechando a la vuelta de la esquina.
Por otro lado, he tenido tiempo suficiente para hacerme una idea de que hay un niño de nueve años que me espera en casa y que cree que soy su madre, aunque todavía no sea capaz de encontrar el sentimiento que me une fuertemente a él.
No puedo fallarme a mí misma, a mi otro yo , el que ha dejado este universo para cederme su lugar.
No quiero pensar que soy una muerta que está jugando a que vuelve a estar viva en una realidad que no recuerda ni le corresponde.
Que no soy más que una embustera ocupando el lugar de otra, aunque parte de esa otra también me pertenezca.
Aparco el coche en el camino de acceso, desde donde veo una carita ilusionada pegada al cristal de la ventana.
Yo, a su edad, hacía lo mismo a altas horas de la noche cuando mis padres llegaban de trabajar del restaurante.
Pensar en eso me conmueve. Detrás del niño, aparece mi madre, tal como la recuerdo, con el mismo cabello castaño salpicado de canas recogido en una coleta baja.
Soy incapaz de salir del coche. Sigo teniendo frío.
Estoy temblando. El dolor de cabeza no mejora, va a peor, es como si unas garras me estuvieran comprimiendo el cerebro.
Y los ojos se me llenan de lágrimas. No lo puedo evitar.
La sonrisa de mi madre se desvanece poco a poco porque estoy tardando demasiado en decidirme a entrar en casa, mientras el niño hace un amago de retirarse de la ventana para ir a abrir la puerta y salir a recibirme. Mi madre lo detiene.
¿Pero no ves la que está cayendo? ¡No puedes salir, que te vas a empapar!
«Tienes que salir —me reprendo internamente, secándome las lágrimas con brusquedad y palpando con inquina la rugosidad de la cicatriz—. Tienes que salir y hacer ver que eres la misma persona que ellos conocen, aunque todavía no tengas ni idea de quién eres aquí ».
Inspiro hondo, agarro el bolso y salgo del coche.
Las gotas de lluvia disimulan mis lágrimas cuando asciendo las escalinatas resbaladizas y el niño me abre la puerta, lanzándose a mis brazos.
Miro a mi madre como si no la hubiera visto en años.
Al principio, me quedo paralizada ante el entusiasta abrazo del niño, pero, poco a poco, mi cuerpo reacciona, mis brazos cobran vida, y rodean su espalda.
Qué bajito es para la edad que tiene. Lo estrecho contra mi cuerpo como si fuera lo más valioso de esta nueva vida que tengo que descubrir, mientras mi madre me mira con desconcierto, como si la que ha entrado no fuera su hija, sino una extraña.
A una madre no se le puede engañar. Las madres lo saben todo, poseen el don mágico de ver más allá de la realidad que se les intenta mostrar para que no se preocupen en exceso.