CAPÍTULO 10
PAULA
—S i me necesitas, ya sabes dónde encontrarme. No me voy a mover de Oturia. Y, si te pierdes, búscate en las cosas que amas —me ha dicho Toni a modo de despedida y, la verdad, no sé de dónde ha sacado la última frase, «si te pierdes, búscate en las cosas que amas», pero le ha quedado bonito.
He querido decirle que en esta vida parece que he perdido todas las cosas que amo, pero he logrado contener las lágrimas y me he limitado a asentir.
El frío no se me ha ido del cuerpo, sigue instalado como un recordatorio de lo que me ha ocurrido, pero el dolor de cabeza ha remitido un poco gracias a la aspirina que me he tomado hace una hora. Algo es algo.
Es tarde. Las luces del Refugio de Valeria siguen encendidas. Estarán cenando, bebiendo vino o jugando al Monopoly… todas las veces que vinimos aquí durante siete años, nos íbamos tarde a dormir.
Tengo que armarme de valor para llamar a la puerta como si estuviera a punto de enfrentarme a unos desconocidos y asumir que Gael está con Valeria. Que los voy a volver a ver juntos, que no ha sido una ilusión ni un sueño…
Que he cambiado de mundo. De realidad.
Que Valeria está viva.
Que no es una mujer que se le parece mucho.
Que aquí no la maté.
Me sorprende la naturalidad con la que me estoy enfrentando a la situación, en parte gracias a Toni.
Creo que en este mundo tomé una buena decisión, y eso me alivia un poco pese a los malos pensamientos que me corroen por dentro.
Valeria está viva y todo lo que me ha ocurrido, por muy descabellado que sea, es real.
—¡Paula! Pero ¿dónde te has metido? —me abre la puerta Carlota—. Pasa, pasa, estábamos a punto de echar una partida al UNO, ¿te apuntas?
Ah… así que en este mundo no matamos el tiempo jugando al Monopoly, sino al UNO…
—No me apetece. Estoy agotada. Creo… creo que me iré a dormir —contesto con la mayor espontaneidad posible.
Quiero encerrarme sola en alguna de las siete habitaciones que tiene la casa y espiar un móvil que no considero propio pero que, seguro, me da alguna pista sobre quién soy aquí .
—Ah, bueno, como quieras. Estábamos preocupados —dice Carlota con desgana.
En el salón nada ha cambiado desde que me he ido hace un par de horas.
La chimenea sigue encendida. Gael y Valeria están muy juntos.
Joder cómo duele y qué rabia me da. La irlandesa me mira mal, posiblemente aquí también me he equivocado al pronunciar su nombre.
Montse y Laia me ignoran. Y Agus, que siempre ha tenido cara de bonachón, me dedica una sonrisa lastimera.
No pinto nada aquí. Me da la sensación de que no me aprecian, todo lo contrario. Están deseando perderme de vista.
—Bueno… —empiezo a decir, mirando a Valeria con fascinación, como si se tratara de una aparición.
—Paula está cansada, se va a dormir —dice Carlota por mí, como si yo hubiera perdido la capacidad de hablar.
—Ajá… Buenas noches.
—¡Buenas noches! —me desean todos salvo Gael, que, con una seriedad extrema que no le pega nada y unos ojos tristes que nunca he visto en él, me mira con algo parecido al rechazo.
Con la mirada de Gael grabada a fuego, empiezo a subir las escaleras algo tambaleante debido al frío que sigo sintiendo en los huesos y que me hace tiritar.
Seguro que la casa está caliente, pero yo no lo noto.
Mi cuerpo sigue resistiéndose a entrar en calor.
Cuando estoy en el piso de arriba, miro hacia todas las puertas preguntándome cuál es la habitación que me han asignado esta vez.
¿Será la misma en la que en mi otra línea temporal dormía con Gael?
Pruebo a ver. Cuando voy a abrir la puerta, noto una fuerte presión en el antebrazo.
—Aquí dormimos Gael y yo —me dice Valeria cortante. Tiene la voz más aguda. Y el color de ojos más claro a cómo los recordaba. Estoy convencida de que se ha operado la nariz. No la tenía tan fina.
Respecto a la habitación, ¿cómo no se me había ocurrido antes?
Valeria en este mundo tiene mi vida . Apostaría lo que ignoro que tengo que vive en París con Gael y regentan unas cuantas cafeterías en las mejores zonas de la ciudad.
Puede que más que las que teníamos Gael y yo en mi otra realidad. Valeria siempre fue muy ambiciosa.
—Perdona, he olvidado…
—Ya. Es esa.
Señala la última puerta, la que da a la habitación más alejada de la puerta que Valeria me ha impedido abrir.
—Vale, pues… voy…
—Oye, Paula —me detiene con brusquedad.
—Qué.
—Te invité porque me das pena —suelta sin piedad, y yo empiezo a darme cuenta del dolor punzante que puede provocar una sola palabra.
Pena. ¿Pero pena de qué? ¿Qué ha sido de mi vida en este mundo? ¿Qué me ha pasado para dar pena ? ¿Y mis padres? ¿Y Manu?
—Nadie te quería aquí, pero hace muchos años fuiste mi mejor amiga, así que…
si has venido, es porque esta es mi casa y yo he decidido invitarte.
Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y…
en fin, ya sabes —resopla, como si el simple hecho de hablar conmigo fuera un suplicio para ella.
