Despertarás en otra vida CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

GAEL

L os gritos de Sofía llegan hasta la calle.

Aparco en mitad de la calle sin importarme estar cortando el paso, y salgo del coche precipitadamente dejándome la puerta abierta, las llaves en el contacto y el motor encendido.

Han acordonado la casa de Sofía y Joaquín y, delante de la puerta de entrada, se han congregado tres coches policiales con las sirenas encendidas, una ambulancia, y unos pocos vecinos curiosos.

​ Sofía sigue gritando histérica. Alcanzo a verla de rodillas en el vestíbulo, en pijama y descalza; el horror y el trauma reflejados en su rostro consumido por la pena y la tragedia. Una tragedia detrás de otra… ¿Y ahora? ¿Qué ha pasado ahora?

​ —Señor, no puede pasar —me detiene un agente.

​ —Vivo aquí. Estoy… estoy aquí… —balbuceo—. Esa mujer es mi suegra.

​ El agente baja la mirada, su gesto es sombrío. A estas alturas, ¿quién no conoce las desdichas de la familia Costa? Parece que les han echado un mal de ojo.

​ —¿Qué ha pasado? —pregunto.

​ No tardo en descubrirlo.

​ Es martes, 12 de noviembre. Hace once días que Paula murió.

​ Joaquín ha ido al restaurante a pasar la mañana para huir de la opresión de la casa.

Y es que parece que se ha instalado una energía negativa y tóxica que, poco a poco, nos ha ido destruyendo.

Ha regresado alrededor de las cinco de la tarde, ha besado a su mujer, que estaba tumbada en el sofá medio adormilada por los ansiolíticos, y, seguidamente, se ha encerrado en su despacho.

Con una de sus antiguas pistolas, una reliquia bien conservada que heredó de su abuelo y que tenía colocada en una vitrina, se ha volado la cabeza.

Sus sesos se han desparramado por las paredes, por el suelo…

El escenario es terrorífico. A Sofía no se le va a ir jamás esa imagen desgarradora, imposible, tan imposible como cuando encontré a Paula muerta en el bosque.

Su rostro inerte empapado de la sangre que manó de su cabeza.

La mejilla desgarrada al impactar contra la piedra sobre la que cayó, abierta en dos desde la sien hasta la comisura de sus labios.

Algo así se queda en tu retina para siempre y no te abandona.

​ Sofía no va a poder soportar una pérdida más, ahora la de su marido.

Lo veo en sus ojos idos, en esos ojos abotargados e irritados que no paran de llorar, que me miran pero no me ven, no ven nada…

está tan muerta como su hija. Como su marido.

Como yo. Me temo que lo próximo que nos va a abandonar es la poca cordura que nos queda.

***

Cadaqués, verano de 2014

—A Valeria le gustabas —me dijo Paula en un hilo de voz y con cierto reparo, en el momento en que, junto a agentes forestales, policía y vecinos, nos unimos en su búsqueda.

​ La mañana del 13 de agosto de 2014, Cadaqués se despertó empapelada con la foto de Valeria, desaparecida la noche anterior, la noche en la que solo parecíamos existir Paula y yo sin que nada nos afligiera.

La preocupación llegó más tarde, cuando acompañé a Paula a casa.

Su padre, pálido como un muerto, ni siquiera reparó en mi presencia.

Salió de casa al vernos llegar, fue directo a Paula, y le preguntó con urgencia:

​ —¿Has visto a Valeria?

​ Paula se quedó muda.

​ —Paula, ¿has bebido? ¡¿Has visto a Valeria?!

​ —¡Lleva horas desaparecida! —intervino su madre con cara de sueño, bajando las escalinatas de la entrada y mirándome con curiosidad—. Eres Gael, ¿verdad? El hijo de Carlos y Sara.

​ —Sí, encantado —contesté, aunque, al mirar con el rabillo del ojo a Paula, entendí que no era el mejor momento para conocer a sus padres.

Tampoco pensamos en la posibilidad de que estuvieran despiertos a las cinco y media de la mañana, pues el trabajo en el restaurante en verano era duro y cansado, por lo que, agotados, se iban a dormir lo antes posible para poder descansar.

​ En el momento en que Paula se echó a llorar sin que sus padres ni yo entendiéramos esa reacción tan exagerada, quise abrazarla y no soltarla nunca. Todo su cuerpo empezó a temblar.

​ —Paula, ¿dónde está Valeria? ¿La has visto? —volvió a preguntar su padre con el teléfono en la mano. Probablemente, los padres de Valeria habían contactado con él para saber si estaba en su casa con Paula, que era lo más habitual.

​ —No la hemos visto. Venimos de la playa, ya casi no quedaba gente, y en todo este rato Valeria no ha aparecido por ahí —contesté yo, porque parecía que Paula era incapaz de articular palabra.

​ «He hecho algo muy malo», me había dicho Paula hacía unas horas, antes de nuestro primer beso y de darme cuenta de que estaba perdido, locamente enamorado de ella, y que ese instante marcaría un antes y un después en mi vida.

No podía ni quería pasar un solo día de mi existencia sin Paula.

Habría hecho cualquier cosa por ella. Cualquier cosa.

Incluso mentir, disimular, hacer como que no sabía nada, seguir fingiendo que no la había oído decir que había hecho algo muy malo .

