CAPÍTULO 15
GAEL
S ubo las escaleras a toda prisa enfocando el suelo con la linterna del móvil para no tropezar. Sofía ha entrado en el desván. Y ha descubierto los restos de Valeria.
—¡Sofía! —la llamo, antes de llegar al último peldaño de la empinada escalera. La puerta del desván está abierta, y tiene la llave puesta en la cerradura.
¿Sofía tenía una copia escondida? ¿Sabía dónde estaba la llave? ¿Por qué no me lo dijo? Cuando pregunté por la llave, ni Joaquín ni ella supieron darme una respuesta, así que creía que no tenían ni idea y ya la daba por perdida.
Pero no son los restos de Valeria lo que ha provocado que Sofía emita un alarido que roza la histeria y ahora la encuentre de rodillas en el suelo sollozando.
Son lienzos. Lienzos en apariencia inofensivos pero tétricos, mezcla de pesadillas y premoniciones.
Además, son enormes. Están apoyados contra la pared revestida de madera que enfoco con la linterna, mientras Sofía se cubre la cara con las manos y no para de llorar.
—Son de Manu. Los pintó Manu… Él era… era… él decía que veía cosas —balbucea con voz temblorosa—. El futuro, decía que se le presentaban algunas imágenes del futuro. Nunca lo entendimos. Pensábamos que… que eran delirios suyos para llamar la atención…
Enfoco con la linterna en todas direcciones antes de volver a centrarme en los cuadros.
Huele fatal, a cerrado, a humedad y a algo putrefacto, puede que haya alguna rata muerta en algún rincón, pero no hay ningún cadáver en avanzado estado de descomposición en el desván.
Valeria no está aquí, no lleva diez años esperando a que encuentren sus restos.
La intuición me ha fallado, habría sido demasiado rocambolesco.
¿Cómo iba Paula a encubrir un asesinato, aunque lo hubiera cometido su hermano?
Pero entonces, ¿dónde está Valeria? ¿Y qué es lo malo que hizo Paula aquella noche?
Sé que les mintió a sus padres cuando le preguntaron si sabía dónde estaba su amiga.
Lo que hay son cuatro lienzos algo deteriorados por el paso del tiempo y la humedad que se respira en el desván. Aquí el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado suena con más fuerza, como si en cualquier momento el agua fuera a perforar las tejas.
En el primero de los lienzos que contemplo, Manu dibujó a su familia.
A su madre rota en pedacitos con lágrimas de sangre saliéndole por unos ojos saltones y más grandes de lo que son en realidad.
A su padre vestido con traje y con la cabeza reventada, tal y como lo encontraron en su despacho hace dos días.
Y a Paula como a un monstruo con dos caras desfiguradas, una de ellas con una cicatriz en la mejilla, la misma cicatriz que se le formó desde la sien hasta la comisura de los labios al tropezar y caer contra la piedra.
En el segundo, soporto estoicamente la visión de tres chicas desnudas con los ojos cerrados tumbadas sobre la arena de una playa.
El tercer lienzo tiene como protagonista a Valeria.
Es un primer plano que roza la perfección.
Valeria y sus ojos color azul acero que tanto me perturbaban, pero Manu la dibujó distinta…
más mayor y refinada. La versión adulta que Valeria podría haber llegado a ser si no hubiera desaparecido con diecinueve años.
Y en el cuarto, Manu esbozó un bosque engullido por la niebla con una cabaña abandonada a orillas de un río y la silueta de una mujer.
Reconozco ese paraje. Es el bosque de Oturia.
La cabaña, el río… y la piedra. La piedra sobre la que Paula cayó y murió.
Hasta donde yo sé, Manu nunca llegó a pisar Oturia.
Sabía que a Manu le gustaba pintar. Que tenía alma de artista, que por eso era tan raro, callado y observador.
Miraba fijamente a las personas haciéndolas sentir incómodas.
Pero estos cuadros… lo que empiezo a creer va más allá del talento que está claro que tenía.
Sofía está tan impactada porque, al igual que yo, sabe que lo que Manu pintó fueron premoniciones.
Que todo lo que expresó en estos lienzos en el pasado, ha terminado ocurriendo.
—Sofía, ¿cuándo hizo Manu estos cuadros?
—No lo sé, no lo sé…
—Fue antes de…
¿Antes de asesinar a esas tres pobres chicas?
La pregunta se me queda atascada en la garganta. No puedo añadir más dolor al dolor de Sofía. La respuesta es «sí», estoy convencido de que Manu pintó estos cuadros hace muchos años, probablemente antes de que Valeria desapareciera.
En silencio, me agacho junto a Sofía y la abrazo. Dejo que se desahogue en mi pecho mientras fuera sigue lloviendo. Soy lo único que le queda a la madre de Paula, me repito, y por ella, por su memoria, por lo mucho que la quise y la quiero porque el amor nunca muere, no me voy a mover de aquí.
La muerte es la vida cambiando de forma.
Tengo que volver a prisión a hablar con Manu.