CAPÍTULO 12
PAULA
¿M amá?
¿Un niño al otro lado de la línea me acaba de llamar mamá ?
¿A mí?
Si en este día sin fin ya me ha parecido surrealista ver a Valeria viva cuando recuerdo perfectamente el momento en que le abrí la cabeza, tener un hijo y no recordarlo, no quererlo y no saber ni siquiera cómo se llama, me parece, cuando menos, insólito.
El dolor de cabeza, que había remitido un poco, regresa con fuerza. Me cuesta mantener los ojos abiertos. El frío sigue muy dentro, tanto, que me parece que la sangre que circula por mis venas va a congelarse de un momento a otro, si no lo ha hecho ya.
Estoy a punto de decirle que se equivoca, que yo no tengo ningún hijo y colgar, cuando el niño empieza a contarme:
—He estado haciendo unas galletas con la abu que han quedado riquísimas, mamá, tendrías que haberte quedado con nosotros.
De fondo, la inconfundible voz de mi madre:
—¡Paula! ¿Cuándo me dijiste que volvías? ¿Mañana por la tarde?
No tengo respuesta a su pregunta.
Estoy a un segundo de echarme a llorar.
«No sé qué te dije, mamá, porque yo no soy la mujer que creéis que soy y ahora mismo me siento una farsante ocupando un cuerpo que es como si no me perteneciera.
Yo vengo de otro mundo, de una realidad alternativa a esta donde no tengo ninguna cicatriz que me atraviesa la cara, Valeria está muerta porque me cabreó y tuve la sangre fría y la mala cabeza de matarla, Manu cumple condena en prisión porque violó y mató a tres chicas, Gael es mi pareja desde hace una década y mi marido desde hace siete meses, vivimos en París y regentamos cuatro cafeterías y ningún niño me llama mamá .
¿Cuántos años tiene el niño? ¿Ocho? ¿Nueve? ¿Diez? ¿Cómo se llama?».
—Eh… no lo sé, mamá —contesto con inquietud.
—¡Pol, ya te has quemado la lengua! ¡Cachis! ¡Si es que no me puedo despistar! ¡Te he dicho que aún no se pueden comer, que están muy muy calientes!
¿Pol? ¿Mi hijo se llama Pol?
—Perdona, hija, ya sabes cómo es… cuando se trata de galletas, no tiene espera —ríe mi madre, y su risa contagiosa se mezcla con la del niño, Pol, y me entran ganas de llorar y subirme a un coche, ¿cuál es mi coche?
, y volver a Cadaqués. A la casa familiar.
Ahí debe de estar mi madre, y ese niño, y supongo que mi padre y…
¿Y Manu? ¿En esta línea temporal, Manu también cumple condena en prisión por el asesinato de tres chicas?
No es la primera vez que me hago esta pregunta, pero sí es la primera vez que intuyo que aquí las cosas son muy distintas a como yo las conozco.
—Mamá… la verdad es que me gustaría volver a casa ahora.
—¿Ahora?
—Sí. Ahora… volver a casa… a Cadaqués… —pruebo a ver qué contesta, por si no vivimos en Cadaqués.
—Es muy tarde y la carretera por esa zona es malísima.
No creo que Pol aguante mucho, pero si decides volver, yo te espero despierta.
Entiendo que no ha debido de ser fácil volver a ver a esa gente; de hecho, ya te dije que era muy mala idea ir a Oturia, a la casa de esa…
—Mi madre emite un resoplido y chasquea la lengua antes de soltar con indignación—: Mira, no quiero ni nombrarla.
—Ya…
No sé qué más puedo decir. Mi madre adoraba a Valeria. Ahora ha dicho: «A la casa de esa… (Pausa). Mira, no quiero ni nombrarla».
—¿Y si duermes y sales mañana por la mañana, eh? Me quedaría más tranquila.
—Vale —contesto—. Mañana por la mañana. Tengo que colgar…
—¡Buenas noches, mami! —vuelve a intervenir el niño.
—Buenas noches —le digo, sin salir de mi asombro y deseando ponerle cara al niño que me habla con tantísimo cariño sin que yo sepa quién es.
Por primera vez, y esto es algo que Toni no me ha explicado, me pregunto adónde ha ido «la versión de mí que vivía aquí».
Su espíritu, su alma, su energía, su conciencia, los recuerdos de esta existencia que ahora ocupo yo…
Y en ese caso, me planteo la probabilidad de que otra versión de mí pueda morir en su realidad, y apareciera en esta ocupando mi lugar y dejándome fuera de juego.
¿Podría pasar? ¿Versiones de uno mismo saltando de una línea temporal a otra y suplantando vidas?
Ya, supongo que no podemos tener todas las respuestas, que hay incógnitas en este suceso extraordinario pero tal vez no tan poco común, que no voy a poder resolver.
Pero, si estoy aquí, ocupando un cuerpo que es el mío pero a la vez no lo es, ¿dónde está la versión de mí que sabe cómo se hizo esta cicatriz en la cara?
¿La que imagino que adora al niño al que acabo de colgar?
