Despertarás en otra vida CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

​ Regento el restaurante de mis padres en Cadaqués.

Yo sola, con el estrés que eso conlleva, con una plantilla de trabajadores a los que no reconozco o ahora mismo, debido a la saturación que estoy experimentando, no sé ubicar.

Tenemos mucho trabajo, incluso cuando no es temporada alta, lo cual me alucina.

Con el jefe de cocina, un tal Nicola Galli de ascendencia italiana que es muy atractivo, mucho, bastante más que Gael, tengo una relación más cercana.

Lo sé al ver una foto hecha en una cena de Navidad de empresa que celebramos en diciembre del año pasado.

En mi Instagram hay más fotos con él en una actitud de lo más…

¿cariñosa? Mi versión de este mundo parece feliz al lado del tal Nicola, y el último wasap que intercambié con él es de hace dos días.

No me da la sensación de que sea una relación formal, pero sí bastante subidita de tono, y es el encargado del restaurante cuando a mí , por lo que sea, no me va bien estar.

Por lo visto, le pido un montón de favores y Nicola siempre está dispuesto a ayudarme.

No me llama Paula, sino Bella . Bella por aquí, Bella por allá…

​ En verano y cuando empieza a hacer buen tiempo y Cadaqués se llena de gente, no debo de tener ni un solo segundo libre, y es mi madre quien se ocupa de Pol. Tengo cientos de fotos de ellos dos juntos que mi madre me envía por WhatsApp. Parece que se adoran.

​ Disimulo la cicatriz de mi cara con el cabello, que suelo llevar hacia delante, nunca recogido, y con maquillaje, toneladas de maquillaje.

En las fotografías también debo de usar algún filtro, porque la cicatriz apenas se nota, cuando lo cierto es que me miro en el espejo y la veo grande, profunda y monstruosa.

Puede que tenga que acostumbrarme a ella tanto como a esta nueva vida de la que no veo ninguna escapatoria para recuperar lo que he perdido.

Si es cierto que he muerto en mi anterior realidad, poco puedo hacer.

​ Mi coche es el Jeep Wrangler negro que he visto aparcado en el exterior junto a un Opel Corsa, un Audi y un Mercedes.

Adivino que el Opel Corsa es de Montse, el Audi de Carlota y Agus, y el Mercedes de Gael y Valeria.

Ignoro cómo ha llegado Laia hasta aquí, posiblemente se ha acoplado en alguno de los coches.

​ Vivo en Cadaqués, en la enorme casa con jardín en la que me crie a pocos metros de la playa, con mi madre y mi hijo.

Manu, mi hermano, no está cumpliendo condena en prisión.

No violó ni mató a esas tres chicas a las que siempre he tenido en mi pensamiento y por las que tantas veces deseé que Manu no hubiera nacido.

Y es que en este universo paralelo, esas tres chicas siguen vivas o al menos no fueron asesinadas a manos de mi hermano.

Porque Manu desapareció la noche del 12 de agosto del verano de 2014, la misma noche en la que, en la única realidad que recuerdo, maté a Valeria, y fue a ella a quien dieron por desaparecida.

Nunca la encontraron. Solo Manu y yo sabíamos la verdad y dónde estaba su cuerpo.

Busco en Google a Manu, en el Google de esta línea temporal.

Desaparición Cadaqués, verano de 2014… escribo un montón de datos, pero no aparece nada, lo cual se me hace extraño, porque algo así salta de inmediato a la prensa, a no ser que a mis padres no les interesara dar tanto de qué hablar.

Siempre han sido muy reservados. Ya se sabe, por el qué dirán.

​ Mi padre siempre pecó de anteponer su negocio a todo, para que nada ni nadie ensuciara la buena fama del restaurante Casa Costa.

Lo más doloroso de todo, es que en esta realidad él tampoco existe.

Se suicidó tres meses después de la desaparición de Manu.

Sé que fue un suicidio porque es una de las muchas cosas que mi yo de aquí dejó escrito en las Notas del iPhone. Leerlo me ha dejado conmocionada.

​ No he publicado nada sobre Manu, pero cada 12 de noviembre desde hace diez años, posteo la misma fotografía en mi Instagram privado para mis escasos doscientos seguidores: la de mi padre conmigo en brazos cuando tenía seis años.

Estamos en la playa al atardecer, con un imponente cielo teñido de rojo a nuestras espaldas.

​ Lo curioso es que recuerdo esa foto. A mis padres les encantaba.

La tenían enmarcada y colgada en la pared de las escaleras junto a otras fotos que nos transportaban a la infancia.

En mi otra realidad esta foto también existe.