​ —¿Pero no habíais quedado como siempre? —interrogó su madre.

​ Paula se limitó a negar con la cabeza y, por fin, habló:

​ —No. Hoy habíamos quedado directamente en la playa.

—Miró a su padre con una expresión indescifrable.

Por cómo le temblaba el mentón, supe que estaba mintiendo—.

¿Qué pasa? —preguntó, tratando de controlar el temblor que se había apoderado de todo su cuerpo para preguntar con un interés que me pareció fingido—: ¿No ha llegado a casa?

​ —Pues no, nadie sabe nada de Valeria desde hace horas, y encima se ha dejado el móvil en casa.

Está ilocalizable —contestó su madre con angustia, poniéndose en la piel de unos padres desesperados que no daban con el paradero de su hija.

Su última esperanza era que Paula supiera algo, y ella, aparentemente, no sabía nada—.

Y son ya las cinco y media de la mañana… Están de los nervios.

​ —Ya… sí, es bastante tarde. O temprano, según se mire… Bueno, no sé, a lo mejor se ha despistado —se encogió de hombros Paula, que había parado de llorar, como si el mal presentimiento sobre su amiga se hubiera evaporado—. ¿Y Manu?

​ —En su habitación. Durmiendo —contestó su padre, nervioso, buscando un contacto en la agenda—.

Paula no sabe nada —le dijo a su interlocutor, supusimos que hablaba con el padre de Valeria, y esa nueva información era aún más angustiosa, pues Paula y Valeria eran uña y carne, inseparables—.

Habían quedado directamente en la playa y Paula no ha visto a Valeria en toda la noche.

​ La mañana que Paula me confesó que yo le gustaba a Valeria, recorrimos el Parque Natural de Cap de Creus, donde hay caminos y senderos ocultos que atraviesan zonas boscosas junto a la costa.

El paisaje es árido y rocoso, hay una mezcla de vegetación con formaciones geológicas únicas y, muy cerca, el mar, donde los rayos del sol en la superficie parecían cristalitos dorados en el horizonte.

Hacía mucho calor. La gente estaba cansada, muchos habían participado en la búsqueda la noche anterior.

A los pocos días, las esperanzas de encontrar a Valeria con vida se desvanecieron.

Agotaron todos los recursos. Yo tenía que ocultar la felicidad que me embargaba.

Porque, gracias a la ausencia de Valeria, me pasaba las veinticuatro horas del día con Paula, a quien no la veía especialmente triste por la desaparición de su mejor amiga, pero sí ansiosa y nerviosa.

Si podía estar con Paula, era porque Valeria no estaba, y, aunque pensar de ese modo egoísta me hacía sentir una mala persona, era mejor eso a no tenerla conmigo.

​ Valeria no apareció. Ni viva ni muerta.

El verano llegó a su fin y no se volvió a saber nada de ella.

El mar en el que deducían que se había ahogado por accidente, porque que hubiera un asesino suelto en la cuna de Dalí era demasiado descabellado por aquel entonces, jamás escupió sus restos.

Valeria no estaba en las profundidades del mar ni enterrada en algún punto de los bosques de los alrededores donde huele a salitre.

Paula lo sabía, y aun así se unió a la mayoría de las batidas como si de veras pensara que la iban a encontrar, y colaboró en todos los interrogatorios respondiendo con calma a cada pregunta que se le formulaba.

Respecto a Manu… Él, que aquella noche no salió y se quedó en casa «durmiendo», también conocía la turbia verdad de lo que fuera que le hubiera ocurrido a Valeria.

Nunca fueron sospechosos, al menos hasta donde llega mi conocimiento; quién sabe lo que se habló en las reuniones en comisaría encabezadas por la inspectora Teresa Castro.

No me quiero imaginar cómo fue para Paula y Manu saber que dormían en el piso de abajo de donde se encontraba el cadáver de Valeria.

Un lugar oculto, cerrado con llave, que debió de apestar al principio, mientras se descomponía el cuerpo, y donde a nadie se le habría ocurrido buscar.

​ Yo siempre lo supe. Pero preferí mirar hacia otro lado. Así era más fácil.

​ «No abras esa puerta, Gael —me ha dicho Manu en prisión—. Si la abres, no habrá vuelta atrás».

​ Hay desapariciones que no terminan con el hallazgo del cuerpo, sino cuando la verdad se revela, aunque llegue cuando ya no se la necesita.

***

Ahora

Son las nueve de la noche. Llueve a cántaros. Hace dos horas que hemos enterrado a Joaquín en el cementerio de Cadaqués, en el nicho que hay debajo de donde reposan los restos de Paula. Estoy agotado. Acaban de saltar los plomos y nos hemos quedado sin luz.

​ Solo quedamos Sofía, yo y nuestros fantasmas, el silencio más triste y la oscuridad. No puedo irme, que es lo que querría, conducir hasta París para intentar rehacer mi vida, algo que ahora mismo veo imposible. Pero no puedo dejar sola a la madre de Paula. Solo me tiene a mí.

​ Me pongo en cuclillas frente a la chimenea para encenderla, cuando un grito desgarrador, procedente del piso de arriba, se entremezcla con el murmullo de la lluvia y me atraviesa, suspendido en la penumbra.