¿La que recuerda el embarazo, porque lo experimentó, y el momento de su nacimiento, su primera palabra, sus primeros pasos, el primer diente que se le cayó…
? La versión que decidió no matar a Valeria y que, aun así, hay algo que a ambas les preocupa que salga a la luz.
«Espero que sigas con la boca cerrada —me ha dicho—. Nadie puede enterarse de lo que hicimos».
¿Qué hicimos?
***
Vaya.
Son las tres de la madrugada cuando me doy cuenta de lo trágica que es esta nueva vida mía .
Si acaso hay algo en este mundo que nos pertenezca.
Me da que no somos más que marionetas pertenecientes a una energía superior que no tiene compasión y que se divierte con nuestro dolor.
Aquí estamos solo de prestado. Un breve paseo en el que una simple decisión como elegir izquierda o derecha, descender por el bosque hasta la cabaña a orillas del río o quedarse en casa al calor del fuego de la chimenea, marca la diferencia.
Nos creemos tan importantes e imprescindibles que, en nuestra inocencia, pensamos que podemos controlarlo todo.
¿Te cuento una cosa? Ya te habrás dado cuenta, ¿verdad?
No podemos controlar nada. Estamos sentenciados al olvido.
Mientras el resto, Gael y Valeria incluidos, se han encerrado en sus respectivas habitaciones sobre la una y media de la madrugada deseándose «Buenas noches» con una falsedad tan evidente que ha atravesado la puerta de la habitación donde yo me encuentro, no he parado de revisar la galería de imágenes de mi móvil, Instagram, la única red social que tengo, y la aplicación de WhatsApp.
Valeria creó el grupo de WhatsApp hace una semana para invitarnos a su casa rural en Oturia.
No la casa rural de sus padres, no, sino su casa, El Refugio de Valeria que también alquila a turistas.
Crear un grupo es más práctico que enviar invitaciones por correo postal como hacían sus padres en mi anterior realidad.
En el grupo están Gael, Laia, Carlota, Agus y Montse.
Fui la última a la que Valeria añadió, posiblemente porque, en conversaciones anteriores que no pude leer, preguntó si les parecía bien que también me invitara a mí.
Hacía nueve años que no nos veíamos. Cada uno ha hecho su vida.
Montse vive en Irlanda, Gael y Valeria en París, Laia en Barcelona y soltera en lugar de estar con Agus, y Carlota y Agus en Madrid.
De Sami ni rastro. Lo he buscado en redes sociales.
Sami Hernández, Samuel Hernández… no hay nada, como si en este mundo no existiera.
Desde que me incluyeron en el grupo para invitarme a pasar un par de días en Oturia y yo acepté, apenas escribieron, solo para quedar el viernes, día 31 de octubre sobre las seis de la tarde, y enviar la ubicación de la casa rural.
Resulta que soy madre soltera. No hay ni rastro de ningún padre.
He cotilleado mis redes, he visto un montón de fotos y vídeos, y mi versión en esta realidad escribía mucho en las Notas del iPhone, lo cual me ha sorprendido, porque yo no recuerdo haber escrito nunca una sola nota en el iPhone ni a modo de recordatorio.
Lo escribía casi todo, sucesos presentes y pasados, como si fuera una especie de diario, y eso me ha ayudado a conocer una buena cantidad de detalles sobre cómo es mi vida en esta línea temporal y algunas de las cosas que «me han pasado».
Aquí no está todo todo , claro, porque hay secretos que no se pueden escribir, y menos en un móvil.
Pol es un niño muy guapo de nueve años que nació el 9 de mayo de 2015.
Sonríe mucho y le gusta sacar la lengua cuando posa en las fotos.
Es rubio, lleva el cabello cortado a capa, tiene mis ojos color miel y mi boca.
Se parece bastante a mí. Por lo visto, nos encanta ir al cine y guardar las entradas en una cajita de madera, pasear por la playa, contar estrellas y pedir deseos, la mayoría absurdos, y sentarnos en el porche del jardín de la casa de mis padres, donde vivimos con mi madre, y hablar de la Luna y la forma de sus cráteres.
Yo veo una carita triste y Pol ve un conejo.
También nos gusta hacer galletas y pasteles, disfrazarnos, da igual la época del año, hacer deberes juntos, pintar superhéroes y todos los personajes de Pokémon, pasarnos la tarde del domingo jugando a Mario Kart y leer juntos la saga de Harry Potter.
Hemos empezado a leer el cuarto tomo, Harry Potter y el cáliz de fuego .
Pol juega al fútbol y, por lo visto, «yo» soy una animadora de lo más entusiasta.
Sus comidas favoritas son los espaguetis y la pizza y su color es el azul.
Parezco una buena madre. A Pol no le da miedo la oscuridad, aunque en el cabezal de su cama hay una guirnalda de luces.
En su habitación está todo lo que le gusta: fútbol, Pokémon, paredes pintadas de azul con pegatinas que brillan en la oscuridad de estrellas, astronautas. ..
Lo que me aturde, es que lo concebí cuando solo tenía dieciocho años, en agosto de 2014, el mismo verano en que, en mi otra línea temporal, Valeria «desapareció» y yo empecé mi relación con Gael, mudándonos a París cuatro años después.