Despertarás en otra vida CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

GAEL

H ace ocho días que Paula murió en las profundidades del bosque de Oturia.

Me parece increíble haber sobrevivido estos ocho días sin ella.

He perdido la cuenta de las veces que comerciales y proveedores han llamado a su móvil y yo he tenido que decir con todo el dolor de mi corazón: «Paula ya no vive aquí».

«Ya no vive aquí».

​ ¿De dónde ha salido eso?

​ Como si se hubiera mudado de ciudad. Soy incapaz de decir que está muerta.

Que no existe. Que no la vuelvan a llamar, porque ella no va a poder contestar.

No recibo tantos mensajes ni llamadas de condolencias como al principio.

El duelo es ver, con impotencia, que el mundo se olvida de tu tragedia y sigue girando como si nada, mientras tú te rompes cada día más por dentro.

​ Sigo en Cadaqués, pendiente de las cafeterías de París desde la distancia, pero no tanto como debería para que sigan funcionando bien.

Me falta mi camarada. No puedo sin ella.

Lo primero que pienso al despertar es en morir.

En irme con Paula. Si es que hay algo después.

Ella no creía en nada. Me enfado y me enrabieto como un crío, porque, pese a sentir que mi corazón está roto, el muy cabrón sigue latiendo como si nada le doliera.

Odio compadecerme de mí mismo. Es horrible creerse el ombligo del mundo y no ser más que un puntito ínfimo en este universo despiadado al que no le importamos una mierda.

En esto de las ausencias repentinas hay que recorrer un camino muy largo y pasar por todas las fases, a cual más insoportable, hasta llegar a la aceptación.

Me lo dijo un tipo que va por el mundo creyéndose terapeuta.

Tampoco he sido capaz de moverme de la casa familiar de Paula para instalarme en la de mis padres, aun sabiendo que dolería un poco menos.

Le estoy cogiendo el gusto a encerrarme en el cuarto de baño, plantarme frente al espejo, y ponerme a insultar a mi reflejo como si fuera mi peor enemigo.

Debería irme de Cadaqués. Subirme al coche y conducir hasta París.

Seguir autodestruyéndome allí. Lo haré, pero no de inmediato. No tengo fuerzas.

​ A los padres de Paula les ha entrado una prisa repentina por encontrar todo tipo de objetos relacionados con su hija.

Desde fotografías antiguas que les hagan rememorar instantes olvidados o tan simples y ahora tan preciados que pasaron desapercibidos, hasta trabajos escolares, cartas escritas en fechas señaladas, postales navideñas hechas a mano, manualidades a las que no les dieron importancia y escondieron porque no había sitio para ellas o no quedaban bien con la decoración…

Ahora, una simple flor de papel, la huella de una mano pequeña o un cenicero de barro hecho con torpeza en primero de EGB por el Día del Padre, les puede devolver un poco la ilusión.

​ —Hace siglos que no subimos al desván —me dice Sofía—. Hay muchas cosas de Paula guardada en baúles, cajas… Me gustaría verlas. ¿Puedes subir a echarle un vistazo?

​ La casa es antigua y enorme. Los padres de Paula llevan años utilizando únicamente la planta de abajo, entre otras cosas, para darles privacidad a sus hijos en el piso de arriba. Ahora que los hijos ya no están y la edad y la pena se les ha echado encima, subir un solo escalón sería una proeza.

​ —Claro, Sofía, yo me encargo —le digo, complaciente como siempre.

​ —Gracias, Gael. Y también te agradecemos que te hayas quedado unos días con nosotros… Tu presencia nos hace mucho bien.

​ A continuación, Sofía, que ha adelgazado mucho estos últimos días porque apenas prueba bocado, se tumba en el sofá y empieza a llorar.

No hace otra cosa que llorar. Joaquín, por su parte, ha empezado a salir un poco desde hace un par de días.

Ha vuelto al restaurante, aunque tiene gente de confianza que lo saca adelante, y, al ser temporada baja, tampoco hay tanto trabajo como en verano.

Prefiere estar en su negocio que en casa.

Y lo entiendo. Aquí hay demasiado dolor por todas partes.

​ En el tercer y último piso de la casa donde se encuentra el desván, tengo que caminar encorvado.

El tejado a dos aguas es muy inclinado. Este espacio revestido de madera de pino es reducido y claustrofóbico y me hace sentir un gigante.

Cuando giro el pomo de la puerta que conduce al desván, no cede.

Está cerrada con llave. No quiero molestar a Sofía, así que palpo el marco superior esperando dar con la llave, pero aquí no hay más que ácaros, polvo y telarañas.

Me extraña que tengan el desván cerrado con llave, teniendo en cuenta que, en su interior, no debe de haber nada de mucho valor.

Intento forzar la puerta, hay otras maneras de abrirla como con una ganzúa, pero, como no tengo ni idea, desisto.

***

Cadaqués, verano de 2014

Nadie es capaz de prever las desgracias.

Horas antes de que todo Cadaqués se volcara en la búsqueda de Valeria, Paula apareció sola en la playa, se mezcló entre la gente sin saludar ni detenerse a hablar con nadie, y empezó a bailar con los ojos cerrados.

En los días que llevaba en el pueblo, nunca la había visto así, tan desinhibida, tan libre.

Sus pies descalzos se deslizaban por la arena suavemente, parecía levitar.

Su cuerpo se movía como por inercia al son de la música.

Los chavales del pueblo la devoraban con la mirada mientras ella, abstraída en su propio mundo, no se percataba de que la luz que desprendía era como un imán imposible de ignorar.

Me la quedé mirando embobado, fantaseando con que en esa playa solo estábamos ella y yo.

Miré a mi alrededor. No había ni rastro de Valeria.

Sami y Agus me dieron un codazo y me dijeron:

​ —Acércate —me animó Sami.

​ —Es el momento —añadió Agus.

​ «Es el momento», repetí para mis adentros.

​ Si me lo pensaba mucho, jamás daría el paso.

Era la primera vez que Paula estaba sola, sin la compañía de Valeria o de su hermano Manu.

Empujado por un repentino impulso que emergió de las ganas que tenía de estar a solas con Paula, esquivé a la gente y me planté frente a ella, que se detuvo un momento y me miró fijamente a los ojos como si quisiera atravesarme.

Jamás olvidaré esos ojos vidriosos y tristes.

O estaba fumada o había estado llorando.

Supuse que había discutido con Valeria y por eso ella no estaba ahí.

Paula tenía las mejillas rojas, le había dado demasiado el sol.

Pese a su evidente desánimo, me sonrió. Extendió los brazos, me rodeó el cuello, y apoyó la cabeza en mi pecho, en el lado del corazón.

​ —Te late muy rápido —me susurró.

​ —¿Estás bien?

​ Dudó.

​ —He hecho algo muy malo…

​ —¿Qué?

​ Levantó la cabeza para volver a mirarme, se encogió de hombros y se echó a reír, pero no había felicidad en esa risa.

​ —Nada. Que la noche es nuestra. ¿Verdad?

​ La noche fue nuestra.

​ Sí, Paula, esa noche fue solo nuestra y yo olvidé lo que me habías dicho simulando que no te había oído, eso de que habías hecho algo muy malo.