Despertarás en otra vida CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

GAEL

N o quiero provocar destrozos en una casa que no es mía, pero podría haber echado abajo la puerta que conduce al desván.

Es vieja, de madera, y parece bastante endeble.

La llave no aparece por ninguna parte, aunque la he buscado como un loco, incluso en los rincones más recónditos de las habitaciones de Paula y Manu.

Les he preguntado a Sofía y a Joaquín. Se han encogido de hombros y me han dicho que hace siglos que no suben ahí.

Que Paula y Manu eran quienes guardaban sus cosas en el desván, lugar en el que, por otra parte, les encantaba esconderse y jugar cuando eran niños.

Al decir eso, se les quebró la voz, se sumieron en sus pensamientos, se retiraron del mundo, y empezaron a llorar.

Se olvidaron por completo de la llave que abre la puerta del desván.

Estoy empezando a pensar que hay algo oculto ahí.

Algo que Paula, desde donde esté, no quiere que nadie descubra.

Puede que sea una tontería, pero no paro de darle vueltas a la noche de hace diez años en la que Paula me dijo que había hecho algo muy malo, y yo hice como que no la había oído bien.

Si alguien sabe dónde está la llave que puede abrirme la puerta del desván, es Manu, pero Manu, repudiado por sus padres por todo el daño que causó, está en la cárcel.

Quizá vaya siendo hora de que reciba una visita.

***

Paula seguía abrazada a mí. Y eso era lo único que me importaba, sus manos entrelazadas en mi cuello, el contacto de sus dedos acariciándome la nuca, electrizándome la piel.

Aun así, el silencio empezó a hacerse un poco incómodo mientras la gente a nuestro alrededor bailaba, fumaba y se emborrachaba, así que pregunté por su hermano, el rarito, el repudiado, el que parecía su sombra como si Paula fuera la hermana mayor cuando en realidad Manu le llevaba cuatro años.

​ —Se ha quedado en casa —contestó sin ganas.

​ —¿Y Valeria? —se me ocurrió preguntar.

​ Aunque me aliviaba que no estuviera, pues nunca dejaba a Paula sola y parecía tener un empeño insano en impedir que me acercara a ella, era extraño que no hubiera bajado a la playa.

Valeria no se perdía una fiesta y siempre la estaba liando, por la necesidad que parecía tener de ser el centro de atención.

​ —¿Qué pasa? ¿Que te gusta Valeria o qué?

—soltó Paula con aspereza. ​ ​ Inmediatamente después, se zafó de mí, me dio la espalda, y empezó a caminar deprisa alejándose de la multitud.

Yo, aturdido porque no entendía qué había pasado, la seguí, ignorando el comentario de Sami, que soltó entre risas:

​ —¿Ya la has cabreado, Gael? ¡Con lo bien que ibas, joder!

​ Cada vez me costaba más seguirle el ritmo; Paula se alejaba muy rápido, tanto, que temí perderla de vista.

​ —¡Espera, Paula! ¡Espera! —le grité.

​ Por suerte, se detuvo en seco al lado de unas rocas resbaladizas lamidas por las olas. Había luna llena, por lo que incluso esa zona normalmente oscura donde solían retirarse las parejas, estaba más iluminada que de costumbre. Paula estaba llorando. No tendría que haber preguntado por Valeria.

​ —No me gusta Valeria —le dije con la respiración agitada. Mi pecho subía y bajaba por el esfuerzo y por los nervios que me atenazaban al tener a Paula tan cerca, por fin solos y sin miradas curiosas—. ¿Es que no te has dado cuenta? Me gustas tú, Paula.

​ Desconfió. Sé, por la expresión que compuso, que, durante una milésima de segundo, dudó de lo que le decía.

Todavía no la conocía lo suficiente para saber que era fruto de las inseguridades que la habían acompañado toda la vida.

En ese momento, pensé que me iba a rechazar.

Que, dijera lo que dijera, no me iba a creer, o que pensara que no buscaba más que un rollo de una noche.

¿Cómo podía hacerle ver que no solo quería una noche, que quería más, mucho más?

​ Para mi sorpresa y tras ese breve instante de vacilación, Paula acortó la poca distancia que nos separaba y me besó.

​ El primer beso con el amor de tu vida no se olvida. Jamás.

***

Ahora

Llevo quince minutos esperando a que el hermano de Paula aparezca tras el panel divisorio que parece separar el bien del mal.