Pero ese «ya sabes»... Pues no, no sé. No sé nada.
¿Podrías ponérmelo más fácil, Valeria?
Decido seguirle el rollo.
—Claro, por el pasado, los recuerdos… ¿No? —tanteo.
Me encantaría escupirle en la cara. Decirle que el último recuerdo que tengo de ella es el de su cabeza abriéndose como un melón.
—Por el pasado, por los recuerdos… —repite con retintín, poniendo los ojos en blanco como si todo lo perteneciente a ese pasado y a esos recuerdos no le importaran nada.
Hubo de todo y tengo que recordarme que la maté, aunque aquí siga muy viva, pero lo cierto es que en verano nos lo pasábamos bastante bien—.
Y porque espero que sigas con la boca cerrada —espeta entre dientes tras un silencio en el que ha parecido estar desafiándome—.
Nadie puede enterarse de lo que hicimos.
¿De lo que hicimos? ¿Qué hicimos?
—Ya. Sí. —Opto por no hablar más, aunque tengo que descubrir qué hicimos y por qué nadie puede enterarse—. ¿Me dejas ir a descansar o tienes algo más que decirme, Valeria? —pregunto, con el mismo aire desafiante con el que me ha tratado ella.
Valeria arquea las cejas, me dedica una media sonrisa poco amistosa, y señala la habitación que me ha adjudicado.
Es la más pequeña, la ventana es de cuarenta por cuarenta al contrario que las otras habitaciones, que presumen de enormes ventanales, y tiene las peores vistas.
Me quedo con las ganas de preguntarle a Valeria si Gael tampoco quería que yo viniera y qué es lo que he hecho para darles pena o caerles mal.
Y, por otro lado, ¿por qué mi versión de esta línea temporal aceptaría la invitación, si está claro que aquí no me ata nada a esta gente más que un pasado en común?
Es verdad, ni siquiera parece que les caiga bien.
¿He venido en coche? ¿Tengo coche, carnet de conducir…
? Porque, si es así, me entran ganas de largarme de aquí y volver a casa. ¿Pero a qué casa? ¿Dónde está mi casa?
Esta situación me está sobrepasando. Es deprimente.
Y acordarme de mi otra vida, la vida que he perdido, es aún peor…
Aunque ya no tenga consecuencias legales para mí porque en mi otra realidad estoy muerta, si Gael descubre mi turbio secreto dejará de recordarme bien, con amor.
Sin embargo, no puedo hacer nada al respecto.
Debo centrarme en el ahora , en esta línea temporal desconocida en la que, muy a mi pesar, he aterrizado tras la fatídica decisión de adentrarme en el bosque.
La que fue mi mejor amiga de la infancia y adolescencia, espera a que abra la puerta para volver con sus amigos y su pareja (o marido.
Ignoro si Valeria y Gael están casados).
En la habitación hay una maleta abierta en el suelo con ropa doblada de colores neutros que no identifico.
Desde que salí del bosque no he tenido ocasión de mirarme en un espejo.
Cuando por fin lo hago en el espejo vertical del armario dando por hecho que me voy a encontrar con el mismo rostro, las lágrimas brotan de mis ojos al ver que sí, que mis facciones son las mismas.
La misma nariz, los mismos labios, los mismos ojos…
con la diferencia de que tengo el cabello mucho más largo y seco…
Pero no lloro por el pelo, el pelo me importa una mierda.
Tengo una cicatriz fea, muy fea, en la mejilla izquierda, que recorro con suavidad con el dedo índice.
¿Por eso Gael me mira con asco? ¿Le repugno?
La cicatriz es amplia y despareja, dibuja una curva irregular que parece haber rascado la piel con la aspereza de un mal recuerdo.
Es como una línea rota, más oscura que la piel, que se extiende desde la sien hasta casi la comisura de la boca.
Al acariciarla, siento un susurro de dolor antiguo, como si el tiempo la hubiera dejado ahí para hacerme saber que en esta realidad soy una persona muy distinta.
Y me ha debido de ocurrir algo espantoso.
Lo percibo en el dolor agudo que se me instala en el pecho, como si algo dentro de mí intentara susurrarme una traumática experiencia que yo no recuerdo haber vivido.
Toda cicatriz tiene su historia.
¿Qué historia oculta esta que me parte la mejilla en dos?
La ropa que llevo puesta, incluido el abrigo, también es diferente a lo que llevaba puesto, un detalle insignificante dada la situación, en el que, por increíble que parezca, no había reparado hasta ahora.
Con los ánimos por los suelos, me tumbo en la cama y cojo el móvil.
Lo enciendo y, justo cuando le doy clic al icono de Instagram para saber algo sobre mí misma, recibo una llamada de mi madre.
Lo pone bien claro en la pantalla, «MAMÁ», así es como seguro que la tengo guardada en la agenda de mi móvil en todas mis realidades, y, por un momento, siento alivio de que esté viva.
Me pregunto si en esta línea temporal también le detectaron cáncer de mama, diagnóstico que, durante un largo tiempo, nos tuvo a todos con el alma en vilo.
Acepto la llamada emocionada, como si llevara años sin hablar con ella, cuando una apresurada voz infantil al otro lado se me adelanta y no me deja hablar:
—¡Hola, mamá! ¿Qué haces?