Ese momento ocurrió. Es la misma foto, hasta puede que hecha el mismo día y a la misma hora, disparada por mi madre, que, detrás del objetivo, nos miraba con dulzura, se reía y nos decía: «¡Decid pa-taaaaa-ta!

». Y, si voy un poco más allá y buceo entre los recuerdos, hasta puedo visualizar a mi hermano de morros, cruzado de brazos y relegado a un segundo plano, mirándome con rabia, una rabia fruto de la indiferencia de mis padres hacia él cuando yo nací.

Siempre fui la favorita, mientras Manu era el introvertido, el raro, el incomprendido, el que no tenía amigos porque no se le daba bien socializar, y decía que veía el futuro pero nadie le creía.

No eran más que fantasías absurdas. Una parte de mí siempre pensó que Manu era un enfermo y un asesino por mi culpa, aunque nuestros padres deberían haberle prestado más atención, haber estado más por y con él. No puedo cargar con las culpas de todo.

​ —En esta foto solo Paula y papá —lo detuvo mi madre con severidad, cuando Manu intentó acercarse para posar con nosotros. Apenas hay fotos de Manu desde que yo vine al mundo. Nunca me importó, pero ahora, al recordarlo, no puedo evitar sentir pena por él.

​ En cada post que subo cada 12 de noviembre para recordar la fecha en que mi padre falleció, hay un breve texto. En el último, que data del año pasado, 2023, escribí:

Nueve años, papá.

Te echo de menos.

La vida no ha vuelto a ser la misma sin ti.

​ En un momento de lucidez pese al extremo dolor de cabeza y el frío constante recorriendo todo mi cuerpo, llego a la conclusión de que mi vida en esta línea temporal y en la que recuerdo fue la misma, exactamente la misma, hasta el momento en que decidí matar a Valeria.

Esta constatación es un gran paso para descubrir quién soy aquí y qué es lo que debo hacer.

La clave de todo está en la noche del 12 de agosto de 2014.

En el momento de mi decisión —mala, violenta, imprevisible, propia de un monstruo sin corazón—, creo que mi mundo se fracturó en dos y es algo imperceptible para el común ser mortal.

O puede que haya más realidades, universos paralelos según las decisiones que tomemos en los que ahora mismo soy incapaz de pensar porque, a ver, suficiente tengo con lo que tengo como para estar dándole vueltas a la existencia de otros posibles «yo» viviendo vidas distintas.

​ Acabar con la vida de Valeria me condujo a la realidad que acabo de abandonar, supuestamente muriendo en el bosque a manos de la bruja que reconoce a las almas corruptas.

Me pregunto si el tiempo allí sigue funcionando igual.

Si, mientras aquí, para mí, han pasado unas pocas horas, en mi anterior línea temporal llevo un mes muerta.

O un año. O cinco. ¿Cuánto tiempo lleva Gael llorándome en esa otra realidad en la que estábamos juntos y me quería?

En este plano en el que me encuentro después de haber fallecido en el otro, en el mundo raíz, aunque a estas alturas quién sabe cuál es el mundo raíz en realidad…

, nunca maté a Valeria. Pero mi hermano desapareció la misma noche: 12 de agosto de 2014.

​ —La clave está en esa fecha —repito en un murmullo, cerrando los ojos con fuerza por si así, como por arte de magia, me traslado al pasado de esta vida alternativa que no conozco.

​ Nada. No me llega nada.

​ Ahora tengo que enfrentarme a la desaparición de mi hermano, al suicidio de mi padre, aunque hayan transcurrido diez años, y al nacimiento de un hijo, «mi hijo»…

, del que no tengo ningún recuerdo y se supone que debería quererlo, pero.

.. No siento absolutamente nada. A lo mejor, cuando lo conozca…

Ahora mismo es como si estuviera muerta por dentro, como si hubiera perdido la capacidad de sentir.

No obstante, empiezo a sospechar que en esta realidad tampoco he sido una santa.

Aquí también hay malas decisiones y culpa y miedo…

Lo sé. No sé cómo lo sé, pero lo sé. Hay mucho miedo.

Aquí también hice algo muy malo, lo que pasa es que no me acuerdo.

En el apartado «malas decisiones» de mi memoria solo ha quedado anclado el momento en que maté a Valeria.

Pero puede que aquí hiciera algo incluso peor que ser la responsable de la desaparición de mi mejor amiga.

Cabe la posibilidad de que en este mundo matara a Manu, a mi propio hermano, en lugar de a Valeria, haciéndolo desaparecer.

Y, si todo sucedió como en mi otra realidad, sé dónde encontrarlo.