Pero no todos los que estamos fuera somos buenos ni todos los malos están encerrados, privados de libertad.

Yo deseé con todas mis fuerzas que Valeria desapareciera.

Y lo hizo. Desapareció. Mi deseo se cumplió y no me sentí ni un poco culpable.

En el fondo, aunque me interesaba darle la espalda a la intuición, siempre supe qué ocurrió, o me hice una idea.

Porque, cuando no hemos visto algo con nuestros propios ojos, no nos queda más remedio que imaginarlo.

Suponerlo. Y con eso no basta. La desaparición de Valeria nos marcó.

De una manera u otra, nos marcó a todos.

Sin embargo, rechacé tener en mi poder la verdad, porque era demasiado truculenta para pensarla siquiera.

​ Ahora, las palabras de Paula regresan con fuerza a mi memoria como si me las estuviera susurrando al oído:

​ —He hecho algo muy malo…

​ Y visualizo el desván, aunque nunca he entrado. No conozco sus dimensiones ni sus formas, tampoco la luz que entra desde las dos cúpulas de vidrio que hay en el tejado, ni lo que puede haber dentro.

​ Al otro lado de la lámina de acrílico que separa el bien del mal, veo aparecer a Manu con las muñecas esposadas.

Tiene treinta y dos años, pero parece que tenga más de cuarenta.

Lleva seis años encerrado. La única persona que lo venía a visitar era Paula y lo hacía, como mucho, un par de veces al año.

​ —Es mi hermano —decía—. A pesar de lo que hizo… siempre será mi hermano.

​ Manu violó y asfixió hasta la muerte a tres chicas de entre diecisiete y veintidós años durante el verano de 2018, cuatro años después de la desaparición de Valeria, y lo habría seguido haciendo si una pareja trasnochada no lo hubiera visto.

Lamentablemente, aunque aquella noche salvaron a posibles víctimas futuras, no pudieron hacer nada por la chica.

Ya estaba muerta cuando el hombre se abalanzó encima de Manu y consiguió inmovilizarlo hasta que llegó la policía.

​ Hoy, Manu se sienta frente a mí con los ojos rojos, los labios agrietados y el rostro lleno de cicatrices de palizas antiguas. A los violadores no les espera una buena vida en prisión. Es lo que merecen.

​ Manu se me queda mirando fijamente durante un rato, mientras yo no soy capaz de articular palabra. Me he puesto nervioso. Estar aquí impone. Estoy algo ido, la tristeza me tiene atontado. Hasta que, al fin, le digo lo que les he dicho a todos los que han llamado al número de teléfono de Paula:

​ —Paula ya no vive aquí.

​ —Lo sé. Pero no se ha mudado de ciudad, Gael. Paula ha muerto.

​ Me habla con lástima y como si quisiera que entrara en razón.

​ —Lo sé —le digo yo también, sin poder evitar que se me salten las lágrimas y, joder, menudo sitio para dejar que el dolor aflore.

​ —Qué quieres. ¿Qué has venido a hacer aquí?

​ —También mataste a Valeria, ¿verdad? Y Paula te encubrió.

​ Manu me mira entre confuso y divertido. Me pregunta:

​ —¿A qué viene eso?

​ —¿Qué hay en el desván? ¿Por qué no encuentro la llave?

​ —No abras esa puerta, Gael. Si la abres, no habrá vuelta atrás.

​ Acto seguido, se gira hacia el guardia y le pide que le saque de aquí.

​ —No, Manu, espera. Dime dónde está la llave.

​ Manu, ya de pie, insiste a gritos:

​ —¡Que no abras esa puerta! ¡No la abras, joder! ¡Ni se te ocurra abrirla, Gael! ¡Ni se te ocurra abrirla!

​ El guardia tiene que sujetar a Manu con fuerza para que no se abalance contra la mampara que nos separa, como si quisiera (y pudiera) golpearme en la cara.

Mis mejillas siguen arrasadas por las lágrimas.

Al final, Manu se marcha con el guardia cabizbajo, con la espalda encorvada y los hombros caídos de regreso al infierno.

​ Los adultos nunca dejamos de ser unos críos. El niño que fuimos siempre nos acompaña. Basta con que te digan que no abras una puerta para que no hagas otra cosa en todo el día que pensar en abrirla, en cruzarla y en saber, al fin, qué hay al otro lado que sería mejor no descubrir.