CAPÍTULO 14
PAULA
¿Q ué pasaría si regresara al bosque?
¿Si volviera a descender sin rumbo por las profundidades del bosque hasta desorientarme, y acabara en la cabaña de la bruja?
¿Volvería a sentir su mano helada en mi espalda porque en este mundo tampoco soy una buena persona e identificaría mi alma corrupta?
¿Volvería a empujarme, me mataría sin piedad en esta línea temporal, me moriría sin que yo recordara morir, porque ahora resulta que ni el tiempo ni la muerte existen, y me enviaría a otra vida?
Una vida en la que no maté a Valeria ni, presuntamente, a mi hermano.
Una vida en la que no tengo un hijo de padre desconocido ni mi padre se suicidó hace diez años.
Una vida en la que sigo con Gael y él me quiere, y vivimos en París, nuestra ciudad favorita, en un precioso apartamento de finales del siglo XIX, y regentamos unas cuantas cafeterías que funcionan de maravilla, y soy feliz pese a mis miedos.
Me pellizco muy fuerte en el brazo. Duele.
No es un sueño. No estoy dormida y tampoco en coma; es real.
Da igual lo mucho que cierre los ojos y apriete los párpados, sigue siendo real.
Catastrófico, surrealista, insólito, imposible de creer, pero debo asumir de una vez por todas lo que me ha ocurrido e intentar, si acaso es posible, seguir adelante. Es lo que hay. Aunque dé miedo.
Vuelvo a mirarme en el espejo con la esperanza de que la cicatriz que ni siquiera sé cómo me hice haya desaparecido. Pero sigue ahí, el reflejo no engaña. Mi aspecto demacrado me asusta.
A las seis de la mañana preparo la maleta y me guardo las llaves de mi flamante Jeep Wrangler en el bolsillo del abrigo para huir cuanto antes de regreso a casa, a Cadaqués.
Salgo de la habitación, cierro la puerta y bajo las escaleras intentando no hacer ruido.
Creo que todos están durmiendo, es muy temprano y se acostaron tarde, pero, al atravesar el pasillo, veo a Gael en la cocina.
Está sentado en un taburete, con los codos apoyados en el mármol de la isla, y los ojos cerrados.
No está durmiendo. Está como… ¿meditando?
No puedo enfrentarme a él. Ahora no.
Sigilosa como un gato, me alejo en dirección a la puerta principal. La llave está puesta en la cerradura. Bien.
—Paula… —me llama Gael.
Me giro lentamente, como queriendo alargar el instante. Me llevo la mitad del cabello suelto a la mejilla donde tengo la dichosa cicatriz para disimularla un poco.
—¿Te vas? —me pregunta con voz gangosa. ¿Está borracho?
—Sí.
—¿Por qué has venido?
Eso, Paula, ¿por qué decidiste venir, cuando está claro que a esta gente ya no le importas ni le caes bien? ¿Puede que mi versión de esta realidad llevara años sin ver a Gael y se muriera por volver a verlo? ¿Por eso decidió venir?
Me limito a encogerme de hombros. No sé qué decirle.
—Ayer… —titubea, bajando la mirada. Reconozco ese gesto.
Es muy típico de Gael. Bajar la mirada cuando no encuentra las palabras adecuadas o necesita un par de segundos para poner en orden sus pensamientos.
Yo tengo muy mala cara, pero la de él no es mejor—.
¿Por qué hiciste eso? Por qué intentaste…
¿abrazarme? ¿Besarme? He estado dándole vueltas a ese momento.
Te pregunté que qué estabas haciendo, y tú me dijiste, palabras textuales, «Abrazar a mi marido». Paula, no entiendo que…
—Me confundí, lo siento —me apresuro a responder.
Tengo que morderme la lengua. No puedo decirle lo que mi corazón está deseando gritar:
«Tú y yo, en otra vida, lo somos todo el uno para el otro. Somos felices. Nos casamos hace siete meses, el 26 de abril. Vivimos en París, nuestra ciudad favorita, de la que nunca nos cansamos porque siempre descubrimos algo nuevo. E íbamos a tener un bebé».
Tengo que recordarme que esa vida ya no existe.
No sé cómo ha podido pasar algo así, pero, cuanto antes lo asuma, mejor.
Recuerdo lo que Toni me dijo: «A lo mejor te gusta esta vida.
Puede que te sorprenda y que seas feliz».
Ahora no lo tengo tan claro. En esta vida hay muchas desdichas, pero existe un niño.
Un niño de nueve años que me está esperando en casa.
—No, no te confundiste, Paula. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos? Han pasado diez años desde aquel verano en el que todo… bueno, en el que todo cambió. Valeria y yo volvimos a Cadaqués el verano siguiente, pero solo te vi una vez y desde lejos.
Vaya. Una vez y desde lejos.
Está bien tener esta información, pero lo que necesito es que me cuente por qué acabó con Valeria y no conmigo.
Por qué yo decidí matar a mi hermano, en el caso de que sea eso lo que ocurrió, en lugar de a Valeria, aunque dudo que Gael tenga la respuesta.
Y, sobre todo, cómo me hice esta cicatriz en la cara y de quién es mi hijo.
—Siento mucho lo que pasó —se lamenta, en vista de que yo me he quedado muda porque no sé cómo decirle que no soy la persona que vivió ese verano que él recuerda con tanta nitidez.
Yo tengo otro verano en mente, y no es cómo lo cuenta esta versión de Gael que no conozco—.
Siempre me sentí culpable de lo que te pasó aquella noche y venir aquí.
.. No sé. Yo le dije a Valeria que era mala idea, pero ella hace lo que le da la gana sin tener en cuenta lo que opinen los demás.
En todos estos años, yo… yo no he podido olvidarte, Paula.
—Suena sincero. Y sí, está borracho, pero los borrachos no suelen mentir.
Parece que en esta vida también siente algo por mí, o por la versión de la Paula de aquí, aunque no estemos juntos y la última vez que me vio fue hace años y desde lejos .
Es triste—. Porque, si no me hubieras rechazado —continúa, cabizbajo y con voz susurrante—, todo habría sido tan distinto…
¿Que yo lo rechacé?
Un nudo me aprisiona la garganta.
Eso no es posible. Yo jamás habría rechazado a Gael. Ni en mi anterior vida, ni en esta, ni en ninguno de los posibles universos paralelos en los que tuviéramos la suerte de conocernos. ¿Por qué en esta línea temporal lo rechacé?
—¿Qué pasó esa noche, Gael? —pregunto con urgencia.
—Lo sabes perfectamente.
—Pero quiero oírtelo decir.
—No puedo, Paula. Llevo años intentando olvidar lo que pasó… verte me ha hecho revivir ciertas cosas que no… Valeria tuvo la idea de venir aquí y es retorcido, es…
Gael se calla cuando oye unos pasos a su espalda.
Es Valeria, la perfecta Valeria, bajando las escaleras descalza y enfundada en un precioso pijama de seda de color azul cielo de Victoria’s Secret, y sé que estoy en lo cierto al deducir que se lo compró en la tienda que hay en la Rue Berger de París.
—¿Qué hacéis levantados tan temprano? —nos pregunta.
—Yo… ya me iba —contesto, forzando una sonrisa—. ¿Vale? Así que… bueno, gracias por la invitación, supongo, y adiós.
Miro por última vez a Gael. Su mirada es triste, nostálgica.
Dicen que la nostalgia es el amor que queda.
Pensar que, a lo mejor, no vuelvo a verlo, me mata, me provoca un deseo irrefrenable de regresar a las profundidades del bosque y abandonar esta realidad en la que no estamos juntos, pero ¿y si aterrizo en un mundo alternativo peor que este?
Uno en el que él no existe, por ejemplo.
O en el que nunca nos conocimos. O en el que padecí un accidente y estoy postrada en una cama, en estado vegetativo.
Se me pasan un montón de alternativas por la cabeza, y cada una es peor que la anterior, así que no puedo arriesgarme.
No puedo volver a «saltar» de realidad. Al menos, en este mundo, Gael está, y, si él está, siempre queda la esperanza de que algún día nos reencontremos.
Valeria, por su parte, me dedica una mirada fría y una sonrisa que está muy lejos de ser amistosa.
La mataría. Otra vez. Puede que en esta línea temporal Valeria no hiciera lo que hizo en la otra, el principal motivo que me empujó a acabar con su vida y que todavía no quiero desvelar por el asco que me provoca recordarlo siquiera, pero aun así, desearía con toda mi alma que no existiera.
Lo mejor que podría pasarme es que Valeria desapareciera de esta realidad como desapareció en la otra, aunque no quiero cargar con más muertes.
No, ni quiero, ni puedo. Aun estando agotada de no dormir y harta de este frustrante dolor de cabeza y del frío perpetuo, me quedan fuerzas para fantasear con que mi mano levanta la pesada maleta que sujeto con fuerza como si tuviera que contenerme para no hacerlo de verdad, y se la estampo en la cara.
Valeria cae al suelo y, con una violencia desmedida, me abalanzo encima de su frágil cuerpo y le golpeo la cara y la cabeza una y otra vez, una y otra vez…
, y así hasta que todo se llena de sangre y su corazón se detiene.
Exactamente como la otra vez.
Lógicamente, no hago nada de eso. No soy una salvaje.
Nunca me he considerado una mala persona a pesar de .
.., pero quizá vaya siendo hora de reconocer que tampoco soy buena.
Así que levanto la mano para decirles adiós.
Y ya está. Les doy la espalda, abro la puerta, y, dándole vueltas a la conversación que acabo de tener con Gael, desaparezco en la oscuridad en busca de mi coche.
«No he podido olvidarte, Paula», me ha dicho Gael. La versión de Gael de este mundo.
Hay esperanzas. A pesar de la dejadez de mi aspecto y de la cicatriz. A pesar de la vida y de Valeria